Mostrando las entradas con la etiqueta "Politizar el malestar". Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta "Politizar el malestar". Mostrar todas las entradas

jueves, 19 de junio de 2025

"NO ES DEPRESIÓN, ES CAPITALISMO"

Boletín La Oveja Negra N° 96 13 de octubre de 2024 | Rosario 
 
En lo relativo a la denominada salud mental lo más apropiado es obtener nuestra perspectiva y orientación desde el amplio horizonte de las condiciones materiales de existencia. Lo importante de esta mirada es que pone en tensión el discurso patologizante que atribuye las causas del padecimiento al individuo y no a la sociedad de la que forma parte. A su vez, no acepta el deterioro de las condiciones laborales, habitacionales y de los vínculos interpersonales como mera responsabilidad de quien las padece.
 
Al lema liberal por excelencia “el pobre es pobre porque quiere” le corresponde “el depresivo es depresivo porque quiere”. De este modo, sería suficiente con “pensar positivamente” o “salir adelante”. La ideología de la libre elección insiste en que es cuestión de escoger la riqueza frente a la pobreza, el bienestar frente al malestar. Desde el punto de vista liberal, entonces, ya tenemos dos problemas: el inicial y elegir no solucionarlo.
 
El empobrecimiento económico provoca mayor depresión, así como la violencia intrafamiliar y las presiones laborales. Por su parte, el modo de vida de aislamiento y encierro, profundizado hace pocos años a partir del confinamiento social y obligatorio, hacen lo propio.
 
La depresión existe y no es suficiente con “tomar conciencia” y llamarla capitalismo. Es depresión y es capitalismo. Y si bien muchos de los males de este mundo no desaparecerán hasta que no desaparezca este modo de producción, negar su especificidad como depresión nos priva de la posibilidad de abordarla, si es que deseamos hacerlo.  
 

“Salud mental”

Referirnos a la salud mental comienza a dejar de ser tabú, la cuestión es de qué manera la abordamos. El énfasis contemporáneo puesto en la salud mental o en las emociones es evidente. Es el tema predilecto de las nuevas series y películas. Se trata de un proyecto de explotación del territorio psicológico. Ninguna empresa puede tener como propósito visibilizar ni mucho menos colaborar en combatir los malestares, se trata de ganancias. Y es en esa catarsis colectiva que también producen un aliciente para la reproducción de esta sociedad. Una explotación similar comienza a asomar desde los espacios políticos y será cada vez más explícito ya que se trata de una problemática inocultable.

Pero ¿qué entendemos por “salud mental”? Podemos observar cómo, en este contexto, existe una tendencia a confundir o mezclar el “bienestar” con la “salud mental” lo que parece conducir a patologizar la infelicidad que ofrece esta sociedad.

“Salud” es entendido como ausencia de enfermedad. Y “bienestar” como la presencia de esa salud y de satisfacción personal. Cuando ambos conceptos se entremezclan en la noción de “salud mental” suponen un estado de bienestar, y cualquier malestar es susceptible de ser visto como “enfermedad mental”. Este es un riesgo que presentan las promesas capitalistas de felicidad. Felicidad e infelicidad que esta misma sociedad define.

Así, en esta generalización del inmediatismo, la impaciencia y por tanto la desesperación, podemos confundir una situación circunstancial con un malestar extenso que se experimenta interminable. Por ejemplo, confundir tristeza con depresión.

Considerada una enfermedad, generalmente, la manera de atender esta realidad es acudir a un experto para que actúe con un tratamiento y una tecnología específica: extirpar, rehabilitar, curar el problema de manera aislada. Así lo dictan las disciplinas e industrias que comercian con la salud y la enfermedad, en este caso las asociadas a la psiquiatría. No solo abordando el cerebro, sino otros órganos del cuerpo, el sistema inmunológico o lo que dicte el penúltimo “hallazgo científico”.

Argentina aún no es parte de aquellos países en los cuales se empastilla a la población sin miramientos, aunque hay una tendencia cada vez mayor a hacerlo. Para eso es preciso entender y abordar diferentes situaciones como si fueran una enfermedad solucionable a base de pastillas. Se trate de insomnio o del comportamiento de los niños entendido como “trastorno por déficit de atención”. El caso del duelo es un buen ejemplo: hoy se habla de “trastorno de duelo prolongado” ya que cada vez se permite menos tiempo debido a las exigencias y ritmos de esta sociedad. Según quienes dictan la norma a través del Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales (DSM), en su tercera edición de 1980 se consideraba normal el duelo de un año, en la cuarta versión de 1994 ya se había reducido a dos meses, en su quinta versión de 2013 quien permanece de duelo más de dos semanas después del fallecimiento de un allegado, “mostrando sentimientos de vacío, de tristeza o de fatiga” es considerado depresivo y debe ser tratado con medicamentos.

Para el paradigma dominante el razonamiento es simple: la raíz del problema de cada depresivo se encuentra en su interior (en su mente, en su alma o en sus genes). Se trataría de un fenómeno solucionable individualmente. Por eso las disciplinas que operan desde la división (mente/cuerpo, individuo/sociedad, interior/exterior) solo pueden empujar al individuo a que se vuelva hacia su interior, se trate de su alma o de su organismo.

Entender que las causas son sociales no significa que no podamos abordar los problemas individual o grupalmente (amistades, familia, pareja, colectivos). Si bien es cierto que ni en solitario ni en grupo podemos erradicar un problema social, hay un espacio de acción.

La intención con este artículo no es proponer métodos o guías; no las tenemos y nos parece un tema lo suficientemente delicado como para lanzar propuestas sin atender a cuestiones particulares. Sin embargo, visibilizar el problema de la depresión, ponerlo en común y compartir un marco de reflexiones, nos parece que puede colaborar a afrontarlo.

“… es capitalismo”

En el número anterior decíamos que vivir en una sociedad capitalista no nos hace capitalistas. Aunque todos, uno a uno, conformemos esta sociedad no significa que haya una igualación de responsabilidades ni de implicancias. No disponemos de medios de producción a través de los cuales explotar a otros, solo tenemos nuestra fuerza de trabajo para vender.

Una lectura posible de la raíz social de los problemas es la del tipo “chivo expiatorio”: “no es mi culpa”, en este caso “es el capitalismo”, sea lo que se entienda por eso. Y en lugar de asumir nuestro lugar en el modo de producción capitalista depositamos la culpa sobre otros, sobre nuestros “enemigos”. No es casual que estos modos de razonamiento estén asociados a la culpa de tipo religiosa.

La escisión dualista y cosificadora concibe los “males” sociales como elementos ajenos a un cuerpo “sano”. Esta mirada inadecuada nos puede hacer suponer que los individuos enfermos son los problemas de una sociedad sana. Por eso se aísla, se encierra o se mata a quienes se supone enferman el cuerpo social. O, por el contrario, podemos suponer que somos individuos sanos y que la sociedad nos enferma. De cualquiera de las dos maneras se estima que tanto sociedad como individuo son abstracciones sin un vínculo recíproco. Y generalmente estas percepciones parten del error de considerar al individuo como un dato natural o incluso punto de partida de la sociedad, cuando es la propia sociedad la que produce al individuo tal como la conocemos. Por ejemplo, no es el “individuo egoísta” el que crea la propiedad privada sino al revés.

Esta sociedad se empecina en convencerse de que los responsables de los malestares generales son simplemente las personificaciones de una dinámica social general: los inmigrantes, los pobres y los homosexuales para unos; y para los otros: los gobernantes de turno, quienes destruyen el planeta o los empresarios. Así, nuestra conciencia puede mantenerse tranquila, el problema se pone fuera: “es el otro”. Pero el nombrado “capitalismo” no funciona así.

“Politizar el malestar”

Afirmar que “lo personal es lo político” expone el vínculo entre lo social y lo personal. Pero hay un problema en considerar lo social como sinónimo de lo político. Es imposible hallar un sinónimo de “política” que no refiera a lo relacionado con el gobierno o el Estado. Vamos al diccionario: «1. Ciencia que trata del gobierno y la organización de las sociedades humanas, especialmente de los Estados. 2. Actividad de los que gobiernan o aspiran a gobernar los asuntos que afectan a la sociedad o a un país». ¿Es posible pensar lo colectivo por fuera, incluso, en contra del Estado? Consideramos que sí, esa es nuestra apuesta.

