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jueves, 28 de marzo de 2024

Comunizando los cuidados

M.E. O'Brien (Pinko, octubre de 2019)
Traducción al español: Antiforma (junio de 2020)
 
La exigencia de abolir la familia ha sido una forma de poder imaginar la vida más allá de la heterosexualidad obligatoria, la subyugación misógina y la violencia familiar.(1) Este cuestionamiento es causa de una profunda ansiedad para muchos que ven la familia como el único resguardo contra la violencia del Estado, la supremacía blanca o la pobreza. Los detractores de esta crítica equiparan la abolición de la familia con el descuido de la infancia y la prohibición del afecto y el cuidado.
Marx y Engels se opusieron con ahínco a quienes especulaban sobre cómo sería la futura vida comunista, objetando que carecían de una estrategia para hacer surgir tal sociedad de las contradicciones del capitalismo. En Anti-Dühring y en su edición extraída Del socialismo utópico al socialismo científico, Engels expuso la línea divisoria tras la que los marxistas habrían de resguardarse del riesgo de convertirse inadvertidamente en novelistas de ciencia ficción. Aunque estoy de acuerdo en que las descripciones concretas de la vida comunista no sirven fácilmente a la función programática imaginada por los socialistas utópicos, también creo que un retorno a las visiones especulativas del comunismo puede sernos de utilidad hoy en día. El horror de los estados soviéticos del siglo XX, en los que unas sociedades basadas en la división de clases y el trabajo asalariado se hacían llamar "comunistas", nos impone hacer justo aquello que Marx y Engels evitaron: escribir ciencia ficción sobre los futuros que queremos crear. Tales visiones pueden provocar o enriquecer, pero cualquiera sea el caso su utilidad no consiste en leerlas como propuestas a ser implementadas por los convencidos. Su poder reside en hacer visible la fragilidad y el horror del presente, y en apoyar un proceso de exploración y descubrimiento en el transcurso de la lucha.
Al referirse a la abolición de la familia, Marx y Engels hablan de abolir empleando la palabra alemana Aufhebung. Concepto hegeliano a veces traducido como "superación positiva", Aufhebung implica preservar, elevar y transformar radicalmente. Este significado difiere enormemente del que nos legó el movimiento abolicionista norteamericano. La demanda de abolir la familia no pretende destruir la capacidad de las personas para formar lazos afectivos, románticos o parentales, ni pretende exacerbar las presiones que la economía de mercado ejerce sobre la vida doméstica. En cambio, abolir la familia significa liberar nuestra capacidad para cuidarnos unos a otros en formas más humanas que las actuales. En lo sucesivo ofrezco un esbozo especulativo sobre una forma de reproducción social que sustituya a la familia, específicamente la comuna tal como la sugerida por el socialista francés Charles Fourier a principios del siglo XIX.
Cualidades de la reproducción social comunista
La familia es la principal institución mediadora en la relación de dependencia proletaria respecto del salario. Además del salario, los servicios sociales y el sistema penal, dependemos para sobrevivir de aquellos a quienes llamamos familia. Para muchos proletarios que no pueden trabajar, como los bebés, los niños pequeños, las personas discapacitadas y las personas de edad muy avanzada, los principales medios para obtener recursos son las relaciones de dependencia personales y familiares que mantienen respecto de un trabajador asalariado. Los crecientes servicios sociales basados en el mercado no escapan a esta doble dependencia, pues se pagan o bien con el propio salario o con el de un miembro de la familia.
En nuestra sociedad, el amor y el cuidado, y con ellos gran parte de las actividades de reproducción social, están ligados a la dependencia respecto de lazos familiares obligatorios. La familia en nuestro mundo adquiere, por lo tanto, una forma contradictoria: es a la vez un espacio de amor en medio de un mundo duro y peligroso, y un espacio de dependencia privada desprotegido frente al riesgo de abusos, violencia y heteronormatividad. Por muy buenas que sean algunas familias, su privacidad e insularidad las protege del necesario proceso de lucha. Para quienes no pueden vivir bien bajo este régimen de género, la cuestión de quién es su familia es un asunto de vida o muerte. El Estado, el salario y la familia se oponen a la libertad sexual y de género, y son incompatibles con una expresión plena y libre de la prosperidad humana a través de la diversidad sexual y de género. La abolición de la familia debe ser la creación positiva de nuevas instituciones y prácticas amorosas, reproductivas y eróticas.
En lugar del sistema coercitivo de unidades familiares atomizadas, la abolición de la familia generalizaría lo que ahora llamamos cuidados. El cuidado del amor y el apoyo mutuo; el cuidado de la labor de criar a los hijos y cuidar a los enfermos; el cuidado de la conexión erótica y el placer; el cuidado de ayudarnos mutuamente a realizar las vastas posibilidades de nuestra humanidad, expresadas de innumerables maneras, incluyendo aquellas formas de auto-expresión que hoy llamamos género. El cuidado en nuestra sociedad capitalista es un acto mercantil, subyugante y alienante, pero aún así podemos captar allí el núcleo de una interdependencia no alienante.
En torno a la olla común
En los períodos de insurgencia prolongada, la gente tiende espontáneamente a formar comunidades auto-organizadas basadas en la reproducción colectivizadora. A estas formas sociales las llamo comunas, y las considero expresiones incipientes del tipo de reproducción social que podría llegar a ser predominante en el comunismo. Cuando muchas personas se enfrentan directamente al Estado y al capital en formas que les llevan a compartir un mismo espacio durante varios días, a menudo desarrollan prácticas para obtener colectivamente alimentos, cocinarlos juntos y comer en común; hacen arreglos para dormir cerca unos de otros; para compartir las responsabilidades de criar a los niños y ayudar a los camaradas discapacitados. Todos trabajan para compartir el trabajo de cuidado, para permitir una participación diversa y para protegerse mutuamente de las agresiones.
Veremos alguna variación de esto dondequiera que arraigue una ocupación prolongada: en las protestas contra el oleoducto de Standing Rock en las Dakotas, en la lucha por la ZAD en Francia, o en el movimiento de las plazas. En la Comuna de Oaxaca de 2006 las mujeres impulsaron actividades reproductivas grupales en las barricadas a fin de mantener las protestas y resistir a la dominación de género en la vida familiar:
«En las barricadas la gente de Oaxaca dormía, cocinaba y compartía comida, tenía sexo, compartía noticias y se reunía al final del día. No sólo se reapropiaron y redistribuyeron recursos tales como alimentos, agua, gasolina y suministros médicos; de la misma manera, las tareas reproductivas fueron reapropiadas sacándolas de la esfera especializada del hogar, convirtiéndose así en un modo de re-imaginar la vida social y los vínculos colectivos.»(2)
Estos arreglos sirven a las necesidades inmediatas al interior de una lucha prolongada. Además de colectivizar la labor reproductiva, crean nuevas formas de intimidad y amistad, abren vías para cuestionar el género y las relaciones sexuales, y pueden ayudar a desafiar directamente la estructura atomizada y doméstica de la familia nuclear. Aunque estos espacios de protesta compartidos no están libres del horror de la misoginia, la homofobia y la violencia sexual, su carácter colectivo y político proporciona un ambiente más propicio para impugnar y cuestionar estas dinámicas propias de la familia aislada. Los espacios de protesta que necesitamos deben combinar las formas emergentes de reproducción comunista con prácticas feministas y queer, y en última instancia, quizás, también con un sexo mejor.
Así como la cocina comunal ha aparecido en insurgencias del pasado, en condiciones de comunización más extendida la comuna podría volverse la forma predominante de reproducción social. Aunque no podemos saber en qué condiciones se darán las insurrecciones futuras, podemos precisar algunos rasgos característicos de las medidas comunistas: una masa crítica de proletarios que rápidamente se apoderan, transforman y ponen en uso la infraestructura y la tierra, para permitir la supervivencia humana no comercial y el florecimiento humano. La obligatoriedad de la relación nuclear familiar y el trabajo asalariado operarían como obstáculos directos a esa supervivencia compartida, a la libertad y a la continuidad de la insurrección. Si la familia nuclear no es desafiada radicalmente, sus perniciosas lógicas contrarrevolucionarias de propiedad, misoginia, heteronormatividad y dominación permanecerán intactas. La reproducción comunista de la vida material debe resistirse a la dependencia de las relaciones familiares obligatorias y a la participación en el trabajo asalariado. Por el contrario, habrá de procurarse mediante la administración democrática y colectiva, y la circulación global de la actividad productiva sin la mediación del mercado.
En su artículo de 2016 Insurrección y Producción, el colectivo Angry Workers se imaginan cómo sería tal proceso revolucionario comunizador en el Reino Unido, enfocándose en las industrias esenciales que deben ser reapropiadas para que la insurrección persista. Aún cuando gran parte de su análisis es equiparable a las condiciones que rigen en los Estados Unidos, estudios similares deberían llevarse a cabo en otros lugares. En su investigación, Angry Workers propone la formación de unidades domésticas colectivas capaces cada una de ellas de colectivizar la producción y el consumo de alimentos. Aquí la comuna no se plantea como una prefiguración, sino que requiere de un comunismo generalizado:
«La rebelión y la toma de control de industrias esenciales debe ir de la mano con la formación de unidades domésticas formadas por 200 a 250 personas: espacios comunes (antiguos hoteles, escuelas, edificios de oficinas, etc.) que operen como puntos centrales para la distribución, el trabajo doméstico y la toma de decisiones locales. La rápida formación de tales unidades domésticas es tan importante como la apropiación de las industrias esenciales. El motivo principal es que esto permitirá romper el aislamiento del trabajo doméstico y las jerarquías de género, pero también porque ayudará a crear una contra-dinámica opuesta a la centralización de las industrias esenciales: una descentralización de ciertas tareas sociales y de la toma de decisiones.»
