miércoles, 20 de marzo de 2019

Sobre la importancia de "lo psicológico" en el "medio revolucionario"

Nota de LP: Las citas que publico a continuación ponen de manifiesto la importancia de "lo psicológico" en la sociedad capitalista y, por lo tanto, en la lucha social anticapitalista. Esencial y originalmente, la praxis o actividad humana es una sola unidad o totalidad, tal como lo es la humanidad o comunidad humana que la realiza. El capitalismo es la sociedad de la separación y la alienación en el sentido de que, a partir del aparecimiento de la propiedad privada y el intercambio mercantil, todas las actividades humanas han sido (auto)alienadas y separadas entre sí como si fuesen diferentes "instancias", "esferas" o "campos" con supuesta "autonomía relativa": la economía, la psicología, la sexualidad, la política, la ciencia, el arte, la cultura, el deporte, la religión, etc. La modernidad capitalista también funciona sobre la base de la separación entre "lo privado" y "lo público" o entre "lo personal" y "lo político", con toda la esquizofrenia, hipocresía y machismo que aquello comporta. Por su parte, el movimiento anticapitalista moderno también le dio mayor importancia a "lo político" y a "lo económico", seguramente a causa de aquel esquema mental marxista de "base y superestructura"; despreciando, en consecuencia, a "lo psicológico" o "lo personal" como si de algo "secundario" y hasta ausente se tratase, seguramente por considerarlo "individualista" y "pequeñoburgués" o, en su defecto, aduciendo que eso es "personal" o "de cada uno". En efecto, en el llamado "medio revolucionario" no pocas veces se sacrificó y se sacrifica lo humano en nombre de "la revolución" o "la causa" y, peor aún, en nombre de "el partido" o "la militancia". Aparte de no lograr salir de la derrota histórica como clase, el resultado de este politicismo racional y de esta alienación militantista (que en esencia no se diferencia de la alienación religiosa: secta política = secta religiosa), ha sido el debilitamiento del propio "medio revolucionario" debido a problemas y conflictos precisamente de carácter personal o psicológico: vacíos, complejos, resentimientos, decepciones, deserciones, conflictos, rupturas, traumas, abandonos, desviaciones, traiciones, crímenes e incluso suicidios. Reproduciendo de esta manera la separación y la alienación del sistema que inicialmente se proponía combatir y derrocar. 
Con razón Reich, Horkheimer y Marcuse llegaron a la polémica y también injustamente despreciada conclusión de que, junto con las causas económicas y políticas, una de las causas principales del fracaso de la revolución proletaria y del triunfo de la contrarrevolución burguesa durante el periodo 1917-1923 y la 2da Guerra Mundial (1939-1945), fue el mantenimiento de una estructura psicológica de carácter autoritario, patriarcal, conservador, reprimido/represor e incluso reaccionario por parte de las propias masas proletarias y no sólo de sus dirigentes (bolcheviques y fascistas por igual). De allí su propuesta hasta ahora necesaria y vigente de "revolución sexual" y "revolución cultural". Mientras que para el periodo 1968-1977, fueron la Internacional Situacionista, Camatte, Cesarano y principalmente la Antipsiquiatría quienes aportaron valiosas observaciones específicas al respecto, señalando las condiciones y las tendencias de la lucha unitaria de la humanidad proletarizada-precarizada-psiquiatrizada contra la dominación real y total del Capital, a fin de imponer una crisis general revolucionaria y la "dictadura de las necesidades" y deseos humanos; algo así como una insurrección y una comunización de la sociedad toda: abolición generalizada y violenta de la propiedad privada, el trabajo asalariado y la mercancía, así como también de la cárcel, el manicomio, el hospital, la escuela y la familia. Planteando en la práctica y en la teoría, pues, una revolución total o integral, es decir de todos y cada de los aspectos de la sociedad y la vida cotidiana, sin separaciones: desde lo económico hasta lo sexual, pasando por lo político y lo psicológico. Después de años de esta lucha proletaria literalmente "a por todo" en todas partes, venció de nuevo la contrarrevolución capitalista. En cualquier caso y definitivamente, el peor y más letal enemigo del oprimido que se rebela es el opresor que el propio oprimido lleva dentro de sí mismo ("¡Escucha, hombrecito, escucha!" ¡Y despierta!) La autoalienación social es inseparable de la autoalienación personal. Lo económico-político es inseparable de lo psicológico-cultural. Por lo mismo, la transformación revolucionaria es objetiva y subjetiva, exterior e interior, material y espiritual al mismo tiempo. 
Urge, entonces, reconocer e integrar "lo psicológico" o "lo personal" dentro de la consciencia y la acción del movimiento social real que niega y suprime el orden de cosas vigente; dentro de la actividad autoconsciente y antagonista del proletariado -cada vez más precarizadopara autoemanciparse del yugo capitalista -cada vez más catastrófico. Dejar de concebirlo y tratarlo como "algo" separado, "secundario", "privado" y tabú. Hoy en día, en tiempos de subsunción real de la vida toda dentro del Capital, "capitalismo emocional", psiquiatrización de la vida cotidiana, "sociedad farmacrática", "Estado terapéutico", y depresión/ansiedad y suicidio generalizados, resulta evidente que en el "frente psicológico" también hay mucha lucha y transformación que realizar, de manera inseparable de todos los otros "frentes de lucha". Así pues, teniendo a la Totalidad de la Vida como punto de partida y de llegada, la "crítica unitaria" y revolucionaria de este mundo necesariamente implica una crítica teórica y práctica del psiquismo humano, la psicología y la psiquiatría del Capital, o no es tal. La transformación social también es y debe ser subjetiva, es decir de los sujetos y las subjetividades; lo cual es inseparable de la transformación de las condiciones materiales y situaciones sociales en que les ha tocado vivir hasta ahora a esos sujetos. Por lo tanto, junto con la lucha por todas y cada de las necesidades humanas contra las necesidades inhumanas del Capital-Estado-Cárcel-Hospital Psiquiátrico, es vital asumir los problemas psicológicos de y entre los proletarios, en general, y de y entre los militantes revolucionarios, en particular, para poder asumirlos, trabajarlos y superarlos de manera colectiva e individual. Luchar y sanarse juntos. Autotransformarse personal e interpersonalmente. Cuestionar y cambiar los contenidos y las formas de cómo nos sentimos, nos pensamos, nos comportamos y nos relacionamos con y entre nosotros/as mismos/as, en todos y cada uno de los aspectos de la vida cotidiana. Trama de subjetividades y relaciones humanas que se va tejiendo y transformando en el seno de la lucha contra las relaciones y las subjetividades capitalistas. 
Todo esto, sin caer en el psicologismo, que es el otro extremo del economicismo y es igual de falso; criticando y superando tanto el politicismo racional que ha practicado la izquierda moderna del Capital, como el gestionismo emocional que practica la izquierda postmoderna del Capital; y, principalmente, haciendo de la autonomía, la sensibilidad, la consciencia (mediante la experiencia y la meditación), la cooperación, la solidaridad y el apoyo mutuo (el cual incluye desde techo y comida hasta comunicación y afecto) las herramientas principales. Esto es lo que debería entenderse por autotransformación/autoemancipación psicológica o subjetiva; la cual debería ser parte, a su vez, de la autoemancipación total o autoliberación integral (un concepto que aclararemos próximamente) del proletariado con respecto al Capital. Esto también es lo que implica o debería implicar una comunidad de lucha real, constituida por subjetividades e intersubjetividades "anormales" y revolucionarias, auténticamente humanas. Autonomía y comunidad espiritual del proletariado, diría Pannekoek. Asumiendo todas las debilidades y contradicciones a superar que contiene tal movimiento real de negación y destrucción del orden de cosas vigente, tachado como "loco" y hasta como "criminal" por esta sociedad y su Estado, porque sabe que no es dueño de su vida y entonces se lanza a luchar a contracorriente por recuperarla en todo sentido; no en vano en los caóticos y catárticos episodios de revuelta social es donde reemerge la salud mental de las y los proletarios revoltosos. De hecho, sólo la "locura" proletaria colectiva que, sin miedos ni tapujos, se asume y lucha como tal a fin de autoabolirse, puede abolir la gran enfermedad de la humanidad llamada capitalismo, valor o fetichismo de la mercancía; al mismo tiempo que puede recuperar, sanar, liberar y comunizar toda la energía de la vida humana, natural y cósmica... integral. Reich y el SPK lo comprendieron y lo asumieron en la práctica antes que nosotros y nos legaron ese camino a seguir... De lo contrario, el "medio revolucionario" seguirá cometiendo las mismas incoherencias, los mismos errores y las mismas tragedias que ha cometido hasta el momento en este aspecto "secundario" que, en realidad, es de vida o muerte. 