Más allá de la Real Academia Española y más acá de las dinámicas sociales, politizar o no la depresión, o lo relativo a la salud mental, es un importante debate a dar. Lo hemos visto en los últimos años en otras politizaciones: iniciativas y manifestaciones que sirven de apoyo “en las calles” a las políticas de los funcionarios estatales dentro de las instituciones, algunas abiertamente y otras como apoyo crítico o acrítico.

Afirmar que todo es político obstruye las posibilidades de discutir por fuera de la lógica política, del estatismo. En el caso de la salud mental, claro que en lo inmediato millones de personas precisan mejores políticas de Salud Pública, pero reducir todo el problema a eso y olvidar qué son la “salud pública” o el propio Estado que las brinda es un grave error para, justamente, nuestra “salud mental”.

En la politizada Argentina de las últimas décadas la frase “lo personal es lo político” tomó un matiz diferente. Ya no dice tanto que la política vaya hacia lo personal, sino que todo lo personal sea susceptible de ser incluido en la política, en el Estado. Es por eso que veremos cada vez más la defensa de la “salud mental” instrumentalizada en las campañas de los candidatos políticos, especialmente de los más jóvenes.

También existe la intención carroñera de hacer propaganda política basada en el malestar. Sobran ejemplos, en este caso podría ser la de aquellos que al utilizar la frase que da título a este artículo dejan leer entre líneas: “¿depresivo? Sumate a nuestro movimiento para salvarte”. Y así la depresión pasa a constituir una nueva romantización, una nueva identidad.

Y ya sabemos que una identidad necesita de un nosotros (depresivos) y de un ellos (el capitalismo que lo provoca). Una identidad política no puede aceptar participar en lo que ella misma detesta y se constituye en construir una diferencia: amigos y enemigos. Y no es que no los haya, pero forman parte de una misma dinámica social. Por eso pareciera mejor no intentar comprender, el rechazo parece ser suficiente. Pero no lo es. Una identidad política promete protección y salud a quienes adhieren, pero al igual que un político en campaña, no cumple.

A lo largo de los años también podemos observar el activismo o la militancia entendidas como terapia, como una búsqueda que proporcione consuelo para el malestar personal y su descontento. No se puede juzgar a nadie por esta búsqueda, pero advertirlo nos sirve para señalar cómo sobre esa situación algunos líderes buscan engrosar sus filas. La identidad política sueña constantemente con el crecimiento cuantitativo.

Asumir el carácter social de la depresión es necesario. Pero posiblemente necesitemos hacer un esfuerzo más. Más allá y contra la política. Más allá de los mensajes de pocos caracteres, los audios acelerados y los fragmentos de videos de corta duración. Más allá de la demanda de gratificación inmediata, de la confirmación y estabilización de una mentalidad predeterminada y de la promesa de felicidad de esta sociedad. Y así, aunque procedemos indirectamente hacia lo personal podemos abordar el problema.

Crisis del Capital, crisis existencial

La búsqueda de sentido en este mundo moderno puede provocar frustración. Buscamos sentido a la vida porque la vida en estas circunstancias no pareciera ser motivo suficiente. Una subjetividad en crisis está en íntima relación con las crisis capitalistas. Crisis que desestructuran tradiciones, roles y estereotipos sin llegar a reestructurarlos inmediatamente.

Yann Sturmer en su artículo Contra la utopía del capital. Pensar hoy con Giorgio Cesarano (2022) señala que con el fin del patrón oro a comienzos de los ‘70 pero también con el desarrollo de la automatización y las máquinas, el Capital comienza a depender cada vez más del crédito, del valor producido por los trabajadores supuestamente en el futuro, para asegurar su supervivencia: «[el Capital] Debe dominar el futuro, que alguna vez fue también el espacio de las proyecciones revolucionarias. Se vuelve así especulativo, una burbuja separada del lugar concreto de producción, que era la producción de valor mediante la fuerza de trabajo humana.»

¿Y qué es la ansiedad si no la preocupación por dominar el futuro? El miedo y/o la desesperación intensos, excesivos y continuos por no estar justamente aquí sino en un futuro hipotético, ficticio. La angustia de las personas endeudadas, obligadas a empeñar su presente y su futuro.

«Al volverse autónomo del mundo, de su límite material, el capital también arrastra a la humanidad a una pérdida total del mundo, de cualquier comprensión cosmogónica, de cualquier capacidad de captar y controlar lo que les sucede», agrega Sturmer.

Donde la lógica capitalista se presenta como el sentido de la vida, necesariamente entra en conflicto con la búsqueda de sentido para quienes no nos satisfacemos con las miserias, pero tampoco con los triunfos de esta sociedad. Nos sucede, aunque nos declaremos en contra o a favor, incluso indiferentes. Es evidente que no es necesario declararse anticapitalista para sufrir los malestares de este modo de producción.

Mark Fisher en Bueno para nada (2014) escribió «he llegado a tener un entendimiento diferente de mi depresión y de sus causas. Comparto mis propias experiencias de aflicción mental no porque crea que haya algo especial o único en ellas, sino para apoyar la afirmación de que muchas formas de depresión son mejor entendidas –y mejor combatidas– a través de marcos que son impersonales y políticos más que individuales y “psicológicos”.» Más adelante señala: «Mi depresión siempre estuvo atada a la convicción de que yo era literalmente un bueno para nada».

El desarrollo de los medios de producción y reproducción de nuestras vidas conlleva una transformación de nuestras subjetividades. Los nuevos “trabajos de mierda” como los llama David Graeber, tan inútiles «que incluso la persona que tiene que efectuarlo todos los días es incapaz de convencerse de que existe una buena razón para hacerlo». El autor del libro Trabajos de mierda, una teoría (2018) sostiene que más de la mitad del trabajo social no tiene propósito y se vuelve psicológicamente destructivo cuando se combina con una ética del trabajo que asocia el empleo con la autoestima. Es fácil sentirnos “buenos para nada” en el desempleo o en estos empleos.

Podemos agregar con Fisher que la cura no es conseguir un mejor empleo: «las marcas de clase están diseñadas para ser indelebles. Para aquellos a los que desde la cuna se les enseña a pensarse a sí mismos como inferiores, la adquisición de calificaciones o riqueza raramente será suficiente para borrar –sea en sus mentes o en las mentes de los demás– la sensación primordial de inutilidad que los ha marcado desde su más temprana edad.»

Lo más parecido, no a una cura, sino a una forma realista de afrontar el problema puede ser desobedecer el mandato burgués de felicidad, su moral del trabajo, o al menos comenzar a ponerlos en cuestión. Sabernos “buenos para nada” en un modo de producción en el cual ser “bueno” y triunfar solo es un mérito de acuerdo a sus propios términos. 

___________________________________________________________________________________________________________________________ 

 
Comentario crítico para la discusión compañera sobre "politizar el malestar" 
 
Imagen tomada de @grupo_devenir
Publico este artículo compañero porque aborda la depresión, sin tabú y en su especificidad, desde la crítica radical tanto de las condiciones materiales de existencia de l@s proletari@s en la sociedad capitalista como de la "salud mental". Es decir, porque, a su manera, lo hace desde un enfoque anticapitalista y antipsiquiátrico que, como sabrá el lector, es el enfoque de este blog. Además porque, siendo honesto, otra vez estoy deprimido y este tipo de actividad me ayuda a levantarme de la cama, sacudirme y empezar a dejar de estarlo (parece ironía pero es metanoia: escribir sobre la depresión para salir de la depresión). 
 
Desde el enfoque anticapitalista-antipsiquiátrico, entonces, se hace necesario repetir una verdad de perogrullo sobre este tema: la depresión existe, y su raíz son las relaciones sociales capitalistas que todos los días explotan, oprimen, enajenan y destruyen a los individuos proletarizados tanto material como psíquicamente. Pero, afirmar esto no es lo mismo que "echarle la culpa al sistema" y "lavarse las manos", ya que nosotr@s l@s proletari@s también somos parte del sistema como clase explotada y dominada. Por lo tanto, la solución de raíz a la depresión -y a todas las llamadas "enfermedades mentales"- sólo puede ser la lucha de clase por la revolución social para abolir el capitalismo. Lo que implica la creación y vivencia de nuevas relaciones humanas entre los individuos al calor de la misma lucha, como si se tratase de "un germen del nuevo mundo dentro del cascarón del viejo mundo" (IWW). Un germen todavía difuso, de "comunismo difuso", pero que, a tientas y tropezones, busca ser claro, fuerte e integral. 
 
