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lunes, 27 de julio de 2020

En el ring del malestar: terapia versus política

María Zapata. El Salto. 11 de mayo de 2020

Nota de LP (Quito, julio 2020):

Publico este artículo porque aborda de manera crítica un tema de sumo interés para este blog: la relación entre psicología y política, en la sociedad en general, y en el llamado «medio revolucionario» en particular. Esto a pesar de que no comparto en lo absoluto el sesgo de izquierda académica postmoderna, feminista y reformista de su autora, expresado en conceptos tales como "neoliberalismo cisheteropatriarcal", "nuevo orden psico-biopolítico", "discurso terapéutico", etc. y en las referencias a Foucault, Byun-Chul Han, etc. Porque como les dije a un compañero y a una compañera hace poco: se puede abordar este y otros temas no abordados por el marxismo y el anarquismo clásicos sin necesidad de recurrir al postmodernismo de izquierda, sino desde una perspectiva materialista, clasista, anticapitalista y antipsiquiátrica heterodoxa, amplia, compleja y dialéctica que cuestione, clarifique y resuelva todos los elementos y problemas de la vida cotidiana.

No repetiré aquí lo que ya he planteado y desarrollado en anteriores entradas sobre la mentada relación. Sólo diré, por un lado, que durante las últimas décadas y años en los espacios militantes y activistas de izquierdas se ha pasado del desprecio racionalista y politicista de lo psicológico al gestionismo emocional y el psicologismo "new age" o, como dice la autora de este artículo, a la «terapeutización» o individualización de los problemas psicológicos que absolutamente todas las personas tenemos bajo este sistema social profundamente enajenado y enajenante ya que fetichiza la mercancía y mata por dinero (en efecto, en estos precisos momentos de crisis y pandemia, si el capitalismo no nos mata de coronavirus, nos mata de hambre, de depresión, o a balazos si protestamos), paradójicamente en el marco del actual «capitalismo emocional» o «sociedad terapéutica» (Espai en Blanc). Las partes del mismo texto que he resaltado con negrita son elocuentes y claras al respecto.

Por otro lado, diré que se trata de ir más allá de admitir que nuestras mentes-cuerpos y nuestras relaciones humanas están hechas mierda en su mayoría, es decir, que nuestras vidas como proletarios/as están hechas mierda, así como también que hay que asumir y "trabajar" los problemas psicológicos y personales de/entre los militantes y activistas anticapitalistas de manera humana y políticamente revolucionaria, claro está, sin aceptar lo inaceptable ni justificar lo injustificable (agredir física y psicológicamente a los otros y a uno mismo, relaciones tóxicas, individualismo o egocentrismo, falta de seriedad y responsabilidad con los acuerdos y compromisos, autojustificaciones ideológicas y emocionales, doble moral, etc.); o que hay que luchar y sanarnos juntos; o que hay que cuidarnos entre nosotros mismos, entre compañeros y compañeras (queda pendiente ampliar y profundizar sobre la cuestión de los cuidados en este blog); o que los colectivos políticos deben esforzarse también por ser grupos de apoyo mutuo que no de "autoayuda" económico y psicológico, a ver si así la solidaridad y la comunidad de lucha dejan de ser sólo palabras, deseos e/o ilusiones de sus integrantes, empezando "puertas adentro"; o, en una palabra, que hay que «politizar el malestar» (Espai en Blanc), para no cagar más estos espacios ni nuestras vidas y para autoliberarnos de manera integral (mejor dicho, de la manera más integral posible ya que la pureza y la perfección no existen). Porque todas las personas que hemos sido militantes de izquierdas (incluidas las ultraizquierdas, aquí nadie se salva, ni los compañeros críticos de las ultraizquierdas) sabemos por experiencia propia léase por errores propios que hay procesos políticos que a veces se cagan por no saber asumir y tratar bien los problemas y las relaciones personales dentro de ellos, así como también algunos sabemos que la revolución social será la revolución de la totalidad de la vida cotidiana o no será. Y como bien dice el Comité Invisible: en estos tiempos la virtud revolucionaria cardinal no es la radicalidad abstracta sino el tacto, es decir el saber tratar bien las relaciones y los devenires revolucionarios.  

Politizar el malestar no significa "autogestionar colectivamente el malestar" como dice la autora de este artículo, porque eso también es gestionismo emocional. Politizar el malestar (psicológico) significa luchar colectivamente por reconocer, abolir y superar sus causas sociales capitalistas de carácter histórico, material y de clase, es decir mediante y sólo mediante la lucha por hacer y ser la revolución social. Asumiéndolo, compartiéndolo, agitándolo y esforzándonos por transformar a la par nuestras condiciones objetivas de existencia, nuestras relaciones y nuestras subjetividades en este camino de lucha compartido. Así como mi libertad real sólo es posible y se expande con la libertad de los otros (Bakunin), así también la politización y transformación revolucionaria de mi malestar sólo es posible y se expande con la politización y transformación revolucionaria del malestar de los otros. Es correcto y realista, entonces, no separar sino saber encontrar el equilibrio entre lo emocional y lo racional, entre la sensibilidad humana y la seriedad política, para no caer ni en el irracionalismo personalista, sentimentalista, irresponsable y manipulador (del tipo "tu crítica es un ataque a mi persona", "si no aceptan mi problema y mi excusa, entonces no son coherentes con su discurso" o "eso no es humano" o "eso es de gente con mente cuadrada" o "eso es moralismo y autoritarismo" o "la cagó pero no digo nada porque es mi amigo/a", etc.) ni en el frío y cruel racionalismo politicista o militantista (del tipo "ese no es nuestro problema" o "eso es de pequeñoburgueses revisionistas" o "eso es de locos/as" o "eso es motivo de multa, juicio y expulsión", etc.). Insisto: saber encontrar el equilibrio entre la sensibilidad humana y la seriedad política en las relaciones entre los compañeros y compañeras que luchamos por hacer y ser la revolución social. 

