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viernes, 16 de abril de 2021

Breve psicología de masas del triunfo electoral del banquero Lasso en la hacienda Ecuador

El banquero ladrón del feriado bancario de 1999 y apoyador de la brutal represión estatal de la revuelta de octubre de 2019, Guillermo Lasso, fue elegido democráticamente como nuevo presidente de esta hacienda capitalista llamada Ecuador, el pasado domingo 11 de abril del 2021. Si bien el porcentaje del ausentismo electoral y del voto nulo fueron "récord"[*] y el porcentaje de Arauz fue considerable, las masas votaron mayoritariamente por Lasso el banquero, el burgués, el explotador, el enemigo de clase, más por trauma y odio al correísmo (gobierno explotador, corrupto y represor, igual que todo gobierno) que por el programa político del candidato de la derecha empresarial tradicional. Las masas de este país, pues, sufren -¿o gozan?- de amnesia histórica (tanto del feriado bancario de 1999 como de la revuelta de octubre de 2019); quieren trabajar y trabajar para consumir hasta morir (aunque hacer esto ahora sea objetivamente más difícil, dado el alto índice de desempleo y subempleo existente); odian a su antiguo amo, patrón y padre autoritario (Correa, el "socialista del siglo XXI" igual de ladrón, mentiroso y represor que cualquier otro capitalista en el poder), pero en cambio quieren un nuevo amo, patrón y padre autoritario (Lasso, el banquero ladrón, socio de la mafia socialcristiana, neoliberal y proimperialista); y también quieren ser como él o al menos parecérsele, porque es "trabajador, emprendedor y exitoso" y porque busca "la paz social y el progreso". En fin, dado que "el Estado es el resumen oficial de la sociedad" (Marx, carta a Pavel Annenkov) y no un ente separado de ella, psicosocialmente hablando el triunfo de Lasso en estas tierras representa el lado esquizofrénico y masoquista del deseo gregario en un contexto predominantemente contrarrevolucionario y, más concretamente, de crisis, pandemia y contra-revuelta. (Este tipo de contexto es, de hecho, la base material que explica el porqué de este tipo de psicología de masas.) O también, representa los azotes de la dictadura burguesa llamada democracia resonando sobre las espaldas de la clase trabajadora derrotada y ciudadanizada, domesticada, con patriótico y religioso autoflagelo incluido, tal como en una procesión de semana santa. Por cierto, en las masas está incluida -aunque lo niegue- la mal llamada "clase media", que en realidad es clase trabajadora con título profesional, con empleo pero que vive a punta de crédito y deudas, imbuida de arribismo, conservadurismo, esquizofrenia tapiñada y siglos de colonialidad. Así de enferma se encuentra la sociedad capitalista en esta parcela del planeta: la democracia en la cual las masas este domingo acaban de elegir como su presidente a un banquero que ya les robó y les dejó en la calle años atrás, es la misma democracia en la cual hace apenas más de un mes se dio la masacre dentro de las cárceles (lumpenproletarios matándose entre sí por orden de sus lumpenburgueses) y sus videos gore circulando en redes sociales junto con comentarios fascistas por parte de ciudadanos de bien (quienes de seguro también votaron por Lasso).

 ¿Será que las masas reaccionan con una nueva revuelta cuando el banquero las haga más mierda otra vez, a punta de privatizaciones, flexibilizaciones, paquetazos y hasta con nuevo feriado bancario y nueva oleada migratoria al extranjero? ¿A punta de terror de Estado cuando estallen nuevas protestas en las calles? (¿O será que desearán incluso algo peor, como una dictadura militar, tal como hace dos años lo desearon las masas en Brasil, por lo cual -entre otras razones- ganó democráticamente Bolsonaro? Cuidado con el lado perverso del deseo gregario...) Medidas antiproletarias todas éstas que no dependen de la ideología y la política económica de tal o cual gobierno en particular, sino que es lo que la actual crisis capitalista internacional le exige hacer a todo gobierno en general (si hubiese ganado Arauz, tarde o temprano tendría que hacer lo mismo, como lo hizo Correa). Pero la respuesta proletaria contra tales medidas también existe, como lo demostraron las revueltas del 2019. Y el FMI prevé una nueva oleada internacional de estallidos sociales para el 2022. Entonces ¿Octubre volverá, y recargado? Hasta que eso pase -si es que pasa-, a las masas nos toca seguir sobreviviendo en cada vez peores condiciones, tanto material como psíquicamente hablando. (Esto es más realista que una "ofensiva popular contra el neoliberalismo", como salieron a decir algunas organizaciones de izquierda no electoral el mismo domingo.) Pero aun así, este domingo las masas votaron por el banquero Lasso, como diciendo "te odio Correa y me vengo de tí simbólicamente votando por Lasso" y, al mismo tiempo, "pegue no más, patroncito", mejor dicho, "robe no más, banquerito" (los bancos nos roban todos los días en cada transacción), siga no más robando y gobernando (Lasso ha sido parte del gobierno de Mahuad y de Moreno), como si les “valiera verga” la vida o como si quisieran morirse de una vez (de coronavirus, de depresión o de hambre, pero morirse) o en, su defecto, creyendo que un banquero puede ser “Papá Noel” o “Jesucristo, Nuestro Salvador”… Asesinato simbólico del padre, síndrome de abandono, complejo de Electra, síndrome de Estocolmo, esquizofrenia, masoquismo, pulsión de muerte, deseo enajenado, idealización y paternalismo/clientelismo en un solo acto masivo, mejor dicho, de rebaño... Siga no más robando y pegando estos cuatro años siguientes, “taita amo patrón” Lasso, hasta que, como cuando se vira la tortilla, después de que el presidente banquero haya robado millones y millones de dólares a costa del trabajo ajeno y el sufrimiento de millones y millones de trabajadores y sus familias -creer que no lo va a hacer es como pedirle a la araña que no se coma a las moscas-, la misma gente ya no lo soporte en su bolsillo, su barriga, su garganta y su cabeza. Porque algún rato la explotación y la opresión es algo que se siente en el cuerpo (social) y éste reacciona. La historia reciente -feriado bancario de 1999 y revuelta proletaria del 2000- nos dice que ese es un escenario posible, por aquello de que "la historia se repite dos veces: una como tragedia y otra como farsa" (Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte), o viceversa. Al parecer, "la pedagogía de la praxis" de las masas también incluye aquello de que "la letra con sangre entra", y en varios "rounds" o ciclos históricos. Así como también incluye la necesaria autocrítica despiadada, como el presente texto.