Por nuevas relaciones humanas entiendo relaciones en las cuales el centro o la prioridad ya no son las cosas-mercancías a fin de obtener lucro, sino los seres humanos con sus necesidades y deseos como tales. Relaciones basadas en el apoyo mutuo, el bienestar común, la unidad, la horizontalidad o el no-gobierno y el servicio, al mismo tiempo que en la libertad y/o el respeto a la individualidad. Porque de la misma manera en que la propiedad privada -entendida como relación social- produce al individuo egoísta, asimismo sólo en el seno de una comunidad real se puede producir y desarrollar un individuo real o, dicho de otro modo, porque la comunización y la individuación no son contrarias sino complementarias. 
 
Todo esto, entendido no como utopía o bello ideal postergado para un futuro que nunca llega, sino como movimiento real que subvierte las condiciones capitalistas en el presente. Un movimiento de autoemancipación integral -social, psicológica y ecológica- que, sin embargo, contiene contradicciones e impurezas, precisamente porque es real. Un movimiento llamado comunismo y anarquía. Digo que es un movimiento contradictorio e impuro, porque la mayoría de gente deprimida y "trastornada" somos de la clase proletaria, y el proletariado es una contradicción viviente que sólo el proceso histórico-mundial de la revolución comunista puede resolver o superar aboliéndola como clase y, al mismo tiempo, produciéndola como comunidad humana real sin clases, propiedad privada, trabajo asalariado, valor, mercado, Estado, géneros, "razas", nacionalidades, religiones, ideologías... ni "trastornos mentales". 
 
Ahora bien, para llegar a esa autoemancipación integral es preciso "politizar el malestar". En este punto es donde el artículo resulta debatible. Si bien estoy de acuerdo con La Oveja Negra en su crítica a la política entendida como lógica estatista y a ser "depresivo" entendido como nueva identidad postmoderna, así como también estoy de acuerdo con su apuesta por pensar lo colectivo por fuera y en contra del Estado, reivindico la consigna "politizar el malestar", principalmente, en contra del paradigma biologicista e individualista de la "enfermedad/salud mental", en particular, y en contra de la psiquiatría, en general. 
 
Porque según este paradigma -que el artículo ni siquiera menciona-, la depresión es un problema neurobiológico ("falta de serotonina en el cerebro") e individual que se debe "tratar" con psicoterapia y pastillas psiquiátricas. De tal manera, por un lado, el proletario rebelde es diagnosticado/etiquetado, patologizado, medicalizado y controlado como "depresivo" o, en general, como "enfermo mental" para entonces poder "arreglarlo" o "normalizarlo" a fin de que sea funcional o productivo para la maquinaria capitalista. He ahí el poder médico del Capital en acción sobre la fuerza de trabajo defectuosa o enferma (SPK). Y por otro lado, se oculta a propósito y sistemáticamente que la "enfermedad/salud mental" es un problema social cuya raíz son las relaciones e instituciones capitalistas -incluido el Estado- y, por tanto, se bloquea la posibilidad de pensar lo colectivo en contra y más allá del Capital y del Estado. Lo cual es, de suyo, una acción política antirrevolucionaria que la psiquiatría -y la psicología- disfraza de "apolítica" y "científica". Por tales razones de peso, es necesario "politizar el malestar" en un sentido anticapitalista, antiestatal y dialéctico. 
 
Anticapitalista y antiestatal, porque comparto con La Oveja Negra su crítica a la figura del "depresivo" como identidad política postmoderna dentro del activismo en "salud mental", el que actualmente sólo critica el "neoliberalismo" mas no el capitalismo y, en consecuencia, no lucha por la abolición y superación revolucionaria de la totalidad de las relaciones e instituciones capitalistas, sino sólo por "derechos" para los "locos" por parte del Estado. En una palabra: socialdemocracia antipsiquiátrica o antipsiquiatría socialdemócrata. De igual forma, comparto su crítica a hacer del activismo y la militancia un intento de terapia, de llenar vacíos internos y, en el peor de los casos, de enmascarar ideológicamente personalidades violentas, sociópatas y narcisistas. Algo que no es sino otra variante del mismo tipo de política antirrevolucionaria en el actual contexto de crisis catastrófica de la sociedad capitalista en todos sus aspectos y espacios, incluidos los espacios militantes y activistas de izquierdas. 
 
Entonces, dada esta presencia e incluso hegemonía socialdemócrata, postmoderna y terapéutica en la antipsiquiatría y el activismo en "salud mental" actuales, se impone disputar el sentido de lo que es "politizar el malestar" desde la militancia revolucionaria como parte de la lucha de clases en este frente específico. Sí, disputar, porque los proletarios revolucionarios no debemos dejar nuestra "enfermedad/salud mental" en manos de la pequeñoburguesía socialdemócrata ni, por supuesto, de la psiquiatría del Estado-Capital. 
 
Y dialéctico, porque entiendo la propuesta de los compañeros de La Oveja Negra de "asumir el carácter social de la depresión es necesario. Pero posiblemente necesitemos hacer un esfuerzo más. Más allá y contra la política" como una forma de parafrasear lo que vienen sosteniendo desde hace años atrás, a saber, desde el Cuaderno de Negación N° 1 (2011): "nuestro programa político es destruir la política." Eso es la "anti-política"; luego, se podría usar la expresión "anti-politizar el malestar". Pero, esta palabra puede confundir al lector en lugar de clarificarlo. Así que aquí prefiero seguir usando la palabra "política" y, por ende, la palabra "politizar"; en este caso, politizar el malestar psíquico en contra y más allá de lo que Espai en Blanc denomina "la sociedad terapéutica", ya que, a fin de "gestionar las emociones" para ser normal o aceptable y productivo para el Capital, ahora "todo es terapéutico": desde la psiquiatría más "heavy" hasta la autoayuda más "light". Terapización social en la que también participan algunos espacios militantes y activistas de izquierdas hoy en día, contribuyendo así a la despolitización del sufrimiento y al gestionismo emocional capitalistas.
 
El punto es que de la misma manera en que el objetivo de la lucha de clases revolucionaria es la abolición de la sociedad de clases -empezando por el propio proletariado-, asimismo el objetivo de la política revolucionaria es la abolición de la política. Por eso, acto seguido de la afirmación dialéctica "nuestro programa político es destruir la política", en el mismo Cuaderno se puede leer: "para alcanzar eso, tenemos que empujar a las tendencias subversivas que hoy existen hasta rehacer la sociedad en todas partes. Hace tiempo a eso se le conoce como 'revolución'." Pues bien, eso mismo es la política revolucionaria del proletariado para abolir la política y el proletariado. Eso es la dialéctica revolucionaria; en este caso, aplicada a politizar el malestar para la autoemancipación integral. 
 
Finalmente, estoy más que de acuerdo con lo que los compañeros de La Oveja Negra citan de Cesarano, Fisher y Graeber. Acoto, sin embargo, que "desobedecer el mandato burgués de felicidad, su moral del trabajo, o al menos comenzar a ponerlos en cuestión. Sabernos 'buenos para nada'es necesario, pero no es suficiente. Hay que colectivizar la depresión y politizar la ira. Justamente en Bueno para nada (2014), Fisher es bastante explícito y claro al sostener que "muchas formas de depresión son mejor entendidas –y mejor combatidas– a través de marcos que son impersonales y políticos más que individuales y  'psicológicos'.  [...]  Inventar nuevas formas de involucramiento político, ...convertir la desafección privatizada en ira politizada: todo esto puede hacerse, y una vez que ocurra, ¿quién sabe qué es posible?" Por eso mismo, reafirmo la necesidad de politizar el malestar en un sentido anticapitalista, antiestatal y dialéctico.  
 
Para ser más preciso, junto con Cesarano y Fisher afirmo que la depresión es otra trinchera de la lucha de clases y, por tanto, de la lucha política en el contexto de la dominación real del capital, yendo en contra y más allá del realismo capitalista. Porque la depresión hoy es el principal síntoma psicosocial -cada vez más masivo- de que "algo de fondo anda mal" y que pide a gritos una solución también de fondo. Ese "algo" se llama capitalismo y esa solución se llama comunismo. Mejor dicho, la crisis existencial resultante de la crisis del Capital sólo se puede solucionar de raíz con la revolución comunista, que, en palabras de Fisher, será "una revolución social y psíquica de magnitud casi inconcebible" o no será. Más precisamente, la apuesta realmente revolucionaria con respecto a la depresión es asumirla y usarla como otra forma de rebeldía potencial y un llamado a la emancipación, luchando colectivamente por extirpar su raíz social capitalista, al mismo tiempo que experimentando nuevas relaciones humanas y nuevas subjetividades al calor de la lucha revolucionaria.  
 
