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miércoles, 13 de mayo de 2020

Fantasías. Sobre una "teoría" del éxito-fracaso


Nota de LP (Quito, mayo 2020). Los textos que siguen a continuación fueron escritos hace casi una década por el ya desaparecido Grupo Anarco Comunista (GAC) de México D.F. Leídos desde nuestra perspectiva actual, estos textos contienen algunos elementos criticables, a saber: poner énfasis en la consciencia, la ideología, la cultura, los medios de comunicación, la academia, el consumismo, los individuos, etc., y no en las condiciones materiales de existencia de los individuos como son las relaciones de producción y reproducción social alienada, las cuales incluyen dentro de sí a las formas ideológicas o alienadas de consciencia, ej.: el fetichismo de la mercancía y todo lo que se deriva de esta fantasía, “ilusión intersubjetiva o psicopatología sobre la que basamos todo el funcionamiento de la sociedad”, al decir del filósofo marxista Jordi Soler. Pero, en cambio, su mérito consiste en abordar de manera crítica y radical algunos temas de la cultura y la vida cotidiana bajo el capitalismo, principalmente la ideología del “éxito” y el “fracaso” que, sin duda, también constituye un problema psicosocial, pues para los “fracasados” (es decir, para la mayoría de proletarios hoy en día) conlleva a la ansiedad, la depresión y hasta el suicidio. También es meritorio que citen a Wilhelm Reich y Uníos Hermanos Psiquiatrizados, compañeros históricos muy apreciados en este blog antipsiquiátrico y anticapitalista. Por ello es que publico estos textos aquí. Además para que ya no sigan archivados en una computadora (hace años que ya no existe el blog del GAC), sino para que los pueda leer y sacar sus propias conclusiones un público un poco más amplio que también se cuestione estos temas.


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FANTASÍAS. SOBRE UNA “TEORÍA” DEL ÉXITO-FRACASO

Hemos gastado nuestros días buscando la potencia entre las ruinas y la chatarra, 
pero finalmente nos hemos dado cuenta que no era ahí donde debíamos buscar. 
Lo que perseguimos no pude habitar en este mundo miserable que no es nuestro, 
y cuyo entorno es una “snuff-movie” eternamente en “play”. 
Su esbozo se encuentra acá, en una estrella a punto de estallar 
que cada uno de nosotros lleva sobre sus hombros. 
Podemos afirmar que ahora, que hemos perdido
un mundo entero y maldecimos con toda la fuerza de nuestras almas,
nos encontramos en disposición de conquistar uno nuevo, uno propio.
Uníos Hermanos Psiquiatrizados en la guerra contra la mercancía - U.H.P

Desde temprana edad cada individuo recibe una especie de “curso intensivo”, o mejor dicho, un amaestramiento para sobrellevar la vida actual. Desde pequeños, al ser socializados, se comienza por la imitación de las dinámicas burguesas, las cuales son impuestas para sobrevivir. Los padres, sin saberlo, capacitan a sus hijos para ser en carne viva la reproducción de todos los parámetros que exige esta sociedad de clases.

Se “educa” al menor para abstenerse de ser un agente de cambio radical, se le instruye para ser un autómata decrépito y vulnerable que obedezca los designios del mercado y las leyes del Estado.

Después de los padres, la institución escolar y los medios masivos de comunicación se encargarán de llenarlo de fuertes dosis de ideologías burguesas (ciudadanismo, consumo en exceso, modas, estilos de vida, etc.): “compra, consume, desea, imita, compite, supérate, respeta, resígnate…” son las palabras favoritas que se usan ordinariamente en las escuelas, los templos religiosos, las redes virtuales y los televisores.

La fantasía es otro elemento que se utiliza para favorecer el funcionamiento del orden existente. Introyectando en todos la idea de soñar aquello que en la miserable realidad no se puede ni podrá satisfacer. De antemano se hace hasta lo imposible por sobreponer el “deber ser” (ideal) ante el molesto “ser” (realidad). Ser rico, atractivo, feliz, simpático, astuto, o, tener un auto, una pareja sexual y sentimental envidiable, una casa grande con alberca y jardín, una carrera terminada, un doctorado, viajes alrededor del mundo, cientos de amigos, en fin, “éxito”. Aspiraciones excéntricas que el Capital, por medio de su publicidad y educación, deposita en las conciencias de todos, haciéndolas pasar como verdades absolutas, incuestionables e irrefutables.

Insatisfacción, aburrimiento y vacío, sensaciones reales que se experimentan detrás de las insinuaciones de la sociedad espectacular, en los entornos de la educación, la política, el arte, los medios de comunicación, etc., que al no proveer en lo concreto de la satisfacción que se busca a través de la fantasía, se cae en la desesperación de no obtener aquello que se ansía. En la escuela, la educación positivista cumple su función en sus contenidos de racionalismo, progreso, bienestar, superación. En los medios, la ideología de la felicidad, el consumo liberador, el american dream. En la política, el liberalismo, la democracia, el ciudadanismo, la patria y las leyes. En la vida cotidiana, las ideologías místicas del “decretar” lo que se quiere tener; que en un juego mental aduce que sacrificándose por lo deseado, tarde o temprano se obtendrá.

La fantasía se impregna fácilmente en los cerebros porque es admitida y aprobada por cualquiera, desde el dueño de una empresa hasta el activista “anti-capitalista”.

La fantasía es el deseo de aquello que nos convencemos nos hace falta. De manera acrítica se va por la vida fantaseando sobre aquello que no se es, no se tiene o no se siente. Buscando remediar aquella insatisfacción a toda costa, afanándose en el trabajo para conseguir dinero y comprar la “necesidad” material del momento; estudiando y estudiando para progresar (en esta vida de mierda) y regodearse en la elevada sapiencia y cultura; meterse a una secta, una religión extraña y radical o un grupo de amigos; conocer a la mujer/hombre de sus sueños, etc.