 No idealicemos, romanticemos, infantilicemos ni victimicemos al proletariado o al "pueblo". Las masas también se equivocan y aprenden de los errores, en carne propia y con cabeza propia, así sea después de muchos años o varias generaciones. Se equivocaron al sentarse a negociar en la revuelta de octubre de 2019 y se equivocaron al participar en elecciones presidenciales este año. Y esto es algo que hay que asumirlo y "trabajarlo", criticarlo y superarlo, asimismo en carne propia y con cabeza propia. Negarlo sólo reproduce y prolonga el problema de fondo: la capacidad de autoemancipación de las masas proletarias -que no en vano son la aplastante mayoría de la sociedad- boicoteada por su propia capacidad de autoenajenación y auto-opresión, en determinadas condiciones materiales históricas y sociales. Problema cuyas condiciones son detentadas y ejercidas por la burguesía en tanto clase dominante, porque debajo de sí tiene una clase dominada que le permite ser tal. Como en toda relación de poder, si hay un dominante es porque hay un dominado. Si hay un explotador es porque hay un explotado. Por eso mismo, donde hay dominación hay resistencia, donde hay explotación hay conflicto, donde hay miseria hay rebelión. Los dos polos de esta conflictiva relación de clase se implican, se reproducen y dependen mutuamente. Capital y Trabajo, y sus personificaciones sociales: burguesía y proletariado, conforman una unidad o totalidad social concreta, histórica y cotidiana, como en la relación amo-esclavo. (Relación que, políticamente y sobre todo en coyunturas electorales, se traduce en una bidireccional e insana relación paternalista/clientelar. Ejemplo concreto: el banquero Lasso ofreciendo trabajo y regalando alimentos en barrios populares y comunidades indígenas, a cambio de votos. Así como también hubo, por el contrario, unos pocos barrios y comunidades que lo rechazaron incluso a piedrazos.) Por lo tanto, no se puede abolir el uno sin abolir el otro y, más concretamente, no se trata de "liberar al Trabajo" sino de liberarse del Trabajo para liberarse del Capital y del Estado. Por lo tanto, la revolución social no consiste en "la toma del poder" ni en "la autogestión" de la sociedad capitalista por parte del proletariado o la clase trabajadora, sino, por el contrario, en la autoabolición del proletariado, entendido como la contradicción viviente que sostiene y motoriza a toda esta sociedad burguesa. Porque la lucha de clases es el motor dialéctico del desarrollo, la crisis, la reestructuración y también de la posible destrucción/superación revolucionaria del capitalismo. Y, sobre todo, porque abolido el esclavo -el proletariado-, abolido el amo -la burguesía-; es decir, porque así quedaría abolida la relación de clase y, sobre esta base pero de manera inseparable, quedaría abolida también toda otra forma de opresión y explotación actual (de sexo, género, "raza", nacionalidad, edad, especie, etc.). Lo cual implica y exige necesariamente -junto con la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción y distribución, de la producción mercantil y del Estado- la autocrítica y autotransformación integral de la humanidad proletarizada en el sinuoso y tortuoso camino de la lucha por sus necesidades materiales y vitales contra las necesidades fetichistas y psicópatas de explotación y acumulación por parte del Capital y su Estado; esto es, la autocrítica y la autotransformacion del -heterogéneo y dividido- proletariado al calor de la misma lucha de clases y la revolución social. Sin lo cual, no es posible su autoemancipación y su autoabolición, es decir no es posible la revolución. Este tipo de autocrítica es, de hecho, parte de no idealizar y no victimizar al proletariado, sino de recordarnos que somos responsables y capaces de nuestra propia emancipación, así esto nos "cueste" generaciones.

