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viernes, 19 de febrero de 2021

Autolesión

 
«Se piensa que las autolesiones son la segunda causa de ingreso en las salas de emergencia del Reino Unido (la primera son los “accidentes”). La definición de autolesión intencionada se refiere a comportamientos de violencia autoinfligida como cortes, ingestión de sustancias tóxicas (incluidas las sobredosis de droga), quemaduras, cabezazos contra las paredes, tirones de pelo e intentos de suicidio. Otros comportamientos arriesgados más aceptados socialmente y más extendidos como el abuso del alcohol, el tabaco, los desórdenes alimenticios y el sexo sin protección también se consideran autolesiones, aunque no se incluyen en las estadísticas de autolesión. (...) Las estadísticas de autolesiones son problemáticas. La violencia autoinfligida se suele llevar a cabo en secreto, y muchos casos nunca llegan a los hospitales de urgencias. (...)

En cualquier lugar del mundo hay gente con cicatrices. Después de todo, esto es el capitalismo global. ¿En qué piensas cuando piensas en cicatrices?» (Anónima, Beyond Amnesty)

***
 
Heridas secretas de batallas personales. 
Condecoraciones, sacrificios corporales. 
 
Un último recurso para no desaparecer. 
Recordar la existencia en las marcas de la piel. 
 
Encender un dolor para apagar otro dolor. 
Fuego contra fuego. Autolesión 
 
El aullido silencioso de la pena controlada. 
El alivio y la urgencia de una guerra traicionada. 
 
Encender un dolor para apagar otro dolor. 
Fuego contra fuego. Autolesión

sábado, 21 de marzo de 2020

El coronavirus como declaración de guerra

Santiago López Petit
19 de marzo de 2020


Por la mañana me lavo las manos a conciencia. Así consigo olvidar los ojos arrancados por la policía en Chile, Francia o Irak. Antes de comer, me vuelvo a lavar las manos con un buen desinfectante para olvidar a los migrantes amontonados en Lesbos. Y, por la noche, me lavo nuevamente las manos para olvidar que, en Yemen, cada diez minutos, muere un niño a causa de los bombardeos y del hambre. Así puedo conciliar el sueño. Lo que sucede es que no recuerdo por qué me lavo las manos tan a menudo ni cuando empecé a hacerlo. La radio y la televisión insisten en que se trata de una medida de autoprotección. Protegiéndome a mí mismo, protejo a los demás. Por la ventana entra el silencio de la calle desierta. Todo aquello que parecía imposible e inimaginable sucede en estos momentos. Escuelas cerradas, prohibición de salir de casa sin razón justificada, países enteros aislados. La vida cuotidiana ha volado por los aires y ya sólo queda el tiempo de la espera. Fue bonito oír ayer por la noche los aplausos que la gente dedicaba al personal sanitario desde sus balcones.
Permanecemos encerrados en el interior de una gran ficción con el objetivo de salvarnos la vida. Se llama movilización total y, paradoxalmente, su forma extrema es el confinamiento. “La mayor contribución que podemos hacer es ésta: no se reúnan, no provoquen caos”, afirmaba un importante dirigente del Partido Comunista Chino. Y un mosso que vigilaba ayer Igualada añadía: “Recuerde que, si entra en la ciudad, ya no podrá volver a salir”, mientras le comentaba a un compañero: “el miedo consigue lo que no consigue nadie más”. Pero la gente muere, ¿verdad? Sí, claro. Sucede, sin embargo, que la naturalización actual de la muerte cancela el pensamiento crítico. Algunos ilusos hasta creen en ese nosotros invocado por el mismo poder que declara el estado de alarma: “Este virus lo pararemos juntos”. Pero solamente van a trabajar y se exponen en el metro aquellos que necesitan el dinero imperiosamente.
Cada sociedad tiene sus propias enfermedades, y dichas enfermedades dicen la verdad acerca de esta sociedad. Se conoce demasiado bien la interrelación entre la agroindustria capitalista y la etiología de las epidemias recientes: el capitalismo desbocado produce el virus que él mismo reutiliza más tarde para controlarnos. Los efectos colaterales (despolitización, reestructuraciones, despidos, muertes, etc.) son esenciales para imponer un estado de excepción normalizado. El capitalismo es asesino, y esta afirmación no es consecuencia de ninguna afirmación conspiranoica. Se trata simplemente de su lógica de funcionamiento. Drones y controles policiales en las calles. El lenguaje militarizado recuerda el de los manuales de la contrainsurgencia: “En la guerra moderna, el enemigo es difícil de definir. El límite entre amigos y enemigos se halla en el interior mismo de la nación, en una misma ciudad, y en ocasiones dentro de la misma familia” (Biblioteca del Ejército de Colombia, Bogotá, 1963). Recuerden: la mejor vacuna es uno mismo. Esta coincidencia no es extraña, ya que la movilización total es sobre todo una guerra, y la mejor guerra —porque permanece invisible— es aquella que se libra en nombre de la vida. He aquí el engaño.
Si la movilización se despliega como una guerra contra la población es porque su único objetivo consiste en salvar el algoritmo de la vida, lo cual, por descontado, nada tiene que ver con nuestras vidas personales e irreductibles, que bien poco importan. La “mano invisible” del mercado ponía cada cosa en su sitio: asignaba recursos, determinaba precios y beneficios. Humillaba. Ara es la Vida, pero la Vida entendida como un algoritmo formado por secuencias ordenadas de pasos lógicos, la que se encarga de organizar la sociedad. Las habilidades necesarias para trabajar, aprender y ser un buen ciudadano se han unificado. Éste es el auténtico confinamiento en que estamos recluidos. Somos terminales del algoritmo de la Vida que organiza el mundo. Este confinamiento hace factible el Gran Confinamiento de las poblaciones que ya tiene lugar en China, Italia, etc. y que, poco a poco, se convertirá en una práctica habitual a causa de una naturaleza incontrolable. El Gobierno se reestataliza y la decisión política regresa a un primer plano. El neoliberalismo se pone descaradamente el vestido del Estado guerra. El capital tiene miedo. La incerteza y la inseguridad impugnan la necesidad del mismo Estado. La vida oscura y paroxística, aquello incalculable en su ambivalencia, escapa al algoritmo.

