Reproduzco
aquí la carta de despedida de Leopoldo María Panero al Hospital de Día de
Madrid donde recibía «tratamiento», con fecha 18 de octubre de 1979. Carta en la cual «el poeta de la locura» critica de frente y sin piedad a la falsa
antipsiquiatría, a la psiquiatría y al psicoanálisis; es decir, a las pseudo-«psiencias»
o al «psistema»[1]:
El brillante
y contundente fragmento en el que Panero dice «González Duro y Cía repiten malamente a Freud: en
la "psicopintura" un árbol es el padre, un toro la criada y eso verde
mi mamá. Mamá, papá: ¿no hay otros modelos de la personalidad?», merece una
doble reflexión de mi parte.
Por un lado,
este fragmento es una muestra específica de una de las críticas fundamentales y
acertadas que le hace el esquizoanálisis de Deleuze y Guattari
al psicoanálisis de Freud y sus seguidores: la crítica a su «catexis familiarista»:
«La crítica del Edipo y del psicoanálisis
depende estrechamente de un estudio más abarcativo acerca de las relaciones entre el capitalismo y la esquizofrenia. Las catexis[2] conciernen, en realidad, al campo social.
Por ejemplo, el delirio del esquizofrénico no es familiar, sino histórico,
político, mundial (se delira sobre los chinos, los alemanes, Napoleón, Juana de
Arco, los arios y los judíos, el dinero, el poder y la producción, según las
épocas; no sobre “papá y mamá”).
Incluso la “novela familiar” depende
estrechamente de las catexis sociales inconscientes que aparecen en el delirio,
y no a la inversa. Y esto sucede ya en la infancia.
Deleuze-Guattari llegan a proponer un
(esquizo)análisis que se contrapone al psicoanálisis. Les interesa algo que no
les interesa a los psicoanalistas: ¿Cuáles son tus máquinas deseantes? ¿Cuál es
tu manera de delirar el campo social?
Para
ellos, el psicoanálisis es como el capitalismo (en el cual se creó y se
desarrolló): “la esquizofrenia es su límite, pero no deja de desplazar el
límite ni de intentar conjurarlo”.» (Jorge
Grippo, Esquizoanálisis − Definición, 2014)
A lo cual cabe agregar que, en este aspecto, el psicoanálisis comparte y reproduce una falsa premisa de la sociología burguesa estructural-funcionalista, a saber: que "el núcleo fundamental de la sociedad es la familia", cuando en realidad, como bien lo refuta Gilles Dauvé, es la empresa, en tanto unidad social fundamental de producción y valorización del valor; es decir, en tanto unidad social fundamental de producción y reproducción de las relaciones capitalistas. La sociedad mercantil generalizada es una empresa generalizada que incluye y determina a la familia, no al revés. Desde la perspectiva comunista, por tanto, la crítica y abolición de la familia implica la crítica y abolición de la empresa, entendidas como relaciones sociales, claro está. Lo mismo aplica para el Estado, la cárcel, el hospital, la escuela, la iglesia, el patriarcado y las demás instituciones del actual sistema de dominación. He aquí la base histórico-materialista y anticapitalista de las catexis sociales del esquizoanálisis en contra y más allá de la catexis familiarista y funcionalista del psicoanálisis.