 Entonces, que el catastrófico desarrollo del capitalismo y la lucha de clases real hagan lo que tengan que hacer, para ver si así las masas proletarias dejan de pelear por los intereses de sus patrones y amos de derecha y de izquierda por igual, dejando a la par de creer en salvadores y representantes de todo tipo; y empiezan de nuevo a confiar sólo en sus propias fuerzas para producir y controlar sus propias vidas, sin necesidad de Estado ni de mercado, de jefes ni de intermediarios económicos ni políticos, mediante su autoorganización asamblearia y territorial que se haga cargo de, y transforme en la marcha, todos los asuntos de la vida cotidiana de las masas. Las revueltas, insurrecciones y comunas proletarias de hace dos años en todas partes demostraron que esto sí es posible. Reiteramos: sólo el mismo desarrollo catastrófico del capitalismo y la lucha de clases real pueden producir tales condiciones y situaciones. Porque, histórica y estructuralmente hablando, el capitalismo contiene contradicciones mortales y produce su propio sepulturero. Y porque el comunismo no es una ideología ni una utopía, mucho menos ese capitalismo de Estado que fue la URSS y China, sino "el movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual" (Marx, La Ideología Alemana), el movimiento práctico que tensiona y subvierte las condiciones existentes. La "conciencia de clase", actuando como fuerza material social, es consecuencia y no causa de ello, contrario a lo que piensan, dicen y hacen las variopintas vanguardias iluminadas y "concientizadoras" de izquierdas, que en realidad también luchan por ser los nuevos representantes, organizadores y jefes de sus "liberados". Por su parte y por el contrario, la autodeterminación y la autorregulación colectiva e individual son características de un organismo social sano -entendiendo por sano lo desalienado o lo libre de alienación-: la comunidad material de los individuos libremente asociados o el comunismo en anarquía; más aún si proviene espontánea, caótica, contradictoria e impuramente del antagonismo, la ruptura y la autoliberación de un organismo social vivo pero putrefacto como lo es este sistema de enajenación, explotación, dominación y muerte. La nueva sociedad sin clases ni Estados sólo puede ser el resultado de este movimiento social de carácter contradictorio e impuro, histórico e internacional, impersonal y anónimo. Decimos impersonal y anónimo, ya que el movimiento revolucionario del proletariado es el movimiento de los nadies y los sin nada que perder que lo queremos todo para disfrutarlo en común porque, a fin de cuentas, "todo es de todos": sí, el proletariado ha producido todo lo que existe y, por tanto, todo debería pertenecerle y ser para su disfrute... Sin duda, todavía estamos lejos de la revolución social que acabe con el capitalismo y la sociedad de clases. Pero, al mismo tiempo y dialécticamente, sólo la lucha de clases real y su devenir es el camino para ello y quien tiene la última palabra. Sí, el proceso y el devenir de la lucha de clases real es lo esencial y lo determinante en la historia. Hasta entonces, a las masas nos toca seguir luchando por la sobrevivencia diaria en cada vez peores condiciones. Lo cual, desde luego, es y será una bomba psicosocial de tiempo cuyo desenlace es incierto.

Nota bene: La única manera de realmente comprender y transformar la realidad es aceptarla tal cual es y no como creemos ni como quisiéramos que fuera. El principio de realidad o de inmanencia es revolucionario, por más que sorprenda, perturbe, escandalice, incomode, moleste, choque y/o duela. (Dos ejemplos: el lado perverso y la fuerza material del deseo gregario, así como también la capacidad de autoemancipación integral de las masas y los individuos.) En este último caso, es un dolor que libera del autoengaño. La psicología de masas, iniciada por el psicoanalista anarquista Otto Gross y el freudomarxista Wilhelm Reich, forma parte de este horizonte-camino revolucionario y, por lo mismo, marginal y a contracorriente, más aún en estos tiempos y en estas tierras. Lo cual, sin embargo, no impide que unos proletarios lo reivindiquemos, lo sostengamos y lo comuniquemos al resto de proletarios -de esta y de nuevas generaciones- para su reflexión, discusión y acción autoemancipatoria. 


Locura Proletaria
Quito, abril de 2021
 

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[*]  Sobre el porcentaje "récord" del voto nulo y del ausentismo en las recientes elecciones presidenciales de la hacienda Ecuador, huelga decir que, si bien es un síntoma de malestar frente a la farsa electoral e incluso frente al orden establecido, no es garantía de que ese malestar se esté (auto)politizando en una dirección revolucionaria, es decir en una dirección comunista y anárquica de masas. Ni siquiera en la revuelta de octubre de 2019 fue así. Peor ahora. Para nada. Las masas siguen luchando a diario por su sobrevivencia material y psíquica en cada vez peores condiciones; pero, al mismo tiempo, siguen creyendo en representantes y salvadores de todo tipo, es decir siguen engordando a su autoenajenación y su auto-opresión en beneficio de la clase dominante. 
Algunos conocidos de izquierdas dicen, con ingenuidad y optimismo, que es decidor, positivo y esperanzador que "un tercio de la población" de esta hacienda capitalista no haya votado por Lasso ni por Arauz... pero igual votó. Incluso dicen que esto es un "rechazo de las elecciones burguesas" y que "el voto nulo se está organizando en los sectores populares". Falso. El voto, aunque sea nulo, sigue siendo voto, el acto democrático y ciudadano por excelencia. El voto nulo no rompe ni desborda las reglas de juego de la dictadura de la burguesía y su Estado llamada democracia; al contrario, las reproduce, en este caso, "desde abajo y a la izquierda". Con y sin voto nulo, con y sin elecciones, el Estado democrático burgués sigue siendo el monopolio de la decisión y la dictadura de los ricos sobre los pobres. 
La realidad aquí y ahora es que, en un contexto de crisis, pandemia y contra-revuelta, el proletariado está derrotado, ciudadanizado, domesticado y sigue brillando por su ausencia en tanto sujeto autónomo, antagonista y revolucionario, por más que haya organizaciones-vanguardias de izquierda que "se saquen la madre" haciendo "trabajo de base" y de "concientización", para llegar a ser sus nuevos "libertadores" y opresores de izquierda, imitando ese capitalismo de Estado del siglo XX mal llamado "comunismo". Porque no se trata de cambiar de amo, sino de dejar de tenerlo, recuperando el control sobre nuestras vidas y las condiciones que las hacen posibles. La emancipación de los trabajadores -mediante la autoorganización, la acción directa, la solidaridad, la insurrección y la comunización- será obra de los propios trabajadores o no será obra de nadie. 
Por lo tanto, no hay que hacerse falsas expectativas con ese "tercio de la población" que democrática y ciudadanamente votó nulo y que no votó, ni mucho menos con los otros dos tercios de la población que democrática y ciudadanamente votaron por el correísta Arauz y por el banquero Lasso -ahora presidente-, por más que choque y duela admitir esta cruda y adversa realidad. Las masas están luchando a diario por la sobrevivencia alienada, no por la revuelta ni menos por la revolución (no en vano Lasso representa al "empleador" que "nos va a dar trabajo"). La revolución está en otra parte y todavía está lejos, por más que hoy sea más necesaria que nunca. Desgarradora contradicción de este período histórico.
Sin embargo, el mismo desarrollo catastrófico del capitalismo y la lucha de clases real harán lo suyo para que ya no lo esté o, al menos, no tanto. En la historia se ha visto situaciones en que los látigos de la contrarrevolución hacen andar a los caballos de la revolución. Una dictadura democrática empresarial como la de Lasso sin duda será contrarrevolucionaria a tope. Y el FMI prevé una nueva oleada internacional de estallidos sociales para el 2022. Pero sólo la lucha de clases tiene la última palabra y, más concretamente, lo que la clase proletaria haga o no por su propia emancipación en tales situaciones. 