Esto es muy diferente de lo que en el siglo XX solía llamarse "comuna": espacios contraculturales intencionales y de pequeña escala, que intentaban sobrevivir dentro de una sociedad de mercado. Tales comunas del siglo XX incluían colectividades agrarias empeñadas en regresar a la tierra durante los años 1960 y 1970, casas grupales de hippies y punks más tarde, okupas urbanas, familias queer compartiendo el mismo techo y comunidades utópicas planificadas. Tales prácticas constituyen esfuerzos legítimos por tratar de vivir de forma menos alienada en las condiciones atomizadoras del mercado, y constituyen una parte admirable de las tradiciones radicales, pero al operar dentro de las condiciones capitalistas encuentran límites muy severos.
Dentro de una sociedad capitalista las comunas se ven forzadas a la pobreza que acompaña inevitablemente a la autosuficiencia económica y al aislamiento, o bien terminan dependiendo significativamente de contribuciones provenientes del trabajo asalariado o de la riqueza heredada. Las presiones de las políticas estatales, la pobreza, las contradicciones de clase entre los residentes o la falta de atención de salud mental agravan inevitablemente los conflictos interpersonales, y a menudo conducen al colapso de esas comunidades intencionales. Sólo un considerable privilegio de clase puede ofrecer estabilidad a largo plazo.
Además, muchos defensores de estas comunidades planificadas se equivocan al imaginar que su mera existencia, al ofrecer medios para vivir el comunismo antiestatal en el presente, servirá como ejemplo para que otros experimentos similares se multipliquen al interior de la sociedad capitalista.. Esa aspiración ha hecho florecer contraculturas aisladas, pero nada indica que pueda ofrecer una salida real del dominio capitalista y del Estado. Las condiciones estructurales de la proletarización, la dependencia del mercado y la violencia estatal hacen imposible una tal transición revolucionaria sin una insurrección generalizada, y esto convierte a esas comunidades en intrínsecamente inestables, inaccesibles y aisladas.
Para Angry Workers, y para nuestro propio análisis, la comuna implica en cambio la colectivización del trabajo y del consumo reproductivo, la abolición de la familia y la liberación del amor, el cuidado y el erotismo en un espacio colectivo y democrático de vida compartida. Para sobrevivir como base de la libertad, la comuna debe ser parte de un esfuerzo más amplio y exitoso encaminado a destruir los mecanismos coercitivos del Estado racial, a tomar los medios de producción y supervivencia colectiva, y a derrotar a los enemigos de clase de la lucha revolucionaria. La comuna sólo puede sobrevivir bajo las condiciones de la comunización global.
Sobre Charles Fourier
Esta visión de la comuna como un espacio colectivo, erótico y alegre de trabajo reproductivo, se asemeja mucho a las teorías de Charles Fourier. Fourier era un comerciante, empleado y escritor francés, y una figura importante de lo que llegó a ser conocido como el socialismo utópico. Nació poco antes de la Revolución Francesa y publicó la mayor parte de su obra a principios del siglo XIX, muriendo en 1837. Los escritos de Fourier sobre las nocividades del mercado, la familia burguesa y las comunas colectivas tuvieron una enorme influencia en la política socialista del siglo XIX. Hay pruebas irrefutables de que Marx leyó con mucha atención a Fourier; y es un hecho que muchas de las afirmaciones más destacables de Marx en apoyo a los derechos y la libertad de la mujer, así como a la igualdad de género, son citas casi textuales de Fourier.
Fourier es conocido especialmente por tres contribuciones teóricas y políticas. Primero, reconoció tempranamente que los horrores de la pobreza eran el efecto de la creciente economía de mercado, y que los socialistas debían abolir los mercados y la propiedad privada. La nueva sociedad resultante garantizaría a todos un "mínimo social", una suerte de provisión material universal que habría de ocupar un lugar central en el nuevo pensamiento socialista. Fourier lo define como un factor esencial para el bienestar compartido de la sociedad venidera:
«Finalmente, en este nuevo orden la gente común debe gozar de un bienestar garantizado, un ingreso mínimo suficiente para suplir las necesidades presentes y futuras. Esta garantía habrá de liberarlos de toda ansiedad, ya sea respecto de su propio bienestar o el de sus dependientes».(3)
En segundo lugar, Fourier fue uno de los principales defensores de los derechos de la mujer, considerando la subyugación de la mujer como piedra angular de la sociedad burguesa, la familia, el matrimonio monógamo y el orden social opresivo. Defendió ampliamente los derechos sociales, económicos y sexuales de las mujeres, y algunos piensan que fue él quien acuñó la palabra "feminismo". Fourier produjo una teoría que sería adoptada más tarde por Marx y otros, según la cual el grado de libertad de una sociedad se mide por el grado de emancipación de la mujer.
Tercero, Fourier propuso que la solución a los horrores del mercado y la monogamia era una forma de comuna que él denominaba falange, la cual reuniría a 1.600 personas en un vasto edificio, el falansterio. Su visión de la falange formaba parte constitutiva de su ciencia de las pasiones humanas, una verdadera "teoría de la atracción apasionada". Según él, a partir de un examen minucioso de los instintos naturales, de las inclinaciones, los placeres y las aptitudes de los seres humanos, podríamos diseñar comunidades intencionales capaces de combinar a la perfección los diferentes tipos de personalidad. Las falanges serían tanto espacios compartidos de trabajo como centros productivos abocados a exportar un determinado alimento o producto manufacturado. En ellas el trabajo reproductivo estaría colectivizado y diseñado para maximizar la satisfacción de los diversos placeres culinarios y el consumo diario de todos los residentes. Hubo ensayos prácticos de comunas fourieristas en los Estados Unidos y en Europa en las décadas de 1830 y 1840.
En lugar de mantener el orden social o el trabajo productivo en base a la obligatoriedad, estas comunidades podrían diseñar un "trabajo amoroso" que utilice hábilmente como incentivo los placeres, el erotismo y la alegría, de modo tal de armonizar el bienestar colectivo y el individual. «El amor se convertirá así en uno de los más brillantes resortes del mecanismo social». Las teorías de Fourier sobre las pasiones humanas fueron fundamentales para su visión de la armonía social; en su previsión el amor y la atracción sustituyen a la dominación como vínculo social gravitante de la sociedad.
Aunque los escritos de Fourier sobre el erotismo no fueron muy tomados en cuenta, lo cierto es que en su teoría social la libertad sexual y la realización personal tenían un papel de primera importancia. Además de proponer una provisión social mínima, abogó asimismo por un "mínimo sexual": la comunidad debe garantizar la satisfacción de las necesidades físicas y eróticas de todos, asegurando a cada cual la libertad de procurar el amor pleno y auténtico.
«Nos disponemos a proponer un nuevo orden amoroso en que el sentimiento, que es el lado noble del amor, ha de gozar de un prestigio sin igual y dotará a todas las relaciones sociales de un encanto único. ¿Cómo se las arreglará el amor sentimental para mantener este dominio? Por el hecho de que los impulsos físicos, lejos de estar encadenados, serán plenamente satisfechos.»
Fourier habría sido ferozmente crítico de la misoginia del movimiento incel de hoy en día, pero esto no significa que no le preocupase la desesperación de aquellos a quienes se les niega el placer sexual:
«Las perturbaciones causadas por el miedo a la privación amorosa no son, de hecho, tan obvias como aquellas provocadas por las penurias del hambre. Pero la rebelión del amor es sin embargo mucha más propensa a esconderse detrás de todo tipo de máscaras».
Fourier estaba seguro de que los humanos son por naturaleza poliamorosos, bisexuales y eróticamente alegres. El amor libre fomentado por la falange sería uno de sus mayores atractivos, y su efecto sería pronto nadie se volvería a sentirse atraído por el horror hipócrita de la familia conyugal.
Al escribir sobre la libertad sexual, Fourier se permitió dar rienda suelta a muchas fantasías extravagantes. Dedicó bastantes páginas a describir el importante papel que las orgías cuidadosamente coreografiadas desempeñarían en las futuras comunas. En ánimo de parodiar a la Iglesia Católica, propuso una nueva jerarquía clerical voluntaria basada en la habilidad sexual, el altruismo sexual y la capacidad de hacer partícipes del placer erótico a los más feos de la sociedad. En reemplazo de los horrores bélicos, imaginó ejércitos itinerantes de jóvenes amorosos dedicados a exhibir competitivamente su destreza erótica en los campos de batalla. Quienes resultasen más conmovidos señalarían su derrota sometiéndose a una esclavitud erótica voluntaria y a castigos sexuales perpetrados durante un tiempo limitado. Uno de tales encuentros entre los ejércitos eróticos viajeros y sus anfitriones transcurre del siguiente modo:
«Cuando el Hada Mayor agita su varita, se pone en marcha una semi-bacanal. Los miembros de ambos grupos se arrojan en los brazos del otro, y en la lucha que tiene lugar a continuación se prodigan caricias generosamente. Cada uno manosea e investiga todo lo que tenga a mano mientras se entrega a los impulsos ilimitados de la naturaleza más elemental. Cada participante revolotea de una persona a otra, dando besos en todas partes con tanto entusiasmo como rapidez.»
Esta orgía inicial no tarda en verse conmocionada por la intervención del deseo homosexual:
«Con tal de interrumpir la refriega, ha de utilizarse un agente divisivo. Dado que en Armonía todo se hace por atracción, deberán emplearse a este fin atracciones mixtas u homosexuales. Los grupos de safistas y espartitas tendrán que lanzarse a la lucha atacando a la gente de su propia especie.»
Esto permite que el sacerdocio sexual emita sus recomendaciones para producir los emparejamientos románticos más compatibles, ya que
«El objetivo de Armonía es establecer relaciones amorosas compuestas, basadas en afinidades tanto físicas como espirituales. Así, mientras que la escaramuza sensual inicial es indispensable, no es en sí misma sino un preámbulo.»
Tras esta árida exposición erótica, Fourier se burla de nosotros:
«Sin embargo, estos pequeños detalles que he mencionado deberían bastar para que comprendáis cómo el nuevo orden abrirá el camino a asuntos amorosos de tal esplendor y variedad que todos los relatos sentimentales de la civilización no suscitarán más que lástima.»
Fourier, en resumen, fue un escritor de ciencia ficción deliciosamente pervertido, y una fuente inspiración a la hora de imaginar las comunas pro-queer del futuro. La obra de Fourier puede incitar en nosotros no sólo la búsqueda de una alternativa concreta a la familia como unidad de reproducción social, sino también un deseo erótico abierto a una forma de vida mejor, que aún no hemos descubierto.
La comuna por venir