Por otro
lado, es inevitable pensar en cierto personaje tóxico que conocí hace unos
meses en esta ciudad, ya que, debido a sus traumas no superados, el susodicho repite obsesivamente o como disco rayado la catexis
familiarista del psicoanálisis, al cual por cierto no lo conoce en toda su profundidad
y extensión y, aún así, lo hace su fetiche ideológico y su adorno intelectual; se cree «psicoanalista»,
pero no tiene ningún estudio superior ni título profesional de ello, por lo cual no es más que un charlatán o un farsante que sobrepsicologiza y habla
cualquier cosa desde su carencia y su envidia («el que presume, carece»), con
las cuales también juega el miserable rol de viejo inmaduro, moralista, amargado y
criticón de todo mundo desde su aislamiento y su burbuja de mierda, sólo que con términos rebuscados o pseudoeruditos que, de tanto usarlos, se prostituyen y banalizan, p. ej. se la pasa «criticando» y haciéndose la víctima del «narcisismo» y la «psicopatía» de otros, pero la verdad es que esas son sus propias proyecciones y fijaciones (típico de sujetos pasivo-agresivos e impostores); habla y publica mucho de «recuperación», «espiritualidad», «amor»,
«consciencia», «cambio», etc., pero en realidad eso sólo es la reafirmación autocomplaciente e hipócrita de su
enfermedad no aceptada ni trabajada realmente: pura máscara y «pura boca»; es incapaz de recibir críticas y de sostener una discusión: se ofende con facilidad, pierde el autocontrol, es reaccionario, resentido y vengativo: el típico «hater» u odiador; y, para colmo, hasta internó en
una cárcel psiquiátrica a su propia hija, quien con razón lo odia. Ah, y años
atrás había votado por «papá» Correa, el capitalista de Estado del siglo XXI criollo, pero se dice «marxista», «revolucionario» y, por si fuera poco, «fuerte», «interesante», «sensible» y hasta «poeta».
En fin, no es más que otro asqueroso, acomplejado y ridículo policía de la psique que se disfraza de «crítico
del sistema»; un contrarrevolucionario y un tóxico de izquierda con el cual no vale la
pena vincularse, sino que, por el contrario, hay que mantenerse lejos. Es lo más
inteligente, saludable y digno al respecto.
Cabe aclarar que este es sólo un caso o un ejemplo
de este tipo de personajes de novela de terror, porque lo antedicho no es un problema exclusivo de este
individuo despreciable, sino que es un patrón de conducta de muchos individuos, aquí y en todo el mundo. Y no es sólo
un problema psicológico, sino que es una de las tantas consecuencias o síntomas subjetivos de
determinadas condiciones materiales e históricas de existencia; es decir, no es más
que una singular personificación de esta sociedad de la mercancía, la enajenación, la separación, la competencia, el espectáculo y la muerte, en general, y del actual periodo histórico-mundial contrarrevolucionario, en particular. Algo que los psicologistas nunca entenderán.
(Unos compañeros anarquistas de la región chilena recién publicaron en su cuenta de Instagram un video que calza como anillo al dedo a este tipo de individuos impostores y tóxicos que se meten en espacios militantes y activistas sólo para contaminarlos y romperlos con su mediocridad y su odio. La leyenda de este video dice «Porque necesitamos un movimiento sano que luche por las justas demandas de todos y no para alimentar el ego de unos pocos!»)
Volviendo a la carta de Panero, lector de Reich y, por tanto, de Marx y su crítica al fetichismo de la
mercancía o a la cosificación de las personas y sus relaciones, también es brillante y contundente este otro fragmento donde además
denuncia la violencia psiquiátrica: «Cualquier objetivación es un insulto
[...] el desconocimiento de la realidad del "otro" (del
"enfermo") va tan lejos que en lugar de apropiadamente tranquilizarlo
(cosa que siempre es posible) el sujeto devenido puro objeto, pura cosa
("bestia") es amarrado teniendo una reacción imprevisible (no
humana).»
Finalmente,
hay una foto en la que Panero sale meando a una pared: esta es la crítica
práctica y poética que, por lo menos, se merecen el «psistema» capitalista, sus
defensores y sus falsos críticos.
Locura Proletaria Quito, diciembre 2021
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[1]
Psistema: «Nombre que se da al sistema psiquiátrico para denunciar
las violencias que se producen en el mismo, que incluyen diferentes medidas con
el efecto común de menoscabar la autonomía y los derechos de las personas
consideradas locas, infravalorando sus comportamientos y su sufrimiento psíquico. De este modo, el término pretende señalar el carácter político de la psiquiatría
como agente del orden social, empezando por la utilización del término “salud
mental”, que patologiza, medica y excluye aquellos comportamientos considerados
“discordantes”, dándole un carácter individual al padecimiento
psíquico y tratando de ocultar el origen social del problema.»Leer definición completa
[2] Catexis:
«También puede nombrarse como catexia,
carga, investidura o investimiento, aunque a veces con distintas
connotaciones. Es un concepto económico: la catexis hace que cierta energía
psíquica se encuentre unida a una representación o un grupo de
representaciones, una parte del cuerpo, un objeto, [una persona, una emoción, una pasión, una idea, una palabra,] etcétera.» Leer definición completa
“Era
médico nietzscheano, psicoanalista freudiano, anarquista, sacerdote de
la liberación sexual, maestro de orgías, enemigo del patriarcado,
cocainómano y morfinómano disoluto.” Richard Noll.