Sólo asumiendo dialécticamente esto en su praxis política, el proletariado revolucionario puede "hacer de la enfermedad un arma" (SPK) y exclamar "¡no estamos deprimidos, estamos en huelga!" (Tiqqun). Arma y huelga insurreccionales. Teniendo claro, además, que el comunismo que se vive en el seno de la lucha contra el capitalismo en el presente es tan importante como el comunismo por el que se lucha como sociedad futura (el futuro se construye colectivamente en el presente). Y que este comunismo inmanente o en el seno de la lucha en el presente necesariamente involucra aspectos psicológicos o "personales" y, por tanto, la necesidad humana de "comunizar los cuidados" y los afectos entre proletari@s y revolucionari@s, sin dejar de criticar y combatir despiadadamente al Estado-Capital y la socialdemocracia en todos los frentes de lucha. Como dice uno de mis poemas: "dulzura y caricia para la compañera / furia y puño cerrado para el opresor"Tanto en lo uno como en lo otro, el apoyo mutuo es la clave. De la mano de victorias concretas -así sean parciales o pequeñas- contra el enemigo (el capitalismo, el Estado, la socialdemocracia, la depresión, el aislamiento, la psiquiatría, la sociedad terapéutica, etc.), sólo ello puede rearmar al movimiento revolucionario -y a l@s proletari@s rot@s y desesperad@s que se sumen al mismo- de esperanza, imaginación, creatividad y alegría de vivir. 
 
Locura Proletaria
Quito, 19 de junio de 2025

 

----------------------------------------------------------------------------------------------------------

Relacionados:

Capitalismo y Depresión: una Mirada desde Giorgio Cesarano y Mark Fisher

La Depresión como Trinchera del Capitalismo: La Conformidad que Domestica la Rebelión

martes, 14 de enero de 2025

La Depresión como Trinchera del Capitalismo: La Conformidad que Domestica la Rebelión

Comunismo Gótico, diciembre de 2024

La depresión, ese malestar que carcome el espíritu y aplasta la voluntad, no es un accidente ni un defecto individual: es un arma del capitalismo. En esta época de alienación consumada, donde la vida misma es reducida a mercancía, la depresión no solo es un síntoma, sino un campo de batalla donde las clases dominantes consolidan su victoria. No se trata solo del cuerpo abatido o de la mente silenciada, sino de la captura del deseo, la erosión de la imaginación y la mutilación del espíritu rebelde.

La conformidad, ese hábito dócil de aceptar la opresión como paisaje cotidiano, es la aliada más fiel del capitalismo. En lugar de quemar los templos del mercado o derribar las catedrales de la burocracia, millones se entregan a una resignación pasiva, donde la política se convierte en espectáculo y la vida en rutina. Los conformes no son solo espectadores; son colaboradores silenciosos, piezas del engranaje que perpetúa este sistema inhumano. Cada momento en que la resignación sustituye a la rebeldía es un pequeño triunfo para las clases dominantes.

La depresión política, en particular, es el fruto podrido de la victoria ideológica del capital. Es el momento en que las utopías se marchitan, las luchas se desvanecen, y la esperanza parece un lujo obsoleto. En lugar de ser el preludio de una rebelión furiosa, la depresión se convierte en el foso donde las mentes críticas se ahogan. El capital ha logrado transformar la desesperación en parálisis, el desencanto en pasividad. La promesa de un mañana distinto queda encerrada en el loop [bucle] infinito de un presente sofocante.

Pero la depresión, aunque parezca el fin de toda rebeldía, contiene una paradoja. Su existencia revela el malestar estructural, el fracaso del capitalismo para crear vidas dignas. Es, por tanto, un síntoma que grita: ¡esto no funciona, esto no es vida! Sin embargo, en manos del capital, ese grito es silenciado, medicalizado, o estetizado, convirtiéndose en un producto más para ser consumido: pastillas, terapias individualistas, o narrativas que romantizan la tristeza mientras evitan su politización.

La verdadera lucha consiste en arrebatarle la depresión al capitalismo, transformarla en furia organizada, en rechazo radical. No se trata de romantizar el sufrimiento ni glorificar la angustia, sino de comprender que tras la pasividad impuesta existe un potencial subversivo. Cada instante de desesperación puede ser el germen de una nueva revuelta, si logramos destruir la narrativa que convierte el malestar en conformidad.

La depresión no es rebelde mientras permanezca encapsulada en la individualidad; se convierte en resistencia solo cuando se colectiviza, cuando se transforma en un grito de guerra contra el sistema que la produce. Es urgente dejar de aceptar la depresión como un refugio apolítico y comenzar a reconocerla como un campo de lucha. Porque mientras nos hundimos en el pantano de la pasividad, las clases dominantes celebran su victoria y afilan sus armas para la próxima batalla.

Rechacemos la resignación. Hagamos de la depresión un arma, no un refugio. El capitalismo debe pagar por cada lágrima derramada, cada sueño frustrado y cada mente atrapada. La única salida es la revuelta.

____________________________________________________________________________________________________


Relacionados:
 

lunes, 13 de enero de 2025

Capitalismo y Depresión: una Mirada desde Giorgio Cesarano y Mark Fisher

Tomado de Comunismo Gótico, región mexicana, noviembre de 2024 

 
La depresión es una sombra que se extiende en el mundo moderno, una condición que parece responder a causas tanto individuales como sociales. Para Giorgio Cesarano y Mark Fisher, sin embargo, esta interpretación es insuficiente. Ambos piensan que el capitalismo es mucho más que una estructura económica: es un sistema que determina cómo pensamos, sentimos y, finalmente, cómo vivimos. La depresión, en este sentido, no es simplemente un desajuste interno; es un síntoma que delata la alienación impuesta por una economía que ha colonizado la vida humana.

La Máquina Capitalista y la Colonización de la Vida

Giorgio Cesarano, en Apocalisse e Rivoluzione, describe el capitalismo como una “máquina social” que va más allá de la simple explotación del trabajo humano. El capital tiene un apetito voraz y totalizador que no se conforma con extraer valor económico de los recursos naturales y la fuerza de trabajo; quiere cada minuto de nuestra vida, cada aspecto de nuestra personalidad y cada uno de nuestros deseos. Según Cesarano, esta "dominación real del capital" convierte nuestras propias vidas en elementos subordinados, en recursos extractivos. La depresión, vista bajo esta luz, no es un fallo personal, sino una respuesta racional a un entorno que aliena al individuo, reduciendo su existencia a una rutina de trabajo y consumo.
 
Mark Fisher, en Realismo capitalista, complementa esta visión al hablar de la "privatización del estrés". Según él, el capitalismo contemporáneo ha convencido a los individuos de que sus problemas —incluida la depresión— son fallos personales, mientras oculta el rol que el sistema juega en su creación. La carga emocional, el estrés y la ansiedad son desplazados desde lo social a lo individual, convirtiendo los síntomas de un problema estructural en aparentes disfunciones privadas. Fisher sostiene que la depresión se ha convertido en un fenómeno tan omnipresente en la cultura capitalista precisamente porque el sistema ha arrebatado cualquier espacio de verdadera autonomía.

La Prótesis de la Felicidad y el Vacío

 
Ambos autores perciben que el capitalismo ha intervenido directamente en cómo experimentamos el bienestar y la felicidad, construyendo lo que Fisher denomina “un sistema antidepresivo.” En este sistema, cada vez que una persona experimenta un momento de tristeza, su respuesta inmediata no es preguntarse por las causas profundas, sino consumir: antidepresivos, entretenimiento, redes sociales, o una combinación de todos estos. La depresión, en lugar de ser una señal de que algo va mal en la vida de uno y en la sociedad, se convierte en una falla técnica que debe ser "arreglada" rápidamente. Esto forma parte de lo que Cesarano llama la "prótesis del capital": extensiones artificiales de la vida que despojan de sentido a la existencia humana, anestesiando el malestar en lugar de curarlo.
 