viernes, 24 de abril de 2020

En tiempo de Coronavirus, ¡Cuidémonos Mutuamente!

Orlando Plath
8 de abril de 2020

El virus, covid-19, el coronavirus le cayo como anillo al dedo al orden de los estados en tiempos donde la revuelta era internacionalista desde América, Europa hasta Asia donde casualmente se origino la pandemia, teorías sobre su origen hay muchas, posiblemente nunca tengamos la certeza de nada, lo que si sabemos son los efectos sociales y económicos que ha provocado en el mundo. Las clases inevitablemente se agudizarán, la precariedad de la salud en los países latinoamericanos sobre todo en aquellos en extremo neoliberal se  notará aún más y nuevamente morirán los de siempre, la clase oprimida, los pobres. Pienso que en la sociedad de clases el llamamiento a cuarentena total no es realmente efectivo, porque la cuarentena es un privilegio de clases y somos muchxs lxs que no contamos con la posibilidad de guardarnos en lo que Judith Butler llamo “falsa idea de hogar” (1), además que los sectores productivos controlados por capitales no permitirán que esta medida les afecte, en el fondo la cuarentena total solo vendrá a potenciar dispositivos de control por el Estado que en nada parecen detener el avance del coronavirus, sino al contrario restringen libertades individuales, proporcionan libertades a órganos represivos. Aclaro que no se trata de apelar a un llamamiento reaccionario de su contrario sino a ser conscientes que tal medida ha sido solo una cortina de humo que invisibiliza el problema de fondo más allá de la tremenda crisis sanitaria, el virus es funcional al capitalismo, entonces si la cuarentena total no se le opone a este no tendrá un efecto real para detener la pandemia y salvar vidas. Por supuesto que en primera instancia todxs han estado de acuerdo que los estados declaren cuarentena total, los falsos críticos de siempre también, el análisis debe ser poco más allá, más profundo. Se ha orquestado también un espectáculo comunicacional gracias a los medios mercenarios en torno a la pandemia, produciendo un tipo de psicosis colectiva en América Latina al ver la experiencia del coronavirus en Europa y Asia la cual no ha sido nada favorable para nuestras sensibilidades y subjetividades (fundamentales en la potencia o sistema inmune).

El individualismo, el orden de los estados tras un proceso de biopoder, los capitales funcionales al coronavirus se notarán más y producirán muerte y enfermedad, antes sin pandemia y ahora más con pandemia. El llamamiento desde la resistencia al menos, necesariamente tendrá que apelar a la solidaridad ante todo, practicar la expropiación colectiva, el apoyo mutuo, no fortalecer el estado y ser conscientes de la gravedad de la pandemia desde el saber y la practica solidaria. Solidaridarizar con los presxs quienes se encuentran en condiciones de cárcel y hacinamiento peor que las ciudades (arquitecturas carcelarias por lo cual también desconfío de la cuarentena total), lo que permiten los brotes aún más rápido. No hay futuro, lo hemos tenido claro siempre, pero es prioridad defender nuestra clase explotada ahora más que nunca.