“Los
mejores espíritus revolucionarios alemanes han sido educados y
directamente inspirados por él. En muchas de las creaciones poderosas de
la joven generación, uno encuentra esa específica agudeza de sus ideas y
las consecuencias de largo alcance que fue capaz de inspirar.”
Otto Kaus.
Schwabing,
al norte de la ciudad de Munich, bullía de agitación intelectual ya
desde finales de la centuria anterior. Allí vivían o habían vivido y
trabajado algunos de los más destacados escritores y artistas del ámbito
germanoparlante europeo: desde los hermanos Mann o Rainer Maria Rilke
hasta Oskar Panizza o los jóvenes vates que orbitaban en torno al poeta /
profeta Stefan George. En los cafés de la zona se proyectaban las
revoluciones artísticas y políticas del siglo que echaba a andar. En el Simplicissimus de la Türkenstrasse
reinaba el escritor, cabaretista y pintor Joachim Ringelnatz; el
régimen parecía ser algo más democrático, sin embargo, en el Café Stefanie emplazado en la Amalienstrasse, y al que muchos llamaban Café Grössenwahn
(Café Megalomanía) por la densidad de genios que concentraba en espacio
tan reducido. Se sabe que un exiliado ruso de nombre Vladimir Ilich
Ulianov frecuentaba el barrio antes de que estallase la guerra, y con el
tiempo se llegaría a decir que la revolución consejista de Baviera se
había gestado en las madrugadas del Stefanie. No era nada
fácil, pues, destacar en un ambiente en el que los futuros dadá Emmy
Hennings y Hugo Ball comenzaban a tramar la destrucción del arte o en el
que anarquistas como Erich Mühsam o socialistas como Leonhard Frank
pergeñaban la del orden burgués. Y, aun así, había una mesa que debía de
llamar particularmente la atención del visitante desinformado. La
presidía un joven de pelo crespo y barba de fauno, con el chaleco
siempre condecorado de motas blancas de cocaína, que recitaba a
Nietzsche de corrido, predicaba la liberación libidinal y ofrecía
improvisadas sesiones de psicoanálisis a quien quisiera probar la
eficacia de los nuevos métodos del doctor vienés Sigmund Freud. Se
llamaba Otto Gross y, en aquellos tiempos –pongamos entre 1906 y 1913-,
rondaba los treinta años de edad. Su amigo Leo Frank recordaría algo más
tarde: “El Café Stefanie era su universidad […] y [Gross] era un Profesor con una Cátedra situada en una mesa cerca de la estufa”.
Otto
Hans Adolf Gross había nacido un 17 de marzo de 1877 en la ciudad
austriaca de Gniebing. Recibió la esmerada educación que era propia de
la burguesía centroeuropea finisecular y, después de sufrir a numerosos
tutores y pasar por diversos colegios privados, se doctoró en medicina y
empezó a interesarse por la disciplina psiquiátrica. Como su padre. De
hecho, antes de que Otto Gross fuese Otto Gross, ya era conocido como el
hijo del insigne doctor Hans Gross, una eminencia cuyo talento era
reconocido en toda Europa, y aun fuera de ella. Gross padre era nada más
y nada menos que el fundador de la criminología científica moderna. Era
abogado de formación, pero el hecho de haber ejercido como magistrado
de investigación le obligó a recorrer toda Austria analizando pruebas
criminales. Así comprendió la necesidad de un acercamiento
multidisciplinar al estudio del crimen que tuviese en cuenta, entre
otras, las dimensiones químicas, biológicas y clínicas de la conducta
desviada, pero sin descuidar, por ejemplo, las aportaciones de las
novedosas técnicas de asociación psicológica que jóvenes científicos
como el doctor Carl Gustav Jung estaban poniendo en marcha a la sazón.