Es decir, así como hay que cuestionar y superar la indiferencia o, en su defecto, la torpeza de la mayoría de izquierdistas y de personas en general para tratar los "asuntos personales" y emocionales en los espacios políticos colectivos, así también hay que cuestionar y superar lo individualizados y terapeutizados que estamos todos y todas actualmente (con psicoterapia, psiquiatría, drogas, espiritualidad, arte, deporte, trabajo, estudio, familia, pareja, sexo, la misma militancia y activismo político y/o con lo que sea). Sí, hay que afrontar y superar el sufrimiento de manera política y colectiva, no de manera terapéutica e individual. Sí, hay que volver a lo colectivo o lo comunitario, pero no lo comunitario que se integre o incluya como "alternativa" dentro del sistema, sino lo comunitario que antagonice, rompa y supere a la normalidad capitalista, patriarcal, moral (cristiana) y psiquiatrizada (y también que critique y supere a la misma política, pero ese es otro tema); en una palabra, el comunismo o, lo que es lo mismo, el movimiento comunista, movimiento real y contradictorio que es revolucionario precisamente porque asume sus propias contradicciones de todo tipo para superarlas. La autora dice que "el debate está servido". Yo digo que el reto está planteado. Porque es una necesidad sentida, y porque enunciar y debatir todo esto es necesario pero no es suficiente: no sólo hay que hablarlo, hay que hacerlo, sin creerse infalibles y sin temor a equivocarse, sino más bien para aprender y avanzar así mismo, en la práctica.  

Por si acaso, para evitar malas interpretaciones y juicios apresurados e injustos de algunos compañeros (del tipo "eso es psicologismo o psiquismo" o, peor aún, "eso es moralismo", etc.), que quede claro que todo lo antedicho sólo se refiere específicamente a la relación entre psicología y política en el medio revolucionario (uno de los ejes temáticos de este blog); la cual es sólo una parte de la totalidad de las relaciones sociales reales que, para nosotros los revolucionarios, se trata de criticar teóricamente y transformar prácticamente. 

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En los últimos años he visto cómo mis espacios politizados se van terapeutizando sin ninguna resistencia e, incluso, dejamos que eso ocurra como si se tratase de un triunfo. Contaré algunas situaciones para explicar a qué me refiero con esto de la terapeutización.

Ejemplo 1: un buen amigo, compañero de lucha militante en espacios liberados, me cuenta, orgulloso, que lleva varios años en psicoterapia. Le pregunto por qué, y me dice que empezó para trabajarse algunas historias familiares, y que luego siguió porque le enganchó eso de poder hablar de sus emociones y de “trabajarse” a sí mismo. Es una persona muy cercana, porque no sólo hemos compartido militancia, sino que hemos vivido juntas. Entonces le comento que rara vez habla conmigo de sus emociones o historias familiares, le hablo de los retos de la masculinidad hegemónica, y le pregunto por qué no habla de esto con amigas/os de su entorno.

Me contesta que prefiere la psicóloga, porque es alguien ajena a su mundo cotidiano, y porque ya tiene la costumbre de prepararse durante la semana lo que dirá en la sesión, y luego ir y poder hablar sin parar durante una hora. Todo esto me lo cuenta durante una hora y media, y en ningún momento me pregunta por mí, aunque hace mucho tiempo que no nos vemos. Supongo que es el entrenamiento de ser sólo escuchado, y yo me siento la psicóloga (sin sueldo) de turno.

Ejemplo 2: Varias compañeras del colectivo han hecho o están haciendo la formación en psicoterapia Gestalt, como muchas otras personas de mi entorno. Un día tenemos un conflicto en el colectivo y ellas proponen hablar de las necesidades y deseos de cada una, y lo argumentan diciendo que para las feministas “lo personal es político”. Probamos, y durante varias horas cada una habla desde su yo, sin referencia de lo colectivo. A mí me chirría todo esto, y me parece que está bien saber qué queremos cada una, pero que lo importante es saber qué necesita y desea el colectivo.

Discutimos sobre lo que significa cuidados, porque para ellas se basa en saber lo que cada una quiere y poder respetarlo. Para mí, y para otras compañeras, cuidarse pasa por respetarse a una misma, pero también a las necesidades y deseos del colectivo. Es una discusión que no acaba en consenso, y se generan fisuras insalvables en el colectivo.

¿Os suenan estas historias? No son las únicas que podría contaros, y estoy segura de que también vosotras tenéis muchas más, porque en los movimientos sociales no escapamos de lo que ocurre en el resto de la sociedad, y también nuestros espacios de militancia y nuestras relaciones se están psicologizandoEs decir, la terapia está fomentando la individualización y la pérdida de la comunidad en los espacios políticos, o al menos, lo intenta. Explicaré esta idea poco a poco, y las diferencias que veo entre una y otra forma de abordar los malestares. Empezaré con una, muy breve, revisión de nuestra historia.

Desde finales del siglo XX hemos asistido a una transformación de la biopolítica (que se refiere al poder de gobernar sobre las formas de vivir), donde el ámbito de lo emocional ha tomado protagonismo y paulatinamente viene aconteciendo una psicologización de la sociedad (Eduardo Crespo y Mª Amparo Serrano, 2013). Las emociones, como señala la socióloga Arlie R. Hochschild (1979 y 2008), son fenómenos culturales cargados de significados propios dependiendo del grupo social y de su contexto sociohistórico. Y siempre existe un control social de lo emocional porque es algo intrínseco a todo grupo social y, además, la forma de ese control cambia con el paso del tiempo y de los acontecimientos históricos y políticos.

En nuestra cultura occidental moderna se han ido sucediendo multitud de mutaciones, según pasábamos de una economía basada en el sector secundario a una basada en el sector terciario (Hochschild, 2008). Y el impulso del sector servicios trajo consigo un cambio en cuanto a lo emocional: antes era algo reservado al ámbito de lo privado, y ahora también toma valor en la esfera de lo público debido a una serie de beneficios en relación con lo económico y lo laboral que, poco a poco, van permeando al resto de esferas de la vida.