sábado, 21 de marzo de 2020

El coronavirus como declaración de guerra

Santiago López Petit
19 de marzo de 2020


Por la mañana me lavo las manos a conciencia. Así consigo olvidar los ojos arrancados por la policía en Chile, Francia o Irak. Antes de comer, me vuelvo a lavar las manos con un buen desinfectante para olvidar a los migrantes amontonados en Lesbos. Y, por la noche, me lavo nuevamente las manos para olvidar que, en Yemen, cada diez minutos, muere un niño a causa de los bombardeos y del hambre. Así puedo conciliar el sueño. Lo que sucede es que no recuerdo por qué me lavo las manos tan a menudo ni cuando empecé a hacerlo. La radio y la televisión insisten en que se trata de una medida de autoprotección. Protegiéndome a mí mismo, protejo a los demás. Por la ventana entra el silencio de la calle desierta. Todo aquello que parecía imposible e inimaginable sucede en estos momentos. Escuelas cerradas, prohibición de salir de casa sin razón justificada, países enteros aislados. La vida cuotidiana ha volado por los aires y ya sólo queda el tiempo de la espera. Fue bonito oír ayer por la noche los aplausos que la gente dedicaba al personal sanitario desde sus balcones.
Permanecemos encerrados en el interior de una gran ficción con el objetivo de salvarnos la vida. Se llama movilización total y, paradoxalmente, su forma extrema es el confinamiento. “La mayor contribución que podemos hacer es ésta: no se reúnan, no provoquen caos”, afirmaba un importante dirigente del Partido Comunista Chino. Y un mosso que vigilaba ayer Igualada añadía: “Recuerde que, si entra en la ciudad, ya no podrá volver a salir”, mientras le comentaba a un compañero: “el miedo consigue lo que no consigue nadie más”. Pero la gente muere, ¿verdad? Sí, claro. Sucede, sin embargo, que la naturalización actual de la muerte cancela el pensamiento crítico. Algunos ilusos hasta creen en ese nosotros invocado por el mismo poder que declara el estado de alarma: “Este virus lo pararemos juntos”. Pero solamente van a trabajar y se exponen en el metro aquellos que necesitan el dinero imperiosamente.
Cada sociedad tiene sus propias enfermedades, y dichas enfermedades dicen la verdad acerca de esta sociedad. Se conoce demasiado bien la interrelación entre la agroindustria capitalista y la etiología de las epidemias recientes: el capitalismo desbocado produce el virus que él mismo reutiliza más tarde para controlarnos. Los efectos colaterales (despolitización, reestructuraciones, despidos, muertes, etc.) son esenciales para imponer un estado de excepción normalizado. El capitalismo es asesino, y esta afirmación no es consecuencia de ninguna afirmación conspiranoica. Se trata simplemente de su lógica de funcionamiento. Drones y controles policiales en las calles. El lenguaje militarizado recuerda el de los manuales de la contrainsurgencia: “En la guerra moderna, el enemigo es difícil de definir. El límite entre amigos y enemigos se halla en el interior mismo de la nación, en una misma ciudad, y en ocasiones dentro de la misma familia” (Biblioteca del Ejército de Colombia, Bogotá, 1963). Recuerden: la mejor vacuna es uno mismo. Esta coincidencia no es extraña, ya que la movilización total es sobre todo una guerra, y la mejor guerra —porque permanece invisible— es aquella que se libra en nombre de la vida. He aquí el engaño.
Si la movilización se despliega como una guerra contra la población es porque su único objetivo consiste en salvar el algoritmo de la vida, lo cual, por descontado, nada tiene que ver con nuestras vidas personales e irreductibles, que bien poco importan. La “mano invisible” del mercado ponía cada cosa en su sitio: asignaba recursos, determinaba precios y beneficios. Humillaba. Ara es la Vida, pero la Vida entendida como un algoritmo formado por secuencias ordenadas de pasos lógicos, la que se encarga de organizar la sociedad. Las habilidades necesarias para trabajar, aprender y ser un buen ciudadano se han unificado. Éste es el auténtico confinamiento en que estamos recluidos. Somos terminales del algoritmo de la Vida que organiza el mundo. Este confinamiento hace factible el Gran Confinamiento de las poblaciones que ya tiene lugar en China, Italia, etc. y que, poco a poco, se convertirá en una práctica habitual a causa de una naturaleza incontrolable. El Gobierno se reestataliza y la decisión política regresa a un primer plano. El neoliberalismo se pone descaradamente el vestido del Estado guerra. El capital tiene miedo. La incerteza y la inseguridad impugnan la necesidad del mismo Estado. La vida oscura y paroxística, aquello incalculable en su ambivalencia, escapa al algoritmo.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

La psiquiatrización de la vida cotidiana

Nota de LP: Sólo comentar que no comparto algunos términos que se usan en el siguiente artículo tales como "gestión" y "derechos humanos", ni mucho menos expresiones tales como "abogando por una mejor y completa formación del personal terapéutico y sanitario con el fin de que dispongan de conocimientos para tratar a las personas en estas circunstancias y sentirse más seguras en el desarrollo de su labor" y "lo que se pide es prevenir para no llegar a ese punto de no retorno y mirar a otras realidades donde se ha demostrado, de manera práctica, que es posible atender a personas con sufrimiento psíquico sin atarlas"; porque, desde una perspectiva antipsiquiátrica/anticapitalista como la de este blog, de lo que se trata no es de gestionar de otra manera, reformar, mejorar o "humanizar" las prácticas en las cárceles psiquiátricas (una utopía reaccionaria de por sí), sino de realizar su crítica radical teórica y práctica, su abolición y superación históricas. Sin embargo, lo esencial y principal del artículo es su clara crítica al capitalismo y su "normalidad" como la causa real del malestar psicológico generalizado, así como también su acertada crítica a la ignorancia, hipocresía y sobre todo la violencia que implica aceptar y reproducir la psiquiatrización social, es decir el diagnóstico-etiqueta-estigma de "anormales", "enfermos mentales" o "locos", quienes son marginados, drogados ("medicados"), internados, controlados, violentados y hasta matados. Es por ello que no necesitamos otra psiquiatría o una psiquiatría "más humana"; lo que necesitamos como seres humanos es una revolución social, una transformación radical de todas nuestras vidas en todos sus aspectos. Oponer a la psiquiatrización de la vida cotidiana, la lucha por la revolución de la vida cotidiana.

[Tomado del blog Algrano - Sembrando la duda. Las negritas son nuestras.] 

La deconstrucción del concepto de enfermedad mental

Cuando hablamos de erradicar el concepto de “salud mental” o su opuesto, “enfermedad mental” nos referimos a eliminar por completo todas las normas sociales de comportamiento que rigen a día de hoy el mundo en el que vivimos, especialmente en las grandes ciudades donde los ritmos y estándares son aún más exigentes con las personas y cada vez menos respetuosos con los propios ritmos vitales de cada uno. Se trata de dejar de referirnos a las afecciones psicológicas y a las personas que las sufren como “enfermos” (en el mejor de los casos) o como “locos” en el peor (y por desgracia, en la mayoría de las ocasiones). No caer en estas calificaciones, pasa por no utilizar una vara de medir que está socialmente arraigada en nuestros ambientes y en la sociedad en la que nos hemos criado y educado, esa norma social que dice lo que es “normal” y lo que se pasa de esa normalidad, ya sea por exceso o por defecto. Esto pretende crear una línea de actuación y comportamiento concretos comunes a todas las personas sin respetar ni contemplar los ritmos de cada uno, las distintas realidades sociales y la gestión personalizada de cada uno de los problemas que se plantean.