Según afirma Richard Noll, “en su famoso Instituto de Criminología
reunió una colección de objetos didácticos para la formación del moderno
criminólogo entre los que se incluía una inolvidable exhibición de
cráneos de hombres asesinados. También había vitrinas con venenos
mortales, armas de fuego, balas, bastones-espada, cañones de fusil, así
como libros maravillosos, filtros de amor, cartas astrológicas y versos
mágicos que aportaban pistas sobre la mente criminal supersticiosa”.
Hans Gross era además un ferviente católico romano, ultraconservador en
lo político, antisemita y tan racista como permitían el decoro y las
buenas costumbres de alta burguesía germana, que era –por cierto- mucho.
A su ver, la razón científica era un instrumento de orden que debía
servir a las necesidades del Estado.
Los
primeros pasos de la carrera profesional de Otto Gross se producen a la
sombra del padre. En sus textos primerizos hay de hecho un punto de
lombrosismo evolutivo que, en todas las ocasiones, sirve para apuntalar
las convenciones burguesas y que, sin duda, debe mucho al influjo del
viejo Hans. Sin embargo, Otto elige pronto la senda torcida. En poco
tiempo se convierte en un negador radical de esas mismas convenciones,
en un bohemio que predica el desarreglo de todos los sentidos y se caga
en las instituciones sobre las que asienta su régimen de terror el
decadente orden capitalista y en un luchador por la causa del comunismo
matriarcal. El uso de sustancias psicoactivas desde los veintipocos y el
descubrimiento del psicoanálisis freudiano algo después contribuirán en
forma notable a dicha transformación. Por lo que se refiere a las
drogas, se sabe que Gross había empezado a consumir allá por el año
1898. En un viaje a tierras sudamericanas que realiza entre 1900 y 1901
alivia el aburrimiento con los fármacos que contiene su botiquín de
médico del barco; las dosis que entonces se suministra no son muy
grandes, pero un año después ya es un adicto a la morfina que necesita
inyectarse al menos un par de veces al día si quiere cumplir con sus
funciones como médico en el hospital psiquiátrico de Graz. Enseguida ya
ni siquiera es capaz de trabajar y se pasa la vida en los cafés de la
bohemia, donde piensa, charla y escribe. Alarmado, su padre lo envía a
la clínica Burghölzli, en Zúrich, para que lo sometan a una cura de
desintoxicación. Es la misma clínica en la que, por cierto, ejerce el
doctor C. G. Jung, aunque no hay constancia de que tratase a Gross
durante esta primera estancia. Otto Gross es ingresado en abril de 1902
y, tras unos meses bajo observación, un miembro de la plantilla médica
emite su diagnóstico final: el joven doctor padece una “psicopatía
grave”. Con todo, recibirá el alta médica en el mes de julio de ese
mismo año.
El interés de Gross por la obra de Freud data más o
menos de las mismas fechas. En 1907, después de pasar una corta
temporada en la conocida clínica muniquesa del psiquiatra Emil
Kraepelin, publica un libro en el que contrasta la propuesta
biologicista de este último con el psicoanálisis freudiano y cuyo saldo
resulta favorable para Freud. La obra llama pronto la atención del
círculo psicoanalítico de Viena, que busca prosélitos ilustres y
preferiblemente arios, pues el origen judío de su padre fundador y de
muchos de sus miembros despertaba la suspicacia de unos medios
intelectuales mayoritariamente antisemitas. Jung era ario, y también
Otto Gross; de ahí que resultasen tan valiosos para la causa.