El mundo del Capital es una realidad insostenible racionalmente, es una locura, pero cualquier locura puede prolongarse sin cesar gracias a la idea que nos hacemos de ella, el espectáculo con en el que se maneja y la dosis fantástica que se deposita en todos para continuarla.

Rechazar el mundo de las fantasías y del rompimiento entre ser y deber ser, y por consiguiente, del privilegio del deber ser ante el ser, es decir, del materialismo sucumbiendo ante el idealismo, es un paso difícil pero contundente ante la destrucción de la conciencia burguesa, que se ha colocado a fuerza para sobrevivir y revitalizar el orden de explotación existente.

Pareciera que fracasar en el mundo de la burguesía es dar la espalda a un compendio de exigencias que se nos imponen, como el tener esto o aquello, ser esto o aquello, sentir esto o aquello… y si conscientemente se manifiesta este “fracaso”, se estaría retando a la frustración y compulsión; ese infierno que depara el mundo burgués a los infieles y pecadores que se atreven a retarlo.

Pero ¿qué fracaso?: ¿el del vagabundo?, ¿el del adicto a las drogas?, ¿el del borracho lascivo? Bien, aún mismo el fracaso está condicionado, permitido por la sociedad burguesa, un “fracaso” que asegura el control y el buen funcionamiento de la sociedad; no está demás que la civilización actual mantenga en su seno a sus seres antisociales, freaks, beodos y pervertidos de toda clase, siempre y cuando éstos no impliquen algún problema, tomen alguna terapia, o se pudran en los burdeles designados.

Ante todo, “éxito y fracaso” son las dos partes de una misma ideología que promueve la sociedad burguesa; bien, si buscas el “éxito” vivirás en una bonita casa, tendrás auto del año, una pareja atractiva, status, buen gusto, etc. Si es al contrario, si te rebelas ante esta estupidez, entonces tienes otra opción: el “fracaso”, o sea, ser un drogata, un pandillero, un violador, un borracho, o un vagabundo, como lo quieras, siempre y cuando estés lo suficientemente perturbado y embrutecido como para no tomar conciencia del real funcionamiento de la vida en general y de la tuya en particular.

Rebelarse contra tal degradación y autodenigración, no tiene nada que ver con encerrarse en una especie de pureza social, política y moral. Tiene que ver con tomar por primera vez en la vida una posición de seres humanos ante la debacle de lo social y espiritual bajo las actuales condiciones de sobrevivencia. Y esta toma de posición está mucho más allá de fantasear con el éxito o atascarse en el fracaso, es una posición de constante ruptura con lo que nos está limitando y oprimiendo; no en busca de una supuesta “felicidad” y placeres pasajeros, sino como lucha constante contra todo aquello que nos está hundiendo en la frustración y la compulsión de la vida moderna, ajena a la vida comunitaria del ser humano.

Grupo Anarco Comunista
México D.F., 2011

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CANTOS DE SIRENA

Los derechos humanos son concesiones. 
La miseria sobre-equipada hace enfermar. 
La enfermedad parece ser la única forma de existencia que nos queda bajo la 
égida de la mentira organizada. Y duele.
Fraude: así explicamos el actual espectáculo de las relaciones entre personas.
Un escenario lleno de humo, un engaño tosco y mal urdido.
Deseamos convertirnos en maestros de herejías.
Uníos Hermanos Psiquiatrizados en la guerra contra la mercancía - U.H.P

Lo que comúnmente se conoce como cultura se refiere al compendio de formas sociales, lingüísticas, estéticas y visuales que conforman una identidad humana. Cualquier grupo humano tiene la capacidad de procurarse su “cultura”, pues ésta, entre otras cosas, sirve para el mantenimiento de las recetas sociales que preservan a los grupos humanos.

Lo que se designa como cultura va, desde lo que se trasmite por televisión y lo que se escucha comúnmente en la radio, hasta la obra literaria más culta o la obra de arte de moda. La cultura es el basamento de las sociedades, la cual resguarda las formas, códigos, valores, etc., que las sociedades heredan a las futuras generaciones.

Nuestra cultura (occidental, capitalista) consta de una determinante básica: transformar absolutamente todo sin que cambie nada en esencia. Las cadenas televisivas y de todos los medios de comunicación saturan sus “contenidos” con ideologías varias afines al orden burgués, estilos de vida hedonistas o de apariencia progresista, civilizada, pequeñoburguesa… a la masa popular se la retrata festiva, chévere, soñadora, llena de fe religiosa. Los libros de autoayuda se venden por miles, recetas contra la depresión, la gordura, el amor y demás chucherías llenan las estanterías de las librerías. Literatura ocasional para un público ocasional: novelas de moda, literatura “consagrada”, Harry Potter, Crepúsculo, lo último sobre el narco o la chatarra politiquera del momento. La música es lo peor. El ruido es más bello que las alabanzas a la idiotez que se oyen por todos lados.

Esta es nuestra cultura, aparte del adiestramiento escolar y las tontas idas a los museos, de arte moderno, alternativo, arte urbano…el teatro, o los conciertos de música culta a las que a veces se asiste por puro esnobismo o casualidad. Las salas de cine se atascan de familias y adolescentes aburridos, necesitados de experiencias asombrosas, sin tener que moverse de su butaca acojinada. Los conciertos, entre más gente asista a uno, es sinónimo de la simplonería que se ejecuta sobre el escenario.