Igual es difícil de comprender, pero podemos intentar pensar en cómo era antes el mundo laboral y cómo es ahora. Un ejemplo es que actualmente se valora mucho una sonrisa o el buen humor en una trabajadora, aunque no esté de cara al público. Y esto es así porque se prioriza que la persona trabajadora pueda “gestionar” o “manejar” sus emociones (todos términos del mundo empresarial), a la vez que todos los ámbitos de nuestra vida se inundan con un vocabulario propio de la psicología: ya no estamos nerviosas sino que tenemos ansiedad, o no estamos pasando un duelo sino que tenemos depresión, o la empatía y la resilencia son nuestras mejores aliadas frente al enojo, que tan pocas veces debe mostrarse en público.

Vivimos en lo que Eva Illouz (2007) ha definido como capitalismo emocional, una nueva fase de este sistema socioeconómico donde, en palabras de Illouz, “las emociones se convierten en realidades a ser evaluadas, examinadas, discutidas, negociadas, cuantificadas y mercantilizadas […] El capitalismo emocional imbuyó las transacciones económicas —en realidad, la mayor parte de las relaciones sociales— de una atención cultural sin precedentes al manejo lingüístico de las emociones, convirtiéndolas en el centro de las estrategias de diálogo, reconocimiento, intimidad y autoemancipación.”

Un nuevo orden psico-biopolítico, que diría Byung-Chul Han (2012), cuya principal característica es gobernar la vida por medio del discurso terapéutico, creando nuevos significados del self, es decir, re-produciendo nuevas formas de subjetividad. Y esta nueva forma de poder y gobernanza está impulsada por el nacimiento y consolidación de la psicología, que desde principios del siglo viene dando pasos para convertirse en nuevo dispositivo biopolítico de lo emocional, expandiendo el discurso terapéutico a todos los ámbitos de la sociedad (educación, trabajo, familiar…). Y, ahora, su lenguaje está por todas partes creando realidad. Ya no tenemos un jefe que pisotea nuestros derechos laborales, sino que sufrimos mobbing en el trabajo, o en la escuela ya no hay niñas/os que son crueles con otras/os, sino que se padece bulling, o en los hogares ahora hay que abrazar los conflictos y al sistema familiar que sostiene nuestra personalidad, porque los problemas están en las formas que han tomado esas interacciones y no en las estructuras desiguales de dominación.

En otras palabras: no es que el cisheteropatriarcado se encarne en tu madre y te haga la vida imposible por ser una marimacho, sino que su propia trayectoria familiar le hace expresar su malestar de esa forma y tendrías que intentar entender su rol y el tuyo en ese sistema familiar que compartís para encontrar la serenidad (emoción muy bien valorada socialmente).

Esta nueva sociedad terapéutica, como la llama el colectivo Espai en Blanc (2007), tiene dos implicaciones en cuanto a nuestros malestares: la primera es que la persona es la única responsable de las acciones a emprender para acabar con su sufrimiento (la lógica capitalista del “hazte a ti mismo”), y la segunda es que al ser individual es más fácil patologizar situaciones de desigualdad social y económica y comenzar a leer todos esos malestares sociales encarnados como una mala salud emocional de individuos concretos.

Unas consecuencias que ayudan a la implantación del capitalismo neoliberal y que son justo lo contrario por lo que muchas veces luchamos en nuestros espacios políticos. Y es que la terapia y la política son cosas muy distintas y quiero dar ejemplos de esto, porque varias veces he escuchado comentar “qué terapéutico es esto”, después de participar en un evento o jornada antisistema y es algo que me genera muchísima inquietud. Me parece imposible hablar de una terapia política o de una política terapéutica, de hecho, me parecen términos contrarios. Explicaré por qué.

TÉRMINOS CONTRADICTORIOS

Primero, el discurso y la ideología terapéutica tienen como único centro al individuo. La lógica terapéutica es indagar en la propia historia personal, guiada por los traumas o momentos más dolorosos, para poder entender y transformar el presente. Es decir, se potencia la idea de aprender desde el sufrimiento del sujeto como motor y lugar de aprendizaje. Sin embargo, politizar el malestar es justo lo contrario; es buscar e identificar las causas sociales del malestar, mirar cómo lo colectivo se encarna en sujetos individuales que son continuamente relacionales y salir del rol de víctima de la propia historia. El sufrimiento está, es inevitable, y por supuesto que lo vivimos cada una en sus carnes, pero es algo que responde al contexto en el que vivimos y muchas veces es fruto de injusticias que hay que denunciar y evitar que vuelvan a pasar. Ésto es lo que pretendían nuestras antecesoras feministas al enunciar “lo personal es político”.

Segundo, la narrativa terapéutica está creada sobre una estructura de sentimientos y emociones, pero con la lógica de “manejar” lo sentido, o de intentar no sentirlo, o de sólo sentirlo en lugares determinados y boicoteando o malinterpretando la lucha feminista de dejar de subyugar lo afectivo bajo lo racional.

La terapeutización es una forma de control social por medio del autocontrol sobre una/o misma/a, haciendo sujetos cada vez más homogéneos porque se normativiza lo emocional. Y es que la terapia no es “liberadora”, sino ortopédica (que es su raíz etimológica), es decir, su función es la de corregir lo disfuncional, lo torcido, lo que no sirve al sistema. Frente a esta cuestión la politización sería lo contrario: abrazar la diversidad y asumir que en las diferencias encontramos la vida. Dejar de controlar lo emocional para satisfacer las economías de mercado y hacerlo sólo para poder vivir de forma respetuosa en sociedad a partir de unas normas y valores compartidos y no desde la lógica narcisista de los propios deseos y necesidades.