En una carta enviada al primero de ellos, Freud reconocerá: “Usted es el
único capaz de hacer una contribución original; con la excepción, tal
vez de O. Gross, pero por desgracia éste no goza de buena salud”. Y
Freud no se equivocaba, la aportación de Gross a la teoría y la práctica
del psicoanálisis sería de lo más peculiar, pero implicaba de pasada un
segundo atentado contra la figura del Padre: si Gross ya había matado
simbólicamente a su padre biológico, no tardaría en hacer otro tanto con
Freud como progenitor y guía espiritual. En Gross, en efecto, el
psicoanálisis se convierte, junto con la obra de Nietzsche, en un arma
revolucionaria que se desvía del tratamiento individual de las dolencias
psíquicas para apuntar a la liberación de los instintos primordiales –
como fuente de creatividad- frente a las constricciones castradoras de
la civilización patriarcal. Además –y como señala de nuevo Richard
Noll-, gracias a Gross, el psicoanálisis deja de ser un objeto de
consumo de la burguesía más o menos neurotizada para integrarse en la
contracultura bohemia, iniciando una fascinación que habrá de
prolongarse durante decenios. Sin saberlo y acaso sin pretenderlo, Otto
Gross se estaba adelantando de esta manera a las propuestas del apóstata
Wilhelm Reich y de los surrealistas.
El Café Stefanie (Munich)
Pero
lo cierto es que Freud y Nietzsche no bastan. Las trayectorias teóricas
de estos dos maestros de la sospecha se entrecruzan de hecho en la vida
de Gross con las de Kropotkin y los pensadores anarquistas, pero
también con las del ‘antropólogo’ Johann Jakob Bachofen, en una síntesis
de elementos aparentemente contradictorios a la que sería difícil
asignarle una etiqueta de clasificación académica. La obra de Bachofen
en general y en particular Das Mutterrecht [El derecho matriarcal,
1861] va a ocupar un lugar central y a desempeñar la función de un
pivote organizador de esa ecléctica amalgama por cuanto provee a Gross
de una suerte de marco explicativo global y de un soporte
histórico-etnológico para su proyecto de emancipación erótico-política.
Por resumirlo mucho, lo que Bachofen ofrecía en su libro de comienzos de
los sesenta era un “modelo por etapas” de la evolución cultural del homo sapiens sapiens
que permitía reducir el “ruido y la furia” de la historia de la especie
a unos cuantos elementos de comprensión racional. Según parece, la obra
de Bachofen había llegado hasta los medios de la bohemia muniquesa a
través de Ludwig Klages, que la había dado a conocer a sus camaradas del
CírculoCósmico de Stefan George ya a comienzos de
siglo. Es más que probable que a Gross se le despertase el interés por
las tesis del antropólogo suizo gracias a que mantenía contacto
cotidiano con varios miembros del grupo. Dicho sea en una aparte, Das Mutterrecht será también un recurso bibliográfico de primer orden para el Engels de El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Pero ésta es otra historia.
En El derecho matriarcal,
Bachofen defendía que la humanidad había pasado al menos por tres
estadios de evolución cultural. En el origen se encontraba lo que el
autor llamaba ‘hetairismo’ o periodo ‘telúrico’; una etapa que, en su
opinión, estaba marcada por el simbolismo de la tierra y en la que no
existían ni la agricultura, ni el matrimonio ni otras instituciones
sociales que ahora tenemos por naturales. Los seres humanos se
organizaban entonces en pequeñas agrupaciones nómadas en las que
dominaba un comunismo tanto económico como libidinal. A ésta le seguiría
la etapa del matriarcado propiamente dicho (Mutterrecht). En
este momento comienza la agricultura y la domesticación de los animales
y, aunque aparecen las primeras instituciones sociales en su forma más
rudimentaria, siguen primando los valores igualitarios. Según Bachofen,
en este segundo período domina el culto a la Madre Tierra y se glorifica
el cuerpo humano. El tercer y último estadio corresponde al
patriarcado, caracterizado por el culto al sol, por la exaltación del
intelecto y por el control de la sociedad mediante leyes. La
originalidad de Otto Gross a la que hacía alusión Freud en la carta
citada destella aquí con intensidad, porque lo que Gross va a hacer
básicamente es corregir y completar las teorías de la evolución
ontogenética de la psique provistas por el psicoanálisis con las tesis
de Bachofen sobre el desarrollo filogenético de la especie humana con
vistas a desarrollar un método eficaz de terapia no individual, sino
social y revolucionaria. Si es cierto –pensaba Gross- que los seres
humanos han vivido en pequeñas comunidades nómadas y polígamas durante
decenas de miles de años, entonces es harto probable que sus
descendientes no hayan sido capaces de desarrollar todas las
adaptaciones que resultarían funcionales a un régimen sometido al
imperio del NombredelPadre. El origen de
las enfermedades mentales, del malestar en la civilización, se halla
justamente aquí, y por eso es necesario acabar con el patriarcado –y su
última figura, la sociedad burguesa- y restaurar la poligamia, la
igualdad social y el predominio de la simbología femenina.