Quienes comandan este movimiento de culturización de la sociedad, les importa un carajo las repercusiones que ocasionan, cuando en todo instante nos hablan en sus películas, su música, sus obras literarias, y sus demás desperdicios, de un éxito (inalcanzable), de belleza (transitoria), de felicidad (que no llega), de amor (falsa ilusión) y tantas otras cosas que buscan ser alicientes para el estado de consternación de las personas.

Esta era de miseria hasta lo que aparenta ser más hermoso está infectado de un tufo insoportable por dentro. Cada quien se lamenta de la vida, de lo mal que le va en el amor, de la carrera trunca, de los hijos que se rebelan, de las autoridades que abusan, y sin embargo, los podrás ver todos los domingos frente al televisor viendo el reality show en boga o el futbol de la liga europea.

Seguirán votando por el partido político de siempre, deseando a las rameras de la tv, leyendo las revistas y periódicos de chismes. Ellos quieren ser como sus artistas de moda, como los que salen en la telenovela, como los rockstars que viajan en jets privados y cantan canciones de protesta, como el vecino próspero de la colonia, como el empresario millonario, como el narcotraficante.

Toda su vida han sabido sólo algo, tan elemental y tan jodido que espanta, sólo deben hacer lo que otro les diga que hagan, pensar en el mismo sentido y actuar asimismo. Cualquiera que se salga de la norma está mal, está equivocado. Es la psicología de los pequeños hombrecitos…

«El pequeño hombrecito no está interesado en escuchar la verdad acerca de sí mismo; no desea asumir la gran responsabilidad que le corresponde, que es suya, quiéralo o no. Quiere permanecer así, o cuando mucho quiere volverse uno de esos grandes hombres mediocres -ser rico, jefe de un partido, de la Asociación de Veteranos de Guerra, o secretario de la Sociedad de Promoción de la Moral Pública. Pero asumir la responsabilidad de su trabajo, alimentación, alojamiento, transporte, educación, investigación, administración pública, explotación minera, eso nunca», como bien lo externó Wilhelm Reich.

Debemos escuchar la música de moda, el llamado del amor de los canta-autores analfabetas elevados al nivel de poetas, el eco contagioso de los sonidos del gusto popular.

Canciones de amor, o mejor dicho, de esa aberración que se llama amor y se vende y se compra porque así el mercado lo ordena. Ese falso sentimiento que destruye las relaciones humanas en vez de hacer lo contrario. ¿Por qué? Por estar podrido de lugares comunes: lamentarse por la amada/o, por el infiel, por la relación terminada, y un sinfín de ideas propias del mundo unidimensional en el que vivimos, que gusta de alojarse en el sentimentalismo barato más excesivo y depravado que podría encontrarse.

Esta cultura es decadente, genera sus propios engendros con los cuales ya no puede lidiar: violadores, padres alcohólicos, adolescentes sádicos, vagabundos, un sinfín de mujeres burladas por hombrecillos.

Y también así, a los sepultureros de esta cultura: todos aquellos rabiosos que desatan la destrucción de los convencionalismos, la cultura hipnótica y analgésica de hoy día.

Grupo Anarco Comunista
México D.F., 2011

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«De nada vale interpretar, eso también es apariencia, es idea, es ficción, lo real es transformar, actuar, crear. Los esclavos somos espectadores pasivos, estamos bajo un mundo que nos somete a su dictadura, al control y manutención del Estado, y no hacemos más que negar todo ello en nuestros cerebros, es nuestras ideas, creemos que somos profesores, abogados, jóvenes, viejos, escolares, desempleados, enamorados, buenos, hijos, padres, deportistas, hinchas, rockeros, etc., pero solo somos tuercas dentro de la maquinaria, sin vida propia, sin elección. No reconocemos quienes somos. El sistema te condena a tener diversas formas, diversas apariencias, permitiendo que puedas imaginarte y pensar que eres único y diferente, cuando tu base material es la misma de la de miles de millones humanos degradados a la raza proletaria. En conclusión eres un pobre y triste humano que vive para enriquecer a otro.
Hacemos cosas que parecen nuestras, parecen individuales, parecen decisiones personales, pero sólo seguimos la danza mercantil impuesta por los dueños y amos del mundo, que también se rigen por las leyes de la sacrosanta economía capitalista…
El sistema ha impuesto su lenguaje mistificador y legalizado del mundo bajo la dictadura del dinero. El sistema habla, dialoga, te llama, te escucha, hace que hables y que lo critiques (aparentemente) pero mientras no rompas con su esencia, con la producción mercantil, la propiedad privada, y la plusvalía, todo seguirá siendo parte del show, del espectáculo. No importa si hablas, criticas, o le respondas al sistema, si le hablas en su lenguaje y dentro de él, todo continúa intacto.»
Notas Iconoclastas - Comité de Urgencia

«La expansión de la informática y su dominio sobre todos los aspectos de la vida muestra que estamos sometidos al régimen del aislamiento controlado.
Los estragos cometidos en los 60 por la TV son amplificados por la microinformática que permite a cada cual quedarse en casa conservando la ilusión de hablar con alguien.»
Os Canganceiros #3

