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domingo, 2 de octubre de 2022

Manifiesto de la Asociación contra la Represión Médico-Policial (ARM)

Publicado originalmente en francés por Tankonalasanté n.1, febrero 1973. Revista del Groupe Information Asiles-GIA. Traducido al español por Mapas y Huellas, 20 de septiembre de 2022
 
 
ADVERTENCIA: Instamos a quienes puedan publicar este manifiesto a que no cambien ni una sola línea del mismo, ni siquiera la presentación, ni siquiera la «nota dedicatoria». Se escribió en dos horas en Vaucluse, tras unos días de investigaciones y reuniones informales o de brainstorming. Ningún enfermero o médico participó de ninguna manera en estos grupos de estudio. Cuatro de nosotros escribimos estos folletos, cuatro pacientes de entre 19 y 34 años, con un total de 27 internamientos, 16 de ellos internamientos forzosos por la policía. Estábamos bajo el efecto de los clásicos cócteles de la casa (Haloperidol, Opiran, Laroxyl, Valium, etc.). He aquí el testimonio que nos inspiran nuestras observaciones y nuestra larga experiencia.
 
MANIFIESTO PARA LA LUCHA INMEDIATA 
DE LOS INTERNOS DE PSIQUIATRÍA

COMPAÑEROS HOSPITALIZADOS,

No intenten discutir hasta el infinito, en el mapa Michelin: Vaucluse es un asilo para alienados.

Ser un alienado es ser extraño a sí mismo, no estar en control de sí. Lo que nos resulta extraño es el mundo al que hemos sido arrojados. El primer choque es el nacimiento. No hemos elegido ni nuestra familia, ni nuestro nombre, ni la moral de los demás, ni la explotación capitalista.

Nos negamos.

Y estamos condenados, estamos condenados al encarcelamiento: sin la asistencia de abogados. Somos los únicos que no disponemos de medios legales para defendernos de unas leyes que no hemos elegido.

Vemos a la sociedad que nos hizo y luego nos deshizo aislándonos.

Queríamos escapar de las estructuras, de las prohibiciones, de las formas impuestas, y cada uno de manera individual (alcohol, suicidio, rechazo categórico del contacto con los demás y a veces incluso de la realidad).

Esta actitud crítica pero solitaria nos ha llevado a ser encerrados en Vaucluse por la policía, garante del orden capitalista, por los médicos de la enfermería de la Prefectura, tras una denuncia, o después de haber sido empujados más o menos, con odiosos chantajes, por miembros de nuestras familias.

No nos hagamos la pregunta: los locos son ellos. La sociedad es un desastre y está dirigida por imbéciles, todos los cuales son cómplices de su existencia sin darse cuenta de que también son sus víctimas. Pagan impuestos para mantener a los policías que les ponen multas, a los ejércitos para enviar a sus hijos a la muerte. Nosotros mismos hemos cotizado, trabajando, a la Seguridad Social y:

ES ENTONCES CON 
NUESTRO DINERO QUE SE PAGA A LOS ENFERMEROS Y A LOS MÉDICOS.

Pagamos a los médicos y ¿qué hacen ellos?

Desde Freud, nada.

Para Freud, desde el nacimiento, el individuo entra en conflicto con la Sociedad.

En lugar de tratar a la sociedad, manipulamos a los individuos exacerbados por ella, les ponemos etiquetas dogmáticas con nombres bárbaros (psicóticos, maníaco-depresivos, esquizofrénicos, etc.) y los metemos en complejos, como Vaucluse.

Nos tratan como objetos y al mismo tiempo nos piden que nos comportemos como seres responsables.

No podemos opinar sobre el trato y el maltrato que hemos sufrido. ¿Nos toman por imbéciles? Y además, incluso los imbéciles, como han demostrado los experimentos, tienen una mayor afectividad que quienes los cuidan. 

¿Qué se hace en los asilos?

– Nos aíslan aún más de la sociedad y luego nos liberan en un estado de mayor privación social que antes. La pobreza de los trabajadores sociales proviene del hecho de que, como principiantes, habiendo completado tres años de estudio después del bachillerato, sólo ganan 1.280 francos al mes, que es el coste de 8 días de hospitalización para un paciente: un paciente que a menudo permanece más tiempo del necesario porque su alta no ha sido gestionada socialmente.

También estamos aislados los unos de los otros: esto es también una consecuencia de la avaricia de la sociedad carcelaria: la falta de comodidades materiales, de cigarrillos, y a veces de comida, provoca conflictos entre nosotros. Nos peleamos por nada, porque no tenemos nada. Tenemos que hacer reivindicaciones materiales: ¿por qué suben los precios en las cafeterías de Vaucluse y no los pagos pecuniarios? ¿Por qué los calculan siempre en base al sello de 40 céntimos? Ya que están en ello, ¡qué también retrocedan tomando como base el sello de 30 céntimos!