***
«La negativa a formar un grupo que delimitara un interior y un exterior permitió a los que se encontraban en La Vieille Taupe ir hacia una coherencia común que otros poseían, sobre todo, sobre el papel. En esta comunidad teórica y práctica, una cierta dinámica estaba en marcha, que ponía a todos en pie de igualdad al tiempo que integraba diferentes capacidades y matices de opinión. Esta colectividad, a la que llamaremos por comodidad La Vieille Taupe, avanzaba poco a poco, asociando cada vez más a los que aprobaban la acción comprometida, sin tener que acordar un "programa" o una "plataforma". Pero, por supuesto, si uno proponía tal acción para esto o aquello, era porque uno pensaba que tenía en común algo más que un deseo de acción. La VT no intentó hacerse un nombre por sí misma: nuestras acciones fueron nuestra firma. La actividad común se basaba en un consenso que a menudo se experimentaba como estimulante: había cosas que hacer y decir y a menudo nos entendíamos muy rápidamente. La ausencia de un voto, de juridismo, daba la sensación de una actividad cercana a lo que uno puede considerar como comunista. La psicología, la discusión de los estados de ánimo y la influencia de los caracteres y de los “problemas” afectivos, fueron rechazadas.
Esta forma de organización fomentaba la irresponsabilidad. Un texto criticable podía ser difundido, tomarse una iniciativa dañina, sin hacer las reservas o rectificaciones necesarias, ya que no había una existencia definida. El individuo más activo, Pierre Guillaume, fue, por lo tanto, el menos controlado por la actividad común. En cuanto a la ausencia de psicología, si a veces lo pensamos con melancolía cuando vemos en qué sopa nos bañamos muchos de nosotros, al ver cuánta importancia cobran los comportamientos temperamentales en la evolución posterior y en las rupturas que la han jalonado, no debemos olvidar que esa negativa fue en parte una ceguera que a veces nos llevó a tolerar comportamientos que no apoyaríamos hoy [ego, individualismo, competencia, autoritarismo, violencia patriarcal, relaciones tóxicas, autodestrucción y hasta suicidio].» “Le roman de nos origines”, La Banquise [Gilles Dauvé y compañía], n° 2 (1983).
***
«Una vez que la psicología de masas ha sido subsumida por el movimiento social del capital, integrada en el modo de vida subsumido en la producción de capital, la completa autotransformación individual se convierte en una condición efectiva del proceso de transformación social. El principio de que el libre desarrollo individual es la condición del libre desarrollo colectivo se convierte ahora en una necesidad inmediata e imperativa, al igual que el planteamiento de que la apropiación consciente de las fuerzas productivas de la totalidad social actual exige de los individuos su desarrollo autónomo como individuos totales, al nivel necesario para desarrollar esa apropiación. Las cosas han llegado a un punto en el que la liberación de las cadenas espirituales constitutivas de la sociedad actual se ha convertido en una condición tan indispensable que, sin ella, todos los intentos de desarrollar una praxis revolucionaria individual o colectiva son vanos y acaban en la degeneración. Un punto en el que, el despertar de las necesidades, energías y capacidades de los individuos a través de las acciones de masas se revela continuamente insuficiente a corto y medio plazo para generar minorías revolucionarias lo suficientemente amplias y consistentes como para poder catalizar la emergencia de una conciencia revolucionaria. Y esto se debe a que no sólo la ruptura con la cosmovisión dominante y la vida alienada se ha hecho más compleja, sino a que la teoría revolucionaria ha quedado completamente desfasada respecto a estas tareas; ello se expresa, a su vez, en la debilidad e impotencia teóricas, y no sólo prácticas, de los individuos y grupos que intentan retomar el proyecto revolucionario e impulsar en tal dirección a la clase.
El problema, pues, puede resumirse en la necesidad de unir el proceso de transformación y el de autotransformación, la liberación exterior y la liberación interior, de integrar el desarrollo de la autonomía proletaria en su aspecto material y su aspecto espiritual, entendiendo la praxis revolucionaria como una totalidad en proceso en la que se integra lo social y lo personal, lo físico y lo psíquico, y no sólo el pensamiento y la acción sociales. [...] 
Tradicionalmente, se ha puesto más énfasis en la capacidad del movimiento obrero para resistir a las presiones del capitalismo que en su capacidad de autodesarrollo, e igualmente se ha considerado que era la consecución de mejoras y derechos sociales lo que consolidaba su conciencia de clase (independientemente de la importancia dada al antagonismo y a la lucha sociales como factor constitutivo inicial de esa conciencia y del movimiento mismo en conjunto). 
Semejantes concepciones se oponen al desarrollo de una praxis integrada, a la unidad de conciencia y acción, que es el eje mismo del pensamiento marxiano y de toda la praxis revolucionaria proletaria. Pues al proletariado toda ilusión o falsa conciencia sobre su acción le resulta siempre en un obstáculo a la efectividad de la misma y en un factor regresivo para su movimiento, tendente a conducirle -a través de derrotas- de nuevo a posiciones anteriores de mayor sometimiento e inconsciencia. Esto ocurre porque el movimiento proletario tiene su motor en la articulación de la cooperación de l@s proletari@s mism@s, de sus propias capacidades como fuerza productiva de su movimiento, a diferencia de la revolución burguesa, que encontraba su motor en el desarrollo autonomizado de la acumulación de capital. La autonomía proletaria sólo puede ser una creación consciente, y esta es la diferencia cualitativa que la separa desde el principio de todas las formas de praxis revolucionaria anteriores -además del hecho de que sólo pueda constituirse en oposición a todas las formas de explotación y opresión sociales, que se han convertido en apéndices o expresiones de la dominación del capital. Pero incluso este carácter salvaje, opuesto a toda dominación, de la autonomía proletaria, sólo puede afirmarse en la medida en que es una autonomía consciente, una praxis fundada en la autoconciencia de la clase como tal, o sea, su constitución en clase para sí. [...] 
La lucha social ha de entenderse como un proceso interior y exterior a la vez. La lucha social no sólo cambia la conciencia, al alterar la interrelación efectiva entre el sujeto y sus condiciones de existencia. Cambia también la sensibilidad, ya que exige una atención activa al presente y que ésta vaya unida a la propia actividad transformadora. Implica, para ser sostenible, el desarrollo de una autoactividad psíquica integrada (ciclo gestáltico) que, a su vez, supone la emergencia de los conflictos irresueltos, de nuevas necesidades, de los potenciales del individuo y, en general, el desarrollo de una verdadera autoconciencia. La lucha social y el desarrollo personal no discurren, pues, separados, y su presente escisión es un resultado de la sociedad alienante y la causa misma de que la propia lucha social transcurra en formas alienadas. El restablecimiento de su unidad es, por lo tanto, una condición para el desarrollo de un movimiento revolucionario capaz de superar la sociedad actual. Al mismo tiempo, la lucha revolucionaria proletaria es la única forma en que la unidad liberadora de lo social y lo personal puede desarrollarse; porque sólo desde esta perspectiva se llega a comprender de qué modo la alienación social y la alienación psicológica son las dos caras de la autoalienación humana a través del trabajo.» - Roi Ferreiro, “Resistir, despertar y rehacernos” (2007)

martes, 5 de febrero de 2019

¡No Te Rindas! ¡Lucha Por La Vida!

«No somos unos vencidos, sólo hemos sido vencidos por ahora. Todos cargamos con muchos errores y fallas porque el proceso de todo pensamiento creador sólo puede ser vacilante y a tropezones. Tengo más confianza en el hombre y en el futuro de la que tenía entonces. Ningún peligro, ningún resentimiento justifican el desaliento, pues la vida continúa y tendrá la última palabra.»