Fisher, por su parte, sostiene que este sistema capitalista de felicidad superficial es en realidad una forma de control que evita que el malestar se convierta en rebeldía. La depresión se convierte en una respuesta comprensible en un mundo donde la realidad misma ha sido vaciada de propósito. Según Fisher, lo que el capitalismo ha logrado no es liberar al individuo, sino atraparlo en un ciclo constante de insatisfacción, que es amortiguado momentáneamente por las ilusiones de consumo. La depresión, en este contexto, revela la “fricción” entre el deseo humano de sentido y el sistema capitalista que lo priva de profundidad.

La Colonización del Tiempo y el Futuro Robado
 
Ambos pensadores destacan el rol del tiempo como un recurso capitalizado. Cesarano expone cómo el capital ha colonizado el tiempo de vida mismo, reduciendo las jornadas a la mera producción y relegando al ser humano a un papel de "trabajo muerto". Fisher añade que esta colonización del tiempo ha generado una crisis existencial: el capitalismo no solo ha transformado el presente, sino que ha robado la posibilidad de imaginar un futuro distinto. En el realismo capitalista, ya no es viable siquiera concebir un sistema alternativo. La falta de un horizonte diferente agrava la desesperanza, lo cual, según Fisher, alimenta un ciclo de resignación y depresión.
 
Para Cesarano, la vida que se ha vuelto “máquina” carece de la vitalidad y la espontaneidad que caracterizan la verdadera existencia humana. La depresión, entonces, surge como un reflejo de la esterilidad de una vida atrapada en una rutina impuesta y sin espacio para la creatividad o la expresión genuina. Este sistema, que transforma a las personas en engranajes de una estructura ajena, asfixia cualquier intento de buscar sentido fuera de su lógica de producción.

Más Allá del Síntoma: La Depresión como Rebeldía Potencial
 
Lo que es fascinante en ambos autores es que no ven a la depresión únicamente como un síntoma de desajuste, sino como una señal de un problema más profundo y, potencialmente, como un rechazo silencioso al sistema. Fisher propone que la depresión puede ser una forma de protesta no verbal, un reflejo de que el mundo actual no es suficiente, y que el individuo, aunque no lo sepa conscientemente, está en búsqueda de algo más auténtico. En este sentido, la depresión contiene un potencial revolucionario: señala la necesidad de un cambio radical en las estructuras sociales que definen el significado de nuestras vidas.
 
Para Cesarano, la emancipación de esta dominación capitalista pasa por una reconexión con lo orgánico, con el cuerpo y con la vida en sus formas no mediadas. Esto no significa una utopía simplista, sino una ruptura con el dominio que ejerce la "prótesis del capital" sobre nuestras vidas. Fisher complementa esta idea al sugerir que debemos recuperar la capacidad de imaginar un futuro diferente, una vida donde el bienestar no esté supeditado al consumo y donde el tiempo humano no sea únicamente tiempo de trabajo.

La Depresión como una Llamada a la Emancipación

Para Cesarano y Fisher, la depresión no debe ser entendida únicamente como un estado mental, sino como un síntoma de una sociedad enferma. La depresión es, en este contexto, una consecuencia de vivir en un mundo donde el capital exige todo nuestro tiempo y energía, dejándonos exhaustos y vacíos. Al mismo tiempo, para ambos autores, esta misma condición puede convertirse en el punto de partida para cuestionar el sistema que la genera.
 
Así, la depresión, más que un problema individual, es un reflejo de un malestar generalizado que podría impulsarnos a buscar un modo de vida más auténtico. Para Fisher, esto significa un esfuerzo por imaginar un nuevo horizonte fuera del “realismo capitalista”. Para Cesarano, implica romper la dependencia de la “máquina social” y reintegrarnos a una vida más orgánica y plena. Ambos autores invitan a mirar la depresión no solo como un padecimiento, sino como un impulso para descubrir lo que se necesita cambiar en el mundo y en nosotros mismos.


___________________________________________________________________________________________________________________________


Relacionados:

La Depresión como Trinchera del Capitalismo: La Conformidad que Domestica la Rebelión

Depresión como fenómeno social en el capitalismo
 
«Bueno para nada» — Mark Fisher (2014)
 
El «caso» Cesarano. Comunismo vs. individuo solo y alienado 

miércoles, 6 de enero de 2021

¿Qué es la Antipsiquiatría?

Tomado de Diario de una autoetnógrafa, Junio 2020

Nota de LP: Publico este artículo por la rica y clara información que ofrece sobre la antipsiquiatría "para todo público"; ese es el objetivo: que la gente se informe sobre la antipsiquiatría, que salga de la ignorancia y el prejuicio en el campo de las llamadas "enfermedad mental" y "salud mental". Discrepo sin embargo con su autora en la idea de que la antipsiquiatría sólo puede ser practicada por profesionales, en este caso por médicos psiquiatras-antipsiquiatras y psicólogos. Porque sin "locos" no existiría la antipsiquiatría. Los "locos", los proletarios "locos" que luchan contra el sistema psiquiátrico son (somos) la antipsiquiatría en acción. O, en su defecto, lo que hoy en día se llama "expertos por experiencia" en enfermedad/salud mental, como lo he leído en un libro sobre "el derecho a la locura", de reciente publicación. Por lo tanto, la antipsiquiatría no sólo es practicada por profesionales críticos de la salud mental, sino también por "locos" o "enfermos mentales" o, como diría el SPK, por "la clase de los pacientes". Hermanos psiquiatrizados que llegan incluso más allá de la antipsiquiatría, y para quienes los GAM (Grupos de Apoyo Mutuo)/Colectivos de Pacientes son vitales -pero que, para la autora de este artículo, "no son antipsiquiatría"-. Los profesionales críticos de la salud mental claro que pueden acompañar este movimiento social real, pero sin creerse los únicos ni los líderes, y a condición de adoptar la posición de los proletarios "locos" o de los pacientes, no la posición de médicos; es decir, criticándose, negándose y aboliéndose como psiquiatras, como ya lo dijo claramente David Cooper, el antipsiquiatra revolucionario por excelencia. Agregar finalmente que, a diferencia de este artículo, en este blog sí se toma partido a favor de la antipsiquiatría y de la abolición de la psiquiatría (soy "abolicionista"), entendida como parte de la abolición de la sociedad de clases y fetiches, sus instituciones, sus cárceles, sus manicomios, sus normas, sus roles y sus etiquetas... en fin, como parte de la revolución de la vida cotidiana, desde sus contradicciones y sus márgenes. 
***
La antipsiquiatría es un movimiento orientado a la crítica de la psiquiatría dominante. El término fue acuñado en 1967 por el (anti)psiquiatra David Cooper [ver Psiquiatría y Antipsiquiatría]. Aunque existe mucho escrito sobre el tema, a menudo se utiliza como un paraguas bajo el cual meter a toda posición crítica con la psiquiatría hegemónica.
En este post intentaré contribuir a clarificar la confusión que rodea a la antipsiquiatría. En ocasiones se incluye en ella a profesionales que no deberían, o bien se inserta en esa corriente al movimiento de supervivientes de la psiquiatría o al activismo loco (podéis leer sobre este movimiento en el post sobre activismo loco y en el post sobre trastornariado)
A continuación haré un breve repaso histórico de la antipsiquiatría clásica y la nueva psiquiatría. Aludiré al contexto social, relevante para comprender el objetivo de la crítica en cada planteamiento. E indicaré las distintas particularidades. Todo ello imprescindible para entender que no se trata de un movimiento homogéneo ni debe descontextualizarse para extraer algo así como la “esencia” de la antipsiquiatría.
Lo que sí debemos tener en mente es que hay un aspecto transversal a este movimiento, que es la crítica al modelo biomédico de la locura.

1. La Antipsiquiatría clásica

La antipsiquiatría clásica surgió en los años sesenta, en un contexto social que propiciaba los movimientos sociales de distinta índole. Eran tiempos de florecimiento de la contracultura, de movilizaciones feministas y anticolonialistas, de lucha por los derechos civiles, etc. Pensemos el Mayo francés del 68 como paradigma de este atmósfera contestataria y con ánimo de transformación social.
Antipsiquiatría-manicomio
En esta época los locos eran encerrados en manicomios, psiquiátricos o asilos. En estos espacios  se daba una radical segregación y un tratamiento explícitamente represivo. De ahí que se entendiera la psiquiatría dominante como un instrumento de opresión y control social. Y algunos psiquiatras decidieron posicionarse en contra y explorar vías alternativas a la deshumanización del loco por la psiquiatría dominante.
La antipsiquiatría se intentó en distintos países, pero dos de ellos han pasado a la posteridad como referentes de este movimiento: Inglaterra e Italia.