«Recordemos las conversaciones que tenemos diariamente, hablamos y hablamos, dialogamos sin parar con la pareja, con la familia, con los compañeros del colegio, del trabajo, del barrio, con los amigos de tiempo, con los parientes lejanos, por facebook, por whatsapp, por celular, qué decimos, de qué hablamos: cómo vamos en los estudios, cómo va el trabajo, cómo va la familia, cómo van nuestras compras, las novedades en las tiendas, los sitios de moda, los conciertos, las fiestas, las chicas, los chicos, el problema de salud de el tío o de la abuela, … en casos más jodidos, del cansancio del trabajo, del mal gobierno de derecha (o izquierda), de la falta de dinero, del profesor que nos reprobó, del aumento que no tuvimos, y en el caso más radical… de la movilización sindical de mañana, del problema en Irak o en España, del Imperialismo norteamericano, del sub-desarrollo, etc.…
Todo esto es sólo una ilusión, nada de esto es real, estas conversaciones no son nuestras, no conversamos para destruir nuestra esclavitud sino que la dejamos en alguna parte del cerebro, encerrada, olvidada, no queremos saber, no queremos oírnos, no queremos ser conscientes de lo que pasa realmente… como dice la película… Una esclavitud voluntaria.»
Notas Iconoclastas - Comité de Urgencia

viernes, 24 de abril de 2020

Se viene una epidemia de trastornos de salud mental

Tomado de Psiquiatría.com
17 de abril de 2020

RESUMEN
Los médicos de Salud Mental avisan de que cuando pase la etapa más crítica del coronavirus llegará «otra epidemia»: la de las enfermedades psiquiátricas. «Las depresiones y otras patologías se multiplicarán por dos tras estas semanas», avanza José Manuel Montes, jefe de sección de psiquiatría en un hospital madrileño.
«Estos días se consume más alcohol y hay alteraciones en la alimentación. Se consumen más grasas, más azúcares rápidos… Las personas tienen ansiedad y se sufre el aislamiento social y físico que influye también en la salud mental»,  expone por su parte el doctor José Ángel Arbesú, miembro del comité de la Estrategia Nacional en Salud Mental del Ministerio de Sanidad.
Estos expertos señalan que el riesgo de enfermar es transversal: afectan tanto los contagiados que superen la enfermedad, como las familias de personas fallecidas por coronavirus, como los sanitarios y como la población en general que padecen serios problemas como la pérdida del trabajo. En un encuentro virtual de la Sociedad Española de Médicos de atención Primaria (SEMERGEN) indican además que un problema importante es el abuso de ansiolíticos y psicofármacos.
En este punto, José Manuel Montes subraya que es «la incertidumbre» lo que provocará esta «epidemia».  «Aunque tenemos pocos datos, sí que sabemos que después de estas situaciones de epidemias, de sufrimiento a nivel social, se multiplican por dos prácticamente los problemas de ansiedad y depresión», expone este experto.


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«El aislamiento total o parcial de nuestros seres queridos implica suspender los lazos afectivos que hacen a nuestras vidas. Esto no solo nos debilita emocionalmente, sino que también nos deja a merced de la extraña compañía de distintos dispositivos tecnológicos. Pantallas, táctiles o no, que nos bombardean con su sobreinformación y que median entre el mundo y nosotros, manteniéndonos en contacto solamente a través de la virtualidad. La inactividad del confinamiento nos conduce al agotamiento físico y por tanto también al agotamiento psicológico paulatino. Así mismo, la incertidumbre sobre el futuro y el pánico dominante nos agota emocionalmente lo cual también nos produce cansancio físico. Cabe recordar que en las guerras de las últimas décadas los muertos de posguerra, enfermos y suicidados, duplican a los caídos en enfrentamiento.» - Estamos en guerra. Boletín La Oveja Negra N° 69: Coronavirus y cuestión social. Abril 2020

jueves, 23 de abril de 2020

Sobre el ataque a nuestros lazos

Tomado de Madrid cuarentena city n° 1 (marzo 2020)


El confinamiento tiene unas consecuencias desastrosas sobre uno de los pilares más importantes de nuestra vida: las relaciones personales. Éstas están siendo obligadas a distanciarse, a romperse, a sustituir el contacto de la carne por el aislamiento de los bits y las pantallas. No es como cuando alguien que quieres marcha por situaciones vitales a algún lugar alejado, donde se tiene la certeza de que ese lazo seguramente a la vuelta esté polvoroso pero intacto, o que vivirá en el recuerdo; pero ahí se tiene el apoyo de todas las otras relaciones en las que nos apoyamos en nuestra vida diaria. Esta situación de cuarentena ha interrumpido forzosamente de la noche a la mañana el curso de nuestras interacciones sociales, ha confinado nuestras vidas al módulo de aislamiento.

Hay quien tiene suerte y al menos (al menos porque para nada completa el vacío que han dejado los lazos distanciados) puede pasar el confinamiento con gente que quiere y en la que apoyarse mutuamente, pero, ¿qué es de las personas que viven solas? ¿quién escuchará sus gritos de ayuda cuando el suicidio aupado por la ansiedad llame a su puerta? ¿Y las mujeres que tienen a su propio carcelero en casa? Se dice que la policía estará atenta de llamadas por violencia de género, pero no podemos esperar que la policía solucione estos problemas, menos aún cuando sabemos que la mayoría de las veces contribuyen a la vejación y humillación de la mujer maltratada. Además, ¿realmente estando encerrada con una persona que te domina podrás coger el teléfono?, ¿podrás salir a la calle? Las cifras de feminicidios nos mostrarán que no. ¿Y quién no tiene sitio donde vivir? A los que los militares “ayudarán” y “relocalizarán”. No debemos fiarnos para nada de lo que dice el Ejército que hará cuando no estemos mirando porque estemos encerrados en casa.