Con todo esto no quiero decir que la psicoterapia no sea necesaria. Todo lo contrario, me parece una muy buena herramienta para momentos vitales en los que nos vemos desbordadas o sin herramientas propias y colectivas, sobre todo, cuando son psicoterapeutas feministas o ya politizadas las que acompañan y cuando ya hemos intentado otras muchas estrategias. Pero tendría que ser en momentos puntuales, y no algo que releve a nuestras formas autogestivas de sostener el bienestar o paliar el malestar.

Las terapias son algo privado y privativo que siguen lógicas poco comunitarias, como hemos visto, y sin embargo el cuidado es un fenómeno social vinculante que implica siempre una interdependecia radical. Y quizás este sea nuestro talón de Aquiles: la incapacidad de asumirnos vulnerables, frágiles, y dependientes de las otras. El capitalismo nos ha grabado a fuego que tenemos que ser autosuficientes, capaces de todo por nosotras mismas, sobre todo si performas la masculinidad hegemónica, que es el sujeto ideal del neoliberalismo cisheteropatriarcal.

Quizás por eso el amigo del ejemplo 1, lejos de buscar en su entorno de amistades un espacio de confianza y seguridad para poder hablar de sus malestares, lo hace con una profesional a la que paga por los servicios de acompañamiento. Quizás, era demasiado doloroso sentirse un gudari [soldado, en euskera] destronado por la templanza perdida e ir a una psicóloga costaba menos de aceptar porque uno mismo se siente menos juzgado (por el control social introyectado). Quizás, si quisiéramos crear una verdadera comunidad con nuestras compañeras de militancia no sólo deberíamos compartir los cócteles molotov, sino el miedo o la tristeza cuando los tiramos, o la culpa que llevamos años arrastrando por no ser como mi padre quiso que yo fuera. Pero también ser capaces de escuchar y de apoyar a las otras cuando están desanimadas, sumidas en su miseria o incapaces de levantarse de la cama, y para eso hace falta paciencia y un entrenamiento y distribución de los cuidados.

¿Estamos todas dispuestas? Por otro lado, propongo reservar, siempre, un lugar a lo emocional en nuestros espacios de militancia, pero sin caer en la tiranía de lo afectivo o en la sobredimensión de este ámbito. Y por supuesto, siempre llevarlo al ámbito de lo sociocultural. Por ejemplo, en Teatro de las Oprimidas siempre partimos de historias propias que ha vivido alguna integrante del grupo y, desde el sufrimiento que esa historia particular de opresión genera, vamos caminando hacia la estructura de poder que encarnan esos personajes concretos. Incluso, aunque estemos investigando sobre la vertiente más introspectiva de ese sufrimiento emocional, la idea es ver cómo nos identificamos las demás con esa misma historia, volver a lo colectivo, hacer cada sufrimiento parte del grupo porque todo el grupo vive bajo las mismas desigualdades y violencias socioculturales. Y no me hace falta haber tenido la misma experiencia, exactamente igual, para poder identificarme.

Hace falta ir a los elementos que sí se comparten como oprimidas o, en algunas ocasiones, como opresoras de nuestras historias. Ésta sería una forma política de abordar el sufrimiento y no terapéutica. Por lo tanto, propongo iniciar una reflexión crítica sobre lo que está pasando en nuestros espacios politizados y una llamada de atención para que los nuevos mecanismos de control social no se cuelen en nuestros colectivos sin ser vistos ni olidos. El debate está servido.

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Sobre la importancia de "lo psicológico" en el "medio revolucionario" 1, 2 y 3