Víctor Serge, revolucionario ruso de la primera mitad del siglo XX 

Situación Límite y Renacimiento Espiritual


JUNTO AL RÍO*

Ya lejos de la ciudad, Siddharta caminó por el bosque. Sólo sabía una cosa con certeza: que no podía volver, que la vida que había llevado durante años había pasado, concluido, y que la había gozado hasta hastiarse. 
Había muerto el pájaro cantor con el que soñara. El ave de su corazón había dejado de existir. Fue un profundo cautivo del sansara, se embebió de asco y muerte por todas partes, como una esponja absorbe agua hasta empaparse. Siddharta estaba lleno de fastidio, de miseria y muerte; ya no existía nada en el mundo que pudiese alegrarle o consolarle. 
Con ansiedad deseaba no saber nada de sí mismo, permanecer tranquilo, muerto. «¡Que caiga un rayo y me mate! -pensaba-. ¡Que venga un tigre y me coma! ¡Que tome un vino, un veneno que me adormezca, que haga olvidar y dé un sueño sin final! ¿Queda alguna suciedad con la que todavía no me haya manchado? ¿Un pecado o una necedad que no haya cometido? ¿Un vacío del alma sin sentir? ¿Era posible respirar y aspirar una y otra vez, sentir hambre, volver a comer, dormir, permanecer junto a una mujer? ¿No se había agotado ya ese círculo para Siddharta?» 
Llegó junto a la orilla del gran río del bosque, el mismo que le hizo cruzar un barquero cuando todavía era joven y venía de la ciudad de Gotama. Se detuvo vacilante a la orilla del río. El cansancio y el hambre le habían debilitado. ¿Para qué seguir adelante? ¿Hacia dónde ir? ¿A qué destino? No, ya no existían objetivos; lo único que palpitaba era una ansiedad profunda y dolorosa de arrojar ese sueño confuso, de escupir ese vino soso, de zanjar esa vida miserable y vergonzosa. 
Un árbol se inclinaba sobre la ribera del río: era un cocotero, en cuyo tronco apoyó Siddharta el hombro; Siddharta abrazó luego el tronco y observó el agua verde que se deslizaba a sus pies; miró hacia abajo y sintió deseos de soltarse y de desaparecer bajo el agua. Un vacío estremecedor se reflejaba entre las ondas, al que replicaba el terrible hueco de su alma. Sí, estaba acabado. Sí, para Siddharta, con la vida destrozada y sin meta, con su formación malograda, ya no quedaba otra solución que lanzar su existencia a los pies de los dioses con una sonrisa irónica. 
Ese era su deseo: ¡La muerte, la destrucción de la forma odiada! ¡Que los peces devoren ese perro de Siddharta, ese demente, ese cuerpo desmantelado y podrido, esa alma decadente! ¡Que los cocodrilos se lo coman! ¡Que los demonios lo descuarticen! 
Con el rostro desencajado clavó su vista en el agua: al ver el reflejo de su cara escupió en el agua. Lleno de abatimiento separó el brazo que apoyaba en el tronco y se volvió un poco para deslizarse y hundirse de una vez para siempre. Se hundía hacia la muerte con los ojos cerrados. 
En ese instante sintió una voz llegar desde remotos lugares de su alma, del pasado de su agotada existencia. Era una palabra, una sílaba que repetía maquinalmente una voz balbuciente; se trataba de la vieja palabra, principio y fin de todas las oraciones de los brahmanes: el sagrado Om, que significa «lo perfecto» o «la perfección». Y en el momento en que la palabra Om alcanzó el oído de Siddharta, de repente despertóse su espíritu adormecido y reconoció la necedad de su intención. 
Siddharta se asustó profundamente, y pensó cómo había podido llegar a aquel punto; se encontraba perdido, confuso, abandonado de toda sabiduría. Había intentado buscar la muerte. Un deseo tan pueril había podido crecer en su interior: ¡Encontrar la tranquilidad apagando su vida! Lo que no habían logrado en todo ese tiempo la tortura, el despecho y la desesperación, lo consiguió el Om al penetrar en su conciencia. Siddharta reconoció su miseria y su error. 
-Om -repetía-. ¡Om! 
Y de nuevo volvió a tener conciencia del Brahma, del carácter indestructible de la vida... que había llegado a olvidar. 
Pero ese momento tan sólo duró un segundo, como un rayo. Siddharta se desvaneció al pie del cocotero, quedó su cabeza junto a la raíz y durmió profundamente. 
Su sueño era hondo y libre de pesadillas; hacia mucho tiempo que no conseguía dormir así. Cuando despertó, después de varias horas, le pareció que habían pasado diez años: escuchó el ruido del agua; no recordaba dónde se encontraba ni cómo había llegado hasta allí. Abrió los ojos y con asombro observó sobre su cabeza los árboles y el firmamento; lo pasado parecía estar cubierto por un velo inmensamente lejano e indiferente. 
Sólo sabía que la vida abandonada había sido una encarnación pasada, anterior a su actual yo; comprendía que había conseguido apartarse de su anterior existencia, y se hallaba tan lleno de asco y de miseria que hasta había pretendido quitarse la vida; allí, junto a un río, bajo un cocotero, volvió en sí. Se había quedado dormido con la palabra sagrada Om, en los labios, y ahora se despertaba y contemplaba el mundo como un ser nuevo. 
Con voz baja pronunció el vocablo, con el que se había quedado adormecido; le pareció que en todo su largo sueño no hizo otra cosa que hablar del Om, pensar en el Om, hundirse y penetrar en el Om, en lo indecible, en lo perfecto. 
¡Qué sueño tan maravilloso! ¡Jamás le había refrescado tanto un sueño, y renovado y rejuvenecido! ¿Acaso estaba muerto realmente, o se había hundido y había vuelto a nacer con una nueva encarnación? Pero no, Siddharta se reconocía: sus manos y sus pies, el lugar donde se encontraba, el yo en su interior, el Siddharta caprichoso, raro; no obstante, Siddharta había cambiado, se había renovado, se encontraba descansado, despierto, alegre y curioso. 
Siddharta se incorporó y vio frente a él a una persona: un forastero, un monje vestido con la túnica amarilla y la cabeza afeitada, en postura de meditación. Contempló al hombre, que no tenía cabello ni barba, y no tardó mucho en advertir que el monje era Govinda, el amigo de su juventud. Govinda, el que se había refugiado con el majestuoso. 
También había envejecido Govinda, como él, pero su rostro aún mantenía los mismos rasgos, expresaba diligencia, lealtad, búsqueda y temor. Y cuando Govinda levantó la mirada al sentirse observado, Siddharta se dio cuenta inmediatamente de que su amigo no le reconocía. Govinda se alegró al verle despierto; evidentemente, hacía mucho tiempo que esperaba que despertase, aunque no le conocía. 
-Me he dormido -manifestó Siddharta-. ¿Cómo has llegado hasta aquí? 
-Sí, ya te he visto dormir -contestó Govinda-. Y no es muy recomendable hacerlo en estos sitios, pues a menudo hay serpientes, y además éste es el camino de los animales del bosque. Yo, señor, soy un discípulo del majestuoso buda, del Sakia Muni, pasaba por aquí, con otros de mis compañeros, cuando te vi dormir en lugar tan peligroso. Por ello intenté despertarte, señor, y al comprobar que tu sueño era muy profundo, me rezagué y me senté a un lado. Y mientras deseaba vigilar tu sueño, creo que yo también me he dormido. Mal cumplí mi servicio, pues el cansancio me venció. Pero ya que ahora estás despierto, dame licencia para reunirme con mis compañeros. 
-Te agradezco mucho, samana, que vigilaras mi sueño -continuó Siddharta-. Los discípulos del majestuoso sois muy amables. Ahora ya puedes irte. 
-Me marcho, con tu permiso. Que el Señor proteja tu salud. 
-Gracias, samana. 
Govinda hizo la señal del saludo y declaró: 
-Adiós. 
-Adiós, Govinda -contestó Siddharta. 
El monje se detuvo. 
-Permíteme, señor. ¿De dónde conoces mi nombre? 
Siddharta sonrió. 
-Govinda, te conozco de la casa de tu padre y de la escuela de los brahmanes, de los sacrificios, de nuestro viaje con los samanas, y de aquella hora cuando tú, en el bosque de Jetavana, te refugiaste en el majestuoso.
-¡Eres Siddharta! -exclamó Govinda-. Ahora te reconozco, y no comprendo cómo antes no me he dado cuenta inmediatamente. Bien venido, Siddharta. Siento un gran gozo al volver a verte.
-También yo me alegro de verte otra vez. Has sido el vigilante de mi sueño: una vez más te doy las gracias, aunque no hubiera necesitado una custodia. ¿Adónde vas, amigo?
-No me dirijo a ninguna parte, en concreto. Los monjes siempre caminamos, mientras no es la estación de las lluvias; vamos siempre de un sitio a otro, vivimos según la regla, pregonamos la doctrina, recibimos limosnas y continuamos nuestro viaje. Siempre así. ¿Pero tú, Siddharta, adónde vas?
Contestó Siddharta:
-Yo hago lo mismo que tú, amigo. No voy a ninguna parte. Sólo estoy en camino. Soy un peregrino.
Govinda replicó:
-Dices que eres un peregrino, y te creo. Pero, perdóname, Siddharta, no tienes aspecto de peregrino. Llevas el atuendo de un hombre rico, calzas zapatos de aristócrata, y tu cabello perfumado no es el de un samana.
-Muy bien, amigo, has observado con agudeza, no has perdido detalle. Pero yo no he dicho que sea un samana. Tan sólo dije: soy un peregrino. Y así es.
-Es posible -respondió Govinda-. Pero pocos peregrinan con esas ropas, con esos zapatos, con esos cabellos. Jamás he encontrado un peregrino así, en todos los años que camino.
-Te creo, Govinda. Pero hoy has encontrado un peregrino con estos zapatos y así vestido. Acuérdate, amigo, que el mundo de las formas es pasajero, temporal, sobre todo con nuestros vestidos, nuestro cabello y todo nuestro cuerpo. Llevo el ropaje de un rico, te has fijado bien. Lo llevo porque he sido rico. Y llevo el pelo como la gente mundana y los libertinos, porque he sido también uno de ellos.
-¿Y ahora, Siddharta? ¿Qué eres ahora?
-No lo sé. Lo ignoro tanto como tú. Estoy en camino. He sido un potentado, y ya no lo soy. Y no sé lo que seré mañana.
-Te has arruinado?
-He perdido las riquezas o ellas me arruinaron a mi. Digamos que se me han extraviado. Govinda, la rueda de lo ingrato gira con extremada rapidez. ¿Dónde se halla el brahma Siddharta? ¿Dónde se encuentra el samana Siddharta? ¿Dónde quedó el rico Siddharta? Lo temporal cambia muy aprisa, Govinda. Tú bien lo sabes.