Y para añadir otra piedra a la mochila, el pánico social no sólo ha hecho que individualmente la gente rompa sus lazos, sino que intente romper los que intentan resistir. Regañinas desde los balcones por caminar juntas por la calle, por darse la mano, abrazarse, besarse… Ansiedad colectiva en la base del “yo me estoy quedando en mi casa y tú te lo estás tomando a broma”. Pero es que hablar por whatsapp, skype, redes sociales y demás alternativas que nos proporciona la tecnología ni de lejos valen para salir de la ciénaga de ansiedad y locura en la que nos han hundido. Se necesita contacto, se necesita caminar con alguien sin estar pensando que un coche patrulla nos va a poner un multón por mantener los lazos y no caer en la histeria.

¿Qué pasará cuando podamos volver a salir a la calle y no sepamos relacionarnos en grupo, cara a cara en una plaza? ¿Cuando la ansiedad social esté generalizada y tengamos que unirnos y luchar contra el mundo de mierda en el que vivimos?

No dejemos que el pánico social y el control estatal destruya lo más valorable que tenemos, fortalezcamos nuestros lazos para que sean cadenas irrompibles que barran la dominación.

lunes, 23 de octubre de 2017

Ansiedad

Nota de LP: Publico este artículo porque varias veces he sentido y todavía siento ansiedad -junto a su inseparable compañera: depresión. "Episodios maníacos". Lo más horrible son los ataques de ansiedad o "pánico", más aún cuando se tiene insomnio. Pero bueno, volviendo al artículo, sus autores sostienen con razón que la causa principal de la ansiedad se encuentra en "el mundo laboral" y, más específicamente, en el trabajo asalariado, por ser enajenado/enajenante y explotado, y porque hoy en día el estrés y la inseguridad (o el miedo) forman parte de la cotidianeidad laboral, gestionada por los "recursos humanos" y la "salud ocupacional". Lo cual efectivamente es así, puesto que el trabajo asalariado es de naturaleza precaria, no sólo por la preocupación de "no llegar a fin de mes" con el salario percibido, sino porque esencialmente al no ser propietario de los medios de producción, el empleado es desempleado en potencia y viceversa. Vidas proletarias: vidas precarias. Asimismo dentro del "mundo laboral", mejor dicho bajo la dictadura de la economía, un proletario también sufre ansiedad cuando no tiene trabajo ni dinero para pagar sus cuentas, sus obligaciones, sus deudas. Ésta ansiedad se puede terminar convirtiendo en angustia, desesperación e incluso suicidio. Millones en el mundo padecen ansiedad. Así de grande y grave es.
Pero la ansiedad también se debe a otros factores no económicos, que tienen que ver con la relación individuo-sociedad: desde el simple hecho de comunicarse con otra persona hasta mantener relaciones afectivas y sexuales, sobre la base de la soledad generalizada o "la sociedad de los hombres solos", cosificados, aislados e idiotizados en el plano emocional e interpersonal. Como esta sociedad se encuentra alienada o enajenada por el fetichismo de la mercancía y la valorización del valor, la ansiedad se da por tener y no por ser. Competencia por el “éxito”, es decir por "la triste obligación de tener que ser feliz". Si no tienes o si tienes menos, entonces "eres" menos que los otros, eres un “fracasado”, un “don nadie”, y la interiorización de esa mierda ideológica socialmente aceptada es la que te pone ansioso (mejor dicho, ansioso-deprimido-ansioso). ¿Tener qué? Principalmente, trabajo y amor –según Fromm- y un montón de cosas más compradas con el dinero, pero en ausencia de comunidad y vida humana real, ya que el "amo y señor" dinero no admite otra "comunidad" que no sea la de él. Y si no se las encuentra o, en su defecto, si se llega a vivir relaciones humanas pero sólo de manera esporádica y "líquida", pues existen "sustitutos" como las "redes sociales" y las drogas (“los paraísos artificiales” que criticaba Baudelaire… “los [varios] opios del pueblo”, como diría Marx). Algo que, a su vez, se termina convirtiendo en un círculo vicioso, en un cuadro de “patología dual”, p. ej. un ansioso/depresivo solitario y drogadicto. (Los psicofármacos -en este caso, los "ansiolíticos"- lo alivian y contrarrestan, pero también pueden convertirse en otro tipo de drogas adictivas -fármacodependientes- y, a la larga, perjudiciales.) 
Finalmente, está aquella ansiedad que tiene que ver con "el ser en el tiempo": ese oscuro vacío que succiona el pecho por dentro cuando se observa al pasado con nostalgia y/o culpa, y al futuro con incertidumbre e inseguridad (y tedio); es decir, cuando el presente resulta un vacío y entonces es como estar ausente o no estar, llegar a sentirse ajeno a uno mismo, o sea enajenado. La ansiedad-ausencia (o "la nada existencial") a veces incluye ciertas "alucinaciones" (ideales, auditivas y/o visuales), es decir "locura", sobre todo en condiciones de encierro; el cual, no es estrictamente necesario que tenga lugar en un psiquiátrico propiamente tal, sino que, en esta sociedad carcelaria donde algunos edificios multifamiliares a veces parecen panópticos habitacionales, puede darse incluso en la propia casa, donde la habitación se vuelve una especie de celda, un “cubo” mental de aislamiento-ensimismamiento-autohundimiento. Peor si estás sin empleo y sin dinero para salir a la calle: más ansiedad. Mierda.
Frente a todo eso, los autores del artículo plantean identificar, criticar y combatir las causas y no los efectos de la ansiedad, es decir las condiciones capitalistas de producción y de existencia, por lo tanto, hacerlo mediante la lucha de clase por la revolución social entendida como transformación de nuestra vida cotidiana. "El revolucionario es -dicen-, sencillamente, alguien que comprende por qué se encuentra incómodo en este mundo, alguien que quiere acabar con esa situación enfrentándose con las causas y no simplemente parcheando las consecuencias. El revolucionario no es un mártir, es alguien que prefiere luchar para vivir que sobrevivir vegetando en cualquier rincón. El revolucionario siente pasión por la vida y por eso acaba aburriéndose de los sucedáneos de vitalidad que ofrece el sistema para mantenernos como zombis resignados." 
Lo cual ciertamente es una tensión, una lucha permanente o, al menos, latente, con uno mismo y con el mundo. Porque mientras siga existiendo el sistema de trabajo asalariado y por lo tanto la condición proletaria-precaria, indefectiblemente seguirá existiendo ansiedad en este mundo de mercancías y no de seres humanos, en esta sociedad del trabajo y del dinero; así como también, al mismo tiempo, seguirá existiendo la lucha –individual y colectiva- por salir de ese "rincón" sombrío y enfrentar la vida con todas sus contradicciones y conflictos, porque la vida es lucha y -como dicen unas bellas niñas- “es de colores”.
El artículo salió en “Adrenalina” nro. 5 y luego en Comunismo nro. 54 (febrero 2006). Gracias a los amigos de Materiales por compartirme la transcripción revisada y corregida del mismo, que es la que aquí publico.  