Nietzsche
Así
que a la altura de 1906, cuando Gross hijo comienza a frecuentar los
cenáculos de la cultura disidente del área de Schwabing, ya está
pertrechado con una muy particular visión del mundo y con un arsenal
conceptual que le va a permitir atacar con fiereza las convenciones del
medio social del que proviene. A pesar de todo, la ruptura con tales
medios nunca va a ser definitiva; no podía serlo. Gross padre vigila
siempre desde las alturas y, una y otra vez, trata de someter al hijo
díscolo. Por otra parte, el credo poligámico de Otto arrastra la rémora
de su temprano matrimonio con Frieda Schloffer –temprano, no por la
juventud de ambos, sino porque entonces Gross todavía no se había
independizado intelectualmente-, con la que tendrá un par de hijos a los
que se bautizará con el nombre de Peter. En cualquier caso, ni la vida
familiar ni los cantos de sirena del mundo clínico y académico logran
embridar la naturaleza nómada e inquieta de Gross. En la misma época
entra como un ciclón en el círculo de intelectuales burgueses que Max
Weber y esposa animaban en la ciudad de Heidelberg. Desde 1907 se aloja
en el hogar de Edgar Jaffe, el más cercano de los colegas del padre de
la sociología alemana. En poco tiempo Otto deja embarazada a Else, la
esposa de Jaffe, y establece relaciones sexuales con la hermana de ésta,
Frieda Weekly. Y el efecto es similar por donde quiera que pasa. Son
éstos también los años en los que su existencia fluctúa entre los
ambientes canallescos de Munich, la relativa calma de Zurich y la utopía
encarnada en Ascona.
Ascona es un pueblecito del cantón de
Ticino situado en una ensenada del Lago Maggiore, en plenos Alpes
suizos. Hoy en día, con su campo de golf de 18 hoyos, sus tiendas chic y
sus restaurantes para gourmets, es destino turístico del pijerío
europeo. Pero su clientela era muy diferente antes de que estallase la
Primera Guerra Mundial. Ya desde la década de los años setenta del siglo
anterior el enclave había llamado la atención de muchos perseguidos en
una Europa agitada tras los acontecimientos de París. Pronto la zona se
llenó de anarquistas rusos refugiados, entre los que destacaba la figura
imponente de Mijail Bakunin. A comienzos del siglo XX, dos curiosos
personajes, Ida Hoffmann, profesora de piano, y Henri Oedenkoven, hijo
de un conocido industrial, se mudaron a un monte situado sobre la ciudad
que llevaba –y lleva- un oportuno nombre en italiano: Monte Verità.
Allí emplazaron una suerte de comuna naturalista que habría de
satisfacer su hambre de naturaleza salvaje y su aversión por el mundo
civilizado. En poco tiempo, la noticia se difundió entre la bohemia
centroeuropea y Ascona se repobló con heterodoxos de todo pelaje:
naturistas neorrománticos, seguidores de los círculos teosóficos,
aspirantes a artista, ácratas, pacifistas, escritores y pintores
inclasificables y algún que otro miembro de la familia psicoanalítica.
La lista es larga y difícil ser exhaustivos, pero digamos que por allí
pasaron gentes como el ya citado Erich Mühsam, Ernst Frick, Otto Braun,
los hermanos Gräser, Alexej Jawlensky, Marianne von Werefkin, Paul Klee,
Hans Arp, Hugo Ball o Hermann Hesse. Y también, por supuesto, Carl
Gustav Jung y Otto Gross, que encontró en Monte Verità terreno fértil en
el que hacer fructificar sus ideas. No es extraño, pues, que en DasgrosseWagnis, una novela que Max Brod publica en 1918, Gross se transmute en la figura del dictatorial ‘Doctor Askonas’.
