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viernes, 15 de mayo de 2020

Sobre el Fracaso – CrimethInc


Nota de LP (Quito, mayo 2020). Soy un “fracasado” y un “loco”. Sí: para la sociedad capitalista –cuyo “éxito” consiste en ser un buen esclavo del trabajo, el dinero y todas sus normas, valores e instituciones–, sus defensores y sus falsos críticos –incluyendo a mi ex novia, un ex amigo y compañero, y algunos familiares–, soy un “fracasado” y un “loco”. Por eso uso estas palabras entre comillas. “Fracasado”, en términos profesionales, laborales y económicos. Y “loco”, en términos psicológicos y sociales. Pero también soy un “fracasado y loco” en términos políticos, artísticos y afectivos. Y no lo digo con retorcido orgullo, sino con sufrimiento, aceptación y coraje al mismo tiempo. Definitivamente, no calzo en este mundo al revés. Estoy en este mundo, pero no soy de este mundo. Mas no he sido, no soy ni seré el único. Fuimos, somos y seremos claroscura legión.

Tampoco soy de Marte ni de “la estirpe de Saturno”. Sólo soy uno más de los miles y miles de terrícolas proletarizados, empobrecidos, violentados, ninguneados, excluidos, desesperanzados, “dañados”, “enloquecidos” y “malditos” o estigmatizados como “anormales” y como “desadaptados, parias y resentidos sociales”, que han existido, existen y existirán bajo el yugo de la Normalidad del Fetiche-Leviatán-Capital. Después de la crisis actual, por cierto, habrá muchos más “perdedores” pertenecientes al ejército de desempleados, subempleados, pobres, “fracasados y locos“: ese “ejército de amarguras“. Este es, pues, “mi” marginal y subterráneo “lugar de enunciación”, incluso dentro del mismo proletariado y sus izquierdas y ultraizquierdas. Por eso es que, entre otras razones, hace tres años creé este blog antipsiquiátrico y anticapitalista, en general; y por eso es que hoy día publico este texto de CrimethInc (“crimen mental”, en español) sobre el fracaso, en particular.

Texto que encontré de casualidad en un blog anarquista y que capturó mi atención, ya que acabo de tener un nuevo fracaso personal hace unos días, justo en estos momentos de crisis, precariedad, pandemia, cuarentena, encierro y “nueva normalidad”. (Seguramente no soy el único tampoco.) Razón por la cual, este texto me cayó bien como si fuese un bálsamo para cicatrizar mi nueva herida (la verdad duele pero libera) y para seguir desarrollando mi resistencia y mi resiliencia antisistémica, sobre todo cuando dice que uno de los mayores secretos de esta civilización es que es una “civilización de perdedores”; que esta “sociedad obsesionada con el éxito” y la competencia tiene mucho que aprender de los “fracasados”; que ellos son los que mejor pueden enfrentar las catástrofes –incluida la catástrofe que será la revolución en esta época–, porque ya no tienen nada que perder sino, en cambio, un mundo que ganar; que hay dejar de pensar, actuar y evaluarnos según los parámetros impuestos por este sistema; y, que hay que perder el miedo –el miedo al “fracaso” y a la “locura”– o tener la valentía de reapropiarnos de nuestras vidas y cambiarlas por completo, destruyendo este mundo del Capital que nos ha destruido como seres humanos. Aunque, no estoy de acuerdo con cierto sesgo anarco-individualista e idealista que desliza en algunas de sus líneas.

Lo comparto entonces porque, más allá de lo personal y lo testimonial, talvez les pueda servir a otros proletarios “fracasados y locos” para que también sigan desarrollando su resistencia y su resiliencia en contra y más allá de esta sociedad, sus defensores y sus falsos críticos. (Esto es de un nadie para otros nadies, porque todo es de todos.) ¿Hasta cuándo? Hasta cuando nuestra clase social de “condenados de la Tierra” y “perdedores hermosos”* tome venganza histórica contra el capitalismo, lo sepulte y sobre sus ruinas funde –con mucha alegría, sabiduría, amor, solidaridad, libertad e imaginación– una comunidad humana real no sólo sin explotadores ni explotados, sino sin jueces, policías ni carceleros de ningún tipo y, claro está, sin “locos” ni “fracasados”. Porque no es un orgullo serlo, sino una condena social que precisamos suprimir ya.

Como hermosa y potentemente escribieron unos compañeros del cono sur en su boletín Ruptura N° O de otoño del 2008: «El partido de la revolución social toma su energía de todo lo que hay por fuera de esa presuntuosa “normalidad”. Es su contrario absoluto: busca instaurar un mundo donde la normalidad sea imposible, donde no haya orden moral alguno al cual adaptarse. Es el partido de los que no han ganado nada en esta sociedad, que lo saben, y que al saberlo no abrigan ninguna ilusión de ser superiores ni a su época, ni a su pasado, ni a ninguno de los que comparten su infortunio. Es el partido de los hombres amorales, los que jamás pretenderían que sus gustos y preferencias se impongan a todos por igual. Es por lo tanto el partido de todo lo que esta sociedad considera inferior, bajo, torpe, inútil, feo y sin gracia; el que reúne a los fracasados en la competencia capitalista, ya sea porque fueron expulsados de ella o porque jamás quisieron entrar, y que han terminado pagando el precio: marginados de todo lo que esta sociedad ofrece como deseable, despojados de sus lazos sociales y por ende de su propia personalidad humana, es natural que a menudo carezcan de pretensiones revolucionarias, que desconozcan el lado subversivo de su miseria, que ignoren los alcances universales de su odio por el mundo. Es natural que no sepan todavía que forman un partido: el partido que destruirá todo lo que les ha impedido vivir; y es lógico además que casi no puedan experimentar otra alegría que la insinuada por esta lucha. Este es el partido que le devolverá a la humanidad desposeída su auténtica comunidad: la posesión directa de su propia vida colectiva y de todos los medios materiales de su realización. La revolución proletaria, el comunismo, será obra de este ejército de amarguras, finalmente redimido por la violencia, o no será obra de nadie.»

“FRACASADOS” Y “ANORMALES” DE TODOS LOS PAÍSES: ¡UNÍOS!
¡POLITICEMOS NUESTRO MALESTAR!
¡RECUPEREMOS NUESTRAS VIDAS 
DESTRUYENDO ESTE MUNDO QUE NOS HA DESTRUIDO!


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LO SIENTO, NO ERES UN GANADOR
CrimethInc

El fracaso es un gran desastre en una escala individual. Sufrido conscientemente, nos puede permitir aprender a diferenciar lo que es realmente importante para nosotros y lo que no lo es. Puede generar en nosotros una reflexión capaz de hacernos continuar o cambiar de estrategias y rumbos, nuevos rumbos que necesitamos con urgencia. Una sociedad obsesionada con el éxito como la nuestra, tiene mucho que aprender de los denominados perdedores.

Un fracaso real, trágico y devastador, es una prueba que has llegado más allá de ti mismo, que estas empujando tus límites y los límites del mundo. Aquí estamos hablando de fracasar bajo la experiencia de darlo todo, alguien que no se las juega al máximo no puede saber lo que es una victoria o una derrota. En todo caso esto puede ser relativo, cuando una persona no está evaluando sus propias acciones según algún patrón de éxito son los demás los que juzgan según sus estándares.

Si quieres utilizarte como un objeto y someterte a una prueba, intenta fracasar en algo. Luchar para ser exitoso puede ser cansador, pero ser un fracasado a propósito puede demandar mucha más energía. Intenta una tarea imposible, algo que todos piensen que es estúpido y sin sentido –te sorprenderá lo difícil que es exiliarse del mundo, y que nadie pueda darle sentido a lo que estás haciendo. Estar dispuesto a fallar sin miedo antes que otros es una de las habilidades más necesarias y difíciles de aprender, y saber fracasar frente a nosotros mismos sin sentir vergüenza es aún más difícil.

Estar dispuesto y listo para fracasar es un prerrequisito necesario para poder hacer algo genial, importante. Orgullo, conciencia de uno mismo, inseguridad, cobardía, son las cualidades que nos piden tener sólo logros y logros uno tras uno; y son las mismas cualidades que nos impiden tener absoluta libertad a la hora de actuar y emprender algo que pueda alcanzar una meta digna. Los artistas por ejemplo, deben estar preparados para abandonar todo lo que han aprendido y empezar a fallar de nuevo, y repetir este proceso una y otra vez, si se quiere evitar el estancamiento. El miedo al fracaso no te permite lograr nada, ni siquiera te permite fracasar.

En todo caso, ser tan exitoso te hace débil al fin y al cabo. El éxito no te permite saber cuánto eres capaz de resistir, como te desenvuelves en un estado de desastre, o que es lo que realmente te motiva en primer lugar. El fracaso para aquel que se sabe a sí mismo como un ganador, es lo peor que le puede pasar. Pero una persona ya con experiencia en cosas desafortunadas, decepcionantes, es menos probable que le tenga tanto miedo a fallar, si esa persona aún no se ha dado por vencida, se hace más fuerte. Fracasa una vez, y sentirás que es el fin del mundo, sobrevive al final del mundo un par de veces, y aprenderás que tú eres más resistente que esas realidades destruidas.

Algunos pasan años, vidas enteras, generaciones completas en el fracaso y la decepción. Saben exactamente cuánta pobreza y humillaciones pueden soportar, tienen mucha práctica. No son fácilmente intimidables; no tienen nada que perder. Continúan con una paciencia que es inconcebible para una celebridad, o un atleta. Y así como el vagabundo que saluda al amanecer,  con su voluntad de seguir viviendo intacta luego de caminar toda una noche buscando maneras de evitar morir de frío, nuestros fracasos nos pueden enseñar mucho mejor que cualquier cátedra, que tomar riesgos es necesario para trabajar en algo que pueda llegar a ser milagroso.

En este mundo al revés, en donde la estrechez se cubre con una máscara de felicidad y verdad, la falsedad se esconde detrás del Éxito, con E mayúscula. Es importante saber que hay peleas que no vale la pena pelear, a las que no hay que darles ni tiempo ni esfuerzo, algunas de estas victorias son más humillantes que cualquier derrota, y algunas decepciones son triunfos disfrazados. Como cuando te ascienden y te dan más trabajo, y pierdes el tiempo que tenías para estar con tus seres queridos, quizás hubiese mejor haber seguido igual que antes, después de todo.

Las resoluciones adversas tienen algo que ofrecer, incluso cuando es experimentado por alguien que desea el supuesto éxito, puede ser un estado inicial a una transformación, una especie de instancia de reflexión. Al revisar lo sucedido luego de sufrir una derrota, con calma, podemos ver realmente si nos sentimos victoriosos o un fracasados, leer lo sucedido con nuevos valores, valores propios que se ajusten a lo que realmente queremos, a lo que realmente somos. Cuando pasa esto, podemos redefinir lo que es una victoria y lo que es un fracaso por nosotros mismos, entonces ya no estaremos ocupados intentando ser exitosos según parámetros ajenos. Dejamos de tener las manos atadas.

Fracasar te da empatía, de cierta manera es imposible comprender a un grupo de personas que pierde una y otra vez las mismas batallas, si tú no te has derrumbado antes. Nuestra civilización es una civilización de perdedores, los estándares que han diseñado para nosotros son imposibles de alcanzar, nunca seremos ni tan bellos ni tan perfectos, como  supuestamente deberíamos ser. Este es un secreto digno de ser compartido, es el secreto de nuestra sociedad, ninguno, pero ninguno de nosotros, es un ganador. Mientras más nos esforzamos para cumplir con estos estándares, más rápido se alejan de nosotros. Es por esto que las modelos son más inseguras con sus cuerpos de lo que somos nosotros con nuestros cuerpos, o que los millonarios acostumbren a leer libros sobre cómo seguir invirtiendo. Si en todo caso fuéramos tan exitosos y felices, ¿a qué se deben las alzas de descontento? Incluso Madonna, que vendría a estar en la punta de la pirámide social de las celebridades, tiene algo en común con nosotros, ella no es realmente Madonna, no es la caricatura de 2 dimensiones súper excitante que vemos a través de los medios. Al final del día, las líneas de su cara desaparecen y aparece la duda, ella también se acuesta a ver televisión y debe sentir como su corazón cae al ver a esta diosa a través de este paraíso digital. De hecho, ella es peor que el resto de nosotros, y no solo porque ella en realidad no es Madonna, sino porque ella no es nada más aparte de eso – Acéptalo, nunca vas a parecerte a las modelos de las revistas, sin importar cuanto crema para piel o para la celulitis te pongas. Aparte es absurdo, es imposible verse a sí mismo sin un grupo de profesionales detrás de cámara. Cuando te des cuenta de este fracaso, estarás libre para poder convertir en una persona que busca otras cosas, en algo más.

Ni siquiera es un tema de recursos, el fracaso es evaluarse bajo los parámetros distantes y atroces bajo los cuales nos evalúan.

Hoy, el valor de competir es muy importante, no hacerlo te convierte en un fracasado. Alguien que no está dirigiendo su vida bajo los parámetros más ambiciosos, deja de ser deseable, toda búsqueda no económica, se asocia con ingenuidad e inocencia. Apenas aparezca un grupo de autoproclamados fracasados, buscando la felicidad, haciendo una catástrofe disfrutable de sus vidas, la fiesta se animará.

El orgullo siempre nos va a mantener en situaciones de no victoria, insistiendo que somos felices y que todo va acorde a lo planeado, luchando para que nuestros planes funcionen de alguna manera. Esto ni siquiera es una tragedia, es sólo estupidez. Somos lo suficientemente buenos para merecer ser felices, por una vez, independiente de si eso lo llamarán ganar o perder. Suficiente de ser exitosos fracasados, busca de una vez por toda el éxito en nuestros fracasos.

Los perfectos, los bellos, los correctos, los justos, los nobles, los que nunca lloran en público, los que no hacen nada en privado que los pueda avergonzar, los normales, los sanos, los que siempre tienen planes a futuro, los contentos, los felices, los que trabajan duro y obtienen los beneficios, que se cepillan y enjuagan después de cada comida, los que están bien ajustados, los populares, los que nunca se desaniman, los niños chicos que si crecen para ser presidentes, los suertudos, los que tienen una piel perfecta y dientes perfectos y cuerpos perfectos, los que tienen lo que quieren y quieren lo que tienen, ellos, ellos no existen, y los que posan como si fueran ellos están más cagados que tú.

Yo creo que fracasamos porque somos incapaces de imaginarnos ganando. Asumir una derrota antes de dar una buena pelea, sumergirse en el llanto estilizado de la nostalgia, es exactamente lo opuesto a darlo todo y perder, es una farsa no una tragedia.

Y todos los grupos que dicen que quieren cambios radicales pero que detienen al primero que intenta hacerlos, creo que es porque no quieren ganar, porque ellos se dedican a ser unos fracasados, no se atreven a tomar el riesgo, para ellos nunca es el tiempo correcto para actuar. Sus manos se mantienen limpias.

Las personas, si realmente lo intentan, pueden lograr hacer realidad sus sueños, incluso los que parecen ser imposibles. Pero también puede pasar que nunca los logren. Y no hay nada que nos aterrorice más, que ser esa persona, la que se hace responsable, la que lo intenta y falla, la que a pesar de dedicarle todo su esfuerzo y tiempo a un proyecto no es capaz de conseguirlo.

Pero, si la realización de un sueño es imposible, estamos libres de esta terrible responsabilidad: muchas personas encuentran una salida fácil al pensar que todo lo que quieren es imposible de conseguir, ahorrándose el terror de lidiar con la idea de que si es posible.

Y una vez que alguien decide que lo que quiere es imposible, comienza a dirigir su vida bajo esta premisa, que necesita desesperadamente que sea verdad, de lo contrario, sería un tonto que han decidido desperdiciar su vida, para dedicarse a lograr las metas de otros, para tener una vida en si más segura e insignificante. Y cuando surjan sospechas de que quizás lo que realmente le gustaría hacer su vida no es tan imposible (pero si muy difícil), es muy probable que a nivel inconsciente intente convencerse de que si lo es, y que también haga cosas que hagan que esta idea de lo imposible sea realidad. Imagínate eso, 6 billones de personas, sociedades enteras trabajando como empleados haciendo que sus sueños estén cada vez más lejos de su alcance. ¡Eso sí que requiere trabajo!  Y es probable que los sueños de la mayoría tampoco sean tan difíciles o complejos si se buscaran en conjunto.

Falla en las tareas en las que más te da miedo fallar, sin tenerle miedo al futuro. Experiencias como éstas nos definen y fortalecen. A las finales, liberarse no es un asunto de fracasos o éxitos, si no de ser capaces de darnos cuenta de lo limitada que es nuestra forma binaria de pensar. Se nos evalúa tanto desde niños que adoptamos esta manera de ver la realidad, y siempre estamos evaluando, a nosotros y a todo lo que nos rodea.

¿No sería dejar de evaluar un triunfo más dulce que cualquier victoria?

[Tomado de Filosofía Antiautoritaria (febrero 2018)]

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Relacionado: Fantasías. Sobre una “teoría” del éxito-fracaso – Grupo Anarco Comunista (México D.F., 2011)

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* Perdedores Hermosos de Luca Prodan (Italia-Argentina, 1983):


miércoles, 13 de mayo de 2020

Fantasías. Sobre una "teoría" del éxito-fracaso


Nota de LP (Quito, mayo 2020). Los textos que siguen a continuación fueron escritos hace casi una década por el ya desaparecido Grupo Anarco Comunista (GAC) de México D.F. Leídos desde nuestra perspectiva actual, estos textos contienen algunos elementos criticables, a saber: poner énfasis en la consciencia, la ideología, la cultura, los medios de comunicación, la academia, el consumismo, los individuos, etc., y no en las condiciones materiales de existencia de los individuos como son las relaciones de producción y reproducción social alienada, las cuales incluyen dentro de sí a las formas ideológicas o alienadas de consciencia, ej.: el fetichismo de la mercancía y todo lo que se deriva de esta fantasía, “ilusión intersubjetiva o psicopatología sobre la que basamos todo el funcionamiento de la sociedad”, al decir del filósofo marxista Jordi Soler. Pero, en cambio, su mérito consiste en abordar de manera crítica y radical algunos temas de la cultura y la vida cotidiana bajo el capitalismo, principalmente la ideología del “éxito” y el “fracaso” que, sin duda, también constituye un problema psicosocial, pues para los “fracasados” (es decir, para la mayoría de proletarios hoy en día) conlleva a la ansiedad, la depresión y hasta el suicidio. También es meritorio que citen a Wilhelm Reich y Uníos Hermanos Psiquiatrizados, compañeros históricos muy apreciados en este blog antipsiquiátrico y anticapitalista. Por ello es que publico estos textos aquí. Además para que ya no sigan archivados en una computadora (hace años que ya no existe el blog del GAC), sino para que los pueda leer y sacar sus propias conclusiones un público un poco más amplio que también se cuestione estos temas.


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FANTASÍAS. SOBRE UNA “TEORÍA” DEL ÉXITO-FRACASO

Hemos gastado nuestros días buscando la potencia entre las ruinas y la chatarra, 
pero finalmente nos hemos dado cuenta que no era ahí donde debíamos buscar. 
Lo que perseguimos no pude habitar en este mundo miserable que no es nuestro, 
y cuyo entorno es una “snuff-movie” eternamente en “play”. 
Su esbozo se encuentra acá, en una estrella a punto de estallar 
que cada uno de nosotros lleva sobre sus hombros. 
Podemos afirmar que ahora, que hemos perdido
un mundo entero y maldecimos con toda la fuerza de nuestras almas,
nos encontramos en disposición de conquistar uno nuevo, uno propio.
Uníos Hermanos Psiquiatrizados en la guerra contra la mercancía - U.H.P

Desde temprana edad cada individuo recibe una especie de “curso intensivo”, o mejor dicho, un amaestramiento para sobrellevar la vida actual. Desde pequeños, al ser socializados, se comienza por la imitación de las dinámicas burguesas, las cuales son impuestas para sobrevivir. Los padres, sin saberlo, capacitan a sus hijos para ser en carne viva la reproducción de todos los parámetros que exige esta sociedad de clases.

Se “educa” al menor para abstenerse de ser un agente de cambio radical, se le instruye para ser un autómata decrépito y vulnerable que obedezca los designios del mercado y las leyes del Estado.

Después de los padres, la institución escolar y los medios masivos de comunicación se encargarán de llenarlo de fuertes dosis de ideologías burguesas (ciudadanismo, consumo en exceso, modas, estilos de vida, etc.): “compra, consume, desea, imita, compite, supérate, respeta, resígnate…” son las palabras favoritas que se usan ordinariamente en las escuelas, los templos religiosos, las redes virtuales y los televisores.

La fantasía es otro elemento que se utiliza para favorecer el funcionamiento del orden existente. Introyectando en todos la idea de soñar aquello que en la miserable realidad no se puede ni podrá satisfacer. De antemano se hace hasta lo imposible por sobreponer el “deber ser” (ideal) ante el molesto “ser” (realidad). Ser rico, atractivo, feliz, simpático, astuto, o, tener un auto, una pareja sexual y sentimental envidiable, una casa grande con alberca y jardín, una carrera terminada, un doctorado, viajes alrededor del mundo, cientos de amigos, en fin, “éxito”. Aspiraciones excéntricas que el Capital, por medio de su publicidad y educación, deposita en las conciencias de todos, haciéndolas pasar como verdades absolutas, incuestionables e irrefutables.

Insatisfacción, aburrimiento y vacío, sensaciones reales que se experimentan detrás de las insinuaciones de la sociedad espectacular, en los entornos de la educación, la política, el arte, los medios de comunicación, etc., que al no proveer en lo concreto de la satisfacción que se busca a través de la fantasía, se cae en la desesperación de no obtener aquello que se ansía. En la escuela, la educación positivista cumple su función en sus contenidos de racionalismo, progreso, bienestar, superación. En los medios, la ideología de la felicidad, el consumo liberador, el american dream. En la política, el liberalismo, la democracia, el ciudadanismo, la patria y las leyes. En la vida cotidiana, las ideologías místicas del “decretar” lo que se quiere tener; que en un juego mental aduce que sacrificándose por lo deseado, tarde o temprano se obtendrá.

La fantasía se impregna fácilmente en los cerebros porque es admitida y aprobada por cualquiera, desde el dueño de una empresa hasta el activista “anti-capitalista”.

La fantasía es el deseo de aquello que nos convencemos nos hace falta. De manera acrítica se va por la vida fantaseando sobre aquello que no se es, no se tiene o no se siente. Buscando remediar aquella insatisfacción a toda costa, afanándose en el trabajo para conseguir dinero y comprar la “necesidad” material del momento; estudiando y estudiando para progresar (en esta vida de mierda) y regodearse en la elevada sapiencia y cultura; meterse a una secta, una religión extraña y radical o un grupo de amigos; conocer a la mujer/hombre de sus sueños, etc.

El mundo del Capital es una realidad insostenible racionalmente, es una locura, pero cualquier locura puede prolongarse sin cesar gracias a la idea que nos hacemos de ella, el espectáculo con en el que se maneja y la dosis fantástica que se deposita en todos para continuarla.

Rechazar el mundo de las fantasías y del rompimiento entre ser y deber ser, y por consiguiente, del privilegio del deber ser ante el ser, es decir, del materialismo sucumbiendo ante el idealismo, es un paso difícil pero contundente ante la destrucción de la conciencia burguesa, que se ha colocado a fuerza para sobrevivir y revitalizar el orden de explotación existente.

Pareciera que fracasar en el mundo de la burguesía es dar la espalda a un compendio de exigencias que se nos imponen, como el tener esto o aquello, ser esto o aquello, sentir esto o aquello… y si conscientemente se manifiesta este “fracaso”, se estaría retando a la frustración y compulsión; ese infierno que depara el mundo burgués a los infieles y pecadores que se atreven a retarlo.

Pero ¿qué fracaso?: ¿el del vagabundo?, ¿el del adicto a las drogas?, ¿el del borracho lascivo? Bien, aún mismo el fracaso está condicionado, permitido por la sociedad burguesa, un “fracaso” que asegura el control y el buen funcionamiento de la sociedad; no está demás que la civilización actual mantenga en su seno a sus seres antisociales, freaks, beodos y pervertidos de toda clase, siempre y cuando éstos no impliquen algún problema, tomen alguna terapia, o se pudran en los burdeles designados.

Ante todo, “éxito y fracaso” son las dos partes de una misma ideología que promueve la sociedad burguesa; bien, si buscas el “éxito” vivirás en una bonita casa, tendrás auto del año, una pareja atractiva, status, buen gusto, etc. Si es al contrario, si te rebelas ante esta estupidez, entonces tienes otra opción: el “fracaso”, o sea, ser un drogata, un pandillero, un violador, un borracho, o un vagabundo, como lo quieras, siempre y cuando estés lo suficientemente perturbado y embrutecido como para no tomar conciencia del real funcionamiento de la vida en general y de la tuya en particular.

Rebelarse contra tal degradación y autodenigración, no tiene nada que ver con encerrarse en una especie de pureza social, política y moral. Tiene que ver con tomar por primera vez en la vida una posición de seres humanos ante la debacle de lo social y espiritual bajo las actuales condiciones de sobrevivencia. Y esta toma de posición está mucho más allá de fantasear con el éxito o atascarse en el fracaso, es una posición de constante ruptura con lo que nos está limitando y oprimiendo; no en busca de una supuesta “felicidad” y placeres pasajeros, sino como lucha constante contra todo aquello que nos está hundiendo en la frustración y la compulsión de la vida moderna, ajena a la vida comunitaria del ser humano.

Grupo Anarco Comunista
México D.F., 2011

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CANTOS DE SIRENA

Los derechos humanos son concesiones. 
La miseria sobre-equipada hace enfermar. 
La enfermedad parece ser la única forma de existencia que nos queda bajo la 
égida de la mentira organizada. Y duele.
Fraude: así explicamos el actual espectáculo de las relaciones entre personas.
Un escenario lleno de humo, un engaño tosco y mal urdido.
Deseamos convertirnos en maestros de herejías.
Uníos Hermanos Psiquiatrizados en la guerra contra la mercancía - U.H.P

Lo que comúnmente se conoce como cultura se refiere al compendio de formas sociales, lingüísticas, estéticas y visuales que conforman una identidad humana. Cualquier grupo humano tiene la capacidad de procurarse su “cultura”, pues ésta, entre otras cosas, sirve para el mantenimiento de las recetas sociales que preservan a los grupos humanos.

Lo que se designa como cultura va, desde lo que se trasmite por televisión y lo que se escucha comúnmente en la radio, hasta la obra literaria más culta o la obra de arte de moda. La cultura es el basamento de las sociedades, la cual resguarda las formas, códigos, valores, etc., que las sociedades heredan a las futuras generaciones.

Nuestra cultura (occidental, capitalista) consta de una determinante básica: transformar absolutamente todo sin que cambie nada en esencia. Las cadenas televisivas y de todos los medios de comunicación saturan sus “contenidos” con ideologías varias afines al orden burgués, estilos de vida hedonistas o de apariencia progresista, civilizada, pequeñoburguesa… a la masa popular se la retrata festiva, chévere, soñadora, llena de fe religiosa. Los libros de autoayuda se venden por miles, recetas contra la depresión, la gordura, el amor y demás chucherías llenan las estanterías de las librerías. Literatura ocasional para un público ocasional: novelas de moda, literatura “consagrada”, Harry Potter, Crepúsculo, lo último sobre el narco o la chatarra politiquera del momento. La música es lo peor. El ruido es más bello que las alabanzas a la idiotez que se oyen por todos lados.

Esta es nuestra cultura, aparte del adiestramiento escolar y las tontas idas a los museos, de arte moderno, alternativo, arte urbano…el teatro, o los conciertos de música culta a las que a veces se asiste por puro esnobismo o casualidad. Las salas de cine se atascan de familias y adolescentes aburridos, necesitados de experiencias asombrosas, sin tener que moverse de su butaca acojinada. Los conciertos, entre más gente asista a uno, es sinónimo de la simplonería que se ejecuta sobre el escenario.

Quienes comandan este movimiento de culturización de la sociedad, les importa un carajo las repercusiones que ocasionan, cuando en todo instante nos hablan en sus películas, su música, sus obras literarias, y sus demás desperdicios, de un éxito (inalcanzable), de belleza (transitoria), de felicidad (que no llega), de amor (falsa ilusión) y tantas otras cosas que buscan ser alicientes para el estado de consternación de las personas.

Esta era de miseria hasta lo que aparenta ser más hermoso está infectado de un tufo insoportable por dentro. Cada quien se lamenta de la vida, de lo mal que le va en el amor, de la carrera trunca, de los hijos que se rebelan, de las autoridades que abusan, y sin embargo, los podrás ver todos los domingos frente al televisor viendo el reality show en boga o el futbol de la liga europea.

Seguirán votando por el partido político de siempre, deseando a las rameras de la tv, leyendo las revistas y periódicos de chismes. Ellos quieren ser como sus artistas de moda, como los que salen en la telenovela, como los rockstars que viajan en jets privados y cantan canciones de protesta, como el vecino próspero de la colonia, como el empresario millonario, como el narcotraficante.

Toda su vida han sabido sólo algo, tan elemental y tan jodido que espanta, sólo deben hacer lo que otro les diga que hagan, pensar en el mismo sentido y actuar asimismo. Cualquiera que se salga de la norma está mal, está equivocado. Es la psicología de los pequeños hombrecitos…

«El pequeño hombrecito no está interesado en escuchar la verdad acerca de sí mismo; no desea asumir la gran responsabilidad que le corresponde, que es suya, quiéralo o no. Quiere permanecer así, o cuando mucho quiere volverse uno de esos grandes hombres mediocres -ser rico, jefe de un partido, de la Asociación de Veteranos de Guerra, o secretario de la Sociedad de Promoción de la Moral Pública. Pero asumir la responsabilidad de su trabajo, alimentación, alojamiento, transporte, educación, investigación, administración pública, explotación minera, eso nunca», como bien lo externó Wilhelm Reich.

Debemos escuchar la música de moda, el llamado del amor de los canta-autores analfabetas elevados al nivel de poetas, el eco contagioso de los sonidos del gusto popular.

Canciones de amor, o mejor dicho, de esa aberración que se llama amor y se vende y se compra porque así el mercado lo ordena. Ese falso sentimiento que destruye las relaciones humanas en vez de hacer lo contrario. ¿Por qué? Por estar podrido de lugares comunes: lamentarse por la amada/o, por el infiel, por la relación terminada, y un sinfín de ideas propias del mundo unidimensional en el que vivimos, que gusta de alojarse en el sentimentalismo barato más excesivo y depravado que podría encontrarse.

Esta cultura es decadente, genera sus propios engendros con los cuales ya no puede lidiar: violadores, padres alcohólicos, adolescentes sádicos, vagabundos, un sinfín de mujeres burladas por hombrecillos.

Y también así, a los sepultureros de esta cultura: todos aquellos rabiosos que desatan la destrucción de los convencionalismos, la cultura hipnótica y analgésica de hoy día.

Grupo Anarco Comunista
México D.F., 2011

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«De nada vale interpretar, eso también es apariencia, es idea, es ficción, lo real es transformar, actuar, crear. Los esclavos somos espectadores pasivos, estamos bajo un mundo que nos somete a su dictadura, al control y manutención del Estado, y no hacemos más que negar todo ello en nuestros cerebros, es nuestras ideas, creemos que somos profesores, abogados, jóvenes, viejos, escolares, desempleados, enamorados, buenos, hijos, padres, deportistas, hinchas, rockeros, etc., pero solo somos tuercas dentro de la maquinaria, sin vida propia, sin elección. No reconocemos quienes somos. El sistema te condena a tener diversas formas, diversas apariencias, permitiendo que puedas imaginarte y pensar que eres único y diferente, cuando tu base material es la misma de la de miles de millones humanos degradados a la raza proletaria. En conclusión eres un pobre y triste humano que vive para enriquecer a otro.
Hacemos cosas que parecen nuestras, parecen individuales, parecen decisiones personales, pero sólo seguimos la danza mercantil impuesta por los dueños y amos del mundo, que también se rigen por las leyes de la sacrosanta economía capitalista…
El sistema ha impuesto su lenguaje mistificador y legalizado del mundo bajo la dictadura del dinero. El sistema habla, dialoga, te llama, te escucha, hace que hables y que lo critiques (aparentemente) pero mientras no rompas con su esencia, con la producción mercantil, la propiedad privada, y la plusvalía, todo seguirá siendo parte del show, del espectáculo. No importa si hablas, criticas, o le respondas al sistema, si le hablas en su lenguaje y dentro de él, todo continúa intacto.»
Notas Iconoclastas - Comité de Urgencia

«La expansión de la informática y su dominio sobre todos los aspectos de la vida muestra que estamos sometidos al régimen del aislamiento controlado.
Los estragos cometidos en los 60 por la TV son amplificados por la microinformática que permite a cada cual quedarse en casa conservando la ilusión de hablar con alguien.»
Os Canganceiros #3

«Recordemos las conversaciones que tenemos diariamente, hablamos y hablamos, dialogamos sin parar con la pareja, con la familia, con los compañeros del colegio, del trabajo, del barrio, con los amigos de tiempo, con los parientes lejanos, por facebook, por whatsapp, por celular, qué decimos, de qué hablamos: cómo vamos en los estudios, cómo va el trabajo, cómo va la familia, cómo van nuestras compras, las novedades en las tiendas, los sitios de moda, los conciertos, las fiestas, las chicas, los chicos, el problema de salud de el tío o de la abuela, … en casos más jodidos, del cansancio del trabajo, del mal gobierno de derecha (o izquierda), de la falta de dinero, del profesor que nos reprobó, del aumento que no tuvimos, y en el caso más radical… de la movilización sindical de mañana, del problema en Irak o en España, del Imperialismo norteamericano, del sub-desarrollo, etc.…
Todo esto es sólo una ilusión, nada de esto es real, estas conversaciones no son nuestras, no conversamos para destruir nuestra esclavitud sino que la dejamos en alguna parte del cerebro, encerrada, olvidada, no queremos saber, no queremos oírnos, no queremos ser conscientes de lo que pasa realmente… como dice la película… Una esclavitud voluntaria.»
Notas Iconoclastas - Comité de Urgencia

domingo, 28 de abril de 2019

Sobre la importancia de "lo psicológico" en el "medio revolucionario" (2)

«...Expresar los propios fracasos, límites, vulnerabilidades, contradicciones, es algo que incomoda a un sector del movimiento libertario que afincado voluntariamente en la derrota tiene la necesidad de vender propaganda triunfalista...
Muchas de nosotras estamos metidas en círculos de retroalimentación y autocomplaciencia. Pero cuando decidimos salir de ahí, lo habitual es que fuera haga mucho frío. La gente que suele ir más allá vive intoxicada por una épica alentada por las que nunca se mueven de su sitio. Muchas jóvenes han dado lo mejor de sus vidas y se han convertido en carne de indigencia, cárcel, cementerio o depresión seducidas por aquel latiguillo que nos invita a “morir por las ideas”...
Nos precipitamos al vacío entre aplausos, pero cuando toca recoger los restos a todo el mundo le espera algún asunto más importante en otro lado.
Decía Emma Goldman en una carta a Max Nettlau que “nosotras, las revolucionarias, somos como el sistema capitalista. Sacamos de los hombres y mujeres lo mejor que poseen, y después nos quedamos tan tranquilas viendo cómo terminan sus días en el abandono y la soledad.”
La mayoría de las veces las estructuras mentales de nuestros colectivos son, como decía Goldman, similares a las de una empresa capitalista, o incluso peores, porque en la militancia no hay bajas por depresión. No se entiende la necesidad de tomar aire o bajar un pistón sino es en clave de deserción, no paramos de presionar a las demás para que den más de sí mismas sin evaluar cuánto estamos dando nosotras, juzgamos cuál es el momento más apropiado para que las demás tiren la toalla como si su resistencia física y emocional no contara.
Lo peor es que esa tendencia a exigir se recrudece con las más comprometidas. Las vemos tan fuertes, tan seguras, que reclamamos más de lo que humanamente pueden dar. Al final la enfermedad física, anímica, social, puede destrozarlas, pero no lo vemos porque el personaje nos tapa a la persona.
En estas circunstancias, la sensibilidad y la ternura deberían ser parte del aire que respiramos en los ambientes libertarios, pero en vez de eso padecemos de hipercriticismo (no hacia nosotras, sino hacia las demás).
El contacto con la realidad ajena al movimiento también mata, como un ambiente vírico hostil hace con un organismo inmunodeprimido. Llegas a la gente, les ayudas, y esperas que correspondan a tu esfuerzo. La primera decepción, la primera traición, el primer golpe, es como si algo se te derrumbara por dentro. Ya decía Ortega que “el esfuerzo inútil conduce a la melancolía”. Para sobrevivir a este caos ordenado, necesitamos tener certezas, secuencias lógicas a las que aferrarnos. Las anarquistas tenemos las nuestras: “la gente decidiendo por sí misma opta siempre por lo mejor”, “si ayudas te ayudan”, “no habría maldad si el medio fuera el adecuado”, etc. Cuando alguna de estas premisas son destrozadas por la realidad, dentro nuestro se produce un cataclismo que replica durante meses y a veces años. Nuestras convicciones más íntimas son quebrantadas. Después de estas experiencias se entiende el atractivo de la automarginación, la endogamia y el gueto autótrofo. Desgraciadamente ya habrá tiempo de descubrir que entre clones no hay menos desencantos. Aunque se enmascare con un lenguaje teórico sofisticado, se reproducirán exactamente las mismas desilusiones y seguramente también nos tocará a nosotras fallarle a alguien. Pero esta obviedad es algo que se suele aprender demasiado tarde.
Un día, precisamente cuando me di cuenta asustado de que ya no había nada (por humillante, traumático o doloroso que fuera) que me forzara a renunciar, comprendí que todas esas certezas que tenía sobre la vida y la gente en realidad eran absurdas reglas mentales. Comprendí que la vida no tiene sentido, ninguno concreto y predefinido; tiene el que le des a tu propia vida. Comprendí que ayudar a la gente no implicaba reciprocidad, que no existe una justicia universal retributiva. Comprendí que iba a continuar el desafío ajeno a si las demás me correspondían o a la cordura del mundo, porque yo lo había decidido así y no por ninguna compulsión cósmica. Iba a intentar joder el sistema porque no quería someterme a él y porque el resto de personas debía tener la misma oportunidad que yo.
Hoy seguimos aquí... no podemos quemar los puentes a nuestras espaldas si delante no hemos construido antes nada. Lo contrario supone inmolar a toda una generación en el altar de las ideas. El capitalismo no nos puede haber absorbido tanto como para que olvidemos que ningún proyecto o doctrina, por grandes e importantes que sean, valen nada ante la más humilde y sencilla forma de vida.»

Ruyman Rodríguez. "Cruzar el Rubicón" (Fragmentos)

[Tomado de Fuego Editorial]

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El suicidio, la depresión y nuestros compañeros

Hablar de la depresión y el suicidio seguramente nos sugerirá ir a la raíz de estas problemáticas que han invadido masivamente a la sociedad moderna, pero sobre esto les hablaremos en otra ocasión. Ahora nos gustaría comentarles sobre una triste realidad que ha perseguido a los anarquistas durante toda su historia conocida. Es un hecho que quien elige un camino de rebeldía y lucha contra lo que le oprime o considera injusto, se enfrentará a innumerables dificultades y dolencias, mucho más que el esclavo obediente que se ha resignado al camino más cómodo. En este sentido, muchos compañeros y compañeras anarquistas han adquirido innumerables dolencias emocionales y trastornos de salud mental a causa de los problemas que la lucha contra la autoridad ha ido acarreando; nos referimos a los accidentes en acciones de revuelta, a las detenciones, a los encarcelamientos, al rechazo muchas veces familiar y también porque no decirlo; a la soledad.

Aunque los anarquistas nos presentamos al mundo como individuos deseosos de postular y practicar el amor, el apoyo mutuo y la libertad en nuestras vidas, la verdad que la práctica nos ha ido diciendo que la mayoría nos encontramos contaminados con las conductas y males de la sociedad, es así como estamos inmersos en lo mismo que genera los suicidios y la pobreza emocional; un mundo de mentiras basado en la angustia, las exigencias, las presiones, en el egoísmo y en el individualismo en el mal sentido de la palabra.

Casos conocidos por algunos han sido los suicidios de compañeros anarquistas como el poeta José Domingo Gómez Rojas (1896-1920) o el antimilitarista Julio Rebosio (1896-1920) quienes tras haber sufrido la violencia estatal, el encarcelamiento, sumado a la pobreza económica y los problemas dentro de sus relaciones afectivas, terminaron muriendo en vida con serias problemáticas mentales que desencadenaron en depresión y posterior suicidio.

Creemos que es más que una necesidad como anarquistas plantearnos una autocrítica si nuestros postulados tales como el amor o el apoyo mutuo realmente los llevamos a la práctica; nosotros creemos que no, por lo menos no mayoritariamente, puesto que de no ser así, no tendríamos compañeros con depresiones y al borde del suicidio.

Escrito por Difusión Libertaria Chillán.
Publicado en El Amanecer, nº18 , Marzo 2013.

lunes, 23 de octubre de 2017

Ansiedad

Nota de LP: Publico este artículo porque varias veces he sentido y todavía siento ansiedad -junto a su inseparable compañera: depresión. "Episodios maníacos". Lo más horrible son los ataques de ansiedad o "pánico", más aún cuando se tiene insomnio. Pero bueno, volviendo al artículo, sus autores sostienen con razón que la causa principal de la ansiedad se encuentra en "el mundo laboral" y, más específicamente, en el trabajo asalariado, por ser enajenado/enajenante y explotado, y porque hoy en día el estrés y la inseguridad (o el miedo) forman parte de la cotidianeidad laboral, gestionada por los "recursos humanos" y la "salud ocupacional". Lo cual efectivamente es así, puesto que el trabajo asalariado es de naturaleza precaria, no sólo por la preocupación de "no llegar a fin de mes" con el salario percibido, sino porque esencialmente al no ser propietario de los medios de producción, el empleado es desempleado en potencia y viceversa. Vidas proletarias: vidas precarias. Asimismo dentro del "mundo laboral", mejor dicho bajo la dictadura de la economía, un proletario también sufre ansiedad cuando no tiene trabajo ni dinero para pagar sus cuentas, sus obligaciones, sus deudas. Ésta ansiedad se puede terminar convirtiendo en angustia, desesperación e incluso suicidio. Millones en el mundo padecen ansiedad. Así de grande y grave es.
Pero la ansiedad también se debe a otros factores no económicos, que tienen que ver con la relación individuo-sociedad: desde el simple hecho de comunicarse con otra persona hasta mantener relaciones afectivas y sexuales, sobre la base de la soledad generalizada o "la sociedad de los hombres solos", cosificados, aislados e idiotizados en el plano emocional e interpersonal. Como esta sociedad se encuentra alienada o enajenada por el fetichismo de la mercancía y la valorización del valor, la ansiedad se da por tener y no por ser. Competencia por el “éxito”, es decir por "la triste obligación de tener que ser feliz". Si no tienes o si tienes menos, entonces "eres" menos que los otros, eres un “fracasado”, un “don nadie”, y la interiorización de esa mierda ideológica socialmente aceptada es la que te pone ansioso (mejor dicho, ansioso-deprimido-ansioso). ¿Tener qué? Principalmente, trabajo y amor –según Fromm- y un montón de cosas más compradas con el dinero, pero en ausencia de comunidad y vida humana real, ya que el "amo y señor" dinero no admite otra "comunidad" que no sea la de él. Y si no se las encuentra o, en su defecto, si se llega a vivir relaciones humanas pero sólo de manera esporádica y "líquida", pues existen "sustitutos" como las "redes sociales" y las drogas (“los paraísos artificiales” que criticaba Baudelaire… “los [varios] opios del pueblo”, como diría Marx). Algo que, a su vez, se termina convirtiendo en un círculo vicioso, en un cuadro de “patología dual”, p. ej. un ansioso/depresivo solitario y drogadicto. (Los psicofármacos -en este caso, los "ansiolíticos"- lo alivian y contrarrestan, pero también pueden convertirse en otro tipo de drogas adictivas -fármacodependientes- y, a la larga, perjudiciales.) 
Finalmente, está aquella ansiedad que tiene que ver con "el ser en el tiempo": ese oscuro vacío que succiona el pecho por dentro cuando se observa al pasado con nostalgia y/o culpa, y al futuro con incertidumbre e inseguridad (y tedio); es decir, cuando el presente resulta un vacío y entonces es como estar ausente o no estar, llegar a sentirse ajeno a uno mismo, o sea enajenado. La ansiedad-ausencia (o "la nada existencial") a veces incluye ciertas "alucinaciones" (ideales, auditivas y/o visuales), es decir "locura", sobre todo en condiciones de encierro; el cual, no es estrictamente necesario que tenga lugar en un psiquiátrico propiamente tal, sino que, en esta sociedad carcelaria donde algunos edificios multifamiliares a veces parecen panópticos habitacionales, puede darse incluso en la propia casa, donde la habitación se vuelve una especie de celda, un “cubo” mental de aislamiento-ensimismamiento-autohundimiento. Peor si estás sin empleo y sin dinero para salir a la calle: más ansiedad. Mierda.
Frente a todo eso, los autores del artículo plantean identificar, criticar y combatir las causas y no los efectos de la ansiedad, es decir las condiciones capitalistas de producción y de existencia, por lo tanto, hacerlo mediante la lucha de clase por la revolución social entendida como transformación de nuestra vida cotidiana. "El revolucionario es -dicen-, sencillamente, alguien que comprende por qué se encuentra incómodo en este mundo, alguien que quiere acabar con esa situación enfrentándose con las causas y no simplemente parcheando las consecuencias. El revolucionario no es un mártir, es alguien que prefiere luchar para vivir que sobrevivir vegetando en cualquier rincón. El revolucionario siente pasión por la vida y por eso acaba aburriéndose de los sucedáneos de vitalidad que ofrece el sistema para mantenernos como zombis resignados." 
Lo cual ciertamente es una tensión, una lucha permanente o, al menos, latente, con uno mismo y con el mundo. Porque mientras siga existiendo el sistema de trabajo asalariado y por lo tanto la condición proletaria-precaria, indefectiblemente seguirá existiendo ansiedad en este mundo de mercancías y no de seres humanos, en esta sociedad del trabajo y del dinero; así como también, al mismo tiempo, seguirá existiendo la lucha –individual y colectiva- por salir de ese "rincón" sombrío y enfrentar la vida con todas sus contradicciones y conflictos, porque la vida es lucha y -como dicen unas bellas niñas- “es de colores”.
El artículo salió en “Adrenalina” nro. 5 y luego en Comunismo nro. 54 (febrero 2006). Gracias a los amigos de Materiales por compartirme la transcripción revisada y corregida del mismo, que es la que aquí publico.  

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ANSIEDAD

Nerviosismo, inquietud, inseguridad, angustia..., ansiedad. Son distintas formas de describir estados en los que nos encontramos a menudo. Se pueden manifestar en forma de tensión, falla de concentración, dificultad para tomar decisiones, sensación de pérdida del control sobre nuestra propia vida... También puede aparecer como palpitaciones, mareo, sequedad en la boca, movimientos torpes o sin una finalidad concreta, evitación de situaciones, etc.
La ansiedad es una reacción emocional ante una amenaza o peligro y es útil porque nos prepara para afrontarlos. Las condiciones de vida en que nos desenvolvemos marcan de manera decisiva nuestros estados de ánimo y, estos a su vez, influyen en la relación que tenemos con nuestro entorno. Conseguir los medios necesarios para vivir nos obliga a vender gran parte de nuestro tiempo y esfuerzo.

RECURSOS (para explotar) HUMANOS

Así es como se llama en el mundo empresarial al departamento, sección o responsable encargado de conseguir que el empresario saque mayor beneficio de la explotación de los trabajadores, para que nos expriman más y mejor.
Entre sus funciones está la de elegir a quién se contrata y a quién no, la de señalar a quién se debe renovar y a quién despedir, la de evaluar a cada trabajador para decidir sobre su futuro, la de establecer a quién y cómo se dan los incentivos, la de elaborar planes de formación que faciliten la introducción de las nuevas tecnologías, la de hacer que el trabajador identifique sus intereses con los de la empresa, la de servir de pantalla protectora de la directiva en momentos de conflictividad laboral, la de informar a la dirección del clima existente y la de hacer cumplir las órdenes de ésta a los trabajadores. Si en los años ‘40 el jefe de personal era un administrativo “de confianza” del director o un ex-militar, la evolución de la estructura y del funcionamiento empresarial ha hecho que quienes componen este departamento hoy sean psicólogos, trabajadores sociales y abogados. Así mismo se han separado las funciones de recursos humanos (rr.hh.) de las de relaciones laborales y estas últimas se ocupan ahora de los asuntos administrativos y de las reclamaciones de los trabajadores. También se tiende actualmente a la descentralización del departamento y su descarga en los jefes de línea; así como a un funcionamiento como suministrador de servicios a la empresa cuyo producto es la mejor explotación de la mercancía más importante: las personas.
La creciente importancia de la dirección de rr.hh. se debe al contexto cambiante en que se mueven las empresas y su continua necesidad de adaptación se debe a la introducción de nuevas tecnologías, a los cambios en la organización interna de la empresa, a la aparición de nuevas leyes, pero sobre todo se debe a que se dan las condiciones para un recrudecimiento del enfrentamiento entre empleadores y empleados. Cuando los empresarios prevén una época de conflictividad es cuando el departamento de rr.hh. toma verdadera importancia pactando con los líderes sindicales a espaldas de los trabajadores, chantajeando, reprimiendo o despidiendo a los menos domesticados.
La relación con el mundo laboral es la responsable de muchas de nuestras tensiones cotidianas, no hay más que mirar a nuestro alrededor para observar las consecuencias: dificultades para relacionarnos, actitudes autodestructivas, búsqueda de chivos expiatorios, etc.
Las salidas falsas que se nos ofrecen al trabajo asalariado (autoempleo, “cooperativismo”, supervivencia a base de robo o subsidios) no son más que maneras distintas de sobrevivir que en muchos casos, solo contribuyen a empeorar nuestra frágil estabilidad emocional. Así pues, queramos disfrazarlo o no, estamos obligados a relacionamos con el mercado laboral a lo largo de casi toda nuestra vida.
Los cambios que se están produciendo en la forma en que se desarrolla el trabajo asalariado nos influyen directamente, no solo en el momento de trabajar sino en toda nuestra vida. La palabra que mejor define la relación que hoy tenemos con el trabajo es la de inseguridad.
Inseguridad a la hora de conseguir un empleo, inseguridad una vez que lo hemos conseguido por la posibilidad de perderlo cuando quiera el jefe (sin consecuencia ninguna), inseguridad cuando estamos trabajando porque se nos puede cambiar de puesto (de contenido de trabajo) en cualquier momento; inseguridad en los ingresos que pueden variar a gusto del patrón en cualquier momento. El resultado es que vivimos en un estado de permanente incertidumbre, en el cual de un día para otro, por circunstancias ajenas a nosotros, nuestra vida puede dar un vuelco (siempre a peor, claro) a causa de la relación que estamos obligados a mantener con el trabajo asalariado.
El mismo proceso de transformación del mercado laboral ha hecho que el colectivo de trabajadores asalariados quede fragmentado a su vez en varios subgrupos por las condiciones en que se desarrolla nuestra explotación. Hay quienes mantienen seguro su puesto porque al capital le conviene de momento que así sea, hay quienes pierden poco a poco esa seguridad porque son cada vez mas prescindibles, estamos quienes nos movemos en las relaciones laborales totalmente inciertas e inseguras, y están también quienes directamente han sido excluidos del mundo laboral a su pesar y sin posibilidad de conseguir los medios básicos de supervivencia.
En este contexto de fraccionamiento laboral y de debilidad de la conciencia de pertenencia a una misma clase, la trabajadora, el apoyo mutuo escasea. Sólo las luchas y los choques con quienes nos explotan pueden hacer resurgir la solidaridad entre explotados. Mientras tanto, la sensación de soledad y de indefensión contribuyen todavía más a aumentar nuestra ansiedad. A esto hay que añadir las condiciones en las que trabajamos y la presión calculada a la que nos someten nuestros empleadores para extraer lo máximo de nosotros.
La frustración que implica vernos obligados a bloquear nuestros propios deseos y necesidades por la urgencia de mantener, por un poco de tiempo más, nuestro empleo temporal añade todavía más angustia a nuestra existencia.
El resultado de todas estas tensiones supone habitualmente un desgaste lento que va socavándonos poco a poco. Desgaste que mina nuestra seguridad en nosotros mismos, que nos hace sentirnos insignificantes frente a nuestros explotadores y que, muchas veces, hace que nos sintamos responsables de situaciones que no hemos elegido. Un desgaste que puede acabar convirtiéndonos en vegetales deseosos de que toda esta pesadilla acabe cuanto antes, mientras “descansamos” viendo caricaturas de nosotros mismos en el programa televisivo de moda.
Cuando reconocemos la ansiedad en nuestra vida reaccionamos automáticamente, es natural. Sin embargo, muchas veces, esta reacción no solo no nos alivia, sino que nos confunde todavía más y contribuye a la perpetuación de la situación miserable.
Gran parte de estas reacciones vienen dictadas por creencias que nos han inculcado y no hemos sabido o querido cuestionar. Creencias dictadas en muchos casos por los mismos que quieren mantenernos como explotados inofensivos y obedientes. Creencias útiles para confundirnos y empujaron a aceptar con resignación nuestra condición de esclavos. Creencias y hábitos que deberíamos destruir para afrontar de forma realista la situación en la que vivimos.
Asumir el papel de víctima es una de estas imposiciones. Desde todos los ámbitos se refuerza esta idea. Y, en parte, es cierto que somos víctimas de un sistema que se sostiene sobre nuestra explotación de la mayoría para el beneficio de unos pocos. Pero esto es solo una porción de la realidad. Tenemos también parte de responsabilidad en que esto siga siendo así, mantenernos en el papel de víctimas contribuye a aumentar nuestra impotencia y confusión. Solo luchando contra los que se benefician de nuestra situación sentaremos las bases para acabar con la explotación.
Desarrollar nuestra capacidad para analizar las razones que nos mantienen sometidos, es el primer paso para salir de la fosa victimista. Asumir que tenemos capacidad para intervenir en el presente y defender nuestra dignidad enfrentándonos a nuestros amos, es el siguiente.
Otra reacción ante la ansiedad es culpabilizarnos de nuestra propia situación asumiendo que somos los responsables exclusivos de todo lo que nos pasa. En este sentido va dirigida la propaganda institucional que trata de descargar en nosotros la responsabilidad por nuestras condiciones de vida. También desde la propaganda del sistema se nos anima a que busquemos culpables de nuestras miserias entre gente cercana (familiares, inmigrantes, vecinos, etc.) En uno y otro caso de lo que se trata es que no salgan a la luz las verdaderas relaciones de explotación, que no distingamos a nuestros verdaderos enemigos y que no empecemos a actuar de forma consecuente con esta realidad.
En la búsqueda de cierta seguridad es fácil caer en la tentación de aferrarse a ideologías, dogmas, sectas, religiones, patriotismos de cualquier color o incluso al culto al trabajo, lo que nos hace hundirnos un poco más.
Siempre que nos sentimos amenazados de alguna manera, a la ansiedad le suele acompañar un impulso destructivo. Este es una consecuencia natural de nuestra situación. Es necesario aceptarlo como algo útil que nos suministra energía y motivación para afrontar las amenazas y para satisfacer nuestras necesidades. Además es un detector infalible que nos avisa  cuando nuestras necesidades están amenazadas o en peligro.
La destrucción, nuestra capacidad destructiva, nos da miedo por dos razones sobretodo:
Primero, porque implica la negación de todo lo que nos han enseñado respecto a nuestra finalidad en este mundo. Un mundo dominado por la ideología capitalista, por el culto a la cantidad y a la adquisición. Una sociedad basada en la acumulación debe necesariamente fomentar el rechazo sobre su contraria: la destrucción llevada a cabo por los que tenemos poco o nada que perder, y que ésta se desarrolle en el plano físico o de la ideas.
En segundo lugar, nuestra capacidad destructiva, nos asusta porque no podemos separarla de nosotros mismos; mientras la acumulación puede escindirse de uno (se acumulan discos, libros, etc.) la destrucción va asociada inseparablemente a quien la practica. La destrucción no es un concepto o pensamiento metafísico, implica actividad física y mental a la vez. Al destruir el individuo se arriesga a destruirse a sí mismo en el intento (o al menos a poner en peligro su tranquilidad socio-domestica).
Se hace necesario, por todo esto, aceptar nuestra capacidad destructiva como algo útil y natural. Se hace necesario también aprender a canalizarla correctamente. A dirigirla contra la fuente real de nuestras miserias. No hacerlo implica que suframos estallidos periódicos de ira fuera de contexto contra alguien que no tiene por qué ser responsable de nuestra situación o contra nosotros mismos en forma de actitudes autodestructivas.
El miedo a la muerte, más o menos camuflado, está presente no solo en relación a la destrucción sino también en otros ámbitos de nuestra vida. Históricamente el poder lo ha usado como herramienta de dominio. La religión hace del miedo a la muerte un instrumento para controlar a los feligreses. La democracia capitalista, cuyos mandamientos se imponen en forma de leyes, usa la muerte legal (la cárcel) como una importante herramienta de control. A la vez promociona actitudes ante la vida que son claramente perpetuadoras del sistema. Las actitudes de tipo cristiano en las que la vida es un lugar donde se deben hacer méritos, en forma de resignación y sufrimiento, para “la otra vida” se añaden a las actitudes de tipo instintivo, en las que la vida es un “matar el rato”, un rumiar pasivo de sensaciones esperando la muerte; o el tipo hedonista, promocionado por las marcas comerciales, en el que se habla lo menos posible de “problemas” y se pretende centrar la existencia en una danza entre el dolor y el placer, con algún estimulante de por medio en forma de producto de moda en el mercado.
Frente a este vivir insípido, solo cabe una actitud, la de tomar las riendas de la propia vida y darle un sentido que la eleve por encima de la supervivencia. Observar la realidad que nos rodea, desafiando las creencias que nos han inculcado, tomar conciencias de las razones por las cuales nos encontramos en la situación que nos encontramos, darnos cuenta de nuestra capacidad para intervenir en nuestro entorno, comprobar que no somos los únicos en esta situación y actuar en consecuencia.

Comprender la realidad que nos rodea, sin dejarnos manipular por la ideología capitalista o por cualquier otra forma de pensamiento fosilizado, es un paso imprescindible da cara a intervenir en nuestro entorno. Dotarnos de los medios teóricos implica analizar la dinámica de los acontecimientos, la evolución de la economía y comparar nuestra situación con otras similares en otros lugares o en el pasado. Cualquiera que quiera desarrollar el enfrentamiento con quienes nos mantienen sometidos necesita hacer un esfuerzo por entender el sentido de los acontecimientos actuales y descubrir en ellos las fuerzas en movimiento que se necesitará impulsar o combatir.
La comprensión del mundo que nos rodea debe hacer visibles a quienes se esnifan nuestra sangre día a día. Cada hora que perdemos haciendo que el empresario se forre, cada hora que perdemos esperando la cola de la oficina de empleo, cada hora que perdemos en el transporte que nos lleva al curro, nuestros enemigos disfrutan de los beneficios que les reporta la situación actual. Por ello el enfrentamiento con el enemigo tiene que ser permanente, para ello se le debe conocer, aprender cómo actúa, cuáles son sus puntos débiles e incidir sobre ellos.
Parte de nuestro esfuerzo tiene que encaminarse a señalar a nuestros enemigos, hacer públicas sus actividades y su implicación en el aparato que nos exprime. Quien quiera acabar con este modelo social debe entender la destrucción como una herramienta básica. Destrucción de los pilares ideológicos sobre los que se sostiene hoy el capitalismo; destrucción de las creencias que nos impiden actuar eficazmente y nos dificultan las relaciones con nuestro entorno; destrucción de todo lo que nos mantiene sometidos. Nuestra creatividad tiene que ser una herramienta para amplificar nuestra capacidad destructiva.
Es necesario plantearnos cómo queremos intervenir y desarrollar proyectos reales que hagan visible en nuestro entorno la existencia de un rechazo total al sistema capitalista.
Es necesario acabar con la imagen estereotipada del revolucionario como una especie de misionero evangelista (que tanto se lían empeñado en practicar los intelectuales izquierdistas y los gurús de diversas ideologías “salvadoras”); es necesario acabar con los misioneros de todo tipo. El revolucionario es, sencillamente, alguien que comprende por qué se encuentra incómodo en este mundo, alguien que quiere acabar con esa situación enfrentándose con las causas y no simplemente parcheando las consecuencias. El revolucionario no es un mártir, es alguien que prefiere luchar para vivir que sobrevivir vegetando en cualquier rincón. El revolucionario siente pasión por la vida y por eso acaba aburriéndose de los sucedáneos de vitalidad que ofrece el sistema para mantenernos como zombis resignados.
Gran parte de la angustia y las tensiones con las que convivimos son consecuencia directa de nuestra relación con el mundo laboral. Los ansiolíticos reformistas en forma de apaños socialdemócratas no van a terminar con las causas de nuestro mal. Solo el enfrentamiento directo con el sistema capitalista y sus defensores puede sentar las bases para la transformación real de nuestra vida cotidiana.

“NO PODEMOS VIVIR ETERNAMENTE RODEADOS DE MUERTOS Y DE MUERTE Y SI TODAVÍA QUEDAN PREJUICIOS HAY QUE DESTRUIRLOS...   (NO PUEDE  UNO) ENCERRARSE COBARDEMENTE EN UN TEXTO, UN LIBRO, UNA REVISTA DE LOS QUE YA NUNCA MAS SALDRÁ,   SINO AL CONTRARIO, SALIR FUERA PARA SACUDIR, PARA ATACAR   (...) SI NO ¿PARA QUÉ SIRVE?”
ANTONIN ARTAUD