Govinda contempló durante largo tiempo al amigo de su juventud, y en sus ojos apareció una duda. Entonces le saludó como se saluda a los aristócratas, y se puso en marcha.
Siddharta, con el rostro sonriente, le siguió con la mirada. ¡Todavía amaba a ese hombre fiel y temeroso! ¡Cómo habría sido posible no amar a nadie o a nada, después de un sueño tan maravilloso, tan lleno del Om! Precisamente el encantamiento estaba allí: en el sueño se le había preparado para amarlo todo; se encontraba lleno de amor hacia todo lo que contemplaba. Y justamente ésa fue su enfermedad anterior, según le parecía ahora: el no saber amar a nada ni a nadie. 
Sonriente, continuaba observando Siddharta al monje que se alejaba. El sueño le había devuelto las fuerzas, pero le seguía molestando el hambre, ya que ahora hacía dos días que no comía y el tiempo en que solía ayunar se encontraba muy lejano. Con preocupación, pero feliz, recordó aquel pasado.
Fue entonces cuando recordó cómo había glorificado ante Kamala tres artes que antes había dominado perfectamente: ayunar, esperar, pensar. Esta había sido su fortuna, su poder y su fuerza. Había aprendido esas artes en los años penosos y difíciles de su juventud, nada más. Y ahora le habían abandonado, ninguna de las tres artes le pertenecía ya: ni el ayunar, ni el esperar, ni el pensar. ¡Las había trocado por lo más miserable y más pasajero, por los deleites de los sentidos, el bienestar físico, las riquezas! Realmente le había sucedido algo extraño. Y ahora parecía que de nuevo se había convertido en un ser humano.
Siddharta reflexionó acerca de su situación. Le costó meditar; en el fondo no le apetecía, pero se obligó a sí mismo.
Pensó: «Ahora que por fin han sucumbido todas las cosas pasajeras, ahora que vuelvo a estar bajo el sol, como cuando fui un chiquillo, me doy cuenta de que no sé nada, de que no soy capaz de nada, de que no he aprendido nada. ¡Qué raro es todo esto! ¡Ahora voy a empezar de nuevo, como un niño, a pesar de que ya no soy joven y que mis cabellos empiezan a encanecer -sonrió otra vez-. Sí, tu destino será muy singular.» 
Siddharta se perdía, pero ahora volvía a encontrarse en este mundo y se veía vacío, desnudo e ignorante. Y sin embargo, no podía sentir pena por lo sucedido. No. Al contrario, tenía deseos de reír, de burlarse de sí mismo, de chancearse de todo ese mundo tan necio y tan absurdo. 
«¡Estás en decadencia!», se acusó a sí mismo., y seguidamente echóse a reír. 
Al pronunciar estas palabras, miró al río, que también se deslizaba por una pendiente, siempre hacia abajo, sin dejar de estar alegre y de canturrear. Eso gustó a Siddharta que sonrió amablemente al río. ¿No era el mismo río en el que había querido ahogarse, hacía ya tiempo, quizás unos cien años? ¿O tal vez lo soñó?
Siddharta continuó meditando: «Realmente mi vida ha seguido un curso muy espécial, dando muchos rodeos. De chiquillo sólo oía hablar de dioses y sacrificios. De mozo sólo me entretenía con ascetas, pensamientos, meditaciones, buscando a Brahma, venerando al eterno atman. Ya de joven seguía los ascetas, viví en el bosque, sufrí calor y frío, aprendí a pasar hambre, aprendí a apagar mi cuerpo. Entonces la doctrina del gran buda me pareció una maravilla; sentí circular en mi interior todo el sabor de la unidad del mundo, corno si se tratara de mi propia sangre. No obstante, tuve que alejarme del mismo buda y del gran saber. Me fui y aprendí el arte del amor con Kamala, el comercio con Kamaswami; amontoné dinero, malgasté, aprendí a contentar a mi estómago, a lisonjear a mis sentidos. He necesitado muchos años para perder mi espíritu, para olvidarme del pensar y la unidad.
«¿No parece que he precisado dar grandes rodeos para convertirme paulatinamente en un hombre, para dejar de ser filósofo y vivir como una persona vulgar?» Y, a pesar de todo, ha sido un buen camino, no ha muerto completamente el pájaro que se alberga en mi interior. Pero, ¡qué camino es ése! He tenido que sobrevivir a tanta ignorancia, vicio, error, asco y desengaño, tan sólo para volver a ser un hombre que no piensa, como los niños, y así, poder empezar de nuevo. No obstante, todo ha ido bien, mi corazón se alegra, mis ojos ríen. He tenido que sufrir con desesperación, me he visto obligado a rebajarme hasta la idea más necia, la del suicidio, para poder recibir la gracia de sentir el Om, para volver a dormir bien y a despertarme mejor. Tuve que convertirme en un ignorante para poder encontrar al atman en mi interior. He tenido que pecar para volver a resucitar. 
«¿Hacia dónde me seguirá llevando este camino? Mi sendero sigue un itinerario absurdo, da rodeos, y quizá también vueltas. ¡Que siga por donde quiera! ¡Yo lo seguiré!»
Sintió en su pecho una alegría maravillosa.
«¿De dónde sale esa alegría tan grande? -preguntó a su corazón-. ¿Acaso te viene de ese largo sueño, que tanto bien te hizo? ¿O proviene de la palabra Om, que pronuncié? ¿O acaso es porque he conseguido escapar, he logrado la fuga y por fin me encuentro otra vez libre, como un chiquillo bajo el cielo?
«¡Qué maravilla es poder huir, ser libre! ¡Qué aire más limpio y puro se respira aquí! ¡Qué delicia aspirarlo! Allí, de donde escapé, todo olía a cremas, especias, vino, saciedad, ocio. ¡Cómo odiaba ese mundo de ricos, vividores y jugadores! ¡Cómo me aborrecía, me robaba, envenenaba, torturaba, envejecía y maldecía! ¡No, jamás creeré en mí, como antes, cuando me gustaba pensar que Siddharta era un sabio! Sin embargo, ahora sí que he obrado bien; ¡me gusta, puedo elogiar mi obra! ¡Ahora termina el odio contra mí mismo, contra esa vida necia y monótona! Te felicito, Siddharta, ya que después de tantos años de ocio has vuelto a tener una nueva idea, has obrado, has oído cantar al pájaro en tu pecho, ¡y le has seguido!» 
De esta forma se elogió y se sintió satisfecho de sí mismo, a la vez que oía los rugidos del hambre en su estómago. Un retazo de pena, un mendrugo de miseria: eso era lo que ahora percibía; en los últimos días había apurado hasta el máximo y luego lo escupió todo; se sació hasta la desesperación y la muerte.
Así era mejor. Hubiera podido quedarse mucho más tiempo con Kamaswami, ganar dinero, malgastarlo, hinchar su barriga y dejar que su alma muriese de sed; habría podido vivir todavía mucho tiempo en aquel infierno suave y bien acolchado, si no le hubiera llegado el momento del desconsuelo total, de la desesperación. Fue aquel instante, cuando se balanceaba por encima de la corriente del agua, dispuesto a destruirse. Había sentido esa desesperación, esa profunda repugnancia, pero no se dejó vencer; el pájaro, la fuente y la voz de su interior continuaban con vida. Esa era su alegría, su risa; por eso brillaba su rostro bajo las canas. 
«Es bueno -pensó- probar personalmente todo lo que hace falta aprender. Desde niño, desde mucho tiempo, sabía que los placeres mundanos y las riquezas no acarrean ningún bien; pero ahora lo he vivido. Y ahora lo sé, no sólo porque me lo enseñaron, sino porque lo han visto mis ojos, mi corazón, mi estómago. ¡Qué bello es saberlo!» 
Mucho tiempo permaneció meditando acerca del cambio que se había producido en su ser. Escuchó al pájaro que trinaba alegre. ¿No había muerto el pájaro en su interior, no había sufrido su muerte? No; en Siddharta había muerto algo muy distinto, que desde hacía tiempo deseaba sucumbir. ¿No era lo mismo que en sus ardientes años de asceta había querido apagar? ¿No era su yo, el yo pequeño, temeroso, orgulloso, con que había luchado durante tantos días, el que siempre le vencía, el que después de cada penitencia, volvía a surgir, y le quitaba la alegría, y le daba temor? ¿Acaso no era eso lo que por fin hoy había encontrado la muerte, allí en el bosque, junto a ese río idílico? ¿No era esa muerte por lo que Siddharta había vuelto a ser un niño, y sintió confianza, alegría y temeridad? 
Ahora también comprendió por qué había luchado inútilmente contra ese yo, mientras era brahmán o asceta. ¡Se lo había impedido el exceso de sabiduría, de versos sagrados, de reglas para sacrificios, de mortificaciones, la excesiva ambición! Con arrogancia, siempre había sido el primero, el más inteligente, el más sabio, el más diligente; siempre se encontraba un paso más adelante de los demás compañeros, sabios, sacerdotes o eruditos. Su yo se había escondido en ese sacerdocio, en aquella erudición e intelectualidad; estaba allí y crecía, mientras Siddharta creía apagarlo con ayunos y penitencias. Ahora se daba cuenta y observaba que la voz secreta tenía razón: ningún profesor se lo hubiera podido reprimir jamás. 
Por ello tuvo que lanzarse al mundo, perderse entre los placeres y el poder, la mujer y el dinero; se había tenido que convertir en comerciante, jugador, bebedor, glotón, hasta que el brahmán y el samana de su interior se murieran. Por tal causa había tenido que soportar esos años monstruosos, ese hastío, vacío y absurdo de una vida monótona y perdida, hasta que por fin, como una desesperacion, el vividor y el Siddharta ávido habían llegado a sucumbir. Muerto, un nuevo Siddharta había resucitado. También este se volvería viejo, también tendría que morir algún día; Siddharta era transitorio, como pasajera es toda formación. Pero hoy se hallaba en plena forma, joven como un chiquillo, un nuevo Siddharta. Estaba lleno de alegría. 
Meditaba todas estas ideas, escuchaba sonriente su estómago y agradecía el zumbido de una abeja. Miraba con alegría la corriente del río: jamás un agua le había gustado tanto, jamás había percibido la voz y el ejemplo de la corriente con tanta fuerza. Le parecía que ese río poseía algo especial, algo que aún desconocía, pero que le esperaba. En ese río se había querido ahogar Siddharta, y en él había sucumbido el Siddharta viejo, cansado, desesperado. Sin embargo, el nuevo Siddharta sentía por esa corriente un profundo amor que le obligaba a no abandonarla con prisas.