Sigmund Freud
En
1908, una nueva intervención de Hans Gross lleva a su hijo al hospital
psiquiátrico. Como paciente, no como facultativo. El lugar elegido es,
una vez más, el feudo suizo de Jung: la clínica Burghölzli, de la que ya
se habló más arriba. Parece que Jung pospuso su aceptación, pues había
conocido a Gross hijo en el Congreso de Neuropsiquiatría que se había
celebrado en Ámsterdam el año anterior y, sencillamente, no le había
caído nada bien. Pero la insistencia del padre y la intervención de
Freud vencieron las reticencias del descubridor del ‘inconsciente
colectivo’. La idea de Freud era que Jung aceptase a Gross para
deshabituarlo del consumo de opio y de cocaína, que cada vez afectaba
más a su vida cotidiana, comenzar el análisis y después trasladarlo a
Viena, donde podría llevarse a cabo un tratamiento más profundo. Lo
curioso del asunto es que el más afectado por la relación
psicoanalítica, el que realmente salió transformado, no fue Gross sino
Jung. El transfert que suele producirse en la sesión tiene
estas cosas, sobre todo si uno ha de enfrentarse a una naturaleza tan
fuerte como la de Otto Gross. Sea como fuere, el analista suizo fue
convirtiéndose paulatinamente a la fe poligámica de Gross e incorporando
no pocas ideas de éste a su propia doctrina (la díada extraversión /
introversión pueden, por ejemplo, anotarse en el ‘debe’ de Jung). Sin
embargo, los derroteros que ambos seguirían en el futuro serían
divergentes. Mientras Gross profundizó en su intento de síntesis entre
las propuestas del psicoanálisis y el proyecto igualitario del
anarquismo o del comunismo, en los últimos años de su vida; Jung fundó
“un culto mistérico espiritista de renovación y renacimiento” (Noll),
que debía mucho al neopaganismo de los medios nacional-revolucionarios
alemanes de la época y que, con el tiempo, lo conduciría a simpatizar
con el nazismo.
Lo cierto y verdadero es que Gross jamás abandonó
el consumo de estupefacientes y hubo de ser ingresado en diversas
ocasiones en los años que le quedaban de vida. Siempre, todo hay que
decirlo, contra su voluntad y a instancias de su padre y, en alguna
ocasión, incluso por mediación de su santa esposa. En 1911 es internado
de nuevo, y el tiempo de encierro le sirve para proyectar la fundación
de una escuela para anarquistas en su amada Ascona. Dos años más tarde
puede vérsele en Berlín, donde entra en contacto con algunos
representantes del movimiento dadaísta de la ciudad como Raoul Hausmann,
Hannah Höch o Franz Jung, en el que dejaría una honda huella.
Precisamente en Berlín y a finales de ese mismo año de 1913, Hans Gross
hace detener a su retoño y lo envía a un manicomio austriaco para que
sea liberado de sus adicciones y de sus poco adecuados comportamientos.
Inmediatamente se pone en marcha una campaña de apoyo al hijo perseguido
y encerrado: diez mil folletos, impresos por una sociedad cultural
vienesa, en los que se pide la puesta en libertad de Otto Gross se
distribuyen en Munich, Berlín, Viena, Zurich y algunas otras ciudades.
Finalmente, recibe el alta en 1914, justo cuando la guerra comienza a
extenderse por todo el continente. Durante la contienda Gross ejerce
como médico del ejército austro-húngaro en diferentes destinos, y al
final se le ve deambular por las calles de Budapest y Praga, donde
conoce al ya mencionado Max Brod y a Franz Kafka, que –casualidades de
la vida- había sido alumno del viejo Hans Gross en la Facultad de
Derecho de la ciudad checa. Se dice que El Proceso
debe mucho a la inspiración de la oveja negra del psicoanálisis. De
regreso en Berlín, pone en marcha, junto a Franz Jung y al pintor Georg
Schrimpf, una revista llamada Die freie Strasse,
que debía ser un trabajo preparatorio para la Revolución que ya se
anuncia en Alemania, y se ve envuelto en otro rocambolesco lío de
faldas. Moriría en el sanatorio berlinés de Pankow el día 13 de marzo de
1920 a causa de una neumonía. Lo habían encontrado poco antes en un
almacén abandonado al borde de la inanición.