1.1. Antipsiquiatría británica

Se caracteriza como un “intento de interpretar las concepciones psiquiátricas de una forma distinta, limitando la función represiva del psiquiatra, sin negar sin embargo su papel profesional” (Antonucci).
Sus referentes son Ronald Laing y David Cooper, quienes desarrollaron comunidades terapéuticas al margen de los manicomios. Destacan las experiencias de Villa 21 (Cooper) y Kingsley Hall (promovida por la Philadelphia Assotiation).
Estas comunidades terapéuticas fueron muy cerradas, funcionando al margen del sistema sanitario público. Quizá por ello no tuvieron consecuencias en el modelo asistencial. Un elemento que marca una importante diferencia con la antipsiquiatría italiana.
El propio Cooper terminó criticándolas por ser “islas felices en un mundo donde todo sigue funcionando igual. De esta manera, la institución no está siendo atacada. La locura está siendo recuperada, encapsulada en el sistema y pierde su función subversiva”.
A pesar de esta crítica, el legado de Laing y Cooper, tanto a nivel teórico como práctica, es muy valioso. No solo muestran que es posible tratar la locura de forma no represiva y fuera de la lógica manicomial. También teorizaron sobre el concepto de “enfermedad mental” y “locura” desde un modelo que enfatiza la subjetividad del paciente.
 

1.2. Antipsiquiatría italiana

La asociación automática entre el movimiento italiano y Basaglia resulta prácticamente inevitable. Este es el referente fundamental de lo que se podría denominar una antipsiquiatría anti-institucional.
La desinstitucionalización a la que aspiraban Basaglia y su equipo culminó con la Ley 189 (1978), también conocida como Ley Basaglia. Esta ley supuso el inicio de un proceso cuyo fin era el cierre de los manicomios. Este proceso fue gradual, duró más de quince años, abriéndose paralelamente centros de salud mental comunitarios a modo de una nueva red asistencial.
Sería injusto limitar la aportación de Basaglia y sus colegas al cierre de psiquiátricos. Sus trabajos en Gorizia y en Trieste suponen un trabajo que plantea objetivos que trascienden la mera crítica institucional.
En La institución negada se refleja claramente el mencionado propósito. En ella se transcriben las asambleas entre pacientes y profesionales, visibilizando hasta qué punto se tenía como objetivo la participación activa y subjetiva del loco y la crítica (compartida con los británicos) de su deshumanización o cosificación en el contexto manicomial.
Además, consideraba la locura como un problema que no afectaba únicamente a la disciplina psiquiátrica, sino a toda la sociedad. Muestran una intención de involucrar al conjunto de la sociedad en la cuestión de la locura. Se puede hablar de un cierto intento de politización de la locura (aunque distinta a la que los locos intentamos).

 

2. Nueva Antipsiquiatría

La antipsiquiatría resurge en los años 90. Para comprender mejor este resurgimiento, debo remarcar que la mayoría de los antipsiquiatras clásicos renegaron de tal calificación hacia el final de sus trayectorias, a pesar de que continúen considerándose los referentes de la antipsiquiatría. En esto pudo tener que ver el cambio social posterior y el discurso hegemónico, que descalificaba lo “anti” y únicamente legitimaba la crítica reformista (“positiva”).
El contexto del surgimiento de la nueva antipsiquiatría viene marcado por la implantación del modelo neoliberal y la revolución farmacológica. Por un lado, el neoliberalismo ha conllevado la medicalización de problemas sociales, ampliando significativamente el número de personas que “requieren” los servicios de salud mental  (para ampliar el problema de la medicalización, podéis leer Opresión: del psistema al sistema).
Por otro lado, aunque intrínsecamente vinculado a lo anterior, la explosión de la oferta de psicofármacos. Paradójicamente, estos dos aspectos han contribuido en parte a la desinstitucionalización del sufrimiento psíquico a la que aspiraba la antipsiquiatría francesa. Y los movimientos de sobrevivientes a la psiquiatría, con su crítica a la (sobre)medicación también han jugado un papel relevante en la reacción de la Nueva Psiquiatría.
Pero no debemos caer en la trampa de hablar de desmanicomialización. Más bien se da una lógica manicomial a través de personas contenidas químicamente fuera de los psiquiátricos. Los mecanismos de control de la locura trascienden hoy el encierro asilar (recuerdo aquí mi entrada sobre mi proceso de (sobre)medicación).
Así, mientras la lucha de la antipsiquiatría clásica se enfocaba a un número menor de locos, la nueva antipsiquiatría se enfrenta a un escenario de masificación de personas con sufrimiento psíquico y (sobre)medicadas.
Esta nueva psiquiatría critica principalmente el (ab)uso de psicofármacos, pero también recoge la idea de Thomas Szasz de que la enfermedad mental es un mito. Idea que, de alguna manera, ya estaba de forma más o menos explícita en los antipsiquiatras clásicos, pero ahora se encuentra reforzada.
La principal referente de esta corriente es Bonnie Burstow (noticia beca Bonnie Burstow). De hecho, en 2016 se lanzó la Beca Bonnie Burstow en Antipsiquiatría. Aunque en ocasiones propongan el abolicionismo de la psiquiatría, no debemos engañarnos. No estamos ante posiciones realmente abolicionistas, sino ante una reforma de la psiquiatría. Una desligada del modelo biomédico y más próxima a la terapia psicológica.
 

3. ¿Qué no es Antipsiquiatría?

Como he dicho al principio, hay una tendencia a entender como antipsiquiatría corrientes que no lo son. Aunque no me voy a extender en ellas aquí, considero necesario al menos enumerarlas:
-Movimientos de sobrevivientes a la psiquiatría u otros grupos similares como Hearing Voices o el activismo en salud mental y los GAM (Grupos de Apoyo Mutuo). La antipsiquiatría es un movimiento llevado a cabo por profesionales de la salud mental. Es posible que ciertos activistas simpaticen con los planteamientos antipsiquiátricos. Pero, desde mi punto de vista, no deben en modo alguno entenderse como tales.
-La posición antipsistema; que supone la abolición del psistema.
-Alternativas a la psiquiatría. Un ejemplo paradigmático es el modelo de Diálogo Abierto iniciado en Finlandia (en la zona de Laponia occidental) en 1969, cuyo referente es Jaakko Seikkula.
-Modelos de psiquiatría que cuestionan la psiquiatría tradicional pero se desvinculan intencionadamente del prefijo “anti”: la psiquiatría crítica y la postpsiquiatría.
-Una mención especial merece el pensamiento no-psiquiátrico, denominado así por Giorgio Antonucci y en el que se podría incluir al liberal Thomas Szasz (sobre el cual se ha dicho que ha inspirado e influido en todo el movimiento antipsiquiátrico, aunque esto no sea del todo exacto). Una corriente a caballo entre la antipsiquiatría y el abolicionismo.
Esta perspectiva lleva la crítica a la psiquiatría más allá: “considera la psiquiatría como una ideología que carece de contenido científico, un no-conocimiento, cuyo objetivo es la aniquilación de las personas, en vez del intento por entender las dificultades de la vida tanto individual como social para luego defender a las personas, cambiar la sociedad y dar vida a una cultura realmente nueva”. (Antonucci).
A lo largo de este texto he sintetizado breve y esquemáticamente el movimiento promovido por profesionales, he tratado de mostrar sus diferencias contextuales y de objetivos y he tratado de clarificar qué se debe (y qué no) entender por antipsiquiatría.
-------------------------------------------------------------------------------------------------
Relacionados:

viernes, 15 de mayo de 2020

Sobre el Fracaso – CrimethInc


Nota de LP (Quito, mayo 2020). Soy un “fracasado” y un “loco”. Sí: para la sociedad capitalista –cuyo “éxito” consiste en ser un buen esclavo del trabajo, el dinero y todas sus normas, valores e instituciones–, sus defensores y sus falsos críticos –incluyendo a mi ex novia, un ex amigo y compañero, y algunos familiares–, soy un “fracasado” y un “loco”. Por eso uso estas palabras entre comillas. “Fracasado”, en términos profesionales, laborales y económicos. Y “loco”, en términos psicológicos y sociales. Pero también soy un “fracasado y loco” en términos políticos, artísticos y afectivos. Y no lo digo con retorcido orgullo, sino con sufrimiento, aceptación y coraje al mismo tiempo. Definitivamente, no calzo en este mundo al revés. Estoy en este mundo, pero no soy de este mundo. Mas no he sido, no soy ni seré el único. Fuimos, somos y seremos claroscura legión.