Los enemigos son la Administración, a la que el gobierno proporciona escasos créditos.

¿Qué se hace fuera de los asilos?

Un grupo de Información sobre Asilos (G.I.A., 73 rue Buffon PARIS 5) habla de nosotros con buena voluntad. Allí hay enfermeras y psiquiatras, pero prácticamente nunca están los pacientes, que son los únicos interesados. Debemos darles nuestro testimonio. Sin embargo, uno de sus miembros estimó que «las personas internadas están embrutecidas por los neurolépticos», por lo que se ocupan de nuestros problemas entre ellos sólos.

DEBEMOS CONTAR SOLAMENTE CON NOSOTROS MISMOS Y UNIRNOS.

Tenemos que:

– Formar grupos de información sobre los métodos fascistas de ciertos médicos y sobre los procedimientos coercitivos

– Exigir que se conozcan los sinsentidos escritos en los expedientes y que se nos expliquen

– Preguntar por los nombres de todos nuestros medicamentos y exigir la lectura de su acción en el diccionario Vidal

– Negarse a experimentar con nuevos fármacos, uno de los cuales ha dejado ciegos a unos pacientes en el Vaucluse… Y lo que es más, ¡el médico jefe era pagado por el laboratorio!

– Exigir que se aumente la plantilla de enfermería integrando psicoterapeutas, ya que hasta ahora sólo curan los procedimientos freudianos. Dar unas cuantas drogas y someter a alguien cuyos problemas de la infancia no se han resuelto a un mes en un microcosmos carcelario es como enyesar una pata de palo.

NO OLVIDEMOS:

– Que los médicos sufren incoherencias administrativas y arrebatos delirantes de policías borrachos que se atreven a traernos aquí.

– Que un interno gana 1.500 francos al mes y, en teoría, no tenga derecho a trabajar fuera de los hospitales y clínicas a los que está adscrito,

– Que un asistente psiquiátrico a tiempo completo recibe 2.800 francos al mes

– Que los médicos, si bien son de cultura burguesa, se pusieron en huelga a principios de 1972 y que, aparte de los «amarillos», desde hace dos años se niegan a cumplir el internado de psiquiatría (cuyos temas son de una estupidez angustiosa)

– Que el médico que, por la estupidez de los policías, recibe a un desgraciado que ha tenido la mala idea de sufrir un infarto delante de un bar, sabe que está perdiendo su tiempo, y la Seguridad Social está perdiendo dinero. En cuanto a la persona que ha sido internada injustamente, corre el riesgo de no poder encontrar un trabajo y será inscrita permanentemente en el fichero de dementes. Los equipos de atención también son explotados y pueden tener intereses relacionados con los nuestros. No deben ser sistemáticamente condenados al ostracismo.

EN CADA SALA, DEBEMOS

– Organizar psicodramas de paciente a paciente, en los que un paciente interpreta el papel de un médico u otra persona y otra persona reproduce el papel. No se trata de prácticas terapéuticas, sino de simulaciones permiten, gracias al humor, de tomar distancia respecto de las relaciones reales y las caricaturizan a través del juego, para ser más conscientes de las limitaciones que se viven en ellas.

– Reunirnos entre pacientes, formar grupos sobre la base de este manifiesto. Los grupos se organizarán de forma que los que salgan del hospital sean sustituidos.

– Formar minisindicatos.

– No caer en la trampa permanente de aislarnos en microgrupos antagónicos como: 

  • los alcohólicos
  • los que desprecian a los alcohólicos llamándolos «pervertidos»
  • los que buscan disociarse de los demás porque sólo están «cansados» y en Vaucluse «por casualidad»

– ¡¡No rechazar a ciertos pacientes como «lunáticos irrecuperables»!! Sufren la misma represión que el resto de nosotros. Ayudémosles, y ellos pueden ayudarnos: las respuestas más extravagantes son a menudo las más innovadoras.

– Aceptemos una relativa colaboración, cuando sea posible, con las enfermeras y los médicos.

PLANTEEMOS PREGUNTAS

Juntemos a varias personas para escribir nuestras quejas sobre el funcionamiento de Vaucluse y llevemos nuestras conclusiones en un sobre cerrado y en persona a los iniciadores de la A.R.M. para descentralizar la información y las propuestas, es decir a : BETTY ou MM. CEKALSKI, DAUCE, VINCENT (los cuatro pacientes de la sala 8 del Dr. BARTE).