martes, 24 de octubre de 2017

Capitalismo emocional y malestar en una sociedad terapéutica

Nota de LP: A continuación, tres textos cortos que me parecieron interesantes de la revista n° 3-4 de Espai en Blanc: Politizar el malestar (en la cual, dicho sea de paso, también se encuentra un texto del SPK, que publiqué en este blog la semana anterior). Lo que sigue trata básicamente de cómo el capitalismo también aliena y gestiona nuestras emociones y sentimientos, así como nuestros deseos e ideas. De tal manera la sociedad de la mercancía, el individualismo y el espectáculo moldea nuestra subjetividad y, al mismo tiempo, enferma nuestra psique. Sin embargo, como medida social-compensatoria y principalmente de gestión de todo ello, pone a disposición en el mercado e implementa sobre los cuerpos y los cerebros, mil y un tipos de terapia para "mantener nuestra salud mental": desde la psiquiatría más tradicional hasta la "autoayuda" más light. Hoy en día, es común escuchar que "todo" enferma, que "todo" estresa y, por tanto, que "todo" es terapéutico.
Pese a todos estos "nobles esfuerzos" del sistema y sus administradores para regularnos y normarnos, mejor dicho, para "discapacitarnos" en tanto que "ciudadanos" (Tiqqun); en fin, pese a todo ese "poder terapéutico que trata de reconducir el malestar social" (Espai en Blanc), la gente se sigue deprimiendo, sigue sufriendo y se sigue suicidando por millares y millares en todo el mundo. En otras palabras, sigue padeciendo esas "enfermedades del vacío" (Lacán) y lanzándose al mismo, acaso como una forma de protesta también alienada y autodestructiva o, al decir de Abduca, como una forma de "enfrentamiento desplazado". He ahí "el malestar social en una sociedad terapéutica", del cual habla Espai en Blanc (aunque ciertos de sus elementos son posmodernos y por lo tanto criticables.)
Berardi, por su parte, habla de una "epidemia depresiva". Mientras que el Comité Invisible (Tiqqun) en "La insurrección que viene" (2007), nos dice muy a contracorriente que: "No estamos deprimidos, estamos en huelga. Para quien rechaza gestionarse, la “depresión” no es un estado, sino un pasaje, un hasta luego, un paso al lado hacia una desafiliación política. A partir de ahí, no queda otra conciliación más que la médica y la policial. Para ello está bien que esta sociedad no tema imponer el Ritaline a sus niños más despiertos, inicie a cualquiera en las dependencias farmacéuticas y pretenda detectar desde los tres años los “problemas de comportamiento”. Porque es la hipótesis del Yo [capitalista] la que se agrieta por todas partes."
Ésto siempre y cuando se rechace la gestión y la "conciliación", es decir siempre y cuando la depresión sea un "pasaje" hacia la diferencia, mejor dicho, hacia la disidencia psicológica, social y "política". Porque de lo contrario, es decir cuando se trata de un "estado" de abulia y "parálisis permanente", es una mierda (es una mierda pasar deprimido), no sólo porque "la sociedad no ayuda", sino porque así mismo nos quiere el capitalismo para gestionarnos emocional y terapéuticamente. Es más, hace que nosotros mismos "nos gestionemos" bajo su dirección impersonal (p. ej. mediante la "autoayuda" o, por el contrario, mediante la autoflagelación y hasta la autoeliminación). Es una de sus tantas maneras para mantenernos anulados o "discapacitados" como clase y como seres humanos a los proletarios. ("Por eso ¡grito!")
"La enfermedad, la fatiga, la depresión, pueden ser tomadas como los síntomas individuales de aquello de lo que hay que curarse. En ese caso, éstas trabajan para el mantenimiento del orden existente, para lograr mi dócil ajuste a normas débiles, a la actualización de mis muletas. Éstas acompañan en mí la selección de las inclinaciones oportunas, conformes, productivas, y al hacerlo también de aquellas de las que gentilmente deberé despedirme. «Hay que saber adaptarse ¿no?». Pero, tomadas como hechos, mis flaquezas pueden llevar también al desmantelamiento de la hipótesis del Yo, convirtiéndose entonces en actos de resistencia en la guerra en curso. En rebelión y centro de energía contra todo lo que conspira para normalizarnos, para amputarnos. No es el Yo lo que en nosotros está en crisis, sino la forma en la que se nos intenta imponer." (Tiqqun)
En tal sentido, el "reto" vital (o mortal) del explotado-oprimido-alienado-enfermo para empezar a dejar de ser tal consiste entonces en encontrar, dentro de su propia vida cotidiana, el "¿cómo?" que se se deja planteado al final del segundo texto, que yo lo plantearía en cómo no ser sólo un deprimido ("enfermo mental") sino también un revolucionario (o sea un "loco" jaja). Cuestionando y quebrando, a su vez, ese "Yo" tan miserable pero funcional que el capitalismo ha excretado. Sabiendo, además, que esto no es un acto solamente individual sino colectivo (así al principio sólo sea de a dos), porque "nadie se cura solo" sino que la enfermedad o el malestar puede ser "un punto de confluencia para complicidades inéditas". De ahí la consigna de Espai en Blanc: "politizar el malestar", entendido como "el nombre de la imposibilidad de expresar una resistencia común y liberadora". 
Ahora bien, sobre lo de "politizar" el malestar vale decir lo siguiente. Por un lado, lo entiendo en el sentido de tomar conciencia del mismo y manifestarlo como una reivindicación social de la lucha de clases, del mismo modo en que Reich planteaba "politizar la vida cotidiana", principalmente la sexualidad: la "SexPol". Luego Foucault y otros. Y sobre todo lo entiendo como "hacer de la enfermedad un arma". Pero, por otro lado, lo critico porque en esta sociedad la política es la esfera separada del poder enajenado y enajenante, es representación y dominación de una clase sobre otra, invisibilizada y "legitimada" en esta dictadura del Capital llamada democracia. "Politizar" el malestar sería, pues, meterlo al juego político democrático, burgués. Por eso, desde la perspectiva antisistémica radical, existe la crítica de la política y la "anti-política" (ver Cuaderno de Negación nro. 1), cuyo "único programa político es la destrucción de la política", entendida precisamente como esfera de poder separado y como parte de la totalidad histórico-social capitalista. En ese sentido, sería mejor decir "antipolitizar el malestar", de tal forma que esta reivindicación sea "imposible de resolver" para el sistema social y entonces, junto con otras reivindicaciones proletarias, lo agriete y lo agriete hasta que estalle.
P.D. Por azar, mientras comenzaba a redactar esta entrada, escuchaba cantar -en su día- a Charly García "yo no quiero sentir esta depresión... yo no quiero esta pena en mi corazón" en "Yo no quiero volverme tan loco".

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Prólogo:
El malestar social en una sociedad terapéutica


