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miércoles, 18 de abril de 2018

"El extraño caso de Wilhelm Reich" (película)

photo-original[Tomado de RIPeHP. 12/05/2015]  

En el año 2009, Antonin Svoboda produjo el documental ¿Quién teme a Wilhelm Reich? para la TV austriaca que, en poco más de hora y media, sintetiza la vida y obra del polémico psicoanalista austriaco y presenta, como subtexto, una serie de teorías asociadas a su desaparición. Tres años más tarde, Svoboda estrena la película Der Fall Wilhelm Reich (traducida al español como el extraño caso de Wilhelm Reich) en la que retrata los últimos días del científico y profundiza en la idea de su muerte, mostrándola como el resultado de un acto de conspiración del gobierno estadounidense.
La película comienza en 1925, cuando en un Seminario Técnico sobre Psicoanálisis en Viena, Reich lee la primera versión de su libro La Función del Orgasmo (Die Funktion des Orgasmus) frente a la reacción de molestia de unos pocos asistentes, entre ellos el propio Freud. ¿Qué es la cura? He elegido la función del orgasmo como el punto central… lee Reich, cuando un close up impecable nos muestra cómo éste sorpresivamente cierra su cuaderno y se marcha de sala mientras el bullicio aumenta.
En la siguiente escena, 30 años después, Reich aparece junto a su hijo -de unos 10 o 12 años- y su máquina Cloud-Buster, esforzándose por estimular la atmósfera en el desierto de Arizona, para lograr un milagro: la lluvia. Luego, ya es de noche, están en una carpa acampando y el niño le comenta que tiene miedo a la oscuridad. Reich lo mira y le responde: “no hay necesidad de tener miedo”.
Wilhelm Reich es conocido en el espectro social “psi” por su trabajo en el campo psicoanalítico, principalmente por haber sido uno de los favoritos de Freud y por su controversial propuesta en relación a energía vital “orgónica“, también conocida en oriente como QÌ (Chi). Su teoría plantea que el orgón es una energía que antecede a la materia y que incluso la genera. Como una especie de halo vital omnipresente, es justamente lo opuesto de la energía atómica que destruye la materia.
Durante la década de los 30, Reich se acerca a las ideas del comunismo y, en este contexto, critica la obra de Freud por su carácter burgués, replegándose a la tarea de hermanar psicoanálisis y marxismo. Justamente este “intento” sería el que inauguraría un trayecto de vida marcado por las expulsiones: primero, de la Asociación Psicoanalítica por comunista y del Partido Comunista por individualista-freudiano. Luego, sería perseguido por el nazismo en Alemania, expulsado de Dinamarca y Noruega bajo los argumentos de inmoral y agitador en relación a sus teorías sexuales. Finalmente, sus últimos días los pasa en una cárcel en EEUU, luego de ser acusado de vender superchería: “acumuladores de orgón” que Reich utilizaba en su orgonterapia como tratamiento experimental para enfermos terminales de cáncer.
Y justamente este último período de su vida es el que intenta retratar Svoboda en su película al mostrarnos a un científico interesado por demostrar la existencia de la energía orgónica, pero sobre todo por aportar con soluciones concretas a los problemas contingentes que diagnóstica en su entorno. Los beneficiados son vecinos, pacientes de sus amigos, su propia hija e incluso el psiquiatra que lo “diagnostica de esquizofrénico” cuando está en juicio con la FDA por sus máquinas orgónicas.
Pero tal vez, la idea más interesante que despliega esta narración audiovisual es lo que representa Reich para sus “enemigos” (representados en hombres de negro, sexys espías, jueces, operadores del estado, psiquiatras, entre otros); pues, más allá de los juicios que se puedan hacer de sus teorías -muchas veces calificadas como delirantes o simple superchería-, está claro que éstas presentaban un cuestionamiento explícito al pensamiento dominante de la época.
La propuesta terapéutica de Reich apuntaba a la libertad (la Vegetoterapia fue concebida para liberar las tensiones de la coraza neurótica producto de los impulsos sexuales y emociones reprimidas), mientras que la APA, representada en la película por el Dr. Donald Ewen Cameron (1901-1967) optaba por electroshock y por lograr una suerte de “reseteo” de los enfermos. Cameron es un personaje relevante en la película, que nos permite entender cómo (y por qué) se fue orquestando una serie de “situaciones” que terminaron con la muerte de Wilhelm Reich un día antes de cumplir su condena en una cárcel estadounidense. Su figura aparece vinculada a la de un científico particular y revolucionario seguido muy de cerca por las agencias de inteligencia estadounidenses. Su pensamiento, pero sobretodo sus máquinas, fueron vistas como una amenaza potencial para el auge del capitalismo, sus sistemas de control y principalmente para su despliegue colonizador.
Al cierre, aparece la voz de Patti Smith con su Birdland despidiendo la producción con un texto que probablemente no dejará indiferentes a nuestros lectores y lectoras:
En 1957, el Doctor Donald Cameron fue encargado por la C.I.A para desarrollar el programa MKUltra, un programa de investigación de la mente que desarrolló el manual conocido como Kubark, sobre métodos de interrogatorio y tortura de la C.I.A. La serie de métodos descritos en el libro, son los que se siguen utilizando hoy en día.