* Capítulo VIII de Siddharta, novela budista del escritor alemán Hermann Hesse.

Nota de LP: Sobre el uso de este tipo de literatura y de los conceptos "situación límite" y "renacimiento espiritual": 1) Más allá de todo tipo de idealismo y metafísica, la referida novela es apenas un ejemplo de cómo los pensadores occidentales inteligentes, entre ellos el psicoanalista suizo Carl Jung, volvieron su mirada y su espíritu hacia el Antiguo Oriente, y más específicamente al budismo zen. Porque una de las ideas-fuerza de éste último, comprendidas y ponderadas por Jung y por Hesse -entre otros-, es que la vida es principalmente sufrimiento y, por lo tanto, que la aceptación de la vida tal y como es a fin de vivirla/transformarla/disfrutarla es la aceptación, enfrentamiento y transformación del sufrimiento en sabiduría. El capítulo aquí reproducido, con mis respectivas negritas en las partes que me parecen más decidoras y conmovedoras, son muestra de ello. Volviendo a Occidente, lo dicho equivale al principio o la "piedra filosofal" de la alquimia medieval: transformar el plomo en oro, pero aplicado al propio Ser humano. Así como también se asocia directamente con el concepto psicológico moderno de "resiliencia", entendido como la capacidad humana para enfrentar, resistir y superar una situación de estrés, trauma, sufrimiento, enfermedad, pérdida, vacío y/o duelo, para vivir algo nuevo y mejor. 2) "Situación límite" fue un concepto usado por filósofos existencialistas como Karl Jaspers para expresar el hecho de que el ser humano no es consciente de la vida sino hasta que está al borde de la muerte; paradójicamente, mejor dicho dialécticamente, es esta oscura y calavérica dama la que hace tomar consciencia, valorar, amar y vivir la vida de miles de colores, formas y sensaciones. No es una "ley" filosófica ni psicológica "universal y absoluta", pero sí es un hecho que se puede comprobar empíricamente, sobre todo en accidentes que pudieron ser fatales o en "situaciones de riesgo" o depresiones con tendencia suicida. Además, existe el hecho natural -léase propio de la naturaleza- de que la muerte es parte de la vida y abona el ciclo de la misma; conforman una unidad de opuestos complementarios, como la luz y la oscuridad. 3) "Renacimiento espiritual" se refiere a todo lo anterior, libre asimismo de todo tipo de idealismo y metafísica. Así pues, se trata de una renacimiento dentro de esta única vida que existe, ya que no existe vida después de la muerte o un "más allá" como mienten todas las religiones (incluida la budista), y ya que, para tomar consciencia de sí mismo y de la vida misma, el ser humano debe "morir" y "renacer" simbólicamente, psíquicamente, varias veces, cuantas veces sea necesario. Y cuando digo "espiritual" lo digo en un sentido materialista (a lo Pannekoek) e integral, es decir entendido como consciencia inseparable del ser material; por lo tanto, renacimiento espiritual significa renacimiento psicológico y también físico, renacimiento mental-emocional y también corporal-energético. La otra acepción del término espiritual se asocia con lo que Stanislav Grof, fundador de la psicología transpersonal, denominó "emergencia espiritual": en efecto, para Grof, las llamadas "enfermedades mentales" en realidad son "emergencias espirituales" o de la consciencia con respecto al ser (separación y enajenación cuyo culmen es la esquizofrenia); por lo tanto, el renacimiento espiritual es la superación de la supuesta "enfermedad mental", tanto de forma personal como de forma colectiva. Por analogía, el renacimiento espiritual de la humanidad será la superación de su gran enfermedad llamada capitalismo o sociedad de clases y fetiches activos, es decir la revolución social. 