En el primer número de la revista de Espai en Blanc empezamos a abordar la relación que existe entre vida y política. No se trataba tanto de defender un cierto vitalismo –por otro lado difícil de eludir cuando no hay sujetos históricos ni horizontes emancipatorios– como de empezar a explorar la relación misma que liga vida y política, o dicho de otra manera, la multiplicidad de sentidos que se encierran en la cópula «y» que vincula ambos términos.
Se puede afirmar que la característica definitoria de la época global en la que estamos consiste en que realidad y capitalismo se han identificado. Esta identificación se produce después de una Gran Transformación de más de treinta años que ha visto desaparecer lo que antiguamente se llamaba «la cuestión social». No hace falta insistir, una vez más, que la derrota política del Movimiento Obrero está en la base de estas consideraciones. La coincidencia entre ca­pitalismo y realidad significa antes que nada, que ya no hay afuera. Más exactamente, que ya no hay afuera del capital. Todavía dentro del marxismo clásico si bien renovado se ha querido aprehender esta transformación como una subsunción de la sociedad en el capital, y a la vez, como una generalización del trabajo a todos los ámbitos de la sociedad. Aquí es donde entra la vida en tanto que problemática. Subsunción implicaría que la vida (subjetividad, afectos…) es puesta directamente a trabajar para el capital. Este análisis aunque cierto, es insuficiente porque desconoce justamente esa multiplicidad de sentidos que contiene la relación entre vida y política, por lo que nos acaba empujando hacia una posición política equivocada.
Consecuentes con este planteamiento creemos que tendríamos que pasar de un paradigma de la explotación a un paradigma de la movilización global. Evidentemente, este tránsito no implica el fin de la explotación capitalista sino justamente, al contrario, su máxima exacerbación. Desde esta nueva perspectiva, no es que la vida sea puesta a trabajar, es que la vida misma deja de ser un dato objetivo para convertirse en algo subjetivo: vivir es «trabajar» nuestra propia vida, o dicho más claramente, vivir es gestionar nuestra propia vida. Se ha dicho muchas veces que el trabajo era la mejor terapia para tener controlados a los enfermos mentales, especialmente, a los más violentos. «Coged a un furioso, introducidlo en una celda, destrozará todos los obstáculos y se abandonará a las más ciegas embestidas de furor. Ahora contempladlo acarreando tierra: empuja la carretilla con una actividad desbordante, y regresa con la misma petulancia a buscar un nuevo fardo que debe igualmente acarrear: es verdad que grita, que jura a la vez que conduce la carretilla… Pero su exaltación delirante no hace más que activar su energía muscular que se encauza en beneficio del propio trabajo.» S. Pinel: Traité complet du régime donataire des aliénés. París 1836. Pues bien, hoy habría que afirmar que la vida misma es esa terapia. Una terapia de control y de dominio. Aunque pueda parecer inusitado, el efecto represivo que jugaba la obligación del trabajo se reformula como obligación de tener una vida. Ahora se entiende por qué la tesis central a la que llegamos –y se trata simplemente de un corolario de la definición que establecíamos de la época global– puede resumirse así: hoy la vida es el campo de batalla. La vida, en este sentido, no consiste más que en una actividad privada cuya finalidad es producir una vida privada. No somos más que vidas (privatizadas) movilizadas para reproducir esta realidad hecha una con el capitalismo. Esta movilización global reserva un destino diferente a cada vida. A unas las convierte en vidas hipotecadas, a otras en residuales, a otras en emprendedores de sí mismos. El resultado es, sin embargo, común por cuanto en todas ellas el estado que prima es el del «estar solo». Porque en la sociedad-red, en definitiva, estar conectado paradójicamente es estar solo. El malestar social será el nombre de este no-poder, de esa imposibilidad de expresar una resistencia común y liberadora frente a las nuevas condiciones de la realidad. El malestar social no es más que el bloqueo del camino hacia una subjetivización política capaz de enfrentarse al mundo.
Pero para que la movilización funcione este malestar social tiene que encauzarse, y ese encauzamiento debe comportar, en última instancia, su inutilización política. Para ello toda dimensión colectiva del malestar tiene que ser borrada: el malestar social será reconducido a una cuestión personal. Así cada vida se adapta e integra en la propia movilización. El querer vivir del hombre anónimo funciona entonces dentro de la movilización, y como su principal impulsor. De esta manera, vivir acaba siendo sinónimo de movilización. Es por eso que el poder tiene que ser fundamentalmente un poder terapéutico dirigido a mantener funcionando una sociedad enferma. El poder terapéutico no pasa tanto por el internamiento como por la intervención sobre toda la sociedad. Su intervención no perseguirá curar, sino prevenir, evaluar riesgos, chequear aptitudes, y sobre todo, tratar cada caso como particular. Éste es el secreto del modo terapéutico de ejercicio del poder.
Es importante describir sociológicamente este malestar, y así dar cuenta de las múltiples enfermedades del vacío (estados de pánico, depresiones…) que, surgidas por doquier, gestiona el poder terapéutico. Pero lo verdaderamente importante, y es lo que en verdad nos interesa, es politizar ese malestar social. De aquí que la reflexión sobre la sociedad terapéutica tenga que ir acompañada de un análisis del estatuto de lo político en la actualidad. Que la vida es actualmente el campo (político) de batalla nos obliga a pensar nuevamente qué significa politizarse, ya que la politización parece ser esencialmente un proceso de autotransformación personal. Si toda politización tiene que arrancar de la propia vida, y habrá que ver lo que eso comporta, ocurre que una política que se ponga como objetivo la politización de la existencia adopta, paradójicamente, la forma de una terapia. Este resultado tiene mucho de autocontradictorio y es inaceptable, por cuanto la «forma» terapia implica la existencia de un experto, y en definitiva, una relación jerárquica. Pero no es fácil salir del atolladero. Si forzosamente estamos obligados a acercar nuestra política –la política que impulsa la politización de la existencia– a una terapia, entonces hay que pensar una política-terapia que se libere de la terapia misma. No sabemos cuál es el camino, pero estamos convencidos de la necesidad de apuntar más lejos del horizonte terapéutico. El Colectivo Socialista de Pacientes (SPK) defendió valientemente que había que «hacer de la enfermedad, un arma». Este puede ser un buen lema para pensar la interrupción de la movilización global, y encarar así esa vía que desconstruye desde dentro mismo la propia terapia.