Tampoco soy de Marte ni de “la estirpe de Saturno”. Sólo soy uno más de los miles y miles de terrícolas proletarizados, empobrecidos, violentados, ninguneados, excluidos, desesperanzados, “dañados”, “enloquecidos” y “malditos” o estigmatizados como “anormales” y como “desadaptados, parias y resentidos sociales”, que han existido, existen y existirán bajo el yugo de la Normalidad del Fetiche-Leviatán-Capital. Después de la crisis actual, por cierto, habrá muchos más “perdedores” pertenecientes al ejército de desempleados, subempleados, pobres, “fracasados y locos“: ese “ejército de amarguras“. Este es, pues, “mi” marginal y subterráneo “lugar de enunciación”, incluso dentro del mismo proletariado y sus izquierdas y ultraizquierdas. Por eso es que, entre otras razones, hace tres años creé este blog antipsiquiátrico y anticapitalista, en general; y por eso es que hoy día publico este texto de CrimethInc (“crimen mental”, en español) sobre el fracaso, en particular.

Texto que encontré de casualidad en un blog anarquista y que capturó mi atención, ya que acabo de tener un nuevo fracaso personal hace unos días, justo en estos momentos de crisis, precariedad, pandemia, cuarentena, encierro y “nueva normalidad”. (Seguramente no soy el único tampoco.) Razón por la cual, este texto me cayó bien como si fuese un bálsamo para cicatrizar mi nueva herida (la verdad duele pero libera) y para seguir desarrollando mi resistencia y mi resiliencia antisistémica, sobre todo cuando dice que uno de los mayores secretos de esta civilización es que es una “civilización de perdedores”; que esta “sociedad obsesionada con el éxito” y la competencia tiene mucho que aprender de los “fracasados”; que ellos son los que mejor pueden enfrentar las catástrofes –incluida la catástrofe que será la revolución en esta época–, porque ya no tienen nada que perder sino, en cambio, un mundo que ganar; que hay dejar de pensar, actuar y evaluarnos según los parámetros impuestos por este sistema; y, que hay que perder el miedo –el miedo al “fracaso” y a la “locura”– o tener la valentía de reapropiarnos de nuestras vidas y cambiarlas por completo, destruyendo este mundo del Capital que nos ha destruido como seres humanos. Aunque, no estoy de acuerdo con cierto sesgo anarco-individualista e idealista que desliza en algunas de sus líneas.

Lo comparto entonces porque, más allá de lo personal y lo testimonial, talvez les pueda servir a otros proletarios “fracasados y locos” para que también sigan desarrollando su resistencia y su resiliencia en contra y más allá de esta sociedad, sus defensores y sus falsos críticos. (Esto es de un nadie para otros nadies, porque todo es de todos.) ¿Hasta cuándo? Hasta cuando nuestra clase social de “condenados de la Tierra” y “perdedores hermosos”* tome venganza histórica contra el capitalismo, lo sepulte y sobre sus ruinas funde –con mucha alegría, sabiduría, amor, solidaridad, libertad e imaginación– una comunidad humana real no sólo sin explotadores ni explotados, sino sin jueces, policías ni carceleros de ningún tipo y, claro está, sin “locos” ni “fracasados”. Porque no es un orgullo serlo, sino una condena social que precisamos suprimir ya.

Como hermosa y potentemente escribieron unos compañeros del cono sur en su boletín Ruptura N° O de otoño del 2008: «El partido de la revolución social toma su energía de todo lo que hay por fuera de esa presuntuosa “normalidad”. Es su contrario absoluto: busca instaurar un mundo donde la normalidad sea imposible, donde no haya orden moral alguno al cual adaptarse. Es el partido de los que no han ganado nada en esta sociedad, que lo saben, y que al saberlo no abrigan ninguna ilusión de ser superiores ni a su época, ni a su pasado, ni a ninguno de los que comparten su infortunio. Es el partido de los hombres amorales, los que jamás pretenderían que sus gustos y preferencias se impongan a todos por igual. Es por lo tanto el partido de todo lo que esta sociedad considera inferior, bajo, torpe, inútil, feo y sin gracia; el que reúne a los fracasados en la competencia capitalista, ya sea porque fueron expulsados de ella o porque jamás quisieron entrar, y que han terminado pagando el precio: marginados de todo lo que esta sociedad ofrece como deseable, despojados de sus lazos sociales y por ende de su propia personalidad humana, es natural que a menudo carezcan de pretensiones revolucionarias, que desconozcan el lado subversivo de su miseria, que ignoren los alcances universales de su odio por el mundo. Es natural que no sepan todavía que forman un partido: el partido que destruirá todo lo que les ha impedido vivir; y es lógico además que casi no puedan experimentar otra alegría que la insinuada por esta lucha. Este es el partido que le devolverá a la humanidad desposeída su auténtica comunidad: la posesión directa de su propia vida colectiva y de todos los medios materiales de su realización. La revolución proletaria, el comunismo, será obra de este ejército de amarguras, finalmente redimido por la violencia, o no será obra de nadie.»

“FRACASADOS” Y “ANORMALES” DE TODOS LOS PAÍSES: ¡UNÍOS!
¡POLITICEMOS NUESTRO MALESTAR!
¡RECUPEREMOS NUESTRAS VIDAS 
DESTRUYENDO ESTE MUNDO QUE NOS HA DESTRUIDO!


******


LO SIENTO, NO ERES UN GANADOR
CrimethInc

El fracaso es un gran desastre en una escala individual. Sufrido conscientemente, nos puede permitir aprender a diferenciar lo que es realmente importante para nosotros y lo que no lo es. Puede generar en nosotros una reflexión capaz de hacernos continuar o cambiar de estrategias y rumbos, nuevos rumbos que necesitamos con urgencia. Una sociedad obsesionada con el éxito como la nuestra, tiene mucho que aprender de los denominados perdedores.

Un fracaso real, trágico y devastador, es una prueba que has llegado más allá de ti mismo, que estas empujando tus límites y los límites del mundo. Aquí estamos hablando de fracasar bajo la experiencia de darlo todo, alguien que no se las juega al máximo no puede saber lo que es una victoria o una derrota. En todo caso esto puede ser relativo, cuando una persona no está evaluando sus propias acciones según algún patrón de éxito son los demás los que juzgan según sus estándares.

Si quieres utilizarte como un objeto y someterte a una prueba, intenta fracasar en algo. Luchar para ser exitoso puede ser cansador, pero ser un fracasado a propósito puede demandar mucha más energía. Intenta una tarea imposible, algo que todos piensen que es estúpido y sin sentido –te sorprenderá lo difícil que es exiliarse del mundo, y que nadie pueda darle sentido a lo que estás haciendo. Estar dispuesto a fallar sin miedo antes que otros es una de las habilidades más necesarias y difíciles de aprender, y saber fracasar frente a nosotros mismos sin sentir vergüenza es aún más difícil.

Estar dispuesto y listo para fracasar es un prerrequisito necesario para poder hacer algo genial, importante. Orgullo, conciencia de uno mismo, inseguridad, cobardía, son las cualidades que nos piden tener sólo logros y logros uno tras uno; y son las mismas cualidades que nos impiden tener absoluta libertad a la hora de actuar y emprender algo que pueda alcanzar una meta digna. Los artistas por ejemplo, deben estar preparados para abandonar todo lo que han aprendido y empezar a fallar de nuevo, y repetir este proceso una y otra vez, si se quiere evitar el estancamiento. El miedo al fracaso no te permite lograr nada, ni siquiera te permite fracasar.

En todo caso, ser tan exitoso te hace débil al fin y al cabo. El éxito no te permite saber cuánto eres capaz de resistir, como te desenvuelves en un estado de desastre, o que es lo que realmente te motiva en primer lugar. El fracaso para aquel que se sabe a sí mismo como un ganador, es lo peor que le puede pasar. Pero una persona ya con experiencia en cosas desafortunadas, decepcionantes, es menos probable que le tenga tanto miedo a fallar, si esa persona aún no se ha dado por vencida, se hace más fuerte. Fracasa una vez, y sentirás que es el fin del mundo, sobrevive al final del mundo un par de veces, y aprenderás que tú eres más resistente que esas realidades destruidas.