martes, 29 de enero de 2019

Sobre las batallas, los aprendizajes y los frutos del Silencio (1)

Nota de LP: Los hombres sabios suelen decir que si lo que se va a hablar o escribir no es mejor que el Silencio que la sabiduría y la belleza del Silencio, entonces no hay que hablarlo o escribirlo. Los grandes procesos, acontecimientos y transformaciones de la vida (del universo, la naturaleza, la sociedad y las personas) en realidad ocurren en el silencio. Así pues, mejor que pensar, hablar, explicar o escribir sobre los mismos, es hacerlos o vivirlos, ni más ni menos. Lo cual implica, entre otras cosas, aceptar la vida tal como es y no como debería ser o como desearíamos que fuera, pero no para resignarnos y ser unos ciudadanos-borregos-zombies más, sino para transformarla real y profundamente por completo; dejar de buscar el sentido de la vida fuera de uno mismo (cosas, ideas, otras personas, etc.) y empezar a encontrar el Ser dentro de uno mismo, pero no como individuo o ego sino en tanto que particularización y expresión del Todo humano o social-natural-cósmico; y, salir de la red o jaula racionalista-moderna-capitalista-egoica del intelecto y las palabras, mediante la aceptación y el desarrollo de la Inteligencia colectiva/personal del cuerpo/espíritu. He aquí la razón por la cual no he publicado nada en este blog durante los últimos meses, y por la cual no voy a publicar todavía la segunda parte de "Cómo sobreviví a la locura y la muerte para vivir y contarlo" (sólo decir que ya está en manuscrito). Además  porque, ahora que estoy viviendo mi primer despertar de la consciencia (primer "satori" dentro del "quinto cuerpo" o cuerpo psíquico), todavía me falta mucho por aprender y comprender, por saber, no tanto de los libros de teoría revolucionaria y antipsiquiatría, sino de la vida y para la vida. 
Dicho esto, hoy salgo por un momento de mi silencio activo de los últimos meses para plasmar aquí apenas una parte de mi –todavía en curso– último proceso terapéutico o de autocuración/autotransformación/autoliberación integral (psíquica, emocional, energética, espiritual, física, material, social, ecológica y cósmica); el cual sin duda se encuentra, no sólo más allá de la psicología y la psiquiatría, sino también más allá de la antipsiquiatría (a su debido momento, explicaré y desarrollaré el porqué de ésta última afirmación; mientras tanto, silencio, bendito silencio). Y para ello, tomo prestadas las palabras de otras personas de diferentes épocas y diferentes latitudes (sobre todo de Oriente, libre esta referencia –eso sí– de toda moda y mistificación así como de todo prejuicio y descalificación al respecto) que ya vivieron, aceptaron, enfrentaron, transformaron y superaron el sufrimiento; dicho de otra manera, fragmentos de testimonios de una parte de la humanidad autoalienada, proletarizada y sufriente que, consciente o no de ello, se asumió como tal para dejar de serlo y así poder recuperar la vida y el sentido de la misma en nuestro caso, mediante la lucha por la revolución social o la comunización, que será integral o no será. Porque cuando no supieron hacer ésto último, muchos compañeros que lucharon por una vida humana que merezca tal nombre y no la encontraron, se desesperaron, se perdieron en la búsqueda y terminaron en el cementerio a mano propia ("suicidados por la sociedad") o en el hospital psiquiátrico (por "locos"), esa otra cárcel... y luego en el cementerio, inexorablemente; en cualquier caso, muertos... incluso antes de haber muerto físicamente. Y este es precisamente el "espejo roto" (el "otro" es el espejo del "yo") del que sobreviví para vivir y contarlo, como la flor de loto que, dialéctica y poéticamente, brota en y sólo en el pantano. Al buen entendedor... Continuará...

***

BATALLAS DEL SILENCIO 

Tacto y línea cubiertos de pureza.
Pulgar que ata veloces materiales.
Timón que aclara dos profundidades.
Ojos que guardan el nudo del camino 
en el reloj ahogado del secreto. 
Manos que llevan muerte y despedida 
a la bahía de ámbar de los muslos. 
Labios que extienden el país del cuerpo 
por el cielo de fuego del orgasmo. 

Vosotros, Todos, 
no sabréis nunca,
entrar en las batallas del Silencio.

Aquí, una ventana ya enterrada.
Una semana con muñón de Invierno.
Una súplica muerta entre dos tumbas.
Un cambio de miradas con la Duda.

Un disfraz de fulgor para el cansancio.
Una herida expuesta en los balcones. 
Oración estrellada contra un velo,
tu afán de Paraíso está en desgracia
y tu voz, a las puertas de un Dios mudo.

Atiende a la distancia entre dos Ángeles.
Atiende a la sonrisa entre dos cuervos. 
Y, a tolerar toda esta carne hambrienta.

BREVE HISTORIA DE BASHO

La puerta se abre por una necesidad de terror
descubierta en nuestra alma por el duende
y
vemos el baile diagonal del polvillo
y al sol con un dedo fuera de la órbita,
demostrándonos el paso de las nómadas a la gran ilusión.
Pero éstas son sustituciones
suertes
lapsus.
El santo ansía extender la vena central de su cuerpo
hasta el extremo mismo de la sagrada palanca
y, al desquiciar el mundo
sentir el tic-tac
de la piedra preciosa.

La bienaventuranza supone sus propias concupiscencias
sin bien ni mal.
Empleo sin empleo.

Cuando Basho el Poeta-Zen llegó a la edad del cordero
siglo X d. de C. y escribía "Las Sendas del Oku"
supo
que debía experimentar la entrada de las cosas
una a una
a través de la Puerta sin Abertura,
manteniéndose despierto bajo los párpados
de la segunda visión.

El Plexo Solar del Tao, tanteando con el dedo gordo del pie
el barro sedoso del Camino
a través de los caminos,
hilo de seda del tránsito respiratorio
que corta la grasa del aire
y alimenta imperceptiblemente como la nutrición
de una pluma.
Así, cuarenta años
maduró la atención de Sí Mismo
sobre todos los nones cambiantes.
Y llegó cierto día a orillas de un bosque
y
tomó asiento en la hierba.
Mil años esperándole a él solo
una rana cargada
de huevos color de perla de lodo,
estaba allí
detrás
a orillas de una charca
esperando
que el soplo del Macho empujara la carga encantada.
y
saltó
y hubo ruido de agua y fue suficiente
y él oyó la armadura toda del Oído del Agua,
la forma sucesiva y la abrupta
y la entrada pura del charco de agujas
en el agua de vida
que ya estaba en Él.

César Dávila Andrade "El Fakir"

***

«"Tu alma es el mundo entero", se leía allí. Y escrito está que el hombre, mientras duerme, durante el sueño profundo, entra en su propio interior y vive en el atman. ¡Qué maravillosa sabiduría entrañaban esos versos! Todo el conocimiento de los grandes sabios se había reunido en estas palabras mágicas, puras como la miel de las abejas. No, no se debían menospreciar los enormes conocimientos que aquí se guardaban, reunidos por innumerables generaciones de sabios y penitentes, que habían logrado no sólo conocer este profundo saber, sino también vivirlo. ¿Dónde se encontraba el experto que era capaz de retener el atman desde el sueño hasta el despertar, durante la vida, con cada paso, palabra o hecho?
Siddharta conocía a muchos brahmanes venerables, sobre todo a su padre, el puro, el sabio, el más reverenciado. Su padre era digno de admiración; su comportamiento resultaba sosegado y noble, su vida era pura, su palabra sabia, los pensamientos de su frente delicados y aristocráticos. Pero él, que sabía tanto, ¿vivía en la bienaventuranza, tenía la paz? ¿Acaso no era también uno de los que buscan siempre, sedientos? ¿No necesitaba beber continuamente en las fuentes sagradas, en los sacrificios, en los libros, en los diálogos con los brahmanes? ¿Por qué él, que era irreprochable, tenía que lavar diariamente sus pecados, esforzarse cada día en la purificación, repetirla cotidianamente? ¿No estaba el atman en él, no fluía la primera fuente de su propio corazón? ¡Esa primera fuente debía, tenía que encontrarse en el propio yo! ¡Era necesario poseerla! Todo lo restante era una simple búsqueda, un rodeo, un desvarío. 
Tales eran los pensamientos de Siddharta. Esa era su sed, su sufrimiento.