Desde el exterior, para evitar cualquier interceptación del correo, que se nos escriba a: para la ARM, con los cuidados del GIA, 73 rue Buffon PARIS 5.

Es un rechazo radical a la sociedad impuesta que nos ha traído hasta aquí. Estamos en un callejón sin salida porque sólo hemos protestado individualmente, unos huyendo en síncopas haciendo desaparecer la realidad, otros olvidándola en el alcohol, otros por un rechazo total llamado esquizofrenia o por la negación de los otros que vienen con sus mezquindades, la ridiculez de la seriedad y las guerras. Hemos fracasado aquí y es aquí donde debemos empezar de nuevo agrupándonos en los pabellones, luego todos con reuniones de delegados de pabellón y un periódico. 

PARIAS DE LA SOCIEDAD QUE NOS SECUESTRA:
AGRUPÉMONOS PARA COMENZAR ACÁ MISMO EN VAUCLUSE, 
LA LUCHA QUE SE LIBRARÁ LUEGO EN EL EXTERIOR.

Vaucluse, 4/12/1972

viernes, 2 de agosto de 2019

«La gente está enferma de cordura y sensatez» (J.V. Anaya, 1975)

«Situación presente.

Esta es la gravedad de nuestro siglo: LA GENTE ESTÁ ENFERMA DE CORDURA Y SENSATEZ.

Todos los conformistas sufren de cordura y sensatez.

La cordura y la sensatez destruyen la imaginación del ser humano y lo reducen a un plano objetual en el que permanece cotidianamente reproduciendo una vida miserable; el individuo es aplastado por su propia impotencia y conformismo para hacer nada:

—los hambrientos dejan pasar el pan frente a sus narices;

—los artistas piensan que el arte se termina cuando los publican o exponen sus obras;

—los amantes se niegan a aventurarse buscando nuevas respuestas al amor;

—los “pensadores” se dedican todo el tiempo a buscar epítetos con los cuales denigrarar sus detractores;

—las corrientes políticas se consideran “Demiurgos” con sus teorías inmediatistas, apráxicas, ante la realidad social;

—y un millón-por-segundo de etcéteras más.

Nuestros contemporáneos en los tiempos que corren se tratan como seres cosificados. Los individuos se abandonan a una autocomplacencia pasiva buscando una tranquilidad que nunca existirá, siendo que el ser humano siempre será el producto de luchas internalizadas e históricas que engloban a toda la sociedad… La mayoría de la gente se refugia en la ideologización y se abandonan a quienes les quitan lo más preciado que tiene el individuo: SU HUMANIDAD… Sólo asumiéndose a sí mismos es que los individuos pueden romper en la práctica a todo sistema manipulador que trate de “regularles” la vida. Todo ser humano que se estime a sí mismo se opondrá a todo control externo, venga de donde venga: religión, “ciencia”, partido político, Estado, psiquiatría, psicología, psicoanálisis, etc.

Los individuos que reducen la vida a su propia simplicidad y pragmatismo no ven más allá de las paredes artificiales que ellos mismos han levantado, este es uno de los modos en que la imaginación creativa es asesinada, sin considerar que esa imaginación es otra prerrogativa de la humanidad de la persona. Por todo lo dicho, los artistas sin límites son necesarios en los tiempos de miseria como el presente.

DEBEMOS ROMPER TODOS NUESTROS NERVIOS porque ya están desgastados, totalmente inservibles, insensibles, y sólo nos mantienen en una situación degradante en la que todos nuestros actos pierden el sentido delo humano.

EL REINO DE LA FELICIDAD ESTÁ AQUÍ Y AHORA en todo individuo que realiza una praxis humana en la que se reconoce sujeto/objeto, masculino/femenino, negativo/positivo, bueno/malo; praxis en la que ama y lucha, donde crearse a sí mismo significa hacerse y deshacerse en una esencia vital…

Tenemos que actuar en todos los frentes posibles e imposibles de la vida humana. TODA REDENCIÓN ABSOLUTA E HIPOSTASIADA ES FALSA.»

José Vicente Anaya. "Manifiesto Infrarrealista. Por un arte de vitalidad sin límites". México. 1975

martes, 5 de febrero de 2019

¡No Te Rindas! ¡Lucha Por La Vida!

«No somos unos vencidos, sólo hemos sido vencidos por ahora. Todos cargamos con muchos errores y fallas porque el proceso de todo pensamiento creador sólo puede ser vacilante y a tropezones. Tengo más confianza en el hombre y en el futuro de la que tenía entonces. Ningún peligro, ningún resentimiento justifican el desaliento, pues la vida continúa y tendrá la última palabra.»