viernes, 13 de octubre de 2017

Artaud. "Van Gogh, el suicidado por la sociedad"

Nota de LP: Antonin Artaud (1896-1948) fue uno de aquellos "genios locos" del siglo XX. No sólo en el teatro y la literatura, sino en lo que podría denominarse una pre-antipsiquiatría y, según Deleuze, también en un pre-"esquizoanálisis". Enemigo declarado del psicoanalista Lacán (el "Dr. L..."), puesto que éste fue uno de los doctores que "trataron" a Artaud -y quién falló en su "diagnóstico" y su "pronóstico"- mientras estuvo internado en "asilos de alienados" mentales, casi diez años de su vida (de 1937 a 1946). Después de lo cual y antes de morir, hizo varios textos y conferencias, entre ellos este ensayo cuyo título es bastante elocuente: "Van Gogh, el suicidado por la sociedad" (1947); gran pintor holandés del siglo XIX con el cual el gran dramaturgo y poeta maldito francés se sintió identificado ya no sólo como "artista", sino como "loco" o "alienado mental" y, sobre todo, como ser humano consciente (del mundo y de sí mismo) y creador (de belleza y de consciencia), pero encerrado, aislado y asfixiado en un mundo deshumanizado, cosificado, (auto)alienado. Arte suyo que, entonces, se desborda y deja de ser tal para devenir crítica encarnada y (re)sentida, pero lúcida, de esta sociedad burguesa y su psiquiatría. Una denuncia, una protesta humana creativa-destructiva, pero "loca" y suicida, contra este estado de cosas. Como bien dice el poeta surrealista Aldo Pellegrini: "La tortura de Van Gogh es imagen de la de Artaud, y ésta, imagen de la tortura de todo ser humano que aspira a una condición digna del hombre... Toda la obra de Artaud es un gran libelo en pro de la dignidad del hombre, que recoge el material de su propia vida en conflicto." 