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ANSIEDAD

Nerviosismo, inquietud, inseguridad, angustia..., ansiedad. Son distintas formas de describir estados en los que nos encontramos a menudo. Se pueden manifestar en forma de tensión, falla de concentración, dificultad para tomar decisiones, sensación de pérdida del control sobre nuestra propia vida... También puede aparecer como palpitaciones, mareo, sequedad en la boca, movimientos torpes o sin una finalidad concreta, evitación de situaciones, etc.
La ansiedad es una reacción emocional ante una amenaza o peligro y es útil porque nos prepara para afrontarlos. Las condiciones de vida en que nos desenvolvemos marcan de manera decisiva nuestros estados de ánimo y, estos a su vez, influyen en la relación que tenemos con nuestro entorno. Conseguir los medios necesarios para vivir nos obliga a vender gran parte de nuestro tiempo y esfuerzo.

RECURSOS (para explotar) HUMANOS

Así es como se llama en el mundo empresarial al departamento, sección o responsable encargado de conseguir que el empresario saque mayor beneficio de la explotación de los trabajadores, para que nos expriman más y mejor.
Entre sus funciones está la de elegir a quién se contrata y a quién no, la de señalar a quién se debe renovar y a quién despedir, la de evaluar a cada trabajador para decidir sobre su futuro, la de establecer a quién y cómo se dan los incentivos, la de elaborar planes de formación que faciliten la introducción de las nuevas tecnologías, la de hacer que el trabajador identifique sus intereses con los de la empresa, la de servir de pantalla protectora de la directiva en momentos de conflictividad laboral, la de informar a la dirección del clima existente y la de hacer cumplir las órdenes de ésta a los trabajadores. Si en los años ‘40 el jefe de personal era un administrativo “de confianza” del director o un ex-militar, la evolución de la estructura y del funcionamiento empresarial ha hecho que quienes componen este departamento hoy sean psicólogos, trabajadores sociales y abogados. Así mismo se han separado las funciones de recursos humanos (rr.hh.) de las de relaciones laborales y estas últimas se ocupan ahora de los asuntos administrativos y de las reclamaciones de los trabajadores. También se tiende actualmente a la descentralización del departamento y su descarga en los jefes de línea; así como a un funcionamiento como suministrador de servicios a la empresa cuyo producto es la mejor explotación de la mercancía más importante: las personas.
La creciente importancia de la dirección de rr.hh. se debe al contexto cambiante en que se mueven las empresas y su continua necesidad de adaptación se debe a la introducción de nuevas tecnologías, a los cambios en la organización interna de la empresa, a la aparición de nuevas leyes, pero sobre todo se debe a que se dan las condiciones para un recrudecimiento del enfrentamiento entre empleadores y empleados. Cuando los empresarios prevén una época de conflictividad es cuando el departamento de rr.hh. toma verdadera importancia pactando con los líderes sindicales a espaldas de los trabajadores, chantajeando, reprimiendo o despidiendo a los menos domesticados.
La relación con el mundo laboral es la responsable de muchas de nuestras tensiones cotidianas, no hay más que mirar a nuestro alrededor para observar las consecuencias: dificultades para relacionarnos, actitudes autodestructivas, búsqueda de chivos expiatorios, etc.
Las salidas falsas que se nos ofrecen al trabajo asalariado (autoempleo, “cooperativismo”, supervivencia a base de robo o subsidios) no son más que maneras distintas de sobrevivir que en muchos casos, solo contribuyen a empeorar nuestra frágil estabilidad emocional. Así pues, queramos disfrazarlo o no, estamos obligados a relacionamos con el mercado laboral a lo largo de casi toda nuestra vida.
Los cambios que se están produciendo en la forma en que se desarrolla el trabajo asalariado nos influyen directamente, no solo en el momento de trabajar sino en toda nuestra vida. La palabra que mejor define la relación que hoy tenemos con el trabajo es la de inseguridad.
Inseguridad a la hora de conseguir un empleo, inseguridad una vez que lo hemos conseguido por la posibilidad de perderlo cuando quiera el jefe (sin consecuencia ninguna), inseguridad cuando estamos trabajando porque se nos puede cambiar de puesto (de contenido de trabajo) en cualquier momento; inseguridad en los ingresos que pueden variar a gusto del patrón en cualquier momento. El resultado es que vivimos en un estado de permanente incertidumbre, en el cual de un día para otro, por circunstancias ajenas a nosotros, nuestra vida puede dar un vuelco (siempre a peor, claro) a causa de la relación que estamos obligados a mantener con el trabajo asalariado.
El mismo proceso de transformación del mercado laboral ha hecho que el colectivo de trabajadores asalariados quede fragmentado a su vez en varios subgrupos por las condiciones en que se desarrolla nuestra explotación. Hay quienes mantienen seguro su puesto porque al capital le conviene de momento que así sea, hay quienes pierden poco a poco esa seguridad porque son cada vez mas prescindibles, estamos quienes nos movemos en las relaciones laborales totalmente inciertas e inseguras, y están también quienes directamente han sido excluidos del mundo laboral a su pesar y sin posibilidad de conseguir los medios básicos de supervivencia.
En este contexto de fraccionamiento laboral y de debilidad de la conciencia de pertenencia a una misma clase, la trabajadora, el apoyo mutuo escasea. Sólo las luchas y los choques con quienes nos explotan pueden hacer resurgir la solidaridad entre explotados. Mientras tanto, la sensación de soledad y de indefensión contribuyen todavía más a aumentar nuestra ansiedad. A esto hay que añadir las condiciones en las que trabajamos y la presión calculada a la que nos someten nuestros empleadores para extraer lo máximo de nosotros.
La frustración que implica vernos obligados a bloquear nuestros propios deseos y necesidades por la urgencia de mantener, por un poco de tiempo más, nuestro empleo temporal añade todavía más angustia a nuestra existencia.