Víctor Serge, revolucionario ruso de la primera mitad del siglo XX 

miércoles, 14 de noviembre de 2018

La psiquiatrización de la vida cotidiana

Nota de LP: Sólo comentar que no comparto algunos términos que se usan en el siguiente artículo tales como "gestión" y "derechos humanos", ni mucho menos expresiones tales como "abogando por una mejor y completa formación del personal terapéutico y sanitario con el fin de que dispongan de conocimientos para tratar a las personas en estas circunstancias y sentirse más seguras en el desarrollo de su labor" y "lo que se pide es prevenir para no llegar a ese punto de no retorno y mirar a otras realidades donde se ha demostrado, de manera práctica, que es posible atender a personas con sufrimiento psíquico sin atarlas"; porque, desde una perspectiva antipsiquiátrica/anticapitalista como la de este blog, de lo que se trata no es de gestionar de otra manera, reformar, mejorar o "humanizar" las prácticas en las cárceles psiquiátricas (una utopía reaccionaria de por sí), sino de realizar su crítica radical teórica y práctica, su abolición y superación históricas. Sin embargo, lo esencial y principal del artículo es su clara crítica al capitalismo y su "normalidad" como la causa real del malestar psicológico generalizado, así como también su acertada crítica a la ignorancia, hipocresía y sobre todo la violencia que implica aceptar y reproducir la psiquiatrización social, es decir el diagnóstico-etiqueta-estigma de "anormales", "enfermos mentales" o "locos", quienes son marginados, drogados ("medicados"), internados, controlados, violentados y hasta matados. Es por ello que no necesitamos otra psiquiatría o una psiquiatría "más humana"; lo que necesitamos como seres humanos es una revolución social, una transformación radical de todas nuestras vidas en todos sus aspectos. Oponer a la psiquiatrización de la vida cotidiana, la lucha por la revolución de la vida cotidiana.

[Tomado del blog Algrano - Sembrando la duda. Las negritas son nuestras.] 

La deconstrucción del concepto de enfermedad mental

Cuando hablamos de erradicar el concepto de “salud mental” o su opuesto, “enfermedad mental” nos referimos a eliminar por completo todas las normas sociales de comportamiento que rigen a día de hoy el mundo en el que vivimos, especialmente en las grandes ciudades donde los ritmos y estándares son aún más exigentes con las personas y cada vez menos respetuosos con los propios ritmos vitales de cada uno. Se trata de dejar de referirnos a las afecciones psicológicas y a las personas que las sufren como “enfermos” (en el mejor de los casos) o como “locos” en el peor (y por desgracia, en la mayoría de las ocasiones). No caer en estas calificaciones, pasa por no utilizar una vara de medir que está socialmente arraigada en nuestros ambientes y en la sociedad en la que nos hemos criado y educado, esa norma social que dice lo que es “normal” y lo que se pasa de esa normalidad, ya sea por exceso o por defecto. Esto pretende crear una línea de actuación y comportamiento concretos comunes a todas las personas sin respetar ni contemplar los ritmos de cada uno, las distintas realidades sociales y la gestión personalizada de cada uno de los problemas que se plantean.

Esto, genera grandes problemas a muchas personas que a día de hoy sufren de alguna u otra forma cualquier tipo de problema que afecta a su estado de ánimo o a su “estado mental”. Aparte, todas estas construcciones sociales que dicen cómo tenemos que comportarnos y qué etiqueta se nos asigna cuando no lo hacemos de determinada forma, despolitiza y deja por completo de lado el hecho de que el sufrimiento psicológico es consecuencia directa de la gestión del capitalismo tan salvaje y del Estado sobre nuestras vidas: trabajo asalariado, ciudades inhabitables, contaminación de todo tipo, precariedad, marginación, drogas y adicciones varias, estrés continuado, infinidad de estímulos y obligaciones con las que debemos de cumplir todos los días, etc. Si no llegamos a cumplir todas estas metas de una manera eficaz, rápida y ordenada, se nos asigna un diagnóstico, una etiqueta, un estigma que nos recuerda que no estamos amoldándonos correctamente a todas las exigencias que a día de hoy se nos imponen.

El negocio de los diagnósticos

Seguro que nos resultan bastante familiares diagnósticos asignados a personas que conocemos o a nosotros mismos referidos como estados de ansiedad, depresión, nerviosismo, estrés, insomnio, trastorno [límite] de la personalidad, trastorno obsesivo compulsivo, hiperactividad y déficit de atención (estos dos últimos en los últimos años se han diagnosticado como churros a muchos niños), etc. Por no hablar de los