Las cosas andan mal porque en este momento el mayor interés de la conciencia alienada es no salir de su enfermedad.
Es así como una sociedad estropeada inventó la psiquiatría para protegerse de las indagaciones de algunos iluminados superiores cuyas facultades de profecía les resultaban molestas. […]
No, Van Gogh no estaba loco, pero sus telas con formaban mezclas incendiarias, bombas atómicas, cuyo punto de vista, en comparación con el de todas las pinturas que causaban furor en la época, hubiera podido alterar gravemente el conformismo larval de la burguesía del Segundo Imperio, y de los sicarios de Thiers, de Gambetta, de Félix Faure tanto como los de Napoleón III.
Porque la pintura de Van Gogh no se opone a cierto conformismo de las costumbres sino al de las mismas instituciones. Y después del paso de Van Gogh por la tierra, ni la naturaleza exterior, con sus mareas, sus climas y tormentas equinocciales puede conservar la misma gravitación.
Con más razón en el terreno social, las instituciones se desarticulan, y la medicina parece un cadáver inservible y en estado de descomposición que proclama la locura de Van Gogh.
La lucidez en acción de Van Gogh, deja a la psiquiatría reducida a un tugurio de gorilas, obcecados y perseguidos, que sólo tienen como recurso, para atenuar los más terribles estados de angustia y opresión humana, una ridícula terminología, producto que corresponde a sus viciados cerebros. No hay psiquiatra, en efecto, que no sea un manifiesto erotómano. […]
¿Y qué es un verdadero alienado?
Es un hombre que elige volverse loco -en el sentido en que se usa socialmente la palabra- antes que traicionar un pensamiento superior de la dignidad humana.
Por ese motivo la sociedad se sirve de los asilos para amordazar a todos aquellos de los que quiere deshacerse o defenderse, por haberse negado a convertirse en cómplices de las más grandes porquerías.
Ya que un alienado, en realidad, es un hombre al que la sociedad no quiere escuchar, y quiere evitar que manifieste determinadas verdades intolerables.” (Artaud, Introducción a "Van Gogh el suicidado por la sociedad")
Post scriptum

Van Gogh no murió a consecuencia de un estado delirante definido,
sino por haber encarnado el lugar de acción de un problema alrededor del cual se debate, desde los orígenes, el espíritu injusto de esta humanidad,
el de la prevalencia de la carne sobre el espíritu, o del cuerpo sobre la carne, o del espíritu sobre uno y otra.
¿y en ese delirio, dónde se encuentra el lugar del yo humano?
Van Gogh a lo largo de toda su vida buscó el suyo con excepcional energía y decisión.
Y no se suicidó en una crisis de locura por la desesperación de no llegar a encontrarlo,
por el contrario, acababa de encontrarlo y de descubrir quién era él mismo, cuando la conciencia unánime de la sociedad, para vengarse y castigarlo por haberse alejado de ella,
lo suicidó.
Y esto le sucedió a Van Gogh como suele suceder en ocasión de una bacanal, de una misa, de una absolución, o de cualquier otro rito de posesión, de consagración, de sucubación o de incubación.
Así esta sociedad se metió en su cuerpo
esta sociedad perdonada consagrada santificada
y poseída
barrió con su conciencia sobrenatural que recién había adquirido, y como una invasión de cuervos negros en las fibras de su tronco interior
lo hundió en una última oleada, y ocupando su lugar,
lo mató.
Ya que es parte de la lógica anatómica del hombre moderno, poder vivir y pensar en vivir, sólo como poseído.” (Ibíd.)

P.D. Se dice que este librito fue una de las fuentes de inspiración de Spinetta para crear, como "Pescado Rabioso", su genial disco de rock "Artaud" (1973) y, en especial, su "Cantata de puentes amarillos", donde "las almas repudian todo encierro / las cruces dejaron de llover".

lunes, 9 de octubre de 2017

"Acerca del Suicidio" — K. Marx (1846)

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Prólogo

Acerca del suicidio o Sobre el suicidio es un artículo de Karl Marx publicado en 1846 que, hasta la fecha, ha sido muy poco difundido y conocido dentro del movimiento histórico e internacional del proletariado. Texto corto pero olvidado, no sólo por un tema de traducción, edición, publicación, circulación, etc., sino acaso porque hablar de "locura" y suicidio sigue siendo un tema tabú, incluso dentro de las filas del movimiento social de abolición y superación del orden de cosas actual un fantasma dentro de "el fantasma del comunismo" que sigue recorriendo el mundo.
 
Mas no por ello es menos importante. Porque el suicidio no es un problema individual ni moral, sino que es un problema social concreto como precisamente lo deja sentado Marx en este escrito. De hecho, es uno de los principales síntomas, no sólo de la crisis capitalista, sino de que la sociedad capitalista enajena y mata sistemáticamente a los seres humanos en forma directa o indirecta, ya que, en este caso, se encuentran tan enajenados o alienados que terminan matándose a sí mismos. En otras palabras, el suicidio es un síntoma de esta sociedad que personifica y endiosa a las cosas-mercancías y, en cambio, cosifica, desvaloriza y mata a las personas por dinero: de esta sociedad fetichista y antropófaga llamada capitalismo. Hablar sobre suicidio ciertamente puede resultar perturbador y terrorífico, pero se necesita hacerlo porque es una realidad social cada vez más acuciante. 
 