Espai en Blanc
16.02.2008
 
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El capitalismo emocional


Reseña de: Eva Illouz: Les sentiments du capitalisme, Ed. Seuil, Paris, 2006 (existe traducción española reciente en Katz)

 

Es ya un lugar común afirmar que el capitalismo actual «pone las vidas a trabajar» con lo que subsume la subjetividad al completo: inteligencia, emociones, sentimientos… El análisis de este sometimiento se realiza a partir de la categoría foucaultiana de biopoder. Según Foucault, uno de los fenómenos fundamentales del siglo xix consiste en que el poder se hace cargo de la vida. Esta estatalización de lo biológico apunta a gestionar la población en tanto que cuerpo múltiple formado por innumerables cabezas. En lugar de adiestramiento-disciplina lo que persigue esta nueva tecnología de poder es seguridad-regulación. Negri y otros completarán este análisis poniéndolo en relación con el conocido «fragmento de las máquinas» de los Grundrisse de Marx. Los resultados y los límites de este proceder son conocidos.
La novedad que supone, en cambio, este libro de Illouz reside en que a la hora de abordar los sentimientos, en especial la relación entre la economía y la vida emocional, se hace desde unas referencias completamente diferentes. Lo que la autora hace es mostrarnos el surgimiento del discurso terapéutico, y su progresiva entrada en todos los ámbitos de la realidad: (el ejército, la empresa, etc.) siempre con la finalidad de aumentar la productividad y garantizar la disciplina. De esta manera se encuentran el lenguaje de la afectividad y el lenguaje económico de la eficacia, y así nace lo que Illouz denomina el capitalismo emocional. El modelo que la psicología va a propagar es el de la comunicación. «La comunicación es, pues, una técnica de gestión de sí que se apoya ampliamente en el lenguaje y en una gestión apropiada de las emociones, que apunta a obtener una coordinación inter e intra-emocionales» (pag. 43). El modelo de la comunicación remite, en última instancia, a una lógica del reconocimiento y aquí la referencia a los trabajos de A. Honneth es necesaria. La conclusión es que la esfera económica, contra lo que pudiera pensarse, no está vacía de sentimientos sino que, bien al contrario, en ella los afectos existen pero están dominados por un imperativo de cooperación y un modo de resolución de los conflictos basado en el reconocimiento. En esta medida, se puede bien decir que el modelo de la comunicación no implica comunicación alguna: por un lado, neutraliza los sentimientos como la cólera, la frustración o la vergüenza; por otro lado, acentúa el subjetivismo y el sentimentalismo al primar la expresión de las emociones por encima de todo. En el capitalismo emocional el buen manager es psicólogo y la productividad depende de una buena gestión de las emociones.
El discurso terapéutico especialmente formulado como discurso del Self-Help («autoayuda»), y de su correspondiente otra cara, el relato del sufrimiento, se ha consolidado fuertemente. La intervención del Estado, el feminismo, los laboratorios farmacéuticos, etc. han sido determinantes para ello. Desde el discurso terapéutico nuestra vida tiene que ser comprendida como una disfuncionalidad generalizada, precisamente para poder ser superada. El discurso terapéutico permite ligar las emociones al desarrollo del capital. Pero a pesar de todo, Illouz no quiere hablar de «administración total» o de «sociedad disciplinaria». Para ella la lógica que liga capital/sentimientos es una lógica ambivalente ya que el propio discurso terapéutico tiene elementos positivos: da seguridad al Yo frente a la incertidumbre de un capitalismo desbocado, permite negociar con la realidad. Constatar esta ambigüedad del discurso terapéutico es el aspecto más interesante del libro. Y, sin embargo, dicha ambigüedad es a su vez ambigua. Afirmar como se hace en el libro que la introducción de las emociones en la empresa la democratiza es totalmente irreal. Hoy, cuando no existen sujetos históricos, la crítica tiene que arrancar efectivamente de nuestra propia vida. Poner la propia vida en el centro de la subversión es seguramente más fácil en una sociedad cuyo discurso hegemónico es el terapéutico. Sólo haría falta tergiversarlo, girarlo en contra de sí mismo. Pero ¿cómo?

Espai en Blanc
28.09.2009

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Primer cerco.
"I AM WHAT I AM"