Esto, genera grandes problemas a muchas personas que a día de hoy sufren de alguna u otra forma cualquier tipo de problema que afecta a su estado de ánimo o a su “estado mental”. Aparte, todas estas construcciones sociales que dicen cómo tenemos que comportarnos y qué etiqueta se nos asigna cuando no lo hacemos de determinada forma, despolitiza y deja por completo de lado el hecho de que el sufrimiento psicológico es consecuencia directa de la gestión del capitalismo tan salvaje y del Estado sobre nuestras vidas: trabajo asalariado, ciudades inhabitables, contaminación de todo tipo, precariedad, marginación, drogas y adicciones varias, estrés continuado, infinidad de estímulos y obligaciones con las que debemos de cumplir todos los días, etc. Si no llegamos a cumplir todas estas metas de una manera eficaz, rápida y ordenada, se nos asigna un diagnóstico, una etiqueta, un estigma que nos recuerda que no estamos amoldándonos correctamente a todas las exigencias que a día de hoy se nos imponen.

El negocio de los diagnósticos

Seguro que nos resultan bastante familiares diagnósticos asignados a personas que conocemos o a nosotros mismos referidos como estados de ansiedad, depresión, nerviosismo, estrés, insomnio, trastorno [límite] de la personalidad, trastorno obsesivo compulsivo, hiperactividad y déficit de atención (estos dos últimos en los últimos años se han diagnosticado como churros a muchos niños), etc. Por no hablar de los “menos cotidianos” como son la esquizofrenia, la paranoia, psicosis, bipolaridad, etc. Estos diagnósticos crean etiquetas y estigmas en las personas que los padecen, haciéndoles a un lado del resto de personas “normales” y “mentalmente equilibradas”,  generando la marginación de aquellos que los sufren haciéndoles sentir incapaces de adaptarse a una normalidad impuesta, mayoritaria y aparentemente consensuada. A pesar de las apariencias, la realidad es bien distinta y existen muchas más personas con ciertas afecciones emocionales a día de hoy que no se atreven a decirlo, o que, atreviéndose, siguen siendo considerados como inadaptadas, desviadas, locas e incapaces de hacerse cargo de sus emociones y problemas vitales.

El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM, por sus siglas en inglés) contiene la clasificación de las enfermedades mentales según la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, y se usa en todo el mundo para decidir quién padece una enfermedad mental y quién no. Según el DSM 5 (el que se aplica actualmente), el 81% de la población de entre 11 a 21 podría ser diagnosticada con una enfermedad mental. Con el nuevo DSM, tan sólo dos semanas después de que alguien pierda a un ser querido, un médico puede diagnosticar depresión clínica. 

Se inventan nuevas “dolencias”, las llamadas "nuevas enfermedades" como “trastorno bipolar”, que no es más que altibajos en el comportamiento; el “trastorno de déficit de atención” en niños en los que se “diagnostica” como enfermedad el normal comportamiento de los niños, trastorno “afectivo estacional”, simplemente la tristeza del invierno, o trastornos absurdos como el “Transitorio de ansiedad social” que es calificado como ¡¡alergia a la gente!!

Solamente en relación con la depresión (una de las más de 10 enfermedades o trastornos mentales “diagnosticados”) se definen 125 tipos de medicamentos. Se declara que el 5% de las Incapacidades Temporales en el mundo son atribuidas a síntomas relacionados con la depresión. En España afecta (según los diagnósticos oficiales) al 10% de la población, es decir, 4 millones de españoles son estigmatizados de esa manera. Supone un coste de 745 millones de euros los tratamientos “necesarios” y en los últimos años esta cifra oficial ha ido incrementándose en más de un 5%.

Ante estas situaciones, las cuales nos encaminan a ser personas extremadamente obedientes incluso cuando hablamos de nuestro bienestar mental, el Estado y el entramado de “salud mental” que le rodea, está encaminado a aislar y, simplemente, poner parches.

Las terapias y análisis del sistema de salud público de los psicólogos y terapeutas, no van a la raíz del problema, no analizan el origen del malestar y no pretenden en ningún momento cambiar la realidad, si no crear dinámicas de resignación donde la persona afectada pueda hacer su sufrimiento más llevadero, más adaptado y con cuanta menos lógica se le aplique, mejor. Las intervenciones psiquiátricas vienen, en teoría, a complementar dichas terapias con medicación “en los casos que sea necesario”, aunque la realidad es que se recetan todo tipo de drogas psiquiátricas sin nada de miramientos en muchas ocasiones en las que no son necesarias: ansiolíticos, relajantes, pastillas para dormir, antidepresivos, antiepilépticos, etc. Los medicamentos recetados a la ligera (o ingeridos por obligación como en muchos casos ocurre) proporcionan un bienestar momentáneo y evitan la gestión del conflicto, creando además una gran adicción (por no mencionar los importantes efectos secundarios) y no dotando de ninguna herramienta a la persona que los utiliza. Esto sólo crea seres dependientes de las pastillas que siguen teniendo los mismos problemas que cuando empezaron y que son capaces de tener momentos de calma y bienestar proporcionados por los efectos de las drogas, pero nada más.