Algunos pasan años, vidas enteras, generaciones completas en el fracaso y la decepción. Saben exactamente cuánta pobreza y humillaciones pueden soportar, tienen mucha práctica. No son fácilmente intimidables; no tienen nada que perder. Continúan con una paciencia que es inconcebible para una celebridad, o un atleta. Y así como el vagabundo que saluda al amanecer,  con su voluntad de seguir viviendo intacta luego de caminar toda una noche buscando maneras de evitar morir de frío, nuestros fracasos nos pueden enseñar mucho mejor que cualquier cátedra, que tomar riesgos es necesario para trabajar en algo que pueda llegar a ser milagroso.

En este mundo al revés, en donde la estrechez se cubre con una máscara de felicidad y verdad, la falsedad se esconde detrás del Éxito, con E mayúscula. Es importante saber que hay peleas que no vale la pena pelear, a las que no hay que darles ni tiempo ni esfuerzo, algunas de estas victorias son más humillantes que cualquier derrota, y algunas decepciones son triunfos disfrazados. Como cuando te ascienden y te dan más trabajo, y pierdes el tiempo que tenías para estar con tus seres queridos, quizás hubiese mejor haber seguido igual que antes, después de todo.

Las resoluciones adversas tienen algo que ofrecer, incluso cuando es experimentado por alguien que desea el supuesto éxito, puede ser un estado inicial a una transformación, una especie de instancia de reflexión. Al revisar lo sucedido luego de sufrir una derrota, con calma, podemos ver realmente si nos sentimos victoriosos o un fracasados, leer lo sucedido con nuevos valores, valores propios que se ajusten a lo que realmente queremos, a lo que realmente somos. Cuando pasa esto, podemos redefinir lo que es una victoria y lo que es un fracaso por nosotros mismos, entonces ya no estaremos ocupados intentando ser exitosos según parámetros ajenos. Dejamos de tener las manos atadas.

Fracasar te da empatía, de cierta manera es imposible comprender a un grupo de personas que pierde una y otra vez las mismas batallas, si tú no te has derrumbado antes. Nuestra civilización es una civilización de perdedores, los estándares que han diseñado para nosotros son imposibles de alcanzar, nunca seremos ni tan bellos ni tan perfectos, como  supuestamente deberíamos ser. Este es un secreto digno de ser compartido, es el secreto de nuestra sociedad, ninguno, pero ninguno de nosotros, es un ganador. Mientras más nos esforzamos para cumplir con estos estándares, más rápido se alejan de nosotros. Es por esto que las modelos son más inseguras con sus cuerpos de lo que somos nosotros con nuestros cuerpos, o que los millonarios acostumbren a leer libros sobre cómo seguir invirtiendo. Si en todo caso fuéramos tan exitosos y felices, ¿a qué se deben las alzas de descontento? Incluso Madonna, que vendría a estar en la punta de la pirámide social de las celebridades, tiene algo en común con nosotros, ella no es realmente Madonna, no es la caricatura de 2 dimensiones súper excitante que vemos a través de los medios. Al final del día, las líneas de su cara desaparecen y aparece la duda, ella también se acuesta a ver televisión y debe sentir como su corazón cae al ver a esta diosa a través de este paraíso digital. De hecho, ella es peor que el resto de nosotros, y no solo porque ella en realidad no es Madonna, sino porque ella no es nada más aparte de eso – Acéptalo, nunca vas a parecerte a las modelos de las revistas, sin importar cuanto crema para piel o para la celulitis te pongas. Aparte es absurdo, es imposible verse a sí mismo sin un grupo de profesionales detrás de cámara. Cuando te des cuenta de este fracaso, estarás libre para poder convertir en una persona que busca otras cosas, en algo más.

Ni siquiera es un tema de recursos, el fracaso es evaluarse bajo los parámetros distantes y atroces bajo los cuales nos evalúan.

Hoy, el valor de competir es muy importante, no hacerlo te convierte en un fracasado. Alguien que no está dirigiendo su vida bajo los parámetros más ambiciosos, deja de ser deseable, toda búsqueda no económica, se asocia con ingenuidad e inocencia. Apenas aparezca un grupo de autoproclamados fracasados, buscando la felicidad, haciendo una catástrofe disfrutable de sus vidas, la fiesta se animará.

El orgullo siempre nos va a mantener en situaciones de no victoria, insistiendo que somos felices y que todo va acorde a lo planeado, luchando para que nuestros planes funcionen de alguna manera. Esto ni siquiera es una tragedia, es sólo estupidez. Somos lo suficientemente buenos para merecer ser felices, por una vez, independiente de si eso lo llamarán ganar o perder. Suficiente de ser exitosos fracasados, busca de una vez por toda el éxito en nuestros fracasos.

Los perfectos, los bellos, los correctos, los justos, los nobles, los que nunca lloran en público, los que no hacen nada en privado que los pueda avergonzar, los normales, los sanos, los que siempre tienen planes a futuro, los contentos, los felices, los que trabajan duro y obtienen los beneficios, que se cepillan y enjuagan después de cada comida, los que están bien ajustados, los populares, los que nunca se desaniman, los niños chicos que si crecen para ser presidentes, los suertudos, los que tienen una piel perfecta y dientes perfectos y cuerpos perfectos, los que tienen lo que quieren y quieren lo que tienen, ellos, ellos no existen, y los que posan como si fueran ellos están más cagados que tú.

Yo creo que fracasamos porque somos incapaces de imaginarnos ganando. Asumir una derrota antes de dar una buena pelea, sumergirse en el llanto estilizado de la nostalgia, es exactamente lo opuesto a darlo todo y perder, es una farsa no una tragedia.

Y todos los grupos que dicen que quieren cambios radicales pero que detienen al primero que intenta hacerlos, creo que es porque no quieren ganar, porque ellos se dedican a ser unos fracasados, no se atreven a tomar el riesgo, para ellos nunca es el tiempo correcto para actuar. Sus manos se mantienen limpias.

Las personas, si realmente lo intentan, pueden lograr hacer realidad sus sueños, incluso los que parecen ser imposibles. Pero también puede pasar que nunca los logren. Y no hay nada que nos aterrorice más, que ser esa persona, la que se hace responsable, la que lo intenta y falla, la que a pesar de dedicarle todo su esfuerzo y tiempo a un proyecto no es capaz de conseguirlo.

Pero, si la realización de un sueño es imposible, estamos libres de esta terrible responsabilidad: muchas personas encuentran una salida fácil al pensar que todo lo que quieren es imposible de conseguir, ahorrándose el terror de lidiar con la idea de que si es posible.

Y una vez que alguien decide que lo que quiere es imposible, comienza a dirigir su vida bajo esta premisa, que necesita desesperadamente que sea verdad, de lo contrario, sería un tonto que han decidido desperdiciar su vida, para dedicarse a lograr las metas de otros, para tener una vida en si más segura e insignificante. Y cuando surjan sospechas de que quizás lo que realmente le gustaría hacer su vida no es tan imposible (pero si muy difícil), es muy probable que a nivel inconsciente intente convencerse de que si lo es, y que también haga cosas que hagan que esta idea de lo imposible sea realidad. Imagínate eso, 6 billones de personas, sociedades enteras trabajando como empleados haciendo que sus sueños estén cada vez más lejos de su alcance. ¡Eso sí que requiere trabajo!  Y es probable que los sueños de la mayoría tampoco sean tan difíciles o complejos si se buscaran en conjunto.

Falla en las tareas en las que más te da miedo fallar, sin tenerle miedo al futuro. Experiencias como éstas nos definen y fortalecen. A las finales, liberarse no es un asunto de fracasos o éxitos, si no de ser capaces de darnos cuenta de lo limitada que es nuestra forma binaria de pensar. Se nos evalúa tanto desde niños que adoptamos esta manera de ver la realidad, y siempre estamos evaluando, a nosotros y a todo lo que nos rodea.

¿No sería dejar de evaluar un triunfo más dulce que cualquier victoria?

[Tomado de Filosofía Antiautoritaria (febrero 2018)]

------------------

Relacionado: Fantasías. Sobre una “teoría” del éxito-fracaso – Grupo Anarco Comunista (México D.F., 2011)

------------------

* Perdedores Hermosos de Luca Prodan (Italia-Argentina, 1983):