El resultado de todas estas tensiones supone habitualmente un desgaste lento que va socavándonos poco a poco. Desgaste que mina nuestra seguridad en nosotros mismos, que nos hace sentirnos insignificantes frente a nuestros explotadores y que, muchas veces, hace que nos sintamos responsables de situaciones que no hemos elegido. Un desgaste que puede acabar convirtiéndonos en vegetales deseosos de que toda esta pesadilla acabe cuanto antes, mientras “descansamos” viendo caricaturas de nosotros mismos en el programa televisivo de moda.
Cuando reconocemos la ansiedad en nuestra vida reaccionamos automáticamente, es natural. Sin embargo, muchas veces, esta reacción no solo no nos alivia, sino que nos confunde todavía más y contribuye a la perpetuación de la situación miserable.
Gran parte de estas reacciones vienen dictadas por creencias que nos han inculcado y no hemos sabido o querido cuestionar. Creencias dictadas en muchos casos por los mismos que quieren mantenernos como explotados inofensivos y obedientes. Creencias útiles para confundirnos y empujaron a aceptar con resignación nuestra condición de esclavos. Creencias y hábitos que deberíamos destruir para afrontar de forma realista la situación en la que vivimos.
Asumir el papel de víctima es una de estas imposiciones. Desde todos los ámbitos se refuerza esta idea. Y, en parte, es cierto que somos víctimas de un sistema que se sostiene sobre nuestra explotación de la mayoría para el beneficio de unos pocos. Pero esto es solo una porción de la realidad. Tenemos también parte de responsabilidad en que esto siga siendo así, mantenernos en el papel de víctimas contribuye a aumentar nuestra impotencia y confusión. Solo luchando contra los que se benefician de nuestra situación sentaremos las bases para acabar con la explotación.
Desarrollar nuestra capacidad para analizar las razones que nos mantienen sometidos, es el primer paso para salir de la fosa victimista. Asumir que tenemos capacidad para intervenir en el presente y defender nuestra dignidad enfrentándonos a nuestros amos, es el siguiente.
Otra reacción ante la ansiedad es culpabilizarnos de nuestra propia situación asumiendo que somos los responsables exclusivos de todo lo que nos pasa. En este sentido va dirigida la propaganda institucional que trata de descargar en nosotros la responsabilidad por nuestras condiciones de vida. También desde la propaganda del sistema se nos anima a que busquemos culpables de nuestras miserias entre gente cercana (familiares, inmigrantes, vecinos, etc.) En uno y otro caso de lo que se trata es que no salgan a la luz las verdaderas relaciones de explotación, que no distingamos a nuestros verdaderos enemigos y que no empecemos a actuar de forma consecuente con esta realidad.
En la búsqueda de cierta seguridad es fácil caer en la tentación de aferrarse a ideologías, dogmas, sectas, religiones, patriotismos de cualquier color o incluso al culto al trabajo, lo que nos hace hundirnos un poco más.
Siempre que nos sentimos amenazados de alguna manera, a la ansiedad le suele acompañar un impulso destructivo. Este es una consecuencia natural de nuestra situación. Es necesario aceptarlo como algo útil que nos suministra energía y motivación para afrontar las amenazas y para satisfacer nuestras necesidades. Además es un detector infalible que nos avisa  cuando nuestras necesidades están amenazadas o en peligro.
La destrucción, nuestra capacidad destructiva, nos da miedo por dos razones sobretodo:
Primero, porque implica la negación de todo lo que nos han enseñado respecto a nuestra finalidad en este mundo. Un mundo dominado por la ideología capitalista, por el culto a la cantidad y a la adquisición. Una sociedad basada en la acumulación debe necesariamente fomentar el rechazo sobre su contraria: la destrucción llevada a cabo por los que tenemos poco o nada que perder, y que ésta se desarrolle en el plano físico o de la ideas.
En segundo lugar, nuestra capacidad destructiva, nos asusta porque no podemos separarla de nosotros mismos; mientras la acumulación puede escindirse de uno (se acumulan discos, libros, etc.) la destrucción va asociada inseparablemente a quien la practica. La destrucción no es un concepto o pensamiento metafísico, implica actividad física y mental a la vez. Al destruir el individuo se arriesga a destruirse a sí mismo en el intento (o al menos a poner en peligro su tranquilidad socio-domestica).
Se hace necesario, por todo esto, aceptar nuestra capacidad destructiva como algo útil y natural. Se hace necesario también aprender a canalizarla correctamente. A dirigirla contra la fuente real de nuestras miserias. No hacerlo implica que suframos estallidos periódicos de ira fuera de contexto contra alguien que no tiene por qué ser responsable de nuestra situación o contra nosotros mismos en forma de actitudes autodestructivas.
El miedo a la muerte, más o menos camuflado, está presente no solo en relación a la destrucción sino también en otros ámbitos de nuestra vida. Históricamente el poder lo ha usado como herramienta de dominio. La religión hace del miedo a la muerte un instrumento para controlar a los feligreses. La democracia capitalista, cuyos mandamientos se imponen en forma de leyes, usa la muerte legal (la cárcel) como una importante herramienta de control. A la vez promociona actitudes ante la vida que son claramente perpetuadoras del sistema. Las actitudes de tipo cristiano en las que la vida es un lugar donde se deben hacer méritos, en forma de resignación y sufrimiento, para “la otra vida” se añaden a las actitudes de tipo instintivo, en las que la vida es un “matar el rato”, un rumiar pasivo de sensaciones esperando la muerte; o el tipo hedonista, promocionado por las marcas comerciales, en el que se habla lo menos posible de “problemas” y se pretende centrar la existencia en una danza entre el dolor y el placer, con algún estimulante de por medio en forma de producto de moda en el mercado.
Frente a este vivir insípido, solo cabe una actitud, la de tomar las riendas de la propia vida y darle un sentido que la eleve por encima de la supervivencia. Observar la realidad que nos rodea, desafiando las creencias que nos han inculcado, tomar conciencias de las razones por las cuales nos encontramos en la situación que nos encontramos, darnos cuenta de nuestra capacidad para intervenir en nuestro entorno, comprobar que no somos los únicos en esta situación y actuar en consecuencia.