Esta violencia con la que el Estado y la medicina tradicional (de la mano de la industria farmacéutica, una de las principales interesadas en que todo esto siga tal y como está), deja terribles secuelas a muchas personas. Se castiga el sufrimiento, se margina a la persona, se droga y evita el problema, no se va al origen del mismo y además, se etiqueta (en ocasiones, de por vida) con un diagnóstico clínico establecido según criterios dirigidos a catalogar a las personas y a hacerles culpables de todas las circunstancias que le sobrevienen en la vida sin parar a mirar cuál es el origen de las mismas, especialmente desviando la atención sobre la enorme responsabilidad que tiene sobre nuestros estados mentales aquellos que nos gobiernan y toman decisiones sobre nuestras vidas que nos perjudican. Además, todo esto resulta más duro cuando se aplica a niños, los cuales son totalmente dependientes de los adultos, no se les permite tener capacidad propia de decidir y simplemente son guiados por los “tutores” y “especialistas”

A propósito de la violencia de las instituciones: las contenciones mecánicas

La contención mecánica es una práctica que se utiliza en las plantas de psiquiatría actualmente. Sí: las correas, las hebillas, la camilla naufragando en una habitación aislada no son cosas del pasado. A día de hoy en el estado español, se ata a personas que entran con o en contra su voluntad en las plantas psiquiátricas.

El método consiste en poner a la persona sobre la cama, boca arriba y atarle con correas las muñecas, tobillos y tórax impidiendo cualquier movimiento durante un tiempo no estipulado y por unos motivos completamente arbitrarios. No existe un protocolo de actuación compartido por los distintos dispositivos que componen la asistencia pública en salud mental que dicte cómo, cuándo, ni por qué utilizarlo; tan solo argumentar que la persona enajenada está fuera de sus casillas, que se comportó de manera agresiva y no hay personal suficiente para calmarla, o incluso que se portó mal y debe ser castigada (algo que sucede especialmente en las plantas de atención infantojuvenil). A él, a ese ser que necesita ayuda y comprensión, que su cabeza ha comenzado a volar y se le escapa, que tiene miedo y no comprende del todo lo que está pasando, a él se le brinda la oportunidad de desconfiar de quienes le van a “ayudar”, de tenerles pánico y de odiarles.

Las consecuencias de este método tienen un devastador efecto psicológico que afecta gravemente a la relación entre “paciente” y personal sanitario, y también deja secuelas en lo más hondo de la concepción de la persona atada, sobre sí misma y su entorno. Un claro efecto sería no volver a pedir ayuda en caso de presentir que se acerca una crisis, ni tan siquiera contarla pare evitar las consecuencias.

Del mismo modo, se pueden provocar lesiones físicas, desde abrasiones en la piel, torceduras o luxaciones, atragantamientos, isquemia de extremidades y órganos; pudiendo llegar a la muerte (por lo general causada por tromboembolismo venoso, falta de oxígeno o muerte súbita). Muertes silenciadas, como es el caso del año 2017 de la muerte de una chica de 26 años en Asturias durante el proceso de contención que aún no ha sido explicada como tantas otras. En un texto elaborado por la OMS en 2017 (“Estrategias para terminar con el uso de aislamiento, contención y otras prácticas coercitivas”) se hace referencia a una investigación elaborada en Estados Unidos que estima que entre 50 y 150 personas mueren cada año en los servicios de salud mental y casas de acogida como consecuencia no sólo de las contenciones mecánicas, sino también de las contenciones químicas y el aislamiento. Es muy difícil determinar cuál es el balance de cifras en el territorio que habitamos por el hecho de desconocer si quiera en qué medida se utilizan estas herramientas, ya que las denuncias de las personas que las padecen son infravaloradas o desestimadas al ser pacientes en crisis psiquiátricas con el estigma que ello supone, o profesionales que ocultan sus datos por miedo a represalias laborales.

La campaña #0contenciones

El colectivo Locomún ha lanzado la campaña #0contenciones después de elaborar un trabajo de investigación y recopilación sobre el tema. Su objetivo es visibilizar esta problemática, darle voz y difundir que la contención mecánica es una violación de los derechos humanos de las personas atadas, ya que “atar e inmovilizar vulnera los derechos fundamentales como el de la libre circulación y el derecho a la integridad física y mental”. Se suman así a una lucha que no es nueva, y que está protagonizada por colectivos en primera persona e individualidades que llevan años señalando esta realidad. Exigen un riguroso control y registros públicos sobre su uso, especificando el cuándo, el por qué y las circunstancias acontecidas para llevarlo a cabo para así determinar qué situaciones desencadenan estas prácticas sistémicas, exigir su fin y, sobretodo, velar por los daños fruto de estas situaciones para compartirlos con una sociedad que no suele saber nada de las agresiones que tienen lugar en el ámbito de la salud mental. También tienden puentes a las y los profesionales intentando establecer lazos con quienes de verdad quieran acompañar y cuidar (y no custodiar y castigar), abogando por una mejor y completa formación del personal terapéutico y sanitario con el fin de que dispongan de conocimientos para tratar a las personas en estas circunstancias y sentirse más seguras en el desarrollo de su labor. No existe una alternativa a la violación de los derechos humanos que supone restringir la libertad de una persona y sabotear su proceso de recuperación, lo que se pide es prevenir para no llegar a ese punto de no retorno y mirar a otras realidades donde se ha demostrado, de manera práctica, que es posible atender a personas con sufrimiento psíquico sin atarlas.