Más que ser la puesta en práctica de un plan diseñado de antemano, la comuna tenderá a emerger espontáneamente de la insurrección. A medida que las masas proletarias se enfrenten directamente al Estado, al Capital y a la opresión, implicando en ello sus vidas personales, tendrán que recurrir a estrategias de supervivencia colectiva más allá de la familia. Durante el período insurreccional, la gente empezará por apropiarse de grandes edificios para emplearlos como centros de reproducción social, organizando comedores colectivos, refugios, guarderías infantiles, atención médica y salones para asambleas democráticas. Los padres y madres que se unan a la insurrección probablemente habrán de compartir las tareas de cuidado de los niños con tal de asegurar su plena participación. Estas nuevas instituciones podrían ofrecer no sólo una supervivencia compartida, sino también nuevas formas de alegría y pertenencia.
A medida que la insurrección se desarrolle y vaya absorbiendo grandes porciones de la sociedad, la colectivización del trabajo reproductivo doméstico y social hará posible la comunidad a la vez que proporciona una estrategia de supervivencia. Se producirá una tendencia espontánea y general hacia la formación comunas como unidades primarias de vida doméstica. Al no haber ya acceso al mercado y a sistemas de distribución mercantiles como son los supermercados y sus cadenas de suministro, los hogares aislados carecerán de medios para reproducirse materialmente. En estas condiciones, la posibilidad de abolir la producción capitalista dependerá de que el Estado y la familia sean reemplazados rápidamente por nuevas instituciones organizadas en torno a la vida colectiva de la comuna. Las comunas serán la respuesta a la pregunta esencial que surgirá en un proceso revolucionario: "¿Cómo nos cuidaremos unos a otros?".
A medida que las comunas comiencen a ofrecer estabilidad material y contención colectiva, muchas familias menos normativas optarán por auto-abolirse, uniéndose a las comunas mientras disuelven su insularidad económica y social en la comunidad general. Gran parte del debate reciente ha equiparado la abolición de la familia con formas alternativas de familia, amorosas y no normativas, forjadas por gente de color y homosexuales en oposición a la heteronormatividad de la supremacía blanca. Más que un atrincheramiento en el modelo familiar, estas formas parecen ser la estrategia particular que el anhelo de abolir de la familia y de compartir el cuidado tiende a adoptar en el mundo actual. En un proceso revolucionario, por otra parte, la modalidad de familia elegida por los homosexuales, por las familias de color encabezadas por mujeres y afectadas por la migración y el encarcelamiento masivo, así como las familias que viven en la pobreza y las que sobreviven mediante relaciones de parentesco no heteronormativas de la clase trabajadora, serían todas ellas las más propensas a darle bríos a la comuna.
La abolición de la familia no es la destrucción de los lazos de parentesco que hoy sirven como resguardo frente a la supremacía blanca, la pobreza y la violencia estatal, sino la expansión de ese resguardo a comunidades de lucha más amplias. Aquellas unidades familiares más reacias a la autoabolición -las pertenecientes a propietarios blancos, patriarcas abusivos, homófobos y otros defensores de la familia normativa- tendrán que ser desafiadas a través de la lucha feminista, queer y comunista tanto al interior de esos hogares como en la sociedad en general. Cuanto más amorosa y elegida sea la familia, más dispuesta estará a autoabolirse uniéndose a una comunidad más amplia y que funcione bien.
La estimación hecha por Angry Workers, en la que contemplan unidades formadas por unas 200 personas, me parece razonable, quizás preferible a las 1.600 imaginadas por Fourier. Doscientas personas podrían habitar un edificio de apartamentos de tamaño considerable, un grupo de casas independientes agrupadas en torno a una escuela u otro centro, o un conjunto de pequeños edificios de apartamentos. La cocina compartida impondría naturalmente un tamaño inicial, dada la logística de cocinar para grupos numerosos. Otras actividades de consumo compartido y trabajo reproductivo se desarrollarían rápidamente y, dependiendo de la distribución y concentración demográfica (de niños, ancianos y discapacitados), tales actividades podrían incluir en una misma actividad compartida a múltiples comunas próximas entre sí.
El establecimiento de tales comunidades libres tendrá que ser parte de un proceso de expansión, universalización y revolución que también desarrolle modos totalmente comunistas de producir y hacer circular los bienes materiales. Estas comunas no podrán ser comunidades agrícolas auto-suficientes ni tampoco unidades aisladas luchando por sobrevivir en una sociedad de mercado. Una transición comunista llevará tiempo y se desarrollará de manera desigual en diferentes lugares; pero para sobrevivir deberá seguir expandiéndose y, en última instancia, destruir en todas partes los medios que sirvan para restablecer la dominación del Estado o del mercado. La producción comunista, sin salarios, dinero ni intercambio, será la coordinación democrática de la fabricación de bienes materiales, la prestación de servicios y el intercambio de cultura, todo ello gestionado a través de muchas capas de consultas virtuales y presenciales, encuestas, algoritmos acordados, asambleas, reuniones y muchas otras deliberaciones para detectar y satisfacer de manera sostenible las necesidades humanas. Las comunas se integrarían así en un sistema de producción comunista cuyos alcances serán tan globales como lo permita un alto nivel de tecnología compatible con la dignidad humana y la sustentabilidad ecológica.
Estas comunas podrían consolidar en su interior servicios reproductivos colectivos, incluyendo el cuidado y educación de los niños; lavandería colectiva, limpieza de apartamentos, cocina y servicio de alimentos en comedores; reparación y mantenimiento de artículos domésticos; salud mental, atención médica regular y actividades de entretenimiento en grupos. La colectivización de muchas formas de consumo reduciría los recursos sociales y el consumo de carbono necesarios para proporcionar abundancia a todos. A nivel regional se podrían organizar servicios avanzados y de alta cualificación que requieran instalaciones e infraestructura sofisticadas, como las que se requieren para atenciones quirúrgicas o educación especializada. Todos podrían tener pleno acceso digital a las redes mundiales de comunicación y colaboración, y se les podría animar a formar múltiples relaciones de trabajo en red con otras comunidades. Estas comunas podrían proporcionar las instituciones primarias para satisfacer las necesidades materiales humanas y, al mismo tiempo, ser el centro de nuevas formas de sociabilidad, arte, expresión, comunidad, sexo y amor comunistas.
El auto-gobierno a través de democracia directa y la lucha interna serán esenciales para que estas comunas eviten las estratificaciones de clase. Aunque algunas tareas podrán ser delegadas en órganos elegidos, las decisiones esenciales de la comunidad deberán tomarse a través de asambleas, en deliberaciones colectivas prolongadas que tomen en cuenta las preocupaciones de todos los afectados. La democracia directa podría servir de contrapeso a las formas de dominio de clase y dominación que pudieran emerger dentro de las comunas. En los casos en que la producción mundial tenga que organizarse a través de otros mecanismos, basados en internet y en redes, las decisiones inmediatas concernientes a la vida cotidiana habrán de ser tomadas por las asambleas de cada comuna. Doscientas personas es aproximadamente el tamaño máximo de una asamblea presencial en la que todos puedan participar directamente en la toma de decisiones y encuentren ocasión de hablar a todos los demás.
Siguiendo en esto el compromiso de Fourier con la armonización de los diferentes tipos de personalidad, las comunas buscarían la mayor diversidad interna posible, evitando constituirse en comunidades de afinidad. La libre circulación y migración de personas entre comunas contribuiría de forma decisiva a esa heterogeneidad. Para evitar convertirse en centros de supervivencia, etno-nacionalismo o fascismo de género, estas comunas también deberán resistir las tendencias hacia la homogeneidad religiosa y social. Aunque los individuos puedan albergar cualquier creencia que elijan, sus relaciones con los demás estarían sujetas al escrutinio público y a la lucha política, rompiendo la rígida división actual entre lo privado y lo público.
Entre las innumerables cuestiones que quedan sin resolver al imaginar el comunismo del futuro, está la de cómo prevenir que se produzca una estratificación entre comunas. ¿Qué prácticas podrían asegurar la universalidad de "a cada uno según sus necesidades", sin mediar la dominación impersonal de un Estado ajeno al cuerpo social y que gobierna por encima de él? La ausencia de propiedad, de mano de obra asalariada y de mercados limitaría la capacidad de las comunas para dominar a otras, pero las comunas podrían tratar de consolidar ciertas formas de producción privada para su propio consumo interno. ¿Cómo podría la sociedad impedir que algunas comunas lleguen a disfrutar de un nivel de vida ostensiblemente mejor que otras? ¿O negociar conflictos por los recursos entre comunas? ¿O desmantelar la distribución existente de la desigualdad geográfica, el desarrollo desigual y la estratificación racial que organiza el espacio capitalista?
Aquellos que imaginan al socialismo como un servicio impersonal a través de un estado que maneja una economía de mercado tienen respuestas inteligibles y listas: pueden esbozar políticas destinadas a contrarrestar la desigualdad a través de inversiones burocráticas en áreas subdesarrolladas, imponiendo impuestos a las áreas más ricas y promoviendo políticas de des-segregación. Pero una vez que la toma de decisiones ha sido dispersada por toda la sociedad y las comunas han empezado a funcionar como espacio primario de consumo, se requerirían prácticas nuevas y actualmente desconocidas para mitigar la potencial desigualdad de consumo entre las comunas, y para asegurar el bienestar material básico para todos. A este respecto, es digna de atención la rara combinación propuesta por Fourier, que abogaba tanto por infraestructuras sociales dispersas no mercantiles como por un mínimo social universal garantizado.
A medida que las personas se vayan viendo inmersas en una sociedad libre, puede que aumente el número de ellas que se sientan inclinadas hacia una sexualidad no normativa, como lo estamos viendo ahora entre los jóvenes que tienden a identificarse cada vez menos como heterosexuales. Asimismo, cuando Fourier afirma la naturaleza transhistórica de los estándares de belleza y fealdad, en cambio sostenemos que éstos necesariamente se van a transformar y a ampliar. La cultura, el liderazgo y los movimientos queer son un recurso esencial para las luchas comunistas que buscan formas más ricas de libertad humana. Combinadas con el carácter colectivo de la comuna, las tendencias queer podrían adoptar la forma de nuevas dinámicas favorables a las relaciones sexuales consensuadas, positivas y saludables.