[...]

Por el camino, Siddharta también recordó todo lo que había vivido en el jardín de Jetavana, la doctrina que había escuchado allí, de labios del divino buda, la despedida de Govinda, la conversación con el majestuoso. Acordóse de nuevo de las propias palabras que había dirigido al majestuoso, de cada frase, comprendió con asombro que había dicho cosas que hasta entonces realmente no sabía. Lo que dijera a Gotama: que el tesoro y el secreto del buda no eran la doctrina, sino lo inexplicable, lo que no podía enseñarse, lo que él había vivido en la hora de su inspiración, esto era precisamente lo que él pensaba vivir ahora, lo que en aquel momento comenzaba a vivir. Ahora tenía que existir consigo mismo. Incluso antes supo que su propio yo era atman, hecho de la misma sustancia eterna del Brahma. Pero nunca había encontrado ese yo, realmente, porque quería pescarlo con la red del pensamiento. 
No obstante, lo más seguro es que el cuerpo no fuera el yo, ni en el juego del sentido tampoco lo era el pensar, ni la inteligencia ni la sabiduría aprendida, ni la enseñanza en el arte de sacar conclusiones y de construir nuevos pensamientos por entre las teorías ya enunciadas. 
No, también el mundo de los pensamientos se encontraba aún de este lado, y no conducía a ningún fin; se mataba al fugaz yo de los sentidos, y, sin embargo, se alimentaba al fugaz yo de las reflexiones y la sabiduría. 
Ambos, los pensamientos como los sentidos, eran cosas hermosas; detrás de ambas se escondía el último sentido; debía escucharse a los dos, se tenía que jugar con ambos, no se debía menospreciar ni atribuir demasiado valor a ninguno de ellos; era necesario escuchar las voces interiores y secretas de ambos. 
"Tan sólo deseo que la voz no me mande detenerme en otra parte que no sea la que desee la voz", pensaba. ¿Porqué Gotama en la hora de las horas se había sentado bajo aquel árbol donde tuvo la inspiración? Había oído una voz, un grito en su propio corazón que le ordenaba descansar debajo de aquel árbol; y Gotama no había preferido la mortificación, ni el sacrificio, ni el baño, ni la oración, ni la comida ni la bebida, ni el sueño, sino que había obedecido a la voz. Obedecer así, no era doblegarse a una orden exterior, sino sólo a la voz interior; estar tan dispuesto era lo mejor, lo necesario, lo más conveniente.

[...]

– He tenido ideas, sí, e incluso razonamientos de vez en cuando. En alguna ocasión he creído sentir en mí cómo se percibe la vida en el corazón, pero tan sólo por una hora o un día. Eran muchas las ideas, y me sería difícil comunicártelas. Mira, Govinda, ésta es una de las cuestiones que he descubierto: la sabiduría no es comunicable. La sabiduría que un erudito intenta comunicar, siempre suena a simpleza. 
– ¿Bromeas? –inquirió Govinda. 
– No. Digo lo que he encontrado. El saber es comunicable, pero la sabiduría no. No se la puede hallar, pero se la puede vivir, nos sostiene, hace milagros: pero nunca se la puede explicar ni enseñar. Esto era lo que ya de joven pretendía, y lo que me apartó de los profesores.

[...]

Govinda escuchaba en silencio.
– ¿Por qué me has dicho lo de la piedra? –preguntó vacilante, tras una pausa.
– Lo dije con intención. O quizás he querido declarar que amo precisamente a la piedra y al río, a esas cosas que contemplamos y de las que podemos aprender. Govinda, puedo amar a una piedra, a un árbol o a su corteza. Son objetos que pueden amarse. Pero no a las palabras. Por ello, las doctrinas no me sirven, no tienen dureza, ni blandura, no poseen colores, ni cantos, ni olor, ni sabor, no encierran más que palabras. Acaso sea eso lo que te impide encontrar la paz, quizá sean tantas palabras. También redención y virtud, lo mismo que sansara y nirvana son sólo palabras, Govinda. Fuera del nirvana no existe nada más: únicamente palpita el vocablo nirvana. Govinda exclamó:
– Amigo, nirvana no es tan sólo un término. Nirvana es un pensamiento.
Siddharta continuó:
– Un pensamiento, puede ser así. Amigo, he de hacerte una confesión: no me gusta diferenciar mucho entre pensamientos y palabras. Para serte sincero, tampoco soy partidario de las teorías. Me gustan más los objetos. Aquí, en esta barca, por ejemplo, mi antecesor fue un hombre, un santo que durante muchos años creyó simplemente en el río, en nada más. Notó él que la voz del río le hablaba; de ella aprendió, pues el agua le educó y enseñó; el río le parecía un dios. Durante muchos años ignoró que todo viento, nube, pájaro o escarabajo, es igual de divino, y sabe tanto que también puede enseñar como el río. No obstante, cuando ese santo se marchó a los bosques, lo sabía todo, más que tú y yo, y sin profesor, ni libros; únicamente porque había creído en el río.»

Hermann Hesse. "Siddharta"

***

«El Zen, en su esencia, es el arte de ver dentro de la naturaleza del propio ser, y señala el camino de la esclavitud hacia la libertad. Al hacernos beber directamente en la fuente de la vida, nos libera de todos los yugos que los seres finitos sufrimos comúnmente en este mundo. Podemos decir que el Zen libera todas las energías apropiada y naturalmente almacenadas en cada uno de nosotros, que, en circunstancias ordinarias, se hallan trabadas y distorsionadas de modo que no encuentran un cauce adecuado para entrar en actividad.
Nuestro cuerpo se parece a una batería eléctrica en la que yace, en forma latente, un poder misterioso. Cuando este poder no se pone convenientemente en funcionamiento, se enmohece y marchita, o se desvía y expresa anormalmente. Por tanto, el objeto del Zen es salvarnos de enloquecer o quedar disminuidos. Esto es lo que quiero decir con libertad, dando libre juego a todos los impulsos creadores y benévolos que inherentemente yacen en nuestros corazones.

[...]

Mientras estemos llenos de vitalidad sin despertar al conocimiento de la vida, no podremos comprender la seriedad de todos los conflictos implícitos en ella, que por el momento, en apariencia, se hallan en un estado de quietud. Pero tarde o temprano llegará el tiempo en que tengamos que mirar la vida frente a frente y resolver sus enigmas más desconcertantes y acuciantes. 

[...]

La vida, como la vive la mayoría de nosotros, es sufrimiento. El hecho no se niega. Mientras la vida sea una forma de lucha, no puede ser sino dolor. ¿Acaso la lucha no significa el impacto de dos fuerzas en conflicto, procurando cada una alcanzar el extremo de la otra? Si se pierde la batalla, el resultado es la muerte, y la muerte es lo más pavoroso del mundo. Aunque se conquiste la muerte, uno queda solo, y la soledad es, a veces, más intolerable que la lucha misma. Puede ser que no se tenga conciencia de todo esto, y que sigamos complaciéndonos en aquellos goces momentáneos que nos procuran los sentidos. Pero esta inconciencia no altera en lo mínimo los hechos de la vida. Por más que los ciegos nieguen insistentemente la existencia del sol, no pueden aniquilarlo. El calor tropical los despellejará, y si no toman la precaución debida serán barridos de la faz de la tierra.
El Buda estaba perfectamente en lo cierto cuando propuso su "Noble Verdad Cuádruple”, y la primera consiste en que la vida es dolor. ¿No venimos todos al mundo vociferando y, en un sentido, protestando? Para decir lo menos sobre el particular, salir del tibio seno materno hacia un medio ambiente frío y prohibitivo fue con seguridad un doloroso incidente. Él crecimiento se acompaña siempre de dolor. La dentición es un proceso más o menos doloroso. La pubertad por lo común se acompaña de una perturbación mental al igual que física. El desarrollo del organismo llamado sociedad está también marcado por dolorosos cataclismos, y en la actualidad somos testigos de uno de sus dolores de parto. Podemos razonar y decir con calma que todo esto es inevitable, que mientras toda reconstrucción signifique destrucción del antiguo régimen, no podemos sino experimentar una dolorosa operación. Mas este frío análisis intelectual no alivia cualquier atormentador sentimiento que debamos padecer. El dolor infligido inmisericordemente en nuestros nervios es inerradicable. La vida, detrás de toda argumentación, es una dolorosa lucha.
Sin embargo, esto es providencial. Pues cuanto más se sufre, con más hondura crece el carácter, y con la profundización del carácter se lee más penetrantemente en los secretos de la vida. Todos los grandes artistas, todos los grandes dirigentes religiosos, y todos los grandes reformadores sociales surgieron de intensísimas luchas en las que se enzarzaron con bravura, y muy frecuentemente con lágrimas y corazones sangrantes. A no ser que se coma el pan con dolor, no puede gustarse la vida real. Mencio tiene razón cuando dice que cuando el Cielo quiere perfeccionar a un gran hombre, lo pone a prueba de todos los modos posibles, hasta que éste sale triunfante de todas sus dolorosas experiencias. 