La cifra anual de suicidios, en cierto sentido normal y periódica ante nosotros, no es sino un síntoma de la organización defectuosa de la sociedad moderna, ya que en tiempos de hambrunas, de inviernos rigurosos, el síntoma siempre es más manifiesto, de manera que toma un carácter epidémico en momentos de desempleo industrial y cuando sobrevienen las bancarrotas en serie. (Marx, Acerca del suicidio, 1846)
 
Si bien el suicidio afecta a todas las clases sociales (y dentro de ellas, no sólo a los hombres, sino también a las mujeres, hecho que Marx hace evidente en su artículo), principalmente ataca al proletariado por ser la clase desposeída no sólo de medios materiales de existencia, sino también de su "cordura" o "salud mental". Más aún cuando se encuentra en situaciones de desempleo, pobreza, deuda, depresión y aislamiento, tanto dentro como fuera de las instituciones psiquiátricas. No en vano en el siglo XIX a los proletarios suicidas se les llamaba "los desesperados".* Hoy en día, es empírica y hasta estadísticamente verificable que la mayoría de personas que se suicida tiene, en términos generales, dicho perfil socioeconómico y psicológico.
 
A pesar de su antigüedad y sus referencias particulares, este desconocido artículo de Marx guarda vigencia y pertinencia. Para muestra, un botón: según el Primer informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre la prevención del suicidio, ¡en el año 2014 el suicidio fue la 2° causa de muerte en los jóvenes de 15 a 29 años de edad y la n° 15 en todo el mundo! ¡800 000 suicidios cada año! ¡1 suicidio cada 40 segundos! (Para el año 2017, tales cifras obviamente deben ser mayores.) Una causa de muerte que, talvez por silenciosa, ha sido poco tomada en cuenta e incluso ha pasado casi desapercibida, pero que en realidad es devastadora y alarmante.
 
Por todo ello, al tratar un tema poco usual y de "la vida privada", la crítica radical del suicidio como problema social capitalista y de clase no sólo forma parte de un "marxismo de la vida cotidiana" (en palabras de González Varela), sino fundamentalmente de "la crítica despiadada de todo lo existente" (Marx dixit); esto es, de la crítica radical de la sociedad burguesa, a tal punto que ésta quedaría incompleta sin aquélla. Porque ¿qué es más radical que el poder social e individual de decidir sobre la vida y la muerte? 
 
Sólo el capitalismo, donde el "trabajo muerto" o el capital en forma de fetiche mercantil y dios dinero domina al "trabajo vivo" o a la actividad/vida humana, puede producir suicidios. ¿Por qué? Porque mientras más se valoriza el mundo de las cosas-mercancías, más se desvaloriza el mundo de los seres humanos (ver Manuscritos económico-filosóficos de 1844 de Marx). Más aún cuando se trata de proletarios sin trabajo y, por tanto, sin dinero: proletarios desvalorizados, deprimidos y desesperados que terminan matándose de múltiples formas, mientras los burgueses se hacen más ricos y poderosos. Por eso el capitalismo es un sistema de alienación, explotación, competencia y muerte para la humanidad proletarizada: "esta sociedad no es una sociedad, es un desierto poblado por fieras salvajes", escribe Marx en su artículo sobre el suicidio, y, como consecuencia de ello, es un gran cementerio social. 
 
Paradójicamente, para Marx el suicidio es también "una evidente protesta contra esos designios ininteligibles" y "uno de entre mil y un síntomas de la lucha social general... la lucha de la que tantos combatientes se retiran"; un "enfrentamiento desplazado", según Ricardo Abduca; en fin, el suicidio es una forma inconsciente y autodestructiva de protesta contra la sociedad capitalista en la cual las personas mueren y matan por dinero, esa cosa-mercancía "equivalente universal" de todas las demás cosas-mercancías. Por consiguiente, prevenir y reducir la tasa de suicidios con políticas públicas de salud mental resulta no sólo insuficiente y reformista, sino inútil. Hay que abolir el suicidio junto con toda la sociedad mercantil generalizada que lo produce. Sólo la revolución comunista puede hacerlo. 
 