El sexo y el placer sexual pueden convertirse en preocupaciones colectivas, tanto desafiando la coerción y el abuso sexual, como alentando a las personas a encontrar caminos hacia la realización sexual. Desmintiendo a Fourier, las ideas psicoanalíticas sobre el desarrollo humano sugieren que la plena satisfacción sexual y la armonía perfecta no son posibles; pero la comunidad puede, aún así, ofrecer la oportunidad de transformar la práctica sexual y el erotismo en algo que sea considerado colectivamente como una necesidad humana, una fuente de bienestar y un campo de cuidado ético. Esto podría tomar ocasionalmente la forma de orgías masivas como las que imaginó Fourier; pero con mayor frecuencia veríamos a la comunidad tratando de facilitar una mayor salud y satisfacción sexual incorporándolas al cuidado de la salud mental y física; las relaciones poliamorosas podrían asimismo ser más frecuentes; y el reconocimiento social de que el buen sexo es fuente de bienestar humano podría ayudar a disolver la misoginia heteronormativa.
Toda comuna que realmente funcione deberá incluir a quienes no pueden trabajar. La reciente experiencia de personas sin hogar que se han unido a los campamentos Occupy pone de manifiesto la necesidad de contar con estrategias hábiles, colectivas y no excluyentes para hacer frente a la discapacidad, el abuso de drogas y las enfermedades mentales. La reducción de daños, el apoyo a la salud mental y el tratamiento de adicciones serían preocupaciones centrales de quienes se establezcan inicialmente en comunas. La sociedad comunista tardará muchas generaciones en sobreponerse a los traumas del capitalismo y la guerra, así como de las complejas variaciones biológicas que hoy en día definimos como discapacidad, neuro-divergencia o enfermedad mental.
A medida que la insurrección asegure condiciones materiales más estables y a gran escala, puede presentarse una contra-tendencia hacia la reafirmación de la familia. Si las comunas no se convierten en la forma generalizada de reproducción social y la familia nuclear vuelve a ser la principal unidad de consumo, la sociedad verá el retorno de la lógica actual de conservadurismo, blancura, propiedad y auto-aislamiento de la familia capitalista. El regreso de la familia contribuiría a la contrarrevolución, a la reafirmación del Estado y al fracaso del comunismo.
Con tal de resistir esta contra-tendencia, las contradicciones de género y de sexualidad puede que resulten de importancia primordial para evitar el retorno a la familia burguesa. Como Fourier, imagino que el interés propio unido a una conciencia transformada serán esenciales para mantener el compromiso colectivo de la comuna. Las mujeres y las parejas feminizadas probablemente rechazarán la restauración de la familia, tras comprobar cuánto se reduce el trabajo doméstico en el seno de la comuna colectiva y las oportunidades que ésta ofrece para impugnar la dinámica de las relaciones sexistas. Es de esperar que las personas queer y trans encuentren en la comuna los medios para resistir al abuso y la dominación de la familia, protegiéndose así ellas mismas y a los futuros niños queer y trans. Quienes hayan experimentado la comuna insurreccional reconocerán probablemente en ella la base material de un orden sexual y de género más libre, y optarán en consecuencia por defenderla y ampliar su alcance. Todos aquellos que comprendan lo que está en juego en la apuesta por el comunismo, tenderán a unirse a los queers, las personas trans y las feministas para así resistir el retorno de la familia, luchando en cambio por sustituir completamente a la familia con la comuna.
Si las comunas tienen éxito, de ellas surgirán gradualmente nuevas formas de arquitectura, diseño y construcción que reflejarán la necesidad de combinar espacios privados heterogéneos para individuos y pequeños grupos electivos, con espacios compartidos para el trabajo y el consumo reproductivo. El diseño de nuevos espacios físicos para las comunas buscará proporcionar a las personas suficiente espacio privado y personal para sí mismas y para los familiares que ellas mismas elijan. No obstante, muchas de las cosas que hoy se hacen en el hogar privado quizás podrán hacerse mejor en espacios compartidos: los comedores colectivos reemplazarían a la mayoría de las actuales cocinas y comedores familiares; las guarderías al espacio de juego individual de los niños; las salas de entretenimiento se usarían para ver la televisión o pasar el tiempo en grupo; los estudios individuales cederían su lugar a bibliotecas y áreas de trabajo compartidas; el equipamiento para limpieza y mantenimiento del hogar podrían estar disponibles en espacios comunes; los vehículos podrían compartirse de manera similar. Una comuna formada por unas 200 personas sería lo bastante pequeña para que todos esos recursos estén a mano y sean fácilmente accesibles a cualquier hora. Por otra parte, el hecho de que la comuna sea mucho más grande que los hogares actuales reduciría a un mínimo razonable la necesidad de consumos individualizados y de espacios vitales aislados. En la mayoría de los casos, el espacio privado podría limitarse a grupos de habitaciones cómodas para quienes prefieran vivir en un agrupamiento de tipo familiar agrupado alrededor de una habitación compartida, fácilmente accesible para todos los miembros de la comunidad.
Dentro de la comunidad, los lazos de parentesco podrían persistir en muchas formas, pero se integrarían con una comunidad más amplia e interdependiente. Los individuos podrán optar por un arreglo de co-paternidad con uno o más adultos, creando diversas combinaciones familiares para criar a sus hijos. En las últimas décadas, la investigación sobre el desarrollo psicológico ha demostrado que los niños necesitan la atención constante de un pequeño número de adultos en los primeros años de vida. Esto desafía algunas corrientes históricas de abolición de la familia que consideran erróneamente que los lazos madre-hijo son inherentemente opresivos y que necesitan una prohibición completa. Entre los arreglos heterogéneos de relaciones cercanas dentro de una comuna, las personas podrán elegir criar a los hijos que han gestado o con los que tienen un parentesco biológico, o podrán elegir otros arreglos; o bien ellos, sus hijos, o los que están más próximos en sus vida, podrán modificar esos arreglos conforme el niño vaya creciendo. De manera similar, habrá probablemente quienes elijan formar relaciones de por vida con su familia biológica, o asociarse románticamente a largo plazo con otra persona e incorporar en ese arreglo la crianza de los hijos como una práctica.
Sin embargo, estas unidades parentales o familiares no cumplirían en ningún sentido el papel de unidades económicas, ni organizarían el consumo material. En cambio, constituirían únicamente acuerdos voluntarios y personales dentro de una unidad económica más amplia, siendo sólo alternativas dentro una multiplicidad de opciones en las que cualquiera podrá optar por no participar. Si un niño considera que su situación de vida es intolerable, habrá muchos otros adultos que tendrán lazos de interdependencia con él, lo bastante próximos para que podrán observar la situación, intervenir colectivamente si es necesario y ofrecer arreglos de vivienda alternativos de fácil acceso, incluidas otras familias a las que el niño pueda unirse, o guarderías especializadas en esas tareas. A medida que crecen, los niños podrían pasar por múltiples hogares y arreglos de vivienda -incluso pasar temporadas en viviendas grupales centradas en el cuidado de niños-, siempre dentro de un mismo edificio o a corta distancia del grupo original de adultos a quienes pueden identificar como sus padres. Cuando alcancen la mayoría de edad, como Fourier imaginó, podrán viajar por los continentes explorando la riqueza del mundo, manteniendo contacto remoto digital con sus amigos a la vez que cultivan muchas otras formas de relaciones familiares. Estas alternativas permitirían que los padres tengan la posibilidad de excluirse, sabiendo que las necesidades materiales y sociales de sus hijos serán satisfechas por otros.
Puede que la comuna llegue incluso a poner en un lugar prioritario el descubrimiento, la exploración y la expresión de género en cada persona. Las nuevas modalidades de género podrían integrarse con la crianza de los niños, con juegos y espacios sociales, con entretenimientos y cuidados médicos. La liberación de género es un elemento esencial en la creación de nuevas bases para el bienestar humano comunista. En la comunización de la sociedad y la abolición de la familia, el género sufrirá transformaciones profundas, dejando de servir como base para la división del trabajo, la dominación interpersonal y la violencia sexual. En cambio, el género podría convertirse en lo que ya está prefigurado en la experiencia trans: una forma de expresar la sutil verdad personal, la belleza y riqueza de la expresión humana, y el ejercicio de la estética, el erotismo y la realización personal.
En 1808 Fourier describió la línea de tiempo de la revolución total del conjunto de las relaciones sociales. Aunque al igual que todos los revolucionarios del pasado demostró estar equivocado en su línea de tiempo, tenía razón en que el comunismo es siempre inmanente al presente, dado que es el movimiento real que suprime el orden de cosas existente:
«No os dejéis engañar por personas superficiales que piensan que la formulación de las leyes del Movimiento no es más que un cálculo teórico. Recordad que sólo se necesitan cuatro o cinco meses para llevar esto a la práctica sobre una legua cuadrada, un esfuerzo que podría incluso llegar a completarse el próximo verano, con el resultado de que toda la raza humana se movería hacia la armonía universal, por lo que vuestro comportamiento debería estar regido a partir de ahora por la viabilidad y proximidad de esta inmensa revolución.»
Notas
1 Para discusiones recientes sobre la abolición de la familia, ver Sophie Lewis, Full Surrogacy Now: Feminism Against the Family, Verso Books, 2019; KD Griffiths y JJ Gleeson, Kinderkommunismus: A Feminist Analysis of the 21st-Century Family and a Communist Proposal for its Abolition, Ritual, 2015; Madeline Lane-McKinley, "he Idea of Children, Blind Field, 2018; y ME O'Brien, To Abolish the Family: The Working-Class Family and Gender Liberation in Capitalist Development, Endnotes, 2019. Este ensayo es la continuación de esta última obra.
2 Barucha Peller, Self-Reproduction and the Oaxaca Commune, ROAR, 2016.
3 Citas de Fourier tomadas de su obra The Theory of the Four movements, de 1808. Eds. Gareth Stedman Jones & Ian Patterson, Cambridge University Press, 1996.
 