El trabajo en esencia está enfocado a abrir un debate sobre lo inhumano y degradante de estas  prácticas, tanto para la persona atada como para los y las profesionales que las realizan, que se sepa lo que pasa ahí dentro para llevarlo a la calle y que la sociedad recapacite para hacer de esto algo del pasado. Abolir las ambigüedades legales que permiten el uso de estas herramientas y hacer ver que el uso de las contenciones mecánicas en este sistema respaldado por políticas e instituciones corrompidas son “un indicador vergonzoso del supuesto progreso del territorio donde vivimos”. Un trabajo para romper silencios y barreras, realizado desde un colectivo horizontal de personas con un recorrido de lucha en la salud mental, la mayoría de ellas desde el conocimiento que se adquiere con la experiencia de estar psiquiatrizada. Un detalle curioso y muy a tener en cuenta es que desde esta perspectiva decidieron dar voz a personas que contestaron al saber de la campaña, más bien por sus vivencias, al pasar por las contenciones, y sacar a la luz las palabras de aquellas que se sintieron un cero a la izquierda.

Aprendamos de todo esto

Desde hace mucho tiempo existen debates abiertos sobre el origen de la locura, aunque el que prima en las instituciones es el biologicista que le da un sentido bioquímico y estructural al fenómeno, partiendo de la premisa de que algo se estropeó dentro de la cabeza y ya no funciona bien o está rota. Es de entender que la lógica consiguiente es anular esa locura, borrarla con químicos en forma de pastillas o inyecciones y amarrarla bien cuando ni las drogas funcionen. Gracias a colectivos formados por psiquiatrizados, locos, enajenadas o como quieran ser llamados, salen a la luz otros puntos de vista adquiridos por la experiencia, la cual nos dice que los procesos de sufrimiento psíquico tienen otro sentido y otro significado, que tienen que ver con la propia biografía y el contexto de violencias que habitamos, que con trabajo se pueden superar y que más daño hacen las etiquetas que se les ponen, los diagnósticos de por vida y la medicación crónica, que los propios procesos que este sufrimiento implica. Ello proporciona una visión que conecta totalmente nuestra situación social, la precariedad de nuestras vidas, el chantaje del trabajo, el miedo a perder nuestra casa, la constante batalla por tener comida cada día en nuestro plato, la dinámica viciosa de pagar las facturas, el estrés y la ansiedad del trabajo en la mayoría de los casos con jornadas interminables y salarios de mierda, el nulo tiempo que le dedicamos a las cuestiones emocionales en nuestros entornos, etc. Y es que, desligar nuestro malestar mental a todas estas circunstancias (a la existencia de un Estado que nos dice a cada momento qué tenemos que hacer y cómo tenemos que hacerlo y a un capitalismo voraz que nos esclaviza de por vida si no queremos morir de hambre y en la calle), sería afirmar que nos gusta ser esclavos felices y sonrientes y que no existen circunstancias nocivas de todo esto sobre nuestros cuerpos y mentes. Todo esto, son síntomas de un sistema enfermo, son gritos de desesperación, salidas y escapatorias en forma de “locura” a situaciones insostenibles e inhumanas.

El sufrimiento psíquico es, en ocasiones, difícil de explicar pero se puede intentar. Sobre todo es algo que lleva un tiempo de comprensión, de análisis y de empatía por parte de las personas que rodean a quien está sufriendo. Quizás si entendiésemos la locura, la depresión o la ansiedad, por ejemplo, así como muchos otros diagnósticos asociados únicamente a orígenes biológicos como parte de un proceso intrínseco a la falta de adaptación a una sociedad agresiva que nos enfrenta y nos aísla, podría caber en el apoyo terapéutico más empatía y más diálogo, salir del túnel siendo acompañado y respetando los tiempos y, sobre todo, no cabría el miedo a pedir ayuda, a acudir a un centro y no saber cuándo saldrás ni en qué estado lo harás. Lo cierto, además, es que los estados alterados del ánimo en las personas que somos sometidas a vivir en las condiciones en las que lo hacemos, son consecuencia lógica de una vida que posiblemente no hemos elegido vivir así. El resultado no puede ser más “natural” al mismo tiempo que desagradable por lo que se hace más que necesaria la comprensión ante cualquier episodio de ansiedad, depresión o desconexión con la realidad en estos tiempos en los que el bienestar humano y las decisiones que tomamos para encontrarnos mejor pasan a ser abolidas para seguir alimentando la máquina de la producción y de la lucha por la supervivencia. Quien no se haya sentido en algún momento como alguna de las sensaciones anteriormente descritas, posiblemente mienta y el problema no viene por sentir estas cosas, sino, porque nadie nos ha enseñado a gestionarlas de una forma correcta y a prestarles la merecida atención, si no a “tirar hacia adelante” a toda costa para no pensar demasiado en el origen y las causas, para no detenernos en analizar este sufrimiento que es ya más mayoritario que marginal (a pesar del tabú que sigue suponiendo) y que se trata como “enfermedad” en vez de como estados de ánimo, porque somos humanos y tenemos sentimientos.

La cultura de castigo en un sistema vertical en el que se reprime y castiga cuando la base de la pirámide no produce lo suficiente para que la cúspide viva sus lujos y excesos puede ser modificada, pero en nuestras manos está hacernos eco de estas líneas para utilizar nuestra razón, nuestra ética y nuestro sentido de la humanidad sin necesidad de que nadie nos lo dicte con normas o leyes. Quizás algún día la cúspide caiga y ya no haya situaciones límite, pobreza, facturas, estrés, aislamiento o dolor que nos lleven a la locura. O en palabras del colectivo Locomún: “Peleamos por un mundo donde las correas no sean necesarias, pero también donde las farmacéuticas no controlen las investigaciones, donde no se contemplen los tratamientos forzosos, ni las contenciones químicas salvajes, donde la estigmatización social de sufrimiento psíquico sea pura arqueología histórica y la desigualdad una barbarie olvidada”.