En efecto, sobre la base material de la abolición de la propiedad privada, el trabajo asalariado, las clases sociales, el mercado y el Estado, el comunismo será "un mundo sin dinero" y, por tanto, sin suicidio. ¿Por qué? Porque en el comunismo la prioridad será el ser humano, mejor dicho, el libre desarrollo de todas las facultades y relaciones humanas, sin intermediación del dinero. Ya no lo será, como lo es bajo el capitalismo, "la producción por la producción" ni "el consumo por el consumo" de mercancías, las cuales de hecho ya no existirán como tales: sólo habrá cosas para ser usadas y satisfacer las necesidades humanas, sin intermediación del dinero valga subrayarlo. Por lo tanto, como todo será de todos y habrá abundancia material, también habrá deseo y alegría de vivir. En otras palabras, porque la comunidad humana y el individuo dentro de ella recuperará el poder sobre su propia actividad y sobre los productos materiales e inmateriales de la misma. Por lo tanto, en el comunismo los seres humanos recuperaremos el poder sobre nuestra propia vida, salud, enfermedad y muerte. Es más, siguiendo a Bordiga (ver En Janitzio no se teme a la muerte), en el comunismo no se temerá a la muerte individual —a causa de vejez o enfermedad porque ésta será una parte orgánica y consciente de la vida de toda la especie humana, la naturaleza, el cosmos y su historia.  
 
Mientras tanto, ¿qué hacer? ¿"Conflictividad permanente"? ¿"Guerra popular permanente"? ¿"Pasar al ataque" y "bienvenida sea la muerte"? ¿"Morir luchando"? ¿Ser "guerrilleros heroicos"? ¿Ser mártires o suicidas políticos? ¡No! Lejos del conformismo y el pacifismo, ¡destruyamos esa mitología necrófila y sacrificial que todavía está presente en filas marxistas y anarquistas por igual! ¡La revolución se hace para cambiar y vivir la vida como comunidad real en libertad real, no para seguir fetichizando la violencia y la muerte como lo hace el capitalismo! Por eso es que en tiempos de reanudación revolucionaria, como por ejemplo en 1968, la tasa de suicidios cae prácticamente a cero (ver El planeta enfermo de Debord). 
 
¿Y en tiempos de contrarrevolución como el actual? ¡Con más razón todavía! Porque en estos tiempos es cuando más necesitamos resistir y prepararnos para cuando, al calor del antagonismo de clases que no de aparatos formales ni informales tipo "rambo" de los pobres, "la tortilla se vuelva" en contra de los psicópatas amos de esta sociedad de clases y fetiches mercantiles. Por lo tanto, hermanos proletarios: practiquemos el apoyo mutuo y la unidad en todos los aspectos que nos sea posible, para que no pasemos hambre, aislamiento ni sufrimiento psíquico; sobre todo, para que ningún compañero revolucionario se suicide. Hagamos un esfuerzo extra para que nuestros colectivos políticos anticapitalistas también sean grupos de apoyo mutuo en este aspecto "personal" que en realidad es de clase y de vida o muerte. Politicemos el malestar psicológico (pues "todos estamos rotos" y "no nos falta serotonina, nos sobra capitalismo") y prefiguremos en la práctica la vida nueva por la que decimos luchar, incluyendo las emociones, los afectos y los cuidados. La solidaridad es nuestra mejor arma en la guerra de clases, y ésta es muy diferente a la guerra militar. El comunismo que se viva en la lucha hoy es tan importante como la lucha por la sociedad comunista del mañana. Al fin y al cabo, el comunismo no es una ideología ni una utopía ni mucho menos ese capitalismo de Estado tipo URSS y China, sino "el movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual" (ver La ideología alemana de Marx).
 
Con todas estas reflexiones de fondo, entonces, publico aquí las dos traducciones/ediciones paralelas del artículo de Marx sobre el suicidio, con sus respectivos enlaces, contenidos y extractos significativos. La primera estuvo a cargo de Ricardo Abduca: Acerca del suicidio, Ed. Las Cuarenta, Buenos Aires, 2012. Aparte de su excelente estudio introductorio ad hoc, incluye dos artículos relacionados más de Marx. En mi opinión, ésta es la más completa y centrada en la temática, ya que prioriza la relación entre el suicidio, el trabajo asalariado, el desempleo, la pobreza, el encierro, la desesperación y la lucha contra la sociedad burguesa. Mientras que la segunda estuvo a cargo de Nicolás González Varela: Sobre el suicidio, Ed. El Viejo Topo, Barcelona, 2012. En mi opinión, ésta es más erudita pero menos centrada en la temática, ya que prioriza la relación entre el suicidio y la opresión de género o el patriarcado. Ambas traducciones/ediciones no son contrarias, sino complementarias. A quien le interese todo esto, que lo lea, saque sus propias conclusiones, y lo use para la lucha colectiva revolucionaria por cambiar y vivir la vida.
 