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Ed. Pensamiento & Batalla (Santiago de Chile, marzo 2024)

sábado, 16 de diciembre de 2023

Notas sobre la abolición de la familia hoy

1

«La familia moderna contiene en germen, no solo la esclavitud (servitus), sino también la servidumbre, y desde el comienzo mismo guarda relación con las cargas en la agricultura. Encierra, in miniatura, todos los antagonismos que se desarrollan más adelante en la sociedad y en su Estado.» (Marx citado por Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado)
 
La familia es una institución privada de reproducción y domesticación social de y para el Capital en la vida cotidiana: reproducción de la fuerza de trabajo y su división sexual, de las relaciones mercantiles, del Estado y su jerarquía, de los roles sociales y de género impuestos, de la moral burguesa y la psicología egocéntrica... en fin, de la miseria de las circunstancias y las subjetividades hegemónicas. La familia es el espacio donde se privatizan y se trastornan los cuidados y los afectos. 
 
Por lo tanto, abolir la familia no significa abolir los lazos consanguíneos y los vínculos afectivos entre las personas –que quede claro para que algun@s no se espanten–, sino abolirla como institución capitalista, patriarcal, carcelaria, ciudadana, moralista y psiquiatrizada, hoy por hoy en crisis, pero todavía en pie. Sustituyéndola por una comunidad humana real de hombres, mujeres, jóvenes y niñ@s libres, divers@s, autorregulad@s y solidari@s en todos los aspectos de la vida. Abolir la familia = comunizar los cuidados y los afectos.

Como dicen l@s compañer@s M.E. O'Brien y Rojo del Arcoíris:
«Construid Comunas» y «Criad a les niñes de la Comuna». Criarl@s entre tod@s, porque serían hij@s de toda la Comuna. También dicen: «Las comunistas queer no queremos robarte a tu abuela, queremos que florezcan cien abuelas.» Lo mismo aplica para los padres que no patriarcas–, las madres –que no matriarcas tampoco y l@s herman@s, más allá del parentesco de consanguinidad: amig@s, vecin@s, etc., reunid@s y "reinventad@s" en comunidad. 
 