Los/as invitamos a ver la película con traducción al español:


viernes, 6 de octubre de 2017

Encierro Psiquiátrico, lobotomías y electroshock

Nota de LP: Si bien el tema de la psiquiatría y la antipsiquiatría es mucho más amplio que el que se trata en el siguiente artículo, lo publico porque, desde una posición de clase anticapitalista/antiestatal y de una manera clara y sintética, expone el carácter represivo de la psiquiatría y su mito de la "enfermedad mental" (así, con comillas); la cual, por el contrario, puede volverse un arma contra el Capital y su Estado. También porque, más allá de sus referencias geográficas particulares, lo aquí escrito aplica para todo el mundo. Tomado de Anarquía y Comunismo nro. 9 (Santiago de Chile, agosto 2017)


              ***


MAPEANDO LA REPRESIÓN: ENCIERRO PSIQUIÁTRICO,
LOBOTOMÍAS Y ELECTROSHOCK

“En nuestra sociedad no hay nadie que no sea un enfermo mental.” 
(Rainer Werner Fassbinder)

“La exigencia de apropiarse de la "propia" enfermedad implícitamente apuntaba a la política dominante de propiedad en el centro nervioso de la subjetividad, y al mismo tiempo implicaba al comunismo auténtico en el cual se trata en primer y último lugar de la apropiación y realización colectivas de las fuerzas humanas esenciales, de la especie humana en su indivisibilidad-individualidad.” 
(Wolfang Huber, SPK-Colectivo de Pacientes Socialistas)

Cuando pensamos en el Sistema Penal por lo general nos vienen a la mente imágenes de policías, fiscales, jueces, gendarmes, y las instituciones de control y encierro que ellos se encargan de aplicar: firma semanal o mensual, multas, reclusión nocturna, controles de identidad, centros de internación de adolescentes, cárceles públicas y/o concesionadas, etc. 

Sin embargo, el poder punitivo del Estado/Capital está lejos de agotarse en esas formas de criminalización abierta que sus propias leyes reconocen como tales. El mapa de la represión es mucho más complejo e incluye a formas de control y dominación que a simple vista escapan de la mirada centrada en lo policial/carcelario, entre ellas los distintos tipos de “hogares de menores”(1), y todo el archipiélago de instituciones vinculadas a la internación psiquiátrica.

Tal como viene señalando desde los años 60 la contracorriente conocida como “antipsiquiatría”, el concepto de “enfermedad mental” es bastante dudoso(2), y más bien expresa una de las aristas del sistema de control social, que entre otras funciones se encarga de señalar bajo el pretexto de lo “terapéutico” el límite entre lo “normal” y lo “patológico”. Esta normalidad no deriva de las necesidades humanas y sus formas “sanas” de convivencia social, sino que es la normalidad de la libre explotación de los humanos por los humanos(3), y del proceso automático de valorización eterna del valor (la manera en que el dinero en tanto capital se convierte dinámicamente en más dinero y más capital).

En Chile el antiguo “Reglamento de Internación de Insanos” fue reemplazado en 1998 por otro titulado “Reglamento para la internación de las personas con enfermedades mentales y sobre los establecimientos que la proporcionan”. Tras definir a los pacientes psiquiátricos como  “las personas que sufren de una enfermedad o trastorno mental y que se encuentren bajo supervisión o tratamiento médico especializado” y a la enfermedad o trastorno mental como “una condición mórbida que sobreviene en una determinada persona, afectando en intensidades variables, el funcionamiento de la mente, el organismo, la personalidad y la interacción social, en forma transitoria o permanente”, se entra de lleno a la regulación de la internación, que según el artículo 10 podría ser voluntaria o no voluntaria. 