Finalmente, decir que para mí y creo que para muchos otros proletarios en determinado momento el suicidio pasó de ser un objeto de equívoco deseo a ser un objeto de (esquizo)análisis crítico radical, tal como en este prólogo al artículo de Marx. Porque, como diría Vallejo, "la vida me ha dado ahora en toda mi muerte" y, como diría Whitman, hay que "continuar (¡oh, vivir, vivir siempre!) y dejar los cadáveres atrás."  
 
____________________________
 
* Este dato se encuentra en Acerca del suicidio, pp. 23 y 25. Asimismo, a fines del siglo XIX, el comunista anárquico y "enfermo mental" Carlo Cafiero denunciaba que "¡El mismo trabajador es en la actualidad el enemigo de las máquinas, porque le disputan el salario, lo expulsan de la fábrica, lo lanzan a la desesperación, a la muerte!" (ver Anarquía y Comunismo, 1880), y exclamaba: "Camaradas, hagamos aprisa la revolución; porque, podéis verlo, dejan morir a nuestros compañeros en la cárcel, en el exilio o locos por culpa de terribles dolores." (ver Discurso en el funeral de Giuseppe Fanelli, 1877)
 
Locura Proletaria
Quito, octubre de 2017
 

***

ACERCA DEL SUICIDIO

Este libro está compuesto de tres artículos de Karl Marx:

  • «Acerca del suicidio» (título original: Peuchet: vom Selbstmord), 1846;
  • «El encarcelamiento de Lady Bulwer-Lytton» (título original: The Imprisonment of Lady Bulwer Lytton), 1858;
  • «El aumento de la demencia en Gran Bretaña» (título original: The Increase of Lunacy in Great Britain), 1858.

Traducción, edición y estudio introductorio de Ricardo Abduca. Publicado en 2012 por Las Cuarenta, Buenos Aires, Argentina. 

(Estudio introductorio de Ricardo Abduca:
Marx y la cuestión del suicidio. Hipótesis de lectura
  • Un texto singular
  • Suicidio, pobreza y demencia como atributos del encierro
  • Marx ante la situación social de la mujer
  • El suicidio como enfrentamiento desplazado)