Comprender la realidad que nos rodea, sin dejarnos manipular por la ideología capitalista o por cualquier otra forma de pensamiento fosilizado, es un paso imprescindible da cara a intervenir en nuestro entorno. Dotarnos de los medios teóricos implica analizar la dinámica de los acontecimientos, la evolución de la economía y comparar nuestra situación con otras similares en otros lugares o en el pasado. Cualquiera que quiera desarrollar el enfrentamiento con quienes nos mantienen sometidos necesita hacer un esfuerzo por entender el sentido de los acontecimientos actuales y descubrir en ellos las fuerzas en movimiento que se necesitará impulsar o combatir.
La comprensión del mundo que nos rodea debe hacer visibles a quienes se esnifan nuestra sangre día a día. Cada hora que perdemos haciendo que el empresario se forre, cada hora que perdemos esperando la cola de la oficina de empleo, cada hora que perdemos en el transporte que nos lleva al curro, nuestros enemigos disfrutan de los beneficios que les reporta la situación actual. Por ello el enfrentamiento con el enemigo tiene que ser permanente, para ello se le debe conocer, aprender cómo actúa, cuáles son sus puntos débiles e incidir sobre ellos.
Parte de nuestro esfuerzo tiene que encaminarse a señalar a nuestros enemigos, hacer públicas sus actividades y su implicación en el aparato que nos exprime. Quien quiera acabar con este modelo social debe entender la destrucción como una herramienta básica. Destrucción de los pilares ideológicos sobre los que se sostiene hoy el capitalismo; destrucción de las creencias que nos impiden actuar eficazmente y nos dificultan las relaciones con nuestro entorno; destrucción de todo lo que nos mantiene sometidos. Nuestra creatividad tiene que ser una herramienta para amplificar nuestra capacidad destructiva.
Es necesario plantearnos cómo queremos intervenir y desarrollar proyectos reales que hagan visible en nuestro entorno la existencia de un rechazo total al sistema capitalista.
Es necesario acabar con la imagen estereotipada del revolucionario como una especie de misionero evangelista (que tanto se lían empeñado en practicar los intelectuales izquierdistas y los gurús de diversas ideologías “salvadoras”); es necesario acabar con los misioneros de todo tipo. El revolucionario es, sencillamente, alguien que comprende por qué se encuentra incómodo en este mundo, alguien que quiere acabar con esa situación enfrentándose con las causas y no simplemente parcheando las consecuencias. El revolucionario no es un mártir, es alguien que prefiere luchar para vivir que sobrevivir vegetando en cualquier rincón. El revolucionario siente pasión por la vida y por eso acaba aburriéndose de los sucedáneos de vitalidad que ofrece el sistema para mantenernos como zombis resignados.
Gran parte de la angustia y las tensiones con las que convivimos son consecuencia directa de nuestra relación con el mundo laboral. Los ansiolíticos reformistas en forma de apaños socialdemócratas no van a terminar con las causas de nuestro mal. Solo el enfrentamiento directo con el sistema capitalista y sus defensores puede sentar las bases para la transformación real de nuestra vida cotidiana.

“NO PODEMOS VIVIR ETERNAMENTE RODEADOS DE MUERTOS Y DE MUERTE Y SI TODAVÍA QUEDAN PREJUICIOS HAY QUE DESTRUIRLOS...   (NO PUEDE  UNO) ENCERRARSE COBARDEMENTE EN UN TEXTO, UN LIBRO, UNA REVISTA DE LOS QUE YA NUNCA MAS SALDRÁ,   SINO AL CONTRARIO, SALIR FUERA PARA SACUDIR, PARA ATACAR   (...) SI NO ¿PARA QUÉ SIRVE?”
ANTONIN ARTAUD