La internación no voluntaria en su versión “administrativa” es definida como “aquella que ha sido determinada por la autoridad sanitaria, a partir de la iniciativa de la autoridad policial, de la familia, del médico tratante (…) o de cualquier miembro de la comunidad, con el fin de trasladar o internar en un centro asistencial, a una persona, aparentemente afectada por un trastorno mental, cuya conducta pone en riesgo su integridad y la de los demás, o bien, altera el orden o la tranquilidad en lugares de uso o acceso público”. Si el sujeto no consiente en ella, se autoriza a usar el “apremio físico”, señalando que “el cuidado de la persona y de su conducta disruptiva si se presenta, será acordada en cada caso, entre la autoridad policial y de salud presentes”. Como se puede apreciar, cualquier buen ciudadano podría pedir la internación de elementos que considere socialmente disruptivos, y sobre la libertad de la persona decidirá en definitiva una mezcla del poder médico con la fuerza pública o policial.  Además, existen internaciones no voluntarias “de urgencia” (decididas por médicos, y que en principio duran 72 horas como máximo), y “judiciales”.

Los “tratamientos” aplicables a las personas internadas son decididos por un “comité asesor técnico y ético”. En principio se requiere del consentimiento del paciente, pero siempre es posible sortear ese obstáculo mediante autorizaciones médicas, incluyendo la aplicación de “terapia electroconvulsivante” (art. 24) y de “procedimientos irreversibles” como “psicocirugía o cirugía aplicada al tejido cerebral, con el fin de suprimir o modificar funcionamientos o conductas del paciente” (art. 25 a). Además, se autoriza “el uso de medidas de contención física o farmacológica y de observación continua en aislamiento” (art. 27). Por debajo de esa jerga de medicina legal, lo que tenemos es: camisas de fuerza y “lobotomía, electroshock, fuera cerebro, un zombi más”, como cantaba hace tres décadas La Polla Records en “Canarios y Jilgueros”.

Realidades como las exhibidas en películas como “La naranja mecánica” (excelente novela de A. Burgess llevada al cine por S. Kubrick) y  “Atrapado sin salida” (sobre un ladrón que para escapar del sistema penal termina como paciente psiquiátrico) no han quedado atrás, sino que el Derecho burgués vigente en alianza con los poderes de “normalización” siguen necesitando acudir a estas técnicas de represión de la disidencia definida como “enfermedad”, y para ello las relegitima en nuevas leyes y reglamentos. Hemos referido aquí las formas más intensas de psiquiatrización, pero somos conscientes de que capas mucho más amplias de la población son sometidas a formas más “sutiles” de estos mismos poderes, por ejemplo, mediante el uso de medicamentos de este tipo en la infancia. 

En el mundo enfermo de la mercancía, necesitamos romper con todos los mecanismos de dominación que tienden a aislarnos y medicalizarnos, practicando el apoyo mutuo para sanarnos entre nosotrxs mismxs, y profundizando la crítica radical a todo el sistema de control. Experiencias a tener en cuenta, además de la Antipsiquiatría, son el Colectivo de Pacientes Socialistas o SPK (que llegó a colaborar con la Fracción del Ejército Rojo o RAF, y que hasta el día de hoy sigue llamando a hacer de nuestra enfermedad un arma), y el Movimiento Escuchando Voces (que cuestiona la asociación entre la escucha de voces y la enfermedad mental, llamando a entenderla como algo natural ), entre otros. Para terminar, recomendamos leer el manual “Discontinuación del uso de drogas psiquiátricas” (The Icarus Project y Freedom Center ), además de la “Antología de la locura” compilada por Miguel Edwards entre los pacientes internos en el Hospital Psiquiátrico El Salvador de Valparaíso.

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Notas:

(1) Esa denominación bastante hipócrita es un típico eufemismo. El término “menores”, a diferencia de “infancia” o “niñez”, usualmente se reserva para lxs hijxs de lxs pobres. Los “hogares” se han redefinido muchas veces con distintos nombres (Centro de Observación y Diagnóstico, Centros de Internación Provisoria, Centros de Rehabilitación Conductual, etc.). Siempre han designado en realidad un tipo de cárcel privada, pública o mixta que el Estado/Capital desde su prehistoria ha usado para recluir a un sector de la infancia y adolescencia.  
(2) Un texto fundamental en esta línea de cuestionamiento fue “El mito de la enfermedad mental”, de Thomas Szasz (1961). Hay traducción al español en ediciones Amorrurtu.
(3) Corregimos acá la expresión clásica de Karl Marx en El Capital, tal cual suele ser traducida al español: “explotación del hombre por el hombre”. Pese a las limitaciones del lenguaje y/o las traducciones, la Crítica de la Economía Política se refiere al devenir de toda la especie humana, no a un determinado género, edad o raza.