«Hay vida más allá de la familia: la solidaridad como parentesco alternativo». Ese más allá de la familia es la comunidad: no la comunidad ilusoria pero con fuerza material del Capital, sino la comunidad real de la humanidad emancipada del Capital gracias a la revolución social y sexual, con todas las contradicciones e imperfecciones que ésta tendría dada la catástrofe capitalista actual. Como dicen otr@s compañeros: sería un «comunismo de desastre», pero sería la única alternativa revolucionaria concreta para dejar atrás tanto el canibalismo social como el cambio climático que hoy nos acechan. Hay vida más allá de la familia... y de la catástrofe capitalista: la comunidad humana real, no perfecta pero sí real. 

En otras palabras, se trata de liberar y transformar radicalmente la energía social y psíquica para el bienestar común como especie en equilibrio con la naturaleza, creando y multiplicando relaciones de solidaridad. Ni patria ni matria: fratria universal, Comuna mundial o comunidad de comunidades desde lo local hasta lo global y viceversa. Más que la "familia ampliada" del "mundo andino", los experimentos de comunidades de lucha y de vida, de resistencia y de apoyo mutuo, de l@s proletari@s rebeldes de todas partes del mundo siquiera durante el último siglo, con sus viviendas, cocinas, comedores, enfermerías y guarderías comunitarias, etc., sobre todo en tiempos de revolución y de revuelta: esas comunidades o comunas han sido, son y serán una forma germinal, tendencial y concreta de
una «reproducción social insurgente» (O'Brien) y de la abolición de la familia.
 
2

En la perspectiva de la autoemancipación/autotransformación integral de la humanidad proletarizada de todos los géneros y edades, hay que ir más allá del feminismo posmoderno, del psicoanálisis y del marxismo tradicional al mismo tiempo.

La revolución social es inseparable de la revolución sexual (Reich y Marcuse). Y ésta tiene que ver más con la subversión de las relaciones de poder –material e históricamente determinadas– entre hombres y mujeres y entre adultos y niñ@s, que con preferencias sexuales, formas de identificarse, vestirse y hablar, número de parejas y de orgasmos. La abolición de la familia es inseparable de la abolición de la propiedad privada y del Estado (Engels, Bordiga, Kollontai y Cooper la tenían clara). La abolición del género es inseparable de la abolición de la clase y del valor (las feministas marxistas autónomas y l@s comunizador@s la tienen clara). Todas estas categorías, claro está, entendidas como relaciones sociales e históricas; por tanto, como relaciones transformables, revolucionables.

Lo cual implica, además, la abolición de todos los roles e identidades sociales y sexuales propios de esta sociedad de la mercancía y del espectáculo: viejos y nuevos, normales y "alternativos", "heteronormados" y no "heteronormados", etc. En este terreno, la lucha de l@s explotad@s, oprimid@s y excluid@s revolucionari@s también se dirige contra el "capitalismo rosa".

He ahí algunas claves socio-sexuales para (re)pensar y luchar por el comunismo en el siglo XXI; mejor dicho, la comunización de la vida: desde la comunización de los medios de producción y de consumo hasta la comunización de los cuidados, los afectos, los vínculos, los deseos, los imaginarios, los lenguajes, etc.

Es en este contexto donde adquiere sentido y potencia subversivos, por ejemplo, un
tema importante dentro del «patriarcado productor de mercancías» (Scholz): el tema de "las nuevas masculinidades", incluidas las paternidades. De lo contrario, este tema no pasa de ser un conjunto de adultos funcionales, "deconstruidos", y "políticamente correctos" para la izquierda posmoderna y progresista del Capital. E incluso sólo de adultos funcionales, porque "resuelven" las obligaciones varias de la sobrevivencia mercantil y patriarcal, dentro de sus normas y sus roles (ej. hombre = proveedor y protector de su mujer y sus hij@s, etc.), por más que a ésta se la maquille o disfrace de algo diferente y hasta contrario de lo que en realidad es: la dictadura social y cotidiana del Trabajo/Capital sobre el proletariado de ambos sexos.

3

En algún momento no lejano, sería interesante y fructífero realizar una exploración libre de prejuicios, dialógica y fraternalmente crítica del llamado "marxismo queer", de la "crítica del valor-disociación", de la "lógica y distinción de género" en la teoría de la comunización, así como también de expresiones no teóricas y no europeas de subversión socio-sexual.

Teniendo claro que no se trata de un asunto académico, sino de un asunto político. Porque el reto es no quedarse en la teoría y el discurso individuales, sino pasar a la acción colectiva y revolucionaria. Aquí dejo un ejemplo actual para quien le interese: El comunismo destruye la familia. Sobre la abolición de la familia y la comunización de los cuidados
– Rojo del Arcoíris Vol. II (febrero de 2023).

Locura Proletaria
Quito, diciembre de 2023
 
(Imágenes –e ideastomadas de @rojodelarcoiris)

lunes, 27 de julio de 2020

En el ring del malestar: terapia versus política

María Zapata. El Salto. 11 de mayo de 2020

Nota de LP (Quito, julio 2020):

Publico este artículo porque aborda de manera crítica un tema de sumo interés para este blog: la relación entre psicología y política, en la sociedad en general, y en el llamado «medio revolucionario» en particular. Esto a pesar de que no comparto en lo absoluto el sesgo de izquierda académica postmoderna, feminista y reformista de su autora, expresado en conceptos tales como "neoliberalismo cisheteropatriarcal", "nuevo orden psico-biopolítico", "discurso terapéutico", etc. y en las referencias a Foucault, Byun-Chul Han, etc. Porque como les dije a un compañero y a una compañera hace poco: se puede abordar este y otros temas no abordados por el marxismo y el anarquismo clásicos sin necesidad de recurrir al postmodernismo de izquierda, sino desde una perspectiva materialista, clasista, anticapitalista y antipsiquiátrica heterodoxa, amplia, compleja y dialéctica que cuestione, clarifique y resuelva todos los elementos y problemas de la vida cotidiana.

No repetiré aquí lo que ya he planteado y desarrollado en anteriores entradas sobre la mentada relación. Sólo diré, por un lado, que durante las últimas décadas y años en los espacios militantes y activistas de izquierdas se ha pasado del desprecio racionalista y politicista de lo psicológico al gestionismo emocional y el psicologismo "new age" o, como dice la autora de este artículo, a la «terapeutización» o individualización de los problemas psicológicos que absolutamente todas las personas tenemos bajo este sistema social profundamente enajenado y enajenante ya que fetichiza la mercancía y mata por dinero (en efecto, en estos precisos momentos de crisis y pandemia, si el capitalismo no nos mata de coronavirus, nos mata de hambre, de depresión, o a balazos si protestamos), paradójicamente en el marco del actual «capitalismo emocional» o «sociedad terapéutica» (Espai en Blanc). Las partes del mismo texto que he resaltado con negrita son elocuentes y claras al respecto.

Por otro lado, diré que se trata de ir más allá de admitir que nuestras mentes-cuerpos y nuestras relaciones humanas están hechas mierda en su mayoría, es decir, que nuestras vidas como proletarios/as están hechas mierda, así como también que hay que asumir y "trabajar" los problemas psicológicos y personales de/entre los militantes y activistas anticapitalistas de manera humana y políticamente revolucionaria, claro está, sin aceptar lo inaceptable ni justificar lo injustificable (agredir física y psicológicamente a los otros y a uno mismo, relaciones tóxicas, individualismo o egocentrismo, falta de seriedad y responsabilidad con los acuerdos y compromisos, autojustificaciones ideológicas y emocionales, doble moral, etc.); o que hay que luchar y sanarnos juntos; o que hay que cuidarnos entre nosotros mismos, entre compañeros y compañeras (queda pendiente ampliar y profundizar sobre la cuestión de los cuidados en este blog); o que los colectivos políticos deben esforzarse también por ser grupos de apoyo mutuo que no de "autoayuda" económico y psicológico, a ver si así la solidaridad y la comunidad de lucha dejan de ser sólo palabras, deseos e/o ilusiones de sus integrantes, empezando "puertas adentro"; o, en una palabra, que hay que «politizar el malestar» (Espai en Blanc), para no cagar más estos espacios ni nuestras vidas y para autoliberarnos de manera integral (mejor dicho, de la manera más integral posible ya que la pureza y la perfección no existen). Porque todas las personas que hemos sido militantes de izquierdas (incluidas las ultraizquierdas, aquí nadie se salva, ni los compañeros críticos de las ultraizquierdas) sabemos por experiencia propia léase por errores propios que hay procesos políticos que a veces se cagan por no saber asumir y tratar bien los problemas y las relaciones personales dentro de ellos, así como también algunos sabemos que la revolución social será la revolución de la totalidad de la vida cotidiana o no será. Y como bien dice el Comité Invisible: en estos tiempos la virtud revolucionaria cardinal no es la radicalidad abstracta sino el tacto, es decir el saber tratar bien las relaciones y los devenires revolucionarios.  