[...]

Somos demasiado egocéntricos. La caparazón del ego, en la que vivimos, es durísima para crecer. Nos parece llevarla a cuestas todo el tiempo, desde la niñez hasta el tiempo en que, finalmente, fallecemos. Sin embargo, recibimos muchas oportunidades para traspasar esta caparazón, y la primera y máxima de todas tiene lugar cuando alcanzamos la adolescencia. Esta es la primera vez en que el ego llega realmente a reconocer al "otro". Me refiero al despertar del amor sexual. Entonces un ego, íntegro e indiviso, empieza a sentir una especie de partición en sí mismo. El amor, profundamente dormido hasta entonces en su corazón, levanta su cabeza y provoca una gran conmoción en éste. Pues el amor, ahora sacudido, exige de inmediato la afirmación del ego y su aniquilación. El amor hace que el ego se pierda en el objeto que ama, pero al mismo tiempo quiere tener al objeto como de su propiedad. Esto es contradicción, y una gran tragedia vital. Este sentimiento elemental debe ser uno de los medios divinos por el que el hombre es acuciado a avanzar en su marcha ascendente. Dios brinda las tragedias para perfeccionar al hombre. El máximo acopio de literatura jamás producida en el mundo no es sino el rasgueo de la misma cuerda del amor, y nunca parecemos cansarnos de él. Pero no es éste el tópico que aquí nos preocupa. Lo que deseo subrayar en este aspecto es que, a través del despertar del amor, vislumbramos la infinitud de las cosas, y que este atisbo impulsa al joven hacia el Romanticismo o el Racionalismo, según su temperamento, ambiente y educación.
Cuando la caparazón del ego se rompe y es asumido el "otro" en su propio cuerpo, podemos decir que el ego se negó o que el ego dio sus primeros pasos hacia el infinito. En lo religioso aquí sigue una intensa lucha entre lo finito y lo infinito, entre el intelecto y un poder superior, o, más claramente, entre la carne y el espíritu. Este es el problema de problemas que puso a muchos jóvenes en manos de Satanás. Cuando un hombre maduro recuerda estos tiempos juveniles no deja de sentir una especie de estremecimiento que recorre todo su ser. La lucha a entablarse debe seguirse sinceramente hasta los treinta años de edad, cuando Confucio afirma que supo dónde estar. Entonces la conciencia religiosa está plenamente despierta, y se busca con más fervor en todas direcciones todos los medios posibles de escapar de la lucha o de llevarla a término. Se lee libros, se asiste a disertaciones, se aceptan sermones con avidez, ensayándose diversos ejercicios o disciplinas religiosas. Y naturalmente también llega a indagarse el Zen.
¿Cómo resuelve el Zen el problema de problemas?
En primer lugar, el Zen propone su solución apelando, de modo directo, a los hechos de la experiencia personal y no al conocimiento libresco. La naturaleza del propio ser donde aparentemente se entabla la lucha entre lo finito y lo infinito se capta mediante una facultad superior al intelecto. Pues el Zen dice que es este último el que primero nos hizo formular la pregunta que no puede responderse por sí, y que por tanto ha de hacerse a un lado para dar cabida a algo superior y más esclarecedor. Pues el intelecto tiene en sí una cualidad peculiarmente perturbadora. Aunque plantea preguntas suficientes como para alterar la serenidad mental, con demasiada frecuencia es incapaz de dar respuestas satisfactorias a aquéllas. Sobresalta la bienaventurada paz de la ignorancia pero no restaura el estado anterior de las cosas ofreciendo algo más. Porque señala la ignorancia a menudo se lo considera esclarecedor, mientras el hecho es que perturba, sin procurar, necesariamente y siempre, luz sobre su sendero. No es final, aguarda algo superior a él mismo para la solución de todas las preguntas que plantea, sin entrar a considerar las consecuencias. Si fuese capaz de procurar un nuevo orden dentro de la perturbación y de establecerlo de una vez por todas, no hubiese habido necesidad de la filosofía [y la psicología] después de sistematizado por un gran pensador, por un Aristóteles o por un Hegel. Pero la historia del pensamiento demuestra que cada nueva estructura alzada por un hombre de intelecto extraordinario es seguro que será derribada por los que le sigan. Este constante derribar y construir está muy bien en lo que atañe a la filosofía [y la psicología] misma; pues la naturaleza inherente del intelecto, como yo la encaro, lo exige, y no podemos hacer detener el progreso de la indagación filosófica [y psicológica] así como no podemos hacerlo con nuestra respiración. Mas cuando se llega a la cuestión de la vida misma, no podemos esperar la solución última que nos ofrezca el intelecto, aunque lo pudiese hacer. No podemos suspender siquiera por un instante nuestra actividad vital por la filosofía, para desentrañar sus misterios. Que los misterios sigan como están, pero debemos vivir. El hambre no puede esperar hasta obtener un análisis completo del alimento y determinar el valor nutritivo de cada elemento. Para los muertos no es de valor alguno el conocimiento científico del alimento. Por tanto, el Zen no confía en el intelecto para la solución de los problemas más profundos.
Con la experiencia personal se significa llegar al hecho de primera mano y no a través de intermediarios, cualesquiera sean éstos. Su analogía favorita es: se necesita un dedo para señalar la luna, pero ¡ay de quienes confunden al dedo con la luna! Es bienvenida una canasta para llevar nuestro pescado a casa, pero cuando el pescado está seguro sobre la mesa ¿para qué preocuparnos eternamente por la canasta? He aquí el hecho, agarrémoslo con las manos desnudas no sea que se nos escape; esto es lo que el Zen propone que hagamos. Así como la naturaleza aborrece al vacío, el Zen aborrece todo lo que es intermedio entre el hecho y nosotros mismos. Según el Zen no hay pugna en el hecho mismo tal como entre lo finito y lo infinito, entre la carne y el espíritu. Estas son distinciones ociosas, ideadas por el intelecto para sus propios intereses. Quienes las toman demasiado en serio o quienes tratan de leerlas dentro del hecho mismo de la vida son los que confunden al dedo con la luna. Cuando tenemos hambre, comemos; cuando tenemos sueño, nos acostamos; ¿y dónde encaja aquí lo infinito y lo finito? ¿No somos completos en nosotros mismos, y cada cual en sí mismo? Basta la vida como se la vive. Sólo cuando el intelecto perturbador ingresa y procura asesinarla, dejamos de vivir y nos imaginamos carentes de algo. Dejemos en paz al intelecto; tiene su utilidad en su propia esfera, y no interfiramos con el fluir de la corriente vital. Si estamos tentados a mirar en ella, hagámoslo mientras la dejamos fluir. El hecho de fluir bajo ninguna circunstancia debe detenerse ni interferirse; por el momento nuestras manos están sumergidas en esa corriente, su transparencia se altera, cesa de reflejar nuestras imágenes, propias desde el inicio, y que así lo seguirán siendo hasta el fin del tiempo.» 

Daisetz Teitaro Suzuki. "Ensayos sobre Budismo Zen"

***

«El inconveniente de las palabras es que siempre nos hacen sentir iluminados, pero cuando nos damos la vuelta para enfrentarnos al mundo, siempre nos fallan y acabamos mirando el mundo como siempre, sin iluminación. Por esta razón, un guerrero procura actuar en lugar de hablar.» 

Don Juan Matus ("Las Enseñanzas de Don Juan" de Carlos Castaneda)

***


Pink Floyd  "Things Left Unsaid" o "Cosas Que No Se Han Dicho"... ¡Oh, La Sabiduría y la Belleza del Silencio!