«I AM WHAT I AM.» Es la última ofrenda del marketing al mundo, el último estadio de la evolución publicitaria, por delante, muy por delante de cualquier exhortación a ser diferente, a ser uno mismo y beber Pepsi. Décadas de conceptos para llegar a esto, a la pura tautología. Yo = Yo. Él corre sobre una cinta frente al espejo de su gimnasio. Ella vuelve del trabajo al volante de su Smart. ¿Se encontraran?
«SOY LO QUE SOY.» Mi cuerpo me pertenece. Yo soy yo, tú eres tú, y esto no funciona. Personalización de masas. Individualización de todas las condiciones de vida, de trabajo, de desdicha. Esquizofrenia difusa. Depresión rampante. Atomización en fines particulares paranoicos. Histerización del contacto. Cuanto más quiero ser Yo, más tengo la sensación de un vacío. Cuanto más me expreso, más callo. Cuanto más me persigo, más fatigado estoy. Yo tengo, tú tienes, nosotros tenemos nuestro Yo como una fastidiosa ventanilla administrativa. Nos hemos convertido en representantes de nosotros mismos –ese extraño comercio– en garantes de una personalidad que, al final, se parece demasiado a una amputación. Garantizaríamos nuestra ruina total con la misma torpeza apenas disimulada.
Mientras tanto, gestiono. La búsqueda de mi mismo, el blog, mi apartamento, las últimas chorradas de moda, las historias de pareja… ¡la de prótesis que se necesitan para sostener un Yo! Si «la sociedad» no se hubiese convertido en esa abstracción definitiva, designaría el conjunto de muletas existenciales que se me tienden para permitirme ir tirando, el conjunto de dependencias que he contratado al precio de mi identidad. El discapacitado es el modelo de la ciudadanía que viene. No deja de ser premonitorio que las asociaciones que lo explotan reivindiquen ahora para él la «renta de existencia».
La omnipresente conminación a «ser alguien» mantiene el estado patológico que convierte en necesaria esta sociedad. La conminación a ser fuerte produce la debilidad por la que se mantiene hasta el punto que todo parece tomar un aspecto terapéutico, incluso trabajar, incluso amar. Todos los «¿Cómo va?» intercambiados a lo largo del día hacen pensar en una sociedad de pacientes donde unos a otros se toman la temperatura. Hoy la sociabilidad está hecha de mil pequeños nichos, de los mil pequeños refugios donde todavía se encuentra calor, donde en cualquier caso, se está mejor que en la fría intemperie. Allí donde todo es falso, pues todo es únicamente un pretexto para calentarse. Donde nada puede suceder porque nos empleamos sordamente a tiritar con los otros. Pronto esta sociedad no se sostendrá más que por la tensión hacia una ilusoria curación sostenida por todos los átomos sociales. Es una central que mueve sus turbinas a partir de una gigantesca retención de lágrimas siempre a punto de derramarse.
«I AM WHAT I AM.» Jamás dominación alguna encontró consigna más incuestionable. La conservación del Yo en un estado de semi-ruina, en un semi-desfallecimiento crónico, es el secreto mejor guardado del orden de cosas actual. El yo débil, deprimido, autocrítico, virtual, es por esencia, ese sujeto siempre adaptable que precisa de una producción fundada en la innovación, en la obsolescencia acelerada de las tecnologías, en el constante cambio de las normas sociales, en la flexibilidad generalizada. Él es a la vez el consumidor más voraz y, paradójicamente, el Yo más productivo, aquél que se volcará encima del más pequeño de los proyectos con el máximo de energía y avidez, para volver más tarde a su estado larvario de origen.
¿»LO QUE SOY», pues? Atravesado desde la infancia por flujos de leche, olores, historias, sonidos, afecciones, juegos infantiles, sustancias, gestos, ideas, impresiones, miradas, canciones y comida. ¿Lo que soy? Ligado por todas partes a acontecimientos, lenguas, recuerdos, a toda clase de cosas que, sin lugar a dudas, no son yo. Todo lo que me ata al mundo, todos los lazos que me constituyen, todas las fuerzas que me pueblan no tejen una identidad, aquella que se me incita a blandir, sino una existencia, singular, común, viviente, de donde emerge, por momentos, en ciertos lugares, ese ser que dice «yo». Nuestro sentimiento de inconsistencia no es más que el efecto de la estúpida creencia en la permanencia del Yo, y del poco caso que hacemos a lo que nos hace.
Produce vértigo ver reinar sobre un rascacielos de Shangai el «I AM WHAT I AM» de Reebok. Occidente avanza por doquier y con él su caballo de Troya favorito, esa insoportable antinomia entre el Yo y el mundo, entre el individuo y el grupo, entre el vínculo y la libertad. La libertad no es el gesto de deshacerse de nuestros vínculos, sino la capacidad práctica de operar sobre ellos, de moverse en su seno, de establecerlos o cortarlos. La familia no existe como familia, es decir como infierno, más que para aquellos que han renunciado a alterar sus mecanismos debilitantes, o no saben como hacerlo. La libertad de borrarse siempre ha sido el fantasma de la libertad. No nos libramos de lo que nos estorba sin librarnos al mismo tiempo de aquello sobre lo que nuestras fuerzas podrían emplearse.
«I AM WHAT I AM», pues, no como una simple pesadilla, una mera campaña publicitaria, sino como una campaña militar, un grito de guerra dirigido contra todo lo que hay entre los seres, contra todo lo que circula indistintamente, todo lo que los liga invisiblemente, todo aquello que obstaculiza la desolación absoluta, contra todo lo que hace que existamos y que el mundo no tenga el aspecto de una gran autopista, de un parque de atracciones o de una ciudad de nueva planta: tedio puro, sin pasión y bien ordenado. Espacio vacío, helado, donde sólo transitan cuerpos matriculados, moléculas automóviles y mercancías ideales.
Francia no es la patria de los ansiolíticos, el paraíso de los antidepresivos, la Meca de la neurosis, sin ser al mismo tiempo el campeón europeo de la productividad horaria. La enfermedad, la fatiga, la depresión, pueden ser tomadas como los síntomas individuales de aquello de lo que hay que curarse. En ese caso, éstas trabajan para el mantenimiento del orden existente, para lograr mi dócil ajuste a normas débiles, a la actualización de mis muletas. Éstas acompañan en mí la selección de las inclinaciones oportunas, conformes, productivas, y al hacerlo también de aquellas de las que gentilmente deberé despedirme. «Hay que saber adaptarse ¿no?». Pero, tomadas como hechos, mis flaquezas pueden llevar también al desmantelamiento de la hipótesis del Yo, convirtiéndose entonces en actos de resistencia en la guerra en curso. En rebelión y centro de energía contra todo lo que conspira para normalizarnos, para amputarnos. No es el Yo lo que en nosotros está en crisis, sino la forma en la que se nos intenta imponer. Se quiere hacer de uno un Yo bien delimitado, perfectamente separado, clasificable y categorizable según calidades, en suma: controlables, cuando somos criaturas entre criaturas, singularidades entre nuestros semejantes, carne viviente tejiendo la carne del mundo. Contrariamente a lo que se nos dice desde la infancia, la inteligencia no consiste en saber adaptarse –de tratarse de eso– sería la inteligencia de los esclavos. Nuestra inadaptación, nuestra fatiga no son problemas más que para aquello que trabaja con el objetivo de someternos. Éstas más bien señalan un punto de partida, un punto de confluencia para complicidades inéditas. Muestran un paisaje ciertamente más arruinado, pero infinitamente más compartible que cualquier delirio que esta sociedad pueda sostener por su cuenta.
No estamos deprimidos, estamos en huelga. Para quien rechaza gestionarse, la «depresión» no es un estado, es un pasaje, un hasta la vista, un hacerse a un lado hacia una desafiliación política. Una vez dado el paso no hay otra conciliación posible que la suministrada a través de medicamentos, y policial. Esto explica porque esta sociedad no duda en recetar el Ritaline a sus niños demasiado vivaces, trenza a toda máquina ristras de dependencias farmacéuticas y pretende detectar desde los tres años los «problemas de comportamiento». Porque es la hipótesis del Yo la que por todas partes se fisura.
Extracto del libro L’insurrection qui vient publicado por Comité invisible en la editorial La fabrique (Paris, 2007). Damos gracias al Comité Invisible.
 Espai en Blanc
28.09.2009