Politizar el malestar no significa "autogestionar colectivamente el malestar" como dice la autora de este artículo, porque eso también es gestionismo emocional. Politizar el malestar (psicológico) significa luchar colectivamente por reconocer, abolir y superar sus causas sociales capitalistas de carácter histórico, material y de clase, es decir mediante y sólo mediante la lucha por hacer y ser la revolución social. Asumiéndolo, compartiéndolo, agitándolo y esforzándonos por transformar a la par nuestras condiciones objetivas de existencia, nuestras relaciones y nuestras subjetividades en este camino de lucha compartido. Así como mi libertad real sólo es posible y se expande con la libertad de los otros (Bakunin), así también la politización y transformación revolucionaria de mi malestar sólo es posible y se expande con la politización y transformación revolucionaria del malestar de los otros. Es correcto y realista, entonces, no separar sino saber encontrar el equilibrio entre lo emocional y lo racional, entre la sensibilidad humana y la seriedad política, para no caer ni en el irracionalismo personalista, sentimentalista, irresponsable y manipulador (del tipo "tu crítica es un ataque a mi persona", "si no aceptan mi problema y mi excusa, entonces no son coherentes con su discurso" o "eso no es humano" o "eso es de gente con mente cuadrada" o "eso es moralismo y autoritarismo" o "la cagó pero no digo nada porque es mi amigo/a", etc.) ni en el frío y cruel racionalismo politicista o militantista (del tipo "ese no es nuestro problema" o "eso es de pequeñoburgueses revisionistas" o "eso es de locos/as" o "eso es motivo de multa, juicio y expulsión", etc.). Insisto: saber encontrar el equilibrio entre la sensibilidad humana y la seriedad política en las relaciones entre los compañeros y compañeras que luchamos por hacer y ser la revolución social. 

Es decir, así como hay que cuestionar y superar la indiferencia o, en su defecto, la torpeza de la mayoría de izquierdistas y de personas en general para tratar los "asuntos personales" y emocionales en los espacios políticos colectivos, así también hay que cuestionar y superar lo individualizados y terapeutizados que estamos todos y todas actualmente (con psicoterapia, psiquiatría, drogas, espiritualidad, arte, deporte, trabajo, estudio, familia, pareja, sexo, la misma militancia y activismo político y/o con lo que sea). Sí, hay que afrontar y superar el sufrimiento de manera política y colectiva, no de manera terapéutica e individual. Sí, hay que volver a lo colectivo o lo comunitario, pero no lo comunitario que se integre o incluya como "alternativa" dentro del sistema, sino lo comunitario que antagonice, rompa y supere a la normalidad capitalista, patriarcal, moral (cristiana) y psiquiatrizada (y también que critique y supere a la misma política, pero ese es otro tema); en una palabra, el comunismo o, lo que es lo mismo, el movimiento comunista, movimiento real y contradictorio que es revolucionario precisamente porque asume sus propias contradicciones de todo tipo para superarlas. La autora dice que "el debate está servido". Yo digo que el reto está planteado. Porque es una necesidad sentida, y porque enunciar y debatir todo esto es necesario pero no es suficiente: no sólo hay que hablarlo, hay que hacerlo, sin creerse infalibles y sin temor a equivocarse, sino más bien para aprender y avanzar así mismo, en la práctica.  

Por si acaso, para evitar malas interpretaciones y juicios apresurados e injustos de algunos compañeros (del tipo "eso es psicologismo o psiquismo" o, peor aún, "eso es moralismo", etc.), que quede claro que todo lo antedicho sólo se refiere específicamente a la relación entre psicología y política en el medio revolucionario (uno de los ejes temáticos de este blog); la cual es sólo una parte de la totalidad de las relaciones sociales reales que, para nosotros los revolucionarios, se trata de criticar teóricamente y transformar prácticamente. 

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En los últimos años he visto cómo mis espacios politizados se van terapeutizando sin ninguna resistencia e, incluso, dejamos que eso ocurra como si se tratase de un triunfo. Contaré algunas situaciones para explicar a qué me refiero con esto de la terapeutización.

Ejemplo 1: un buen amigo, compañero de lucha militante en espacios liberados, me cuenta, orgulloso, que lleva varios años en psicoterapia. Le pregunto por qué, y me dice que empezó para trabajarse algunas historias familiares, y que luego siguió porque le enganchó eso de poder hablar de sus emociones y de “trabajarse” a sí mismo. Es una persona muy cercana, porque no sólo hemos compartido militancia, sino que hemos vivido juntas. Entonces le comento que rara vez habla conmigo de sus emociones o historias familiares, le hablo de los retos de la masculinidad hegemónica, y le pregunto por qué no habla de esto con amigas/os de su entorno.

Me contesta que prefiere la psicóloga, porque es alguien ajena a su mundo cotidiano, y porque ya tiene la costumbre de prepararse durante la semana lo que dirá en la sesión, y luego ir y poder hablar sin parar durante una hora. Todo esto me lo cuenta durante una hora y media, y en ningún momento me pregunta por mí, aunque hace mucho tiempo que no nos vemos. Supongo que es el entrenamiento de ser sólo escuchado, y yo me siento la psicóloga (sin sueldo) de turno.

Ejemplo 2: Varias compañeras del colectivo han hecho o están haciendo la formación en psicoterapia Gestalt, como muchas otras personas de mi entorno. Un día tenemos un conflicto en el colectivo y ellas proponen hablar de las necesidades y deseos de cada una, y lo argumentan diciendo que para las feministas “lo personal es político”. Probamos, y durante varias horas cada una habla desde su yo, sin referencia de lo colectivo. A mí me chirría todo esto, y me parece que está bien saber qué queremos cada una, pero que lo importante es saber qué necesita y desea el colectivo.

Discutimos sobre lo que significa cuidados, porque para ellas se basa en saber lo que cada una quiere y poder respetarlo. Para mí, y para otras compañeras, cuidarse pasa por respetarse a una misma, pero también a las necesidades y deseos del colectivo. Es una discusión que no acaba en consenso, y se generan fisuras insalvables en el colectivo.

¿Os suenan estas historias? No son las únicas que podría contaros, y estoy segura de que también vosotras tenéis muchas más, porque en los movimientos sociales no escapamos de lo que ocurre en el resto de la sociedad, y también nuestros espacios de militancia y nuestras relaciones se están psicologizandoEs decir, la terapia está fomentando la individualización y la pérdida de la comunidad en los espacios políticos, o al menos, lo intenta. Explicaré esta idea poco a poco, y las diferencias que veo entre una y otra forma de abordar los malestares. Empezaré con una, muy breve, revisión de nuestra historia.

Desde finales del siglo XX hemos asistido a una transformación de la biopolítica (que se refiere al poder de gobernar sobre las formas de vivir), donde el ámbito de lo emocional ha tomado protagonismo y paulatinamente viene aconteciendo una psicologización de la sociedad (Eduardo Crespo y Mª Amparo Serrano, 2013). Las emociones, como señala la socióloga Arlie R. Hochschild (1979 y 2008), son fenómenos culturales cargados de significados propios dependiendo del grupo social y de su contexto sociohistórico. Y siempre existe un control social de lo emocional porque es algo intrínseco a todo grupo social y, además, la forma de ese control cambia con el paso del tiempo y de los acontecimientos históricos y políticos.

En nuestra cultura occidental moderna se han ido sucediendo multitud de mutaciones, según pasábamos de una economía basada en el sector secundario a una basada en el sector terciario (Hochschild, 2008). Y el impulso del sector servicios trajo consigo un cambio en cuanto a lo emocional: antes era algo reservado al ámbito de lo privado, y ahora también toma valor en la esfera de lo público debido a una serie de beneficios en relación con lo económico y lo laboral que, poco a poco, van permeando al resto de esferas de la vida.

Igual es difícil de comprender, pero podemos intentar pensar en cómo era antes el mundo laboral y cómo es ahora. Un ejemplo es que actualmente se valora mucho una sonrisa o el buen humor en una trabajadora, aunque no esté de cara al público. Y esto es así porque se prioriza que la persona trabajadora pueda “gestionar” o “manejar” sus emociones (todos términos del mundo empresarial), a la vez que todos los ámbitos de nuestra vida se inundan con un vocabulario propio de la psicología: ya no estamos nerviosas sino que tenemos ansiedad, o no estamos pasando un duelo sino que tenemos depresión, o la empatía y la resilencia son nuestras mejores aliadas frente al enojo, que tan pocas veces debe mostrarse en público.

Vivimos en lo que Eva Illouz (2007) ha definido como capitalismo emocional, una nueva fase de este sistema socioeconómico donde, en palabras de Illouz, “las emociones se convierten en realidades a ser evaluadas, examinadas, discutidas, negociadas, cuantificadas y mercantilizadas […] El capitalismo emocional imbuyó las transacciones económicas —en realidad, la mayor parte de las relaciones sociales— de una atención cultural sin precedentes al manejo lingüístico de las emociones, convirtiéndolas en el centro de las estrategias de diálogo, reconocimiento, intimidad y autoemancipación.”

Un nuevo orden psico-biopolítico, que diría Byung-Chul Han (2012), cuya principal característica es gobernar la vida por medio del discurso terapéutico, creando nuevos significados del self, es decir, re-produciendo nuevas formas de subjetividad. Y esta nueva forma de poder y gobernanza está impulsada por el nacimiento y consolidación de la psicología, que desde principios del siglo viene dando pasos para convertirse en nuevo dispositivo biopolítico de lo emocional, expandiendo el discurso terapéutico a todos los ámbitos de la sociedad (educación, trabajo, familiar…). Y, ahora, su lenguaje está por todas partes creando realidad. Ya no tenemos un jefe que pisotea nuestros derechos laborales, sino que sufrimos mobbing en el trabajo, o en la escuela ya no hay niñas/os que son crueles con otras/os, sino que se padece bulling, o en los hogares ahora hay que abrazar los conflictos y al sistema familiar que sostiene nuestra personalidad, porque los problemas están en las formas que han tomado esas interacciones y no en las estructuras desiguales de dominación.

En otras palabras: no es que el cisheteropatriarcado se encarne en tu madre y te haga la vida imposible por ser una marimacho, sino que su propia trayectoria familiar le hace expresar su malestar de esa forma y tendrías que intentar entender su rol y el tuyo en ese sistema familiar que compartís para encontrar la serenidad (emoción muy bien valorada socialmente).

Esta nueva sociedad terapéutica, como la llama el colectivo Espai en Blanc (2007), tiene dos implicaciones en cuanto a nuestros malestares: la primera es que la persona es la única responsable de las acciones a emprender para acabar con su sufrimiento (la lógica capitalista del “hazte a ti mismo”), y la segunda es que al ser individual es más fácil patologizar situaciones de desigualdad social y económica y comenzar a leer todos esos malestares sociales encarnados como una mala salud emocional de individuos concretos.

Unas consecuencias que ayudan a la implantación del capitalismo neoliberal y que son justo lo contrario por lo que muchas veces luchamos en nuestros espacios políticos. Y es que la terapia y la política son cosas muy distintas y quiero dar ejemplos de esto, porque varias veces he escuchado comentar “qué terapéutico es esto”, después de participar en un evento o jornada antisistema y es algo que me genera muchísima inquietud. Me parece imposible hablar de una terapia política o de una política terapéutica, de hecho, me parecen términos contrarios. Explicaré por qué.

TÉRMINOS CONTRADICTORIOS

Primero, el discurso y la ideología terapéutica tienen como único centro al individuo. La lógica terapéutica es indagar en la propia historia personal, guiada por los traumas o momentos más dolorosos, para poder entender y transformar el presente. Es decir, se potencia la idea de aprender desde el sufrimiento del sujeto como motor y lugar de aprendizaje. Sin embargo, politizar el malestar es justo lo contrario; es buscar e identificar las causas sociales del malestar, mirar cómo lo colectivo se encarna en sujetos individuales que son continuamente relacionales y salir del rol de víctima de la propia historia. El sufrimiento está, es inevitable, y por supuesto que lo vivimos cada una en sus carnes, pero es algo que responde al contexto en el que vivimos y muchas veces es fruto de injusticias que hay que denunciar y evitar que vuelvan a pasar. Ésto es lo que pretendían nuestras antecesoras feministas al enunciar “lo personal es político”.

Segundo, la narrativa terapéutica está creada sobre una estructura de sentimientos y emociones, pero con la lógica de “manejar” lo sentido, o de intentar no sentirlo, o de sólo sentirlo en lugares determinados y boicoteando o malinterpretando la lucha feminista de dejar de subyugar lo afectivo bajo lo racional.

La terapeutización es una forma de control social por medio del autocontrol sobre una/o misma/a, haciendo sujetos cada vez más homogéneos porque se normativiza lo emocional. Y es que la terapia no es “liberadora”, sino ortopédica (que es su raíz etimológica), es decir, su función es la de corregir lo disfuncional, lo torcido, lo que no sirve al sistema. Frente a esta cuestión la politización sería lo contrario: abrazar la diversidad y asumir que en las diferencias encontramos la vida. Dejar de controlar lo emocional para satisfacer las economías de mercado y hacerlo sólo para poder vivir de forma respetuosa en sociedad a partir de unas normas y valores compartidos y no desde la lógica narcisista de los propios deseos y necesidades.

Con todo esto no quiero decir que la psicoterapia no sea necesaria. Todo lo contrario, me parece una muy buena herramienta para momentos vitales en los que nos vemos desbordadas o sin herramientas propias y colectivas, sobre todo, cuando son psicoterapeutas feministas o ya politizadas las que acompañan y cuando ya hemos intentado otras muchas estrategias. Pero tendría que ser en momentos puntuales, y no algo que releve a nuestras formas autogestivas de sostener el bienestar o paliar el malestar.

Las terapias son algo privado y privativo que siguen lógicas poco comunitarias, como hemos visto, y sin embargo el cuidado es un fenómeno social vinculante que implica siempre una interdependecia radical. Y quizás este sea nuestro talón de Aquiles: la incapacidad de asumirnos vulnerables, frágiles, y dependientes de las otras. El capitalismo nos ha grabado a fuego que tenemos que ser autosuficientes, capaces de todo por nosotras mismas, sobre todo si performas la masculinidad hegemónica, que es el sujeto ideal del neoliberalismo cisheteropatriarcal.

Quizás por eso el amigo del ejemplo 1, lejos de buscar en su entorno de amistades un espacio de confianza y seguridad para poder hablar de sus malestares, lo hace con una profesional a la que paga por los servicios de acompañamiento. Quizás, era demasiado doloroso sentirse un gudari [soldado, en euskera] destronado por la templanza perdida e ir a una psicóloga costaba menos de aceptar porque uno mismo se siente menos juzgado (por el control social introyectado). Quizás, si quisiéramos crear una verdadera comunidad con nuestras compañeras de militancia no sólo deberíamos compartir los cócteles molotov, sino el miedo o la tristeza cuando los tiramos, o la culpa que llevamos años arrastrando por no ser como mi padre quiso que yo fuera. Pero también ser capaces de escuchar y de apoyar a las otras cuando están desanimadas, sumidas en su miseria o incapaces de levantarse de la cama, y para eso hace falta paciencia y un entrenamiento y distribución de los cuidados.

¿Estamos todas dispuestas? Por otro lado, propongo reservar, siempre, un lugar a lo emocional en nuestros espacios de militancia, pero sin caer en la tiranía de lo afectivo o en la sobredimensión de este ámbito. Y por supuesto, siempre llevarlo al ámbito de lo sociocultural. Por ejemplo, en Teatro de las Oprimidas siempre partimos de historias propias que ha vivido alguna integrante del grupo y, desde el sufrimiento que esa historia particular de opresión genera, vamos caminando hacia la estructura de poder que encarnan esos personajes concretos. Incluso, aunque estemos investigando sobre la vertiente más introspectiva de ese sufrimiento emocional, la idea es ver cómo nos identificamos las demás con esa misma historia, volver a lo colectivo, hacer cada sufrimiento parte del grupo porque todo el grupo vive bajo las mismas desigualdades y violencias socioculturales. Y no me hace falta haber tenido la misma experiencia, exactamente igual, para poder identificarme.

Hace falta ir a los elementos que sí se comparten como oprimidas o, en algunas ocasiones, como opresoras de nuestras historias. Ésta sería una forma política de abordar el sufrimiento y no terapéutica. Por lo tanto, propongo iniciar una reflexión crítica sobre lo que está pasando en nuestros espacios politizados y una llamada de atención para que los nuevos mecanismos de control social no se cuelen en nuestros colectivos sin ser vistos ni olidos. El debate está servido.

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Relacionados:

Capitalismo emocional y malestar en una sociedad terapéutica

Sobre la importancia de "lo psicológico" en el "medio revolucionario" 1, 2 y 3