Contenido de la contraportada y breve reseña del libro

“Desde el siglo XVIII se va implementando en Gran Bretaña un sistema de control social, en parte mediado por las parroquias protestantes –las católicas estaban excluidas. Los desocupados indigentes deben realizar trabajos sencillos y engorrosos… haciéndolo en un espacio cada vez más disciplinario: la workouse [‘casa de trabajo’].
[…] Marx observó en El Capital cómo a principios del siglo XVIII se buscó una “workhouse ideal”, en donde se trabajara [niños incluidos] 12 horas… También cómo la situación social de la fábrica está imbricada con la vida familiar y con los asilos-workouses.
Aparece la situación de encierro, el disciplinamiento, el carácter social de la demencia: si una persona no está demente, puede volverse tal una vez que está encerrada.
Por otra parte, la selección de casos [de suicidio] de Peuchet muestra cómo la vida familiar misma, las mismas relaciones de parentesco y el código jurídico de las relaciones familiares, representan una situación de encierro para las víctimas, como encerrado está el oro en el cofre del avaro.” (Ricardo Abduca, Estudio introductorio de "Acerca del suicidio" de Karl Marx, 2012, pp. 26 y 30)
“El impulso suicida, en suma, es posible cuando ocurre una extrema desvalorización de sí mismo [como ser humano], cuando no hay otras alternativas para librar un enfrentamiento. Los casos de suicidio, de demencia, de encierro en la workhouse, expresan un tipo de miseria comparable a la conocida afirmación [de Marx] sobre el “opio del pueblo” de la “miseria religiosa”: “expresión de la miseria real y protesta contra la miseria real… espíritu de un estado de cosas sin espíritu.”
[…] Una sociedad no sólo se conoce por sus logros sino por sus víctimas. Todos aquellos cuya percepción de sí mismos, de lo que son y de lo que podrían ser [como seres humanos], desacuerda trágicamente con la experiencia de eso que es su vida. Eso presenta Marx en estas páginas. Historias de personas que, atrapadas por lazos sociales que los sepultaban, y los sepultaron, no podían saber lo que valían. Y si lo sabían, no podían demostrarlo.” (Abduca, 2012, pp. 42-43)
“La cifra anual de suicidios, en cierto sentido normal y periódica ante nosotros, no es sino un síntoma de la organización defectuosa de la sociedad moderna, ya que en tiempos de hambrunas, de inviernos rigurosos, el síntoma siempre es más manifiesto, de manera que toma un carácter epidémico en momentos de desempleo industrial y cuando sobrevienen las bancarrotas en serie. En esos casos, la prostitución y el robo se acrecientan en la misma proporción. En principio, por más que la mayor fuente de suicidio corresponda principalmente a la miseria,  lo encontramos en todas las clases, entre los ociosos ricos tanto como entre artistas y políticos. La diversidad de las causas que lo motivan nos parece que escapa a la condena unánime y despiadada de los moralistas.
Las enfermedades de tipo tuberculoso, contra las cuales la ciencia actual es impotente e insuficiente, amistades despreciadas, ambición amilanada, dolores familiares, la eliminación de los competidores, el disgusto frente a una vida monótona, con toda certeza, suponen ocasiones de suicidio para naturalezas de cierta riqueza, y el mismo amor a la vida, motor enérgico de la personalidad, conduce muy a menudo a sacarse de encima una existencia detestable.
[...] El suicidio no es algo antinatural en lo más mínimo: día a día podemos atestiguarlo. Lo que es contrario a la naturaleza no ocurre. Por el contrario, es natural a nuestra sociedad el dar a luz a muchos suicidas, mientras que los tártaros no se suicidan. No todas las sociedades, sin embargo, tienen los mismos productos; es lo que hay que decir para reformar la nuestra, y hacerla ascender a un escalón más alto [como especie humana]. […]
Todo lo que se ha dicho contra el suicidio da vueltas sobre el mismo círculo de ideas, mas la existencia misma del suicidio es una evidente protesta contra esos designios ininteligibles.
[...] ¿Qué clase de sociedad es ésta, en la que se encuentra en el seno de varios millones de almas, la más profunda soledad; en la que uno puede tener el deseo inexorable de matarse sin que ninguno de nosotros pueda presentirlo? Esta sociedad no es una sociedad; como dice Rousseau, es un desierto, poblado por fieras salvajes. 
[…] Descubrí que, fuera de una reforma total del orden social actual, todos los intentos de cambio serían inútiles.
Entre las causas de desesperación que hacen que las personas dotadas de una gran susceptibilidad nerviosa, así como los seres apasionados y melancólicos, busquen darse muerte, he remarcado que el rasgo predominante está en los maltratos, las injusticias, los castigos secretos que los padres, o superiores faltos de compasión, ejercen contra las personas que dependen de ellas. La revolución [francesa] no ha hecho caer a todas las tiranías; los disgustos que se han reprochado a los poderes arbitrarios subsisten en las familias; causan crisis análogas a las de las revoluciones.
En definitiva, los vínculos entre los intereses y los corazones, las verdaderas relaciones entre los individuos, tienen que recrearse entre nosotros desde los cimientos, y el suicidio no es más que uno de entre mil y un síntomas de la lucha social general, la que podemos percibir en frescos datos históricos, la lucha de la que tantos combatientes se retiran. O porque están cansados de engrosar las filas de las víctimas, o porque se rebelan contra la idea de ocupar un sitial de honor entre los verdugos.” (Karl Marx, Acerca del suicidio, 1846, pp. 66-72)

***

SOBRE EL SUICIDIO


Este libro NO se encuentra disponible en internet.

Sólo están disponibles su estudio preliminar, una entrevista al traductor-editor y un audio sobre el libro, cuyos links son los siguientes:

 
“Según un sociólogo de la cultura de la categoría de Michael Löwy, estamos ante una pièce unique en la bibliografía del joven Marx. Este corto y olvidado texto reescrito en su exilio en Bruselas, al mismo tiempo traducción y adaptación, publicado en alemán en una revista revolucionaria en 1846, es uno de los más poderosos argumentos contra la opresión de las mujeres jamás publicado. A partir de los datos detallados de un gran estadístico francés, Jacques Peuchet, Marx ilustra los aspectos anómalos, desnaturalizados y contradictorios de la vida moderna, de la existencia bajo el Capital, de la alienación que nos lleva al suicidio, y que afecta no sólo a las clases desposeídas, sino a todas las esferas y manifestaciones de las relaciones humanas. Incluso hoy en día estas historias se nos presentan con una descarnada actualidad. Marx y Peuchet nos hablan del Patriarcado, de la tiranía familiar, de la violencia de género, pulsiones que sobreviven a la Revolución francesa, que empujan a los más débiles y a los más dignos a cometer el suicidio como salida desesperada. Es una de las pocas veces que Marx tratará el tema de la opresión femenina públicamente. El artículo es una crítica a la vida cotidiana burguesa, una poderosa descripción de la alienación, el extrañamiento entre las personas y un alegato sobre el amplio y universal objetivo emancipador del auténtico Comunismo.
[…] Como nos cuenta Benjamin en su texto sobre Baudelaire, el suicidio como passion particulière de la vie moderne estaba al orden del día entre las clases trabajadoras del París del Segundo Imperio [1840s]: “Las resistencias que lo moderno opone al natural impulso productivo del hombre están en una mala relación para con sus fuerzas… Lo moderno tiene que estar en el signo del suicidio, sello de una voluntad heroica que no concede nada a la actitud que le es hostil. Ese suicidio no es renuncia, sino pasión heroica… Por ese tiempo se hizo habitual en las masas proletarias la representación del suicidio… Incluso un obrero llega a entrar en la casa de Eugène Sue y se ahorca en ella… El suicidio pudo muy bien aparecer a los ojos de Baudelaire como la única acción heroica que le quedaba en los tiempos de la reacción a las multitudes maladives de las ciudades”. (González Varela, Estudio preliminar de "Sobre el suicidio" de Karl Marx, 2012)

“Un doble estímulo, seguramente, una combinación indisoluble de acicate teórico desde el Socialismo francés, como lo destaca en el comienzo de su artículo, y el modo de vida que compartía con las clases trabajadoras alemanas emigrantes. Es muy posible que la temática social (y personal) del suicidio bajo el Capitalismo pueda haber estado influenciada por las vivencias del propio Marx en su exilio de París y Bruselas, lugares en los cuales como un emigrée pobre y desclasado, experimentó la desesperación, la miseria extrema, la exclusión e incluso la tentación del suicidio. [Pero,] El París que encontró Marx era en esa época la “La Mecca del socialismo”, la “Nueva Jerusalén” de las utopías revolucionarias. […]
Aparte por su composición, uso revolucionario del fragmento citacional, muy poundiano, el texto de Marx sobre el suicidio es curioso por muchas razones. Es la primera y última vez que tratará el tema de la opresión de género y la tiranía del pater y mater en la familia burguesa; se observan importantes iluminaciones sobre el problema de género y la crítica a la alienación en el entonces “joven-joven” Marx. El texto se concentra sobre la opresión doble (económica y familiar) de la mujer en la Francia burguesa del Segundo Imperio (de los cuatro casos de suicidio que considera, tres son protagonizados por mujeres, no es casualidad que el otro caso sea el de un desempleado de edad madura). No encontraremos algo parecido en toda su obra esotérica y exotérica. Es de alguna manera un Marx inusual y poco familiar al que estamos acostumbrados.
[…] Para Marx la alienación y la enajenación, tal como lo planteaba Hegel en la famosa dialéctica del Amo y el Esclavo, afecta a ambos polos del conflicto social, en grados diferentes; a su vez dentro de cada polo de la oposición, se generan dominaciones (dominación de un sexo sobre otro, como la del pater familia o la opresión del marido sobre su esposa o de la sociedad sobre el cuerpo de una mujer) sancionadas jurídicamente por el Estado. Por sobre estos despotismos ancestrales y reconfigurados por la propia revolución burguesa, se le suma la miseria (no del pauperismo) como un complemento más de violencia sistémica y silenciosa. El suicido es un fenómeno multiclasista, socialmente transversal, que se intensifica en aquellos que sólo tienen para intercambiar en el mercado su fuerza de trabajo.” (González Varela, Entrevistado por López Arnal, 2013)