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viernes, 16 de abril de 2021

Breve psicología de masas del triunfo electoral del banquero Lasso en la hacienda Ecuador

El banquero ladrón del feriado bancario de 1999 y apoyador de la brutal represión estatal de la revuelta de octubre de 2019, Guillermo Lasso, fue elegido democráticamente como nuevo presidente de esta hacienda capitalista llamada Ecuador, el pasado domingo 11 de abril del 2021. Si bien el porcentaje del ausentismo electoral y del voto nulo fueron "récord"[*] y el porcentaje de Arauz fue considerable, las masas votaron mayoritariamente por Lasso el banquero, el burgués, el explotador, el enemigo de clase, más por trauma y odio al correísmo (gobierno explotador, corrupto y represor, igual que todo gobierno) que por el programa político del candidato de la derecha empresarial tradicional. Las masas de este país, pues, sufren -¿o gozan?- de amnesia histórica (tanto del feriado bancario de 1999 como de la revuelta de octubre de 2019); quieren trabajar y trabajar para consumir hasta morir (aunque hacer esto ahora sea objetivamente más difícil, dado el alto índice de desempleo y subempleo existente); odian a su antiguo amo, patrón y padre autoritario (Correa, el "socialista del siglo XXI" igual de ladrón, mentiroso y represor que cualquier otro capitalista en el poder), pero en cambio quieren un nuevo amo, patrón y padre autoritario (Lasso, el banquero ladrón, socio de la mafia socialcristiana, neoliberal y proimperialista); y también quieren ser como él o al menos parecérsele, porque es "trabajador, emprendedor y exitoso" y porque busca "la paz social y el progreso". En fin, dado que "el Estado es el resumen oficial de la sociedad" (Marx, carta a Pavel Annenkov) y no un ente separado de ella, psicosocialmente hablando el triunfo de Lasso en estas tierras representa el lado esquizofrénico y masoquista del deseo gregario en un contexto predominantemente contrarrevolucionario y, más concretamente, de crisis, pandemia y contra-revuelta. (Este tipo de contexto es, de hecho, la base material que explica el porqué de este tipo de psicología de masas.) O también, representa los azotes de la dictadura burguesa llamada democracia resonando sobre las espaldas de la clase trabajadora derrotada y ciudadanizada, domesticada, con patriótico y religioso autoflagelo incluido, tal como en una procesión de semana santa. Por cierto, en las masas está incluida -aunque lo niegue- la mal llamada "clase media", que en realidad es clase trabajadora con título profesional, con empleo pero que vive a punta de crédito y deudas, imbuida de arribismo, conservadurismo, esquizofrenia tapiñada y siglos de colonialidad. Así de enferma se encuentra la sociedad capitalista en esta parcela del planeta: la democracia en la cual las masas este domingo acaban de elegir como su presidente a un banquero que ya les robó y les dejó en la calle años atrás, es la misma democracia en la cual hace apenas más de un mes se dio la masacre dentro de las cárceles (lumpenproletarios matándose entre sí por orden de sus lumpenburgueses) y sus videos gore circulando en redes sociales junto con comentarios fascistas por parte de ciudadanos de bien (quienes de seguro también votaron por Lasso).

 ¿Será que las masas reaccionan con una nueva revuelta cuando el banquero las haga más mierda otra vez, a punta de privatizaciones, flexibilizaciones, paquetazos y hasta con nuevo feriado bancario y nueva oleada migratoria al extranjero? ¿A punta de terror de Estado cuando estallen nuevas protestas en las calles? (¿O será que desearán incluso algo peor, como una dictadura militar, tal como hace dos años lo desearon las masas en Brasil, por lo cual -entre otras razones- ganó democráticamente Bolsonaro? Cuidado con el lado perverso del deseo gregario...) Medidas antiproletarias todas éstas que no dependen de la ideología y la política económica de tal o cual gobierno en particular, sino que es lo que la actual crisis capitalista internacional le exige hacer a todo gobierno en general (si hubiese ganado Arauz, tarde o temprano tendría que hacer lo mismo, como lo hizo Correa). Pero la respuesta proletaria contra tales medidas también existe, como lo demostraron las revueltas del 2019. Y el FMI prevé una nueva oleada internacional de estallidos sociales para el 2022. Entonces ¿Octubre volverá, y recargado? Hasta que eso pase -si es que pasa-, a las masas nos toca seguir sobreviviendo en cada vez peores condiciones, tanto material como psíquicamente hablando. (Esto es más realista que una "ofensiva popular contra el neoliberalismo", como salieron a decir algunas organizaciones de izquierda no electoral el mismo domingo.) Pero aun así, este domingo las masas votaron por el banquero Lasso, como diciendo "te odio Correa y me vengo de tí simbólicamente votando por Lasso" y, al mismo tiempo, "pegue no más, patroncito", mejor dicho, "robe no más, banquerito" (los bancos nos roban todos los días en cada transacción), siga no más robando y gobernando (Lasso ha sido parte del gobierno de Mahuad y de Moreno), como si les “valiera verga” la vida o como si quisieran morirse de una vez (de coronavirus, de depresión o de hambre, pero morirse) o en, su defecto, creyendo que un banquero puede ser “Papá Noel” o “Jesucristo, Nuestro Salvador”… Asesinato simbólico del padre, síndrome de abandono, complejo de Electra, síndrome de Estocolmo, esquizofrenia, masoquismo, pulsión de muerte, deseo enajenado, idealización y paternalismo/clientelismo en un solo acto masivo, mejor dicho, de rebaño... Siga no más robando y pegando estos cuatro años siguientes, “taita amo patrón” Lasso, hasta que, como cuando se vira la tortilla, después de que el presidente banquero haya robado millones y millones de dólares a costa del trabajo ajeno y el sufrimiento de millones y millones de trabajadores y sus familias -creer que no lo va a hacer es como pedirle a la araña que no se coma a las moscas-, la misma gente ya no lo soporte en su bolsillo, su barriga, su garganta y su cabeza. Porque algún rato la explotación y la opresión es algo que se siente en el cuerpo (social) y éste reacciona. La historia reciente -feriado bancario de 1999 y revuelta proletaria del 2000- nos dice que ese es un escenario posible, por aquello de que "la historia se repite dos veces: una como tragedia y otra como farsa" (Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte), o viceversa. Al parecer, "la pedagogía de la praxis" de las masas también incluye aquello de que "la letra con sangre entra", y en varios "rounds" o ciclos históricos. Así como también incluye la necesaria autocrítica despiadada, como el presente texto.

 No idealicemos, romanticemos, infantilicemos ni victimicemos al proletariado o al "pueblo". Las masas también se equivocan y aprenden de los errores, en carne propia y con cabeza propia, así sea después de muchos años o varias generaciones. Se equivocaron al sentarse a negociar en la revuelta de octubre de 2019 y se equivocaron al participar en elecciones presidenciales este año. Y esto es algo que hay que asumirlo y "trabajarlo", criticarlo y superarlo, asimismo en carne propia y con cabeza propia. Negarlo sólo reproduce y prolonga el problema de fondo: la capacidad de autoemancipación de las masas proletarias -que no en vano son la aplastante mayoría de la sociedad- boicoteada por su propia capacidad de autoenajenación y auto-opresión, en determinadas condiciones materiales históricas y sociales. Problema cuyas condiciones son detentadas y ejercidas por la burguesía en tanto clase dominante, porque debajo de sí tiene una clase dominada que le permite ser tal. Como en toda relación de poder, si hay un dominante es porque hay un dominado. Si hay un explotador es porque hay un explotado. Por eso mismo, donde hay dominación hay resistencia, donde hay explotación hay conflicto, donde hay miseria hay rebelión. Los dos polos de esta conflictiva relación de clase se implican, se reproducen y dependen mutuamente. Capital y Trabajo, y sus personificaciones sociales: burguesía y proletariado, conforman una unidad o totalidad social concreta, histórica y cotidiana, como en la relación amo-esclavo. (Relación que, políticamente y sobre todo en coyunturas electorales, se traduce en una bidireccional e insana relación paternalista/clientelar. Ejemplo concreto: el banquero Lasso ofreciendo trabajo y regalando alimentos en barrios populares y comunidades indígenas, a cambio de votos. Así como también hubo, por el contrario, unos pocos barrios y comunidades que lo rechazaron incluso a piedrazos.) Por lo tanto, no se puede abolir el uno sin abolir el otro y, más concretamente, no se trata de "liberar al Trabajo" sino de liberarse del Trabajo para liberarse del Capital y del Estado. Por lo tanto, la revolución social no consiste en "la toma del poder" ni en "la autogestión" de la sociedad capitalista por parte del proletariado o la clase trabajadora, sino, por el contrario, en la autoabolición del proletariado, entendido como la contradicción viviente que sostiene y motoriza a toda esta sociedad burguesa. Porque la lucha de clases es el motor dialéctico del desarrollo, la crisis, la reestructuración y también de la posible destrucción/superación revolucionaria del capitalismo. Y, sobre todo, porque abolido el esclavo -el proletariado-, abolido el amo -la burguesía-; es decir, porque así quedaría abolida la relación de clase y, sobre esta base pero de manera inseparable, quedaría abolida también toda otra forma de opresión y explotación actual (de sexo, género, "raza", nacionalidad, edad, especie, etc.). Lo cual implica y exige necesariamente -junto con la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción y distribución, de la producción mercantil y del Estado- la autocrítica y autotransformación integral de la humanidad proletarizada en el sinuoso y tortuoso camino de la lucha por sus necesidades materiales y vitales contra las necesidades fetichistas y psicópatas de explotación y acumulación por parte del Capital y su Estado; esto es, la autocrítica y la autotransformacion del -heterogéneo y dividido- proletariado al calor de la misma lucha de clases y la revolución social. Sin lo cual, no es posible su autoemancipación y su autoabolición, es decir no es posible la revolución. Este tipo de autocrítica es, de hecho, parte de no idealizar y no victimizar al proletariado, sino de recordarnos que somos responsables y capaces de nuestra propia emancipación, así esto nos "cueste" generaciones.

 Entonces, que el catastrófico desarrollo del capitalismo y la lucha de clases real hagan lo que tengan que hacer, para ver si así las masas proletarias dejan de pelear por los intereses de sus patrones y amos de derecha y de izquierda por igual, dejando a la par de creer en salvadores y representantes de todo tipo; y empiezan de nuevo a confiar sólo en sus propias fuerzas para producir y controlar sus propias vidas, sin necesidad de Estado ni de mercado, de jefes ni de intermediarios económicos ni políticos, mediante su autoorganización asamblearia y territorial que se haga cargo de, y transforme en la marcha, todos los asuntos de la vida cotidiana de las masas. Las revueltas, insurrecciones y comunas proletarias de hace dos años en todas partes demostraron que esto sí es posible. Reiteramos: sólo el mismo desarrollo catastrófico del capitalismo y la lucha de clases real pueden producir tales condiciones y situaciones. Porque, histórica y estructuralmente hablando, el capitalismo contiene contradicciones mortales y produce su propio sepulturero. Y porque el comunismo no es una ideología ni una utopía, mucho menos ese capitalismo de Estado que fue la URSS y China, sino "el movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual" (Marx, La Ideología Alemana), el movimiento práctico que tensiona y subvierte las condiciones existentes. La "conciencia de clase", actuando como fuerza material social, es consecuencia y no causa de ello, contrario a lo que piensan, dicen y hacen las variopintas vanguardias iluminadas y "concientizadoras" de izquierdas, que en realidad también luchan por ser los nuevos representantes, organizadores y jefes de sus "liberados". Por su parte y por el contrario, la autodeterminación y la autorregulación colectiva e individual son características de un organismo social sano -entendiendo por sano lo desalienado o lo libre de alienación-: la comunidad material de los individuos libremente asociados o el comunismo en anarquía; más aún si proviene espontánea, caótica, contradictoria e impuramente del antagonismo, la ruptura y la autoliberación de un organismo social vivo pero putrefacto como lo es este sistema de enajenación, explotación, dominación y muerte. La nueva sociedad sin clases ni Estados sólo puede ser el resultado de este movimiento social de carácter contradictorio e impuro, histórico e internacional, impersonal y anónimo. Decimos impersonal y anónimo, ya que el movimiento revolucionario del proletariado es el movimiento de los nadies y los sin nada que perder que lo queremos todo para disfrutarlo en común porque, a fin de cuentas, "todo es de todos": sí, el proletariado ha producido todo lo que existe y, por tanto, todo debería pertenecerle y ser para su disfrute... Sin duda, todavía estamos lejos de la revolución social que acabe con el capitalismo y la sociedad de clases. Pero, al mismo tiempo y dialécticamente, sólo la lucha de clases real y su devenir es el camino para ello y quien tiene la última palabra. Sí, el proceso y el devenir de la lucha de clases real es lo esencial y lo determinante en la historia. Hasta entonces, a las masas nos toca seguir luchando por la sobrevivencia diaria en cada vez peores condiciones. Lo cual, desde luego, es y será una bomba psicosocial de tiempo cuyo desenlace es incierto.

Nota bene: La única manera de realmente comprender y transformar la realidad es aceptarla tal cual es y no como creemos ni como quisiéramos que fuera. El principio de realidad o de inmanencia es revolucionario, por más que sorprenda, perturbe, escandalice, incomode, moleste, choque y/o duela. (Dos ejemplos: el lado perverso y la fuerza material del deseo gregario, así como también la capacidad de autoemancipación integral de las masas y los individuos.) En este último caso, es un dolor que libera del autoengaño. La psicología de masas, iniciada por el psicoanalista anarquista Otto Gross y el freudomarxista Wilhelm Reich, forma parte de este horizonte-camino revolucionario y, por lo mismo, marginal y a contracorriente, más aún en estos tiempos y en estas tierras. Lo cual, sin embargo, no impide que unos proletarios lo reivindiquemos, lo sostengamos y lo comuniquemos al resto de proletarios -de esta y de nuevas generaciones- para su reflexión, discusión y acción autoemancipatoria. 


Locura Proletaria
Quito, abril de 2021
 

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[*]  Sobre el porcentaje "récord" del voto nulo y del ausentismo en las recientes elecciones presidenciales de la hacienda Ecuador, huelga decir que, si bien es un síntoma de malestar frente a la farsa electoral e incluso frente al orden establecido, no es garantía de que ese malestar se esté (auto)politizando en una dirección revolucionaria, es decir en una dirección comunista y anárquica de masas. Ni siquiera en la revuelta de octubre de 2019 fue así. Peor ahora. Para nada. Las masas siguen luchando a diario por su sobrevivencia material y psíquica en cada vez peores condiciones; pero, al mismo tiempo, siguen creyendo en representantes y salvadores de todo tipo, es decir siguen engordando a su autoenajenación y su auto-opresión en beneficio de la clase dominante. 
Algunos conocidos de izquierdas dicen, con ingenuidad y optimismo, que es decidor, positivo y esperanzador que "un tercio de la población" de esta hacienda capitalista no haya votado por Lasso ni por Arauz... pero igual votó. Incluso dicen que esto es un "rechazo de las elecciones burguesas" y que "el voto nulo se está organizando en los sectores populares". Falso. El voto, aunque sea nulo, sigue siendo voto, el acto democrático y ciudadano por excelencia. El voto nulo no rompe ni desborda las reglas de juego de la dictadura de la burguesía y su Estado llamada democracia; al contrario, las reproduce, en este caso, "desde abajo y a la izquierda". Con y sin voto nulo, con y sin elecciones, el Estado democrático burgués sigue siendo el monopolio de la decisión y la dictadura de los ricos sobre los pobres. 
La realidad aquí y ahora es que, en un contexto de crisis, pandemia y contra-revuelta, el proletariado está derrotado, ciudadanizado, domesticado y sigue brillando por su ausencia en tanto sujeto autónomo, antagonista y revolucionario, por más que haya organizaciones-vanguardias de izquierda que "se saquen la madre" haciendo "trabajo de base" y de "concientización", para llegar a ser sus nuevos "libertadores" y opresores de izquierda, imitando ese capitalismo de Estado del siglo XX mal llamado "comunismo". Porque no se trata de cambiar de amo, sino de dejar de tenerlo, recuperando el control sobre nuestras vidas y las condiciones que las hacen posibles. La emancipación de los trabajadores -mediante la autoorganización, la acción directa, la solidaridad, la insurrección y la comunización- será obra de los propios trabajadores o no será obra de nadie. 
Por lo tanto, no hay que hacerse falsas expectativas con ese "tercio de la población" que democrática y ciudadanamente votó nulo y que no votó, ni mucho menos con los otros dos tercios de la población que democrática y ciudadanamente votaron por el correísta Arauz y por el banquero Lasso -ahora presidente-, por más que choque y duela admitir esta cruda y adversa realidad. Las masas están luchando a diario por la sobrevivencia alienada, no por la revuelta ni menos por la revolución (no en vano Lasso representa al "empleador" que "nos va a dar trabajo"). La revolución está en otra parte y todavía está lejos, por más que hoy sea más necesaria que nunca. Desgarradora contradicción de este período histórico.
Sin embargo, el mismo desarrollo catastrófico del capitalismo y la lucha de clases real harán lo suyo para que ya no lo esté o, al menos, no tanto. En la historia se ha visto situaciones en que los látigos de la contrarrevolución hacen andar a los caballos de la revolución. Una dictadura democrática empresarial como la de Lasso sin duda será contrarrevolucionaria a tope. Y el FMI prevé una nueva oleada internacional de estallidos sociales para el 2022. Pero sólo la lucha de clases tiene la última palabra y, más concretamente, lo que la clase proletaria haga o no por su propia emancipación en tales situaciones. 

viernes, 24 de abril de 2020

Se viene una epidemia de trastornos de salud mental

Tomado de Psiquiatría.com
17 de abril de 2020

RESUMEN
Los médicos de Salud Mental avisan de que cuando pase la etapa más crítica del coronavirus llegará «otra epidemia»: la de las enfermedades psiquiátricas. «Las depresiones y otras patologías se multiplicarán por dos tras estas semanas», avanza José Manuel Montes, jefe de sección de psiquiatría en un hospital madrileño.
«Estos días se consume más alcohol y hay alteraciones en la alimentación. Se consumen más grasas, más azúcares rápidos… Las personas tienen ansiedad y se sufre el aislamiento social y físico que influye también en la salud mental»,  expone por su parte el doctor José Ángel Arbesú, miembro del comité de la Estrategia Nacional en Salud Mental del Ministerio de Sanidad.
Estos expertos señalan que el riesgo de enfermar es transversal: afectan tanto los contagiados que superen la enfermedad, como las familias de personas fallecidas por coronavirus, como los sanitarios y como la población en general que padecen serios problemas como la pérdida del trabajo. En un encuentro virtual de la Sociedad Española de Médicos de atención Primaria (SEMERGEN) indican además que un problema importante es el abuso de ansiolíticos y psicofármacos.
En este punto, José Manuel Montes subraya que es «la incertidumbre» lo que provocará esta «epidemia».  «Aunque tenemos pocos datos, sí que sabemos que después de estas situaciones de epidemias, de sufrimiento a nivel social, se multiplican por dos prácticamente los problemas de ansiedad y depresión», expone este experto.


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«El aislamiento total o parcial de nuestros seres queridos implica suspender los lazos afectivos que hacen a nuestras vidas. Esto no solo nos debilita emocionalmente, sino que también nos deja a merced de la extraña compañía de distintos dispositivos tecnológicos. Pantallas, táctiles o no, que nos bombardean con su sobreinformación y que median entre el mundo y nosotros, manteniéndonos en contacto solamente a través de la virtualidad. La inactividad del confinamiento nos conduce al agotamiento físico y por tanto también al agotamiento psicológico paulatino. Así mismo, la incertidumbre sobre el futuro y el pánico dominante nos agota emocionalmente lo cual también nos produce cansancio físico. Cabe recordar que en las guerras de las últimas décadas los muertos de posguerra, enfermos y suicidados, duplican a los caídos en enfrentamiento.» - Estamos en guerra. Boletín La Oveja Negra N° 69: Coronavirus y cuestión social. Abril 2020

sábado, 21 de marzo de 2020

El coronavirus como declaración de guerra

Santiago López Petit
19 de marzo de 2020


Por la mañana me lavo las manos a conciencia. Así consigo olvidar los ojos arrancados por la policía en Chile, Francia o Irak. Antes de comer, me vuelvo a lavar las manos con un buen desinfectante para olvidar a los migrantes amontonados en Lesbos. Y, por la noche, me lavo nuevamente las manos para olvidar que, en Yemen, cada diez minutos, muere un niño a causa de los bombardeos y del hambre. Así puedo conciliar el sueño. Lo que sucede es que no recuerdo por qué me lavo las manos tan a menudo ni cuando empecé a hacerlo. La radio y la televisión insisten en que se trata de una medida de autoprotección. Protegiéndome a mí mismo, protejo a los demás. Por la ventana entra el silencio de la calle desierta. Todo aquello que parecía imposible e inimaginable sucede en estos momentos. Escuelas cerradas, prohibición de salir de casa sin razón justificada, países enteros aislados. La vida cuotidiana ha volado por los aires y ya sólo queda el tiempo de la espera. Fue bonito oír ayer por la noche los aplausos que la gente dedicaba al personal sanitario desde sus balcones.
Permanecemos encerrados en el interior de una gran ficción con el objetivo de salvarnos la vida. Se llama movilización total y, paradoxalmente, su forma extrema es el confinamiento. “La mayor contribución que podemos hacer es ésta: no se reúnan, no provoquen caos”, afirmaba un importante dirigente del Partido Comunista Chino. Y un mosso que vigilaba ayer Igualada añadía: “Recuerde que, si entra en la ciudad, ya no podrá volver a salir”, mientras le comentaba a un compañero: “el miedo consigue lo que no consigue nadie más”. Pero la gente muere, ¿verdad? Sí, claro. Sucede, sin embargo, que la naturalización actual de la muerte cancela el pensamiento crítico. Algunos ilusos hasta creen en ese nosotros invocado por el mismo poder que declara el estado de alarma: “Este virus lo pararemos juntos”. Pero solamente van a trabajar y se exponen en el metro aquellos que necesitan el dinero imperiosamente.
Cada sociedad tiene sus propias enfermedades, y dichas enfermedades dicen la verdad acerca de esta sociedad. Se conoce demasiado bien la interrelación entre la agroindustria capitalista y la etiología de las epidemias recientes: el capitalismo desbocado produce el virus que él mismo reutiliza más tarde para controlarnos. Los efectos colaterales (despolitización, reestructuraciones, despidos, muertes, etc.) son esenciales para imponer un estado de excepción normalizado. El capitalismo es asesino, y esta afirmación no es consecuencia de ninguna afirmación conspiranoica. Se trata simplemente de su lógica de funcionamiento. Drones y controles policiales en las calles. El lenguaje militarizado recuerda el de los manuales de la contrainsurgencia: “En la guerra moderna, el enemigo es difícil de definir. El límite entre amigos y enemigos se halla en el interior mismo de la nación, en una misma ciudad, y en ocasiones dentro de la misma familia” (Biblioteca del Ejército de Colombia, Bogotá, 1963). Recuerden: la mejor vacuna es uno mismo. Esta coincidencia no es extraña, ya que la movilización total es sobre todo una guerra, y la mejor guerra —porque permanece invisible— es aquella que se libra en nombre de la vida. He aquí el engaño.
Si la movilización se despliega como una guerra contra la población es porque su único objetivo consiste en salvar el algoritmo de la vida, lo cual, por descontado, nada tiene que ver con nuestras vidas personales e irreductibles, que bien poco importan. La “mano invisible” del mercado ponía cada cosa en su sitio: asignaba recursos, determinaba precios y beneficios. Humillaba. Ara es la Vida, pero la Vida entendida como un algoritmo formado por secuencias ordenadas de pasos lógicos, la que se encarga de organizar la sociedad. Las habilidades necesarias para trabajar, aprender y ser un buen ciudadano se han unificado. Éste es el auténtico confinamiento en que estamos recluidos. Somos terminales del algoritmo de la Vida que organiza el mundo. Este confinamiento hace factible el Gran Confinamiento de las poblaciones que ya tiene lugar en China, Italia, etc. y que, poco a poco, se convertirá en una práctica habitual a causa de una naturaleza incontrolable. El Gobierno se reestataliza y la decisión política regresa a un primer plano. El neoliberalismo se pone descaradamente el vestido del Estado guerra. El capital tiene miedo. La incerteza y la inseguridad impugnan la necesidad del mismo Estado. La vida oscura y paroxística, aquello incalculable en su ambivalencia, escapa al algoritmo.

lunes, 16 de marzo de 2020

Contagio social: guerra de clases microbiológica en China – Chuang

Este artículo tiene el mérito de analizar y explicar en su totalidad y a profundidad las causas, características y consecuencias del actual "fenómeno coronavirus", ya que analiza y explica la articulación de la esfera económica (producción agroindustrial y mercado mundial) con la esfera biológica (epidemiología, microbiología y ecología); y la articulación de éstas, a su vez, con la esfera social (condiciones sociales materiales, reproducción de la vida cotidiana y lucha de clases), la esfera psicológica (pánico social y autorreflexión precaria) y la esfera política (intervención brutal y torpe del Estado en todas las esferas de la vida social, a través de la salud pública, los medios de comunicación, el transporte colectivo y la policía). Tomando en cuenta, además, en lo que a producción de plagas y epidemias sobre el proletariado se refiere, la geografía y la historia del sistema mundial capitalista, desde una perspectiva materialista y comunista radical.
Por eso se trata de un análisis total o integral de una realidad viva o en movimiento, que critica y supera tanto las "teorías de la conspiración" y el racismo anti-chino hoy en boga, como las teorías parciales y sesgadas que no articulan todas las esferas de la vida (desde los biologicistas hasta los economicistas), en especial las teorías que ignoran, no comprenden o de plano encubren las relaciones entre el coronavirus y el capitalismo y la lucha de clases en todos los aspectos de la existencia humana. En suma, este artículo científico del colectivo «Chuang» (publicado en inglés el mes pasado y traducido al español a inicios de este mes) es un análisis objetivo, riguroso, serio y completo (multifactorial) que critica y supera toda "explicación" ideológica sobre este fenómeno, sin perder la perspectiva de clase revolucionaria, y viceversa. Todo esto, desde China, la primera potencia mundial que cuando estornuda contagia al resto del planeta.
Texto clave en tiempos de pandemia, contagio, paranoia y control social, crisis, austeridad, revuelta y cuarentena; es decir, en tiempos de enfermedad generalizada y malestar social, mejor dicho, en tiempos en que el capitalismo se desnuda como la sociedad enferma, catastrófica, putrefacta y convulsa que en realidad es.
Es interesante anotar finalmente que, aparte de la cuarentena vista como una huelga de masas indirecta, pacífica e inconsciente, en algunos países (China, Italia, España, Brasil) en estos momentos ya están ocurriendo huelgas, motines y fugas masivas de algunos sectores de la humanidad proletarizada en defensa de su vida y en contra del estado de excepción sanitario que ha sido impuesto a nivel mundial; esto es, manifestaciones de la enfermedad usada como arma peligrosa y efectiva contra el mismo sistema capitalista que la produjo. (LP, Quito, marzo 2020)

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«El brote ha sido culpado incorrectamente de todo, desde la conspiración y/o la liberación accidental de una cepa de virus del Instituto de Virología de Wuhan —una afirmación dudosa difundida por los medios sociales, particularmente a través de publicaciones paranoicas en Facebook de Hong Kong y Taiwán, pero ahora impulsada por medios de comunicación conservadores e intereses militares en Occidente— hasta la propensión de los chinos a consumir tipos de alimentos «sucios» o «extraños», ya que el brote de virus está relacionado con murciélagos o serpientes vendidas en un «mercado mojado» semilegal especializado en vida silvestre y otros animales raros (aunque ésta no fue la fuente definitiva). Ambos temas principales exhiben el evidente belicismo y orientalismo común en los reportajes sobre China, y varios artículos han señalado este hecho básico. Pero incluso estas respuestas tienden a centrarse sólo en cuestiones de cómo se percibe el virus en la esfera cultural, dedicando mucho menos tiempo a indagar en la dinámica mucho más brutal que se oculta bajo el frenesí de los medios de comunicación.

Una variante un poco más compleja comprende al menos las consecuencias económicas, aunque exagera las posibles repercusiones políticas por efecto retórico. Aquí encontramos los sospechosos habituales, que van desde los políticos estándar matadragones bélicos hasta los que se aferran a la perla derramada del alto liberalismo: las agencias de prensa, desde la National Review hasta el New York Times, ya han insinuado que el brote puede provocar una «crisis de legitimidad» en el PCCh, a pesar de que apenas se percibe el olor de un levantamiento en el aire. Pero el núcleo de la verdad de estas predicciones está en su comprensión de las dimensiones económicas de la cuarentena, algo que difícilmente podría perderse en los periodistas con carteras de acciones más gruesas que sus cráneos. Porque el hecho es que, a pesar de la llamada del gobierno a aislarse, la gente puede verse pronto obligada a «reunirse» para atender las necesidades de la producción. Según las últimas estimaciones iniciales, la epidemia ya provocará que el PIB de China se reduzca a un 5 % este año, por debajo de su ya de por sí débil tasa de crecimiento del 6 % del año pasado, la más baja en tres décadas. Algunos analistas han dicho que el crecimiento en el primer trimestre podría disminuir en un 4 % o menos, y que esto podría desencadenar algún tipo de recesión mundial. Se ha planteado una pregunta impensable hasta ahora: ¿qué le sucede realmente a la economía mundial cuando el horno chino comienza a enfriarse?

Dentro de la propia China, la trayectoria final de este evento es difícil de predecir, pero el momento ya ha dado lugar a un raro proceso colectivo de cuestionamiento y aprendizaje de la sociedad. La epidemia ha infectado directamente a casi 80 000 personas (según la estimación más conservadora), pero ha supuesto una conmoción para la vida cotidiana bajo el capitalismo de 1 400 millones de personas, atrapadas en un momento de autorreflexión precaria. Este momento, aunque lleno de miedo, ha hecho que todos se hagan simultáneamente algunas preguntas profundas: ¿qué me sucederá a mí? ¿A mis hijos, a mi familia y a mis amigos? ¿Tendremos suficiente comida? ¿Me pagarán? ¿Pagaré la renta? ¿Quién es responsable de todo esto? De una manera extraña, la experiencia subjetiva es algo así como la de una huelga de masas, pero una que, en su carácter no-espontáneo, de arriba hacia abajo y, especialmente en su involuntaria hiperatomización, ilustra los enigmas básicos de nuestro propio presente político estrangulado de una manera tan clara como las verdaderas huelgas de masas del siglo anterior dilucidaron las contradicciones de su época. La cuarentena, entonces, es como una huelga vaciada de sus características comunales pero que es, sin embargo, capaz de provocar un profundo choque tanto en la psique como en la economía. Este hecho por sí solo la hace digna de reflexión.

[...] Por supuesto que el capitalismo es culpable, pero ¿cómo se interrelaciona exactamente la esfera socioeconómica con la biológica, y qué tipo de lecciones más profundas se podrían sacar de toda la experiencia?

En este sentido, el brote presenta dos oportunidades para la reflexión. En primer lugar, se trata de una apertura instructiva en la que podríamos examinar cuestiones sustanciales sobre la forma en que la producción capitalista se relaciona con el mundo no-humano a un nivel más fundamental: en resumen, el «mundo natural», incluidos sus sustratos microbiológicos, no puede entenderse sin referencia a la forma en que la sociedad organiza la producción (porque, de hecho, ambos no están separados). Al mismo tiempo, esto es un recordatorio de que el único comunismo que vale la pena nombrar es el que incluye el potencial de un naturalismo plenamente politizado. En segundo lugar, también podemos utilizar este momento de aislamiento para nuestro propio tipo de reflexión sobre el estado actual de la sociedad china. Algunas cosas sólo se aclaran cuando todo se detiene de forma inesperada, y una desaceleración de este tipo no puede evitar hacer visibles tensiones previamente ocultas. A continuación, pues, exploraremos estas dos cuestiones, mostrando no sólo cómo la acumulación capitalista produce tales plagas, sino también cómo el momento de la pandemia es en sí mismo un caso contradictorio de crisis política, que hace visibles a las personas los potenciales y las dependencias invisibles del mundo que les rodea, al tiempo que ofrece otra excusa más para la extensión creciente de los sistemas de control en la vida cotidiana.»

«[...] ¿Puede decirse que los mismos procesos económicos tienen alguna complicidad en este brote en particular?

La respuesta es sí, pero de una manera diferente. Una vez más, Wallace señala no una sino dos rutas principales por las que el capitalismo ayuda a gestar y desatar epidemias cada vez más mortales: la primera, esbozada anteriormente, es el caso directamente industrial, en el que los virus se gestan dentro de entornos industriales [hacinados, sucios y paupérrimos] que han sido totalmente subsumidos en la lógica capitalista. Pero el segundo es el caso indirecto, que tiene lugar a través de la expansión y extracción capitalista en el interior del país, donde virus hasta ahora desconocidos son esencialmente recogidos de poblaciones salvajes y distribuidos a lo largo de los circuitos mundiales de capital. Por supuesto, ambos no están totalmente separados, pero parece ser el segundo caso el que mejor describe la aparición de la epidemia actual. En este caso, el aumento de la demanda de los cuerpos de animales salvajes para el consumo, el uso médico o (como en el caso de los camellos y el MERS) una variedad de funciones culturalmente significativas construye nuevas cadenas mundiales de mercancías en bienes «salvajes». En otros, las cadenas de valor agroecológicas preexistentes se extienden simplemente a esferas anteriormente «salvajes», cambiando las ecologías locales y modificando la interfaz entre lo humano y lo no-humano. 

El propio Wallace es claro al respecto, explicando varias dinámicas que crean enfermedades peores a pesar de que los propios virus ya existen en entornos «naturales». La expansión de la producción industrial por sí sola «puede empujar a los alimentos silvestres cada vez más capitalizados hacia lo último del paisaje primario, desenterrando una mayor variedad de patógenos potencialmente protopandémicos». En otras palabras, a medida que la acumulación de capital subsume nuevos territorios, los animales serán empujados a zonas menos accesibles donde entrarán en contacto con cepas de enfermedades previamente aisladas, todo ello mientras que estos mismos animales se están convirtiendo en objetivos de la mercantilización ya que «incluso las especies de subsistencia más salvajes están siendo enlazadas en las cadenas de valor de la agricultura». De manera similar, esta expansión empuja a los humanos más cerca de estos animales y estos ambientes, lo que «puede aumentar la interfaz (y la propagación) entre las poblaciones silvestres no-humanas y la ruralidad recientemente urbanizada». Esto le da al virus más oportunidad y recursos para mutar de una manera que le permite infectar a los humanos, aumentando la probabilidad de una propagación biológica. La geografía de la industria en sí nunca ha sido tan limpiamente urbana o rural de todos modos, así como la agricultura industrial monopolizada hace uso tanto de las explotaciones agrícolas a gran escala como de las pequeñas: «en la pequeña propiedad de un contratista [una granja industrial] a lo largo de la orilla del bosque, un animal de alimentación puede atrapar un patógeno antes de ser enviado a una planta de procesamiento en el anillo exterior de una gran ciudad. 

El hecho es que la esfera «natural» ya está subsumida en un sistema capitalista totalmente mundial que ha logrado cambiar las condiciones climáticas de base y devastar tantos ecosistemas precapitalistas que el resto ya no funciona como podría haberlo hecho en el pasado. Aquí reside otro factor causal, ya que, según Wallace, todos estos procesos de devastación ecológica reducen «el tipo de complejidad ambiental con el que el bosque interrumpe las cadenas de transmisión». La realidad, entonces, es que es un nombre equivocado pensar en tales áreas como la «periferia» natural de un sistema capitalista. El capitalismo ya es global, y también totalizante. Ya no tiene un borde o frontera con alguna esfera natural no-capitalista más allá de él, y por lo tanto no hay una gran cadena de desarrollo en la que los países «atrasados» sigan a los que están delante de ellos en su camino hacia la cadena de valor, ni tampoco ninguna verdadera zona salvaje capaz de ser preservada en algún tipo de condición pura e intacta. En su lugar, el capital tiene simplemente un interior subordinado, que a su vez está totalmente subsumido en las cadenas de valor mundiales. Los sistemas sociales resultantes —incluyendo todo, desde el supuesto «tribalismo» hasta la renovación de las religiones fundamentalistas antimodernas— son productos totalmente contemporáneos, y casi siempre están conectados de facto a los mercados globales, a menudo de forma bastante directa. Lo mismo puede decirse de los sistemas biológico-ecológicos resultantes, ya que las zonas «salvajes» son en realidad inmanentes a esta economía mundial tanto en el sentido abstracto de dependencia del clima y los ecosistemas conexos como en el sentido directo de estar conectados a esas mismas cadenas de valor mundiales.» 

«Sin embargo, a un nivel más profundo, lo que parece más fascinante de la respuesta del Estado es la forma en que se ha llevado a cabo, a través de los medios de comunicación, como una especie de ensayo general melodramático para la plena movilización de la contrainsurgencia nacional. Esto nos da una idea real de la capacidad represiva del Estado chino, pero también pone de relieve la incapacidad más profunda de ese Estado, revelada por su necesidad de confiar tanto en una combinación de medidas de propaganda total desplegadas a través de todas las facetas de los medios de comunicación y las movilizaciones de buena voluntad de la población local que, de otro modo, no tendría ninguna obligación material de cumplir. Tanto la propaganda china como la occidental han hecho hincapié en la capacidad represiva real de la cuarentena: la primera de ellas como un caso de intervención gubernamental eficaz en una emergencia y la segunda como otro caso más de extralimitación totalitaria por parte del distópico Estado chino. La verdad no dicha, sin embargo, es que la misma agresión de la represión significa una incapacidad más profunda en el Estado chino, que en sí mismo está todavía completamente en construcción.

Esto en sí mismo nos ofrece una ventana para contemplar la naturaleza del Estado chino, mostrando cómo está desarrollando nuevas e innovadoras técnicas de control social y respuesta a la crisis capaces de ser desplegadas incluso en condiciones en las que la maquinaria básica del Estado es escasa o inexistente. Esas condiciones, por su parte, ofrecen un panorama aún más interesante (aunque más especulativo) de cómo podría responder la clase dirigente de un país determinado cuando una crisis generalizada y una insurrección activa causen averías similares incluso en los Estados más robustos. El brote viral se vio favorecido en todos los aspectos por las deficientes conexiones entre los niveles de gobierno: la represión de los médicos «denunciantes» por parte de los funcionarios locales en contra de los intereses del gobierno central, los ineficaces mecanismos de notificación de los hospitales y la prestación extremadamente deficiente de la atención sanitaria básica son sólo algunos ejemplos. Mientras tanto, los diferentes gobiernos locales han vuelto a la normalidad a ritmos diferentes, casi completamente fuera del control del Estado central (excepto en Hubei, el epicentro). En el momento de redactar este texto, parece casi totalmente aleatorio qué puertos están en funcionamiento y qué locales han reanudado la producción. Pero esta cuarentena de bricolaje ha hecho que las redes logísticas de larga distancia entre ciudades sigan perturbadas, ya que cualquier gobierno local parece ser capaz de impedir simplemente el paso de trenes o camiones de carga a través de sus fronteras. Y esta incapacidad a nivel de base del gobierno chino le ha obligado a tratar con el virus como si fuera una insurgencia, jugando a la guerra civil contra un enemigo invisible.

[...] La conducta de la represión ofrece entonces una extraña lección para quienes tienen la mente puesta en la revolución mundial, ya que es, esencialmente, un simulacro de reacción liderada por el Estado.»

«[...] A medida que la crisis secular del capitalismo adquiera un carácter aparentemente no-económico, nuevas epidemias, hambrunas, inundaciones y otros desastres «naturales» se utilizarán como justificación de la ampliación del control estatal, y la respuesta a esas crisis funcionará cada vez más como una oportunidad para ejercer nuevas herramientas no probadas para la contrainsurgencia. Una política comunista coherente debe comprender ambos hechos juntos. A nivel teórico, esto significa comprender que la crítica al capitalismo se empobrece cuando se separa de las ciencias duras. Pero en el plano práctico, también implica que el único proyecto político posible hoy en día es el que es capaz de orientarse en un terreno definido por un desastre ecológico y microbiológico generalizado, y de operar en este estado perpetuo de crisis y atomización.

[...] El contagio es social. Por lo tanto, no debe sorprender que la única manera de combatirlo en una etapa tan tardía es librar una especie de guerra surrealista contra la sociedad misma. No se reúnan, no causen el caos. Pero el caos también se puede construir en el aislamiento. Mientras los hornos de todas las fundiciones se enfrían hasta convertirse en brasas que crepitan suavemente y luego en cenizas heladas, las muchas desesperaciones menores no pueden evitar salir de esa cuarentena para caer juntos en un caos mayor que un día, como este contagio social, podría ser difícil de contener.»



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* Chuang (que puede traducirse aproximadamente como «libérate; ataca, carga; rompe las líneas enemigas; actúa impetuosamente»), es un grupo de comunistas radicales chinos que critican tanto el «capitalismo de Estado» del Partido "Comunista" Chino como la versión neoliberal de los movimientos de «liberación» de Hong Kong. En su sitio web publican, además de los artículos de su blog, una revista temática que ya tiene una edición en inglés, centrada en el análisis crítico del capitalismo y las luchas proletarias en la China de hoy día. Todo lo cual puede consultarse aquí. (Nota ampliada de Artillería Inmanente, traductor del artículo al español, 3 de marzo de 2020.)

lunes, 10 de febrero de 2020

Ni “Asperger” ni “Hikikomori”: el problema es la atomización social y el sufrimiento psíquico al que nos somete el Capitalismo


«La enfermedad es la necesidad amplia que produce su propio complemento que es la revolución. Por lo tanto, 
LOS ENFERMOS SON EN SÍ Y SUFRIENDO CONSCIENTEMENTE PARA SÍ LA CLASE REVOLUCIONARIA. 
La lucha de clases representa el proceso vital mismo y produce como único valor de uso del futuro la revolución.» 

Viendo un par de películas independientes y cómicas sobre “enfermedades mentales”, leyendo un par de artículos psiquiátricos y sociológicos de mi interés, haciendo memoria de algunas situaciones interpersonales que he vivido (desde la niñez hasta la adultez), y evaluando mi vida cotidiana actual, me cuestiono a mí mismo con un poco de preocupación: ¿será que también sufro de “síndrome de Asperger” (ser una persona “rara” que tiene problemas para relacionarse y comunicarse con las otras personas) y de “síndrome de Hikikomori” (aislarse del mundo exterior y quedarse metido en casa durante meses e incluso durante años)? Después de “rumiarlo” o reflexionarlo críticamente durante algunos días, me respondo: ¡No! El problema, como en todo, no está en la respuesta sino en la pregunta. 

En este caso, el problema es creerse o interiorizar las mentirosas y perversas etiquetas de la psiquiatría y la psicología (policías-mercaderes de la psique humana) para mantenernos engañadxs y controladxs sin saberlo que lo estamos o, peor aún, sabiéndolo o sintiéndolo pero sin hacer ni decir nada al respecto. Por mi parte, no es nada fácil luchar interna y externamente contra esto, pero lo hago para mantenerme con lucidez, con dignidad y, sobre todo, con vida. Y no soy el único ni estoy solo: 3 de cada 10 000 personas en todo el mundo padecen de “Asperger”, y cientos de miles hoy padecen de “Hikikomori” no sólo en Japón sino en todo el mundo también. 

Entonces, ni “Asperger” ni “Hikikomori”: la atomización o el aislamiento social entre los individuos es una de las bases y lógicas de funcionamiento estructural de esta sociedad del trabajo y el dinero cuya absurda razón de ser es producir por producir y acumular por acumular cosas-mercancías mediante la explotación de la fuerza de trabajo colectiva y no satisfacer las necesidades humanas reales, las cuales no sólo son las llamadas “necesidades básicas” sino también las necesidades de asociación, apoyo mutuo, comunicación y afecto; en suma, la necesidad de comunidad humana, pues el ser humano es un ser social y emocional más que un “animal racional” y un “homo economicus”. En pocas palabras, sin atomización social no funcionaría la sociedad capitalista. 

Esta sociedad nos separa de nosotrxs mismxs (el famoso “divide y vencerás”) y de nuestros medios de vida para luego re-unirnos mediante el Mercado y el Estado, poniéndonos a competir para sobrevivir; así como también, mediante un sinnúmero de falsas comunidades de carácter identitario e ideológico (nación, raza, género, edad, subcultura, partido o grupúsculo político, religión, familia, gremio profesional, equipo de fútbol, barra brava, pandilla, grupo de amigxs, comunidades virtuales, “redes sociales”, etc.) que no son más que tentáculos de la gran comunidad ficticia del Capital, el cual no admite otra comunidad que no sea la del dinero, ese fetiche-dios inhumano que aliena, separa, desvaloriza y mata a la mayoría de la humanidad. El capitalismo es la organización sistemática del aislamiento, la privatización de la vida, la competencia y la deshumanización. 

De ahí el extrañamiento (sentir como algo extraño) o la enajenación (sentir como algo ajeno) de y entre los individuos, la individualización extrema, la “fobia social”, el “aislamiento social agudo” y hasta la “discapacidad psicosocial” o la incapacidad para relacionarnos con lxs otrxs de manera natural, transparente, fluida, sana y duradera en esta sociedad tan deshumanizada o cosificada, más aún en estos tiempos tan veloces, “líquidos” y violentos de capitalismo informático-financiero-postmoderno. De ahí también el estrés, la ansiedad, la frustración, la angustia y la depresión, hoy en día tan generalizadas y catastróficas a nivel mundial, puesto que mutan en miles de otras “enfermedades mentales” y, sobre todo, en miles de suicidios y asesinatos. 

El punto es que todxs estamos enfermxs o sufrimos de Capitalismo, en millones de formas individuales. El Capitalismo nos enferma y nos mata a todxs. En las personas dizque “anormales”, esta enfermedad, alienación o aberración humana general es más profunda y al mismo tiempo más pronunciada que en otras personas, pero todxs la padecemos. Nadie, absolutamente nadie se salva, ni siquiera las personas dizque “normales”, muchas de las cuales en realidad ocultan su “enfermedad mental” o sufrimiento psíquico así como también su pobreza por el miedo al “qué dirán” o porque es un tema tabú (por cierto, vivir, leer y pensar críticamente ayuda a deshacerse de la ignorancia, la vergüenza y la hipocresía al respecto, por ejemplo dejar de usar “enfermo mental” como insulto). Es más, el problema es precisamente la normalidad capitalista: sí, nada es más enfermo y asesino que la normalidad. 

En todo caso, la mayoría de la sociedad, el proletariado, sufrimos de malestar económico y emocional a diario y en todas partes. Lxs proletarixs “vivimos” en malestar. Pero también necesitamos y deseamos vivir de verdad, humanamente, por el simple hecho de que somos seres humanos y no estamos tan muertos en vida; por el simple hecho de que todavía corre sangre, dignidad, solidaridad y libertad por nuestras venas. 

He ahí una de las causas “extraeconómicas” de las actuales revueltas sociales en todo el mundo. Sin embargo, entre otras cosas, aún falta observar, sacar a flote y prenderle fuego al aspecto psicológico de estas revueltas, como si de un iceberg se tratase. 

Porque la “enfermedad mental” no es un problema “personal” ni “neurobiológico” que se “soluciona” con esas drogas socialmente aceptadas y embrutecedoras llamadas psicofármacos (ni con ninguna otra droga), las cuales enriquecen y empoderan a las mafias farmacéuticas transnacionales que, a su vez, financian a la psiquiatría. Es un problema social y de clase (por eso hago público este texto supuestamente “personal”) y, por lo tanto, social y de clase será su solución: se llama revolución, sí, revolución. Y no se trata sólo de hacer sino de ser la revolución, porque “la manera de hacer es ser”. 

La actual revuelta proletaria internacional contra el capitalismo mundial es un embrión y un jalón hacia delante de la revolución social o, al menos, de su necesidad y su posibilidad. Claro que todavía falta mucho para la revolución, pero por algo se empieza. Teniendo claro que la praxis revolucionaria es la coincidencia de la transformación “externa” de las condiciones objetivas con la transformación “interna” de los sujetos, incluidos los "raros" o los "anormales". Y que la mejor "terapia" es la revuelta, y el mayor placer la revolución. 

Por lo tanto, reconocer y “trabajar” la propia “enfermedad mental” es el primer paso para erradicarla y superarla, tanto individual como colectivamente, sobre todo colectivamente, porque los millones de enfermedades individuales que hoy existen en el fondo son una sola enfermedad secular de la especie humana llamada capitalismo (y más específicamente, llamada fetichismo de la mercancía, dictadura social del valor valorizándose, tiranía del dios dinero); porque nosotrxs formamos parte de este sistema, lo reproducimos y hacemos que siga funcionando; y porque, dialécticamente, con la misma energía vital que lo reproducimos también podemos combatirlo, destruirlo y superarlo. 

Psicosocialmente hablando, la honestidad, la valentía, la crítica radical, la disidencia, el antagonismo y, sobre todo, la empatía, la solidaridad, el apoyo mutuo, el afecto y la lucha en común por cambiar la vida en todos sus aspectos, por suprimir y superar nuestra condición de clase explotada-oprimida-enferma, son la clave para ello. Lo psicológico es político. La lucha psicológica y antipsiquiátrica es parte de la lucha de clases para abolir la sociedad de clases y fetiches. La autoliberación psicológica es parte de la autoliberación integral o de la revolución social, pues la revolución será la revolución de la vida en todos sus aspectos o no será. 

¡Basta de sobrevivir con tanto malestar y de no hacer ni decir nada al respecto! ¡Asumamos, compartamos y politicemos el malestar interno! ¡Devolvamos el golpe: hagamos de la enfermedad un arma contra este sistema capitalista que nos mata de hambre, cáncer, depresión, aislamiento y bala todos los días en todas partes! ¡Luchemos, sanemos y liberémonos juntos! ¡Vamos hacia la vida! 

Locura Proletaria 
Quito, febrero 2020

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* El eugeNAZI Hans Asperger (los significantes exterminadores iatroracistas - p.ej. (eugeNAZI-)Asperger - están rotos patoprácticamente una vez para siempre en auto-estigmatización]: como director del departamento de pedagogía terapéutica de la clínica universitaria de Viena, mandó en los años 40 masivamente a niños a la institución Spiegelgrund en Viena para ser matados allí por ser “no aptos para ser educados” y por ser “incapaces de adaptarse a e integrarse en la comunidad popular”, según su diagnóstico médico “psicopatía autista”. Este hecho no impidió que en los años 90 la así llamada “comunidad médica-científica” le concediera a ese eugeNAZI póstumamente el honor de darle su nombre al diagnóstico eugeNAZIsta del “comportamiento autista” de niños (véase también imperialismo cerebral en: www.SPKPFH.de/iatroimperialismo.html). Fuente: SPK: http://www.spkpfh.de/Kurzmeldungen2.htm#catastrofe_climatica

lunes, 18 de noviembre de 2019

[Chile] Esto no para: ¡ya no volveremos a su normalidad!


ESTO NO PARA: ¡YA NO VOLVEREMOS A SU NORMALIDAD!

“En el viento que siembra la tormenta,
cosecharemos días de fiesta”
Canción “La vida pasa”, de Raoul Vaneigem

Después de la enorme marcha del día viernes 25 de octubre en la ciudad de Santiago, todos los medios de comunicación al unísono, junto al gobierno, hicieron un llamado a volver a la “normalidad”, pretendiendo así desmovilizar y opacar más de una semana de duros combates en las calles que se han saldado con una feroz represión nunca antes vista en “democracia” –que es solo una de las formas que adopta en determinados contextos el despotismo del capital-. Las y los hijos de la burguesía, bajan del barrio alto a “limpiar el centro de la ciudad” de los incontables grafitis y rayados con consignas que se han vuelto parte del paisaje habitual, se suspende el toque de queda, se destituye al gabinete de ministros y se anuncia por todas partes el avance hacia la concreción de un “pacto social” que, supuestamente, pondrá punto final de una vez por todas a esta crisis. Pero para las y los proletarios que hemos estado participando de la revuelta la vida nunca volverá a ser igual: hemos cambiado para siempre y llegado a un punto de no retorno.

Ya no podemos soportar más esta miserable realidad. Su “normalidad”, a la que nos quieren arrastrar, es la esclavitud del trabajo asalariado que nos roba nuestro valioso tiempo, no poder llegar a fin de mes, las enfermedades mentales que nos provoca esta locura de mundo capitalista, la paz de los cementerios, la amnesia histórica, la inexistencia de un conflicto entre clases sociales, el adoctrinamiento de la juventud proletaria a la sumisión en las cárceles-escuelas, la destrucción sin remordimientos de nuestro entorno natural, y en definitiva, una civilización y un modo de existencia suicida que nos tiene al borde de la autodestrucción como especie. ¡A la clase capitalista sólo les importa que produzcamos mercancías, las hagamos circular y las vendamos!

Durante estas emotivas jornadas hemos descubierto que es realmente vivir, abriendo un camino para ir desterrando de nuestras cabezas todo lo que nos impusieron. Nos hemos encontrado colectivamente y vislumbrado que todas nuestras necesidades insatisfechas tienen su raíz en esta forma de vida inhumana que precariza todo lo que toca. Aunque parezca difícil de creer, casi no hemos gastado dinero para subsistir durante estos días, la solidaridad y el apoyo mutuo han sido casi una norma por todas partes: en las poblaciones, caceroleos, barricadas, movilizaciones, asambleas, saqueos, etc. Y esto ha sido posible porque muchísimas personas nos hemos reconocido como iguales, como una clase que se opone a otra clase, y que quiere dejar de serlo, y que, además, ha creado espontáneamente un movimiento de asambleas en donde el proletariado se asocia y se dota de una perspectiva de lucha que pretende ser común.

Nosotras y nosotros lo queremos todo y ahora, a contracorriente de quienes quieren domesticar y encauzar la vitalidad que ha demostrado el proletariado de manera democrática en una “Asamblea Constituyente”. La lucha no amaina, a pesar del desgaste, el oportunismo, las balas y los llamados a la “paz social”. Hagamos de mañana un “super lunes” salvaje que los haga temblar.

¡TODO EL PODER A LAS ASAMBLEAS AUTOORGANIZADAS!
¡NO TENEMOS NADA QUE PERDER!
¡VAMOS HACIA LA VIDA!

Un grupo de proletari@s "anormales" en lucha
Santiago, Región chilena en revuelta
27 de octubre del 2019

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Esto también es locura proletaria jajajajajaja: 

sábado, 28 de septiembre de 2019

Capitalismo y Esquizofrenia. Un diálogo imaginario entre Cesarano, Deleuze, Jappe, Cooper, Laing y Locura Proletaria

— CESARANO. Sobre la esquizofrenia bajo la subsunción real/dominación total del Capital:
 
«Ya desde ahora la homologación del Dominio se está volviendo resplandeciente, para que el terror de la transformación acabe con las miradas que se dirigen al reflejo nostálgico de los «paraísos perdidos». La escasez se acompaña de la regresión, que conforma su estilo, tanto en la esfera de los infiernos individuales como en aquella de una socialidad autocrítica. Del mismo modo que la psiquiatría vanguardista se propone «curar» la supervivencia a través de la conexión de cada uno al misterio desvelado de su nacimiento-muerte [Laing], así la sociología más moderna [post-moderna] prepara la resurrección de «comunidades», etnias, «razas», luego de que el capital ha acabado de extirpar sus raíces y de cancelar su especificidad. Todo apunta a una propagación de la apologética que eterniza el «yo dividido» en la dimensión de la especie que se ha vuelto a dividir en «comunidades». A los ideólogos del capital autocrítico no se les ha escapado la sustancia eversiva del alzamiento, débilmente exorcizada en las modelaciones cibernéticas, de una totalidad real, viva, ya de hecho en tensión con la superficie blindada de la totalización que operan los modos de producción capitalistas. Es ésta la realidad material que le da forma al «concepto» de especie. Y en contra de ésta —la internacional que se realiza más allá de sus esquemas ideológicos y arcaicos, económico-políticos— empuña las armas, una vez más, la mistificación científica. Del mismo modo que la apologética del yo dividido adorna con «poesía» los momentos autonomizados en los que el individuo partido (esquizofrenia, corazón roto) realiza el valor de sí como agente del capital, así la reintroducción de las «comunidades» separadas adorna con eticidad modernista los restos marginados de un pasado irreproducible. En el corazón de las sociedades inmóviles, subsumidas bajo el dominio de lo sagrado y atrapadas en la reencarnación reiterada del Símbolo y del Verbo, se expresaba una especificidad cualitativa que es inconciliable con la homologación violenta de toda forma de existencia a simples momentos de la aparición, del valor de cambio. Análogamente, en la «excepcionalidad» de la condición esquizofrénica se expresaba una resistencia hacia la generalización violenta de la intercambiabilidad entre los individuos como forma exclusiva de la adecuación a la identidad socialmente impuesta. En ambas proposiciones estratégicas nuevas, lo que hoy se desentierra es la forma ahora vacía de la «resistencia» particular a la identidad: a fin de que su superación realmente universalizada, hecha por la especie y, en este sentido específico, más allá de lo particular, el movimiento comunista sobreindividual y sobreparticular, ralentice su impulso y se encalle —eso es lo que ellos esperan— en un nuevo laberinto. De no haber sido necesaria, esta estrategia defensiva que el capital ha puesto en marcha muestra hasta qué punto el alzamiento de la comunidad global, la presentación amenazante de la especie como subjetividad en un proceso irreductible a las trampas de la carencia eternizada, aterrorizan tanto a los gestores de los poderes como a los administradores delegados de los reforzamientos de la «policía» política, mistificados bajo la coartada de las «necesidades de la lucha».» (Giorgio Cesarano y Paolo Faccioli, «Lo que no se puede callar», 1975)
 
«En «Critica dell’utopia capitale» Cesarano explica claramente cómo en el delirio esquizofrénico cae el muro con el que el lenguaje heredado encarcela la comunicación, y por tanto cae la barrera perceptiva que marca la frontera entre el Yo y el mundo, abriendo así la posibilidad explosiva de una relación dialéctica entre un individuo y otro. Al mismo tiempo, debió advertir del riesgo de la “condena privada”, que esperando “la explosión de sentido vivo experimentado como peripecia individual, ha querido prender fuego de una vez a la totalidad del propio sentido”. En el «Manuale di sopravivenza», por otro lado, quiso advertir contra las nuevas formas de autovalorización que transforman la experiencia “psicótica” o “neurótica” en un nuevo rol espectacular.» (Francesco Santini, «Apocalipsis y sobrevivencia», 1994)

— DELEUZE-GUATTARI. La esquizofrenia como límite exterior y tendencia opuesta del capitalismo: 
 
«Sin embargo, cometeríamos un error si identificásemos los flujos capitalista y los flujos esquizofrénicos, bajo el tema general de una descodificación de los flujos del deseo. Ciertamente, su afinidad es grande: en todo lugar el capitalismo hace pasar flujos-esquizos que animen “nuestras” artes y “nuestras” ciencias, tanto como se cuajan en la producción de “nuestros” enfermos, los esquizofrénicos. Hemos visto que la relación entre la esquizofrenia y el capitalismo sobrepasaba de largo los problemas de modo de vida, de medio ambiente, de ideología, etcétera, y que debía ser planteada al nivel más profundo de una sola y misma economía, de un solo y mismo proceso de producción. Nuestra sociedad produce esquizos como produce champú Dop o coches Renault, con la única diferencia de que no pueden venderse. Pero, precisamente, ¿cómo explicar que la producción capitalista no cesa de detener el proceso esquizofrénico, de transformar al sujeto en entidad clínica encerrada, como si viese en ese proceso la imagen de su propia muerte llegada desde dentro? ¿Por qué encierra a los locos en vez de ver en ellos a sus propios héroes, su propia realización? Y allí donde ya no puede reconocer la figura de una simple enfermedad, ¿por qué vigilia con tanto cuidado a sus artistas e incluso a sus sabios, como si corriesen el riesgo de hacer correr flujos peligrosos para ella, cargados de potencialidad revolucionaria, en tanto que no son recuperados o absorbidos por las leyes del mercado? ¿Por qué forma a su vez una gigantesca máquina de represión general-represión con respecto a lo que sin embargo constituye su propia realidad, los flujos descodificados? Ocurre que el capitalismo, como hemos visto, es el límite de toda sociedad, en tanto que opera la descodificación de los flujos que las otras formaciones sociales codificaban y sobrecodificaban. Sin embargo, es su límite, o cortes relativos, porque sustituye los códigos por una axiomática extremadamente rigurosa que mantiene la energía de los flujos en un estado de ligazón al cuerpo del capital como socius desterritorializado, pero también e incluso más implacable que cualquier otro socius. La esquizofrenia, por el contrario, es el límite absoluto que hace pasar los flujos al estado libre en un cuerpo sin órganos desocializado. Podemos decir, por tanto, que la esquizofrenia es el límite exterior del propio capitalismo o la terminación de su más profunda tendencia, pero que el capitalismo no funciona más que con la condición de inhibir esa tendencia o de rechazar y desplazar ese límite, sustituyéndolo por sus propios límites relativos inmanentes que no cesa de reproducir a una escala ampliada. Lo que con una mano descodifica, con la otra axiomatiza. Ese es el modo como debemos volver a interpretar la ley marxista de la tendencia opuesta. De manera que la esquizofrenia impregna todo el campo capitalista de un cabo a otro. Pero este lo que hace es ligar las cargas y las energías en una axiomática mundial que siempre opone nuevos límites interiores al poder revolucionario de los flujos descodificados. En semejante régimen, resulta imposible distinguir, aunque sea en dos tiempos, la descodificación de la axiomatización que viene a reemplazar los códigos desaparecidos. Al mismo tiempo los flujos son descodificados y axiomatizados por el capitalismo. La esquizofrenia no es, pues, la identidad del capitalismo, sino al contrario su diferencia, su separación y su muerte...» (Gilles Deleuze y Félix Guattari, «El Anti Edipo. Capitalismo y Esquizofrenia», 1972 cit. en ENAJENADXS # 9, 2003)

— JAPPE. Crítica del sujeto «esquizo» de Deleuze como sujeto ideal del mercado:
 
«el sujeto «esquizo» de Deleuze es el sujeto ideal del mercado, como lo es el hacker o el raider (predador empresarial). Al quebrar los «significantes despóticos» de los que habla Deleuze, finalmente es el mercado el que se impone como amo. Según Dufour, Deleuze va incluso más allá del liberalismo: para el autor del Anti Edipo, puesto que toda identidad es paranoica, hay que estar inventando de nuevo todo el tiempo. Algo que, como observa Dufour, responde perfectamente al espíritu del nuevo capitalismo, al que no le gustan los sujetos propietarios de sí mismos». Deleuze quería ir más rápido que el propio capitalismo introduciendo el lenguaje de la economía en el análisis de los procesos simbólicos. Su elogio del «nomadismo» y la «máquina» ha sido plenamente recuperado por las estrategias más recientes del marketing.» (Anselm Jappe, «La sociedad autófaga. Capitalismo, desmesura y autodestrucción», 2018)

—  COOPER. La esquizofrenia como crisis microsocial capitalista: 
 
«La esquizofrenia es una situación de crisis microsocial, en la que los actos y la experiencia de una persona son invalidados por los otros, en función de ciertas razones culturales y microculturales (generalmente familiares) comprensibles, que finalmente hacen que dicha persona sea identificada más o menos precisamente como “enfermo mental” y confirmada a continuación (según un procedimiento de etiquetaje específico pero fuertemente arbitrario) en la identidad de “paciente esquizofrénico” por los agentes médicos o cuasi médicos.» (David Cooper, «Psiquiatría y antipsiquiatría», 1967 cit. en ENAJENADXS # 9, 2003 )

 LAING. La esquizofrenia como etiqueta social alienada/alienante y como "viaje" psico-espiritual más allá de los límites de este mundo: 
 
«Esquizofrenia es un diagnóstico, una etiqueta que ciertas gentes le cuelgan a otras. Esto no prueba que la persona etiquetada esté sometida a un proceso esencialmente patológico, de origen y naturaleza desconocidos, que se desarrolla en su cuerpo. No significa tampoco que el proceso sea, primaria o secundariamente, un proceso psico-patológico que se desarrolla en su espíritu. Pero lo que sí establece como hecho social es que la persona etiquetada es uno entre Ellos. Es fácil olvidar que el proceso es una hipótesis, afirmar que es un hecho y, en consecuencia, formular el juicio de que es una inadaptación biológica y, como tal, patológica. Pero la adaptación social a una sociedad desequilibrada puede ser muy peligrosa. El piloto de bombardero perfectamente adaptado puede representar una amenaza mucho mayor para la supervivencia de la especie que el esquizofrénico internado convencido de que la Bomba está en él. Puede ser que nuestra sociedad esté biológicamente desequilibrada y que ciertas formas de alienación esquizofrénica tengan, en relación con la alienación de la sociedad, una función socio-biológica que nosotros ignoramos. (...)
 
No existe un “estado” al que se le pueda llamar “esquizofrenia”, pero esta etiqueta es un hecho social, y un hecho social es un acontecimiento político que, al trastornar el orden público, implica una definición de (y de las consecuencias para) la persona etiquetada. Es una prescripción social que racionaliza un conjunto de acciones sociales por las que la persona etiquetada queda en manos de otras personas cuyos poderes legales, cualificación médica y deber moral se hacen responsables de su suerte. A la persona etiquetada se la coloca no sólo en un “papel” sino también en una carrera de enfermo mediante la acción concertada de una coalición (de una “conspiración”) en la que participan familias, médico, servicios sanitarios, psiquiatras, enfermeros y, frecuentemente, los otros enfermos. La persona catalogada, así, a la fuerza como enfermo y específicamente como “esquizofrénico” es despojada de todos sus derechos legales y humanos, de todo lo que posee en propiedad y de toda libertad de actuar sin rendir cuentas. Ya no le pertenece su tiempo ni puede elegir el espacio que ocupa. Después de ser sometido a un ceremonial de degradación llamado “exploración psiquiátrica”, se le priva de su libertad y es encerrado en una institución llamada “hospital psiquiátrico”. Allí pierde su cualidad de ser humano de una manera más completa y radical que en ninguna otra parte. Quedará en ese hospital psiquiátrico hasta que se le retire su etiqueta o se le reemplace por otra: “en vías de curación” o “readaptado”. Un “esquizofrénico”, no obstante, tiene muchas probabilidades de ser considerado siempre como tal. (...)
 
Lo que observamos a veces en ciertos individuos etiquetados de “esquizofrénicos” y tratados como tales es la expresión, a través de su comportamiento, de un drama experiencial. Pero nosotros vemos ese drama bajo un aspecto deformado que nuestros esfuerzos terapéuticos tienden a deformar todavía más. El producto de esta deplorable dialéctica es una forma larvada de un proceso potencialmente natural al cual no le permitimos aflorar. (...)
 
Ciertos individuos, consciente o inconscientemente, entran o son arrojados en un espacio y un tiempo interiores más o menos cerrados. Estamos socialmente condicionados a considerar normal y sana una total inmersión en el espacio y el tiempo exteriores. La inmersión en el espacio y tiempo interiores, por el contrario, es considerada fácilmente como una huida antisocial, una desviación patológica en cierta medida vergonzosa. (...)
 
Probablemente, ningún período de la Historia de la humanidad ha perdido hasta tal punto el contacto con ese proceso natural de curación que afecta a ciertos individuos etiquetados como “esquizofrénicos”. Ninguna época lo ha devaluado tanto, ni le ha opuesto tantas prohibiciones e intimidaciones. En lugar de hospitales psiquiátricos, que son una especie de fábrica de reparación, se necesitarían lugares donde las gentes que han viajado más lejos y, en consecuencia, están probablemente más “perdidos” que los psiquiatras y los seres reputados sanos de espíritu, tuvieran la posibilidad de ir más lejos todavía en el espacio y el tiempo interiores —y de regresar. En vez del ceremonial de degradación que constituyen la exploración, el diagnóstico y el pronóstico psiquiátricos, se necesitaría, para los que están preparados (es decir, en la terminología psiquiátrica, los que están al borde de un brote esquizofrénico), un ceremonial de iniciación, gracias al cual la persona sería guiada en el espacio y el tiempo interiores por gentes que ya hubieran efectuado este viaje y hubieran regresado. Desde el punto de vista psiquiátrico esto llevaría a dejar que antiguos enfermos ayudaran a enloquecer a futuros enfermos... Esto implicaría:
 
A. un viaje del exterior hacia el interior;
B. de la vida hacia una especie de muerte;
C. de delante hacia atrás;
D. del movimiento temporal hacia la inmovilidad;
E. del tiempo actual hacia el tiempo eterno;
F. del yo hacia el sí mismo;
G. de la existencia exterior (post natal) hacia la matriz (pre natal) de todas las cosas.
Y, a continuación, un viaje de retorno:
1. del interior hacia el exterior;
2. de la muerte hacia la vida;
3. de atrás hacia adelante;
4. de la inmortalidad hacia la mortalidad;
5. de la eternidad hacia el tiempo;
6. del sí mismo hacia un nuevo yo;
7. del estado fetal cósmico hacia un renacimiento existencial...» (Ronald David Laing, «La política de la experiencia», 1977 cit. en ENAJENADXS # 9, 2003)

— LP. Sobre la esquizofrenia valor de cambio/valor de uso (un ABC):
 
Jordi Soler, «El Secreto de El Capital de Karl Marx», 2010, p. 14
La sociedad capitalista es la sociedad mercantil generalizada porque se basa en la producción, circulación y acumulación de mercancías y de ganancias, las cuales son el producto de la explotación del trabajo asalariado de la clase social que no tiene propiedades ni negocios y por eso se ve en la obligación de vender su fuerza de trabajo (física e intelectual) a cambio de dinero para sobrevivir. Las condiciones sine que non para que esto sea así son: la existencia de la propiedad privada burguesa sobre los medios de producción y de consumo; y, que todo sea mercancía, en primer lugar la fuerza de trabajo humana (mercado laboral), porque ésta es la única mercancía capaz de producir valor, ganancia, capital una vez que ha sido contratada y puesta a producir. Por lo tanto, la mercancía es la célula fundamental de la sociedad capitalista, y posee una naturaleza doble o estructura dual: valor de cambio o compra-venta y valor de uso o utilidad.

La mercancía no es sólo valor de cambio, es valor de cambio y valor de uso al mismo tiempo. Para ser más precisos: en la estructura de la mercancía, el valor de uso en realidad es el vehículo del valor de cambio, porque algo que uno tiene (sea un bien o un servicio, sea una identidad o una ideología) se convierte en algo realmente útil para otro mediante su intercambio o compra-venta, ya que es está la que permite consumir esa utilidad y sobre todo valorizar el valor-trabajo contenido en ese algo útil, esto es, realizar en forma de dinero el plus-valor o trabajo no retribuido al proletario por parte del burgués (o, en caso de autogestión y trueque, realizar el valor-trabajo autoexplotado e intercambiado bajo la dictadura de la mercancía y la ley del valor, que son de carácter impersonal e invisible). El valor de cambio, entonces, subsume al valor de uso; lo aliena, domina y explota, pero la mercancía sigue estando dividida en estos dos diferentes tipos de valor dentro de ella misma sin romper su unidad. Unidad y lucha de contrarios. Identidad y diferencia al mismo tiempo y en el mismo espacio, en el mismo cuerpo. Dialéctica interna del Capital. He ahí su naturaleza doble o estructura dual, y esta es, en última instancia, la causa de todas las contradicciones y las crisis del capitalismo, sobre todo hoy en día cuando éste subsume, domina y destruye todo el mundo en todos los aspectos de la vida; hoy en día cuando éste se autofagocita y nos conduce directo al suicidio como especie humana.
 
En términos (anti)psiquiátricos, lo anterior se traduce en que la mercancía, y por tanto la sociedad mercantil generalizada, es esquizofrénica por naturaleza. Y quien más sufre esta enfermedad social propiamente capitalista es, sin duda, la mayor parte de la humanidad que se encuentra obligada a mercantilizarse y trabajar para sobrevivir, el proletariado, cuya esquizofrenia consiste esencialmente en ser lo que es (humanidad libre, creadora y comunitaria) y al mismo tiempo ser lo que este sistema le obliga a ser (cosa-mercancía individualizada, explotable y desechable). Que haya alguna gente que no la conozca y/o que no la reconozca, no quiere decir que no exista. Al contrario: mientras más se oculte y se ignore, más y mejor ejerce su dominio. Luego, esta "enfermedad mental" capitalista se manifiesta de tantas formas o en tantos "casos" particulares cuantos sean los individuos que la padezcan. Tal crisis microsocial y de identidad o tal sufrimiento por desgarramiento psíquico individual causado por las condiciones sociales impuestas, se expresa negativa y trágicamente desde la famosa "escucha de voces" y las autolesiones hasta el cometimiento de asesinatos; lo cual es castigado "ejemplarmente" por el Estado con el manicomio o la cárcel hasta la muerte, previo etiquetaje, estigmatización, aislamiento y medicación psiquiátrica. Además de hacer de todo esto negocio (industria farmacéutica), noticia y espectáculo (medios de comunicación). De esta manera, el capitalismo produce, reproduce y controla socialmente la esquizofrenia como "enfermedad mental". Por su parte, la izquierda antipsiquiátrica del Capital (sí, porque éste también ha cooptado y domesticado a la mayoría del movimiento antipsiquiátrico) gestiona la "locura" de forma alternativa y "más humana": haciendo de ella un "derecho", una "identidad" y hasta un "orgullo", a fin de que sea "reconocida" y "reinsertada" o "incluida" por esta sociedad y su Estado como un rol más dentro de su "diversidad" mercantil-democrática-ciudadana-espectacular.
 
Sin embargo y a contracorriente de ello, la esquizofrenia en particular, y toda "enfermedad mental" en general, en los/as proletarios/as también puede llegar a ser un arma revolucionaria o de ruptura total y radical con este sistema si es que se la asume, de manera individual y sobre todo colectiva, como un síntoma consciente y una valiente denuncia de que el capitalismo nos enferma y nos mata mental y físicamente, a diario y en todas partes; como una crítica práctica y encarnada de la misma esquizofrenia estructural del Capital, algo así como un testimonio de carne y hueso de una precaria vida al límite y en conflicto con el orden establecido, un espejo roto que refleja y hiere al monstruo que lo creó o, mejor, una torcida pero afilada lanza que se vira contra la clase dominante y sus psiquiatras que hoy la empuñan contra nosotros los proletarios "locos" hartos de serlo, un arma no para autodestruirnos ni para lastimar a nuestros seres queridos y compañer@s sino para enfrentar al Capital "en cuerpo y alma" así como para imaginar y crear Otro mundo. En suma, asumir la esquizofrenia, y toda "enfermedad mental" en general, como una forma y una parte de la disidencia psico-política y la lucha de clase autónoma e integral contra la dictadura social-fetichista de la mercancía («¡Uníos Hermanxs Psiquiatrizadxs en la Guerra Contra la Mercancía!»); y, por lo tanto, asumir que sólo se la puede suprimir y superar realmente, suprimiendo y superando el capitalismo mediante la revolución social total (económica, psicológica, sexual, política, cultural, espiritual, ecológica, ética, estética, epistemológica, en fin... de la vida cotidiana).
 
El comunismo, entendido como comunidad humana-natural real en la cual ya no existe ningún tipo de explotación ni dominación, no será, pues, "el mundo del valor de uso" ni mucho menos "el mundo del trueque". El comunismo será un mundo en donde no existan mercancías (valores de cambio/valores de uso), sino sólo cosas y relaciones que no enajenen ni intoxiquen a los seres humanos (y a la naturaleza), los cuales entonces las crearán, usarán, compartirán y disfrutarán libre y sensatamente entre todos y cada uno. Un mundo en donde, en consecuencia, tampoco existan más "enfermedades mentales" como la esquizofrenia, sino sólo diferencias o diversidades psicológicas que ya no serán etiquetadas, satanizadas, aisladas, medicadas y reprimidas, sino que serán vividas, "viajadas", comprendidas, respetadas y disfrutadas libre y sensatamente por todos y cada uno. Por lo tanto, se puede afirmar que el comunismo será una sociedad sana, no en el sentido de que ya no existirá la enfermedad física, el sufrimiento y la muerte, sino en el sentido de que ya no será una sociedad que se autoaliene y autofagocite de forma homicida y ecocida. Esta sociedad sana, este tejido de relaciones y subjetividades libres, comunitarias y sanas, ya ha sido y es prefigurada por el movimiento comunista (y anarquista) histórico de manera contradictoria, impura e inconclusa, es decir de manera real. Porque el comunismo es un movimiento, un germen, una tendencia real que existe y existirá adentro, en contra y más allá del esquizofrénico capitalismo hasta abolirlo y superarlo de una vez por todas. (Locura Proletaria, Kito con k de eskizofrenia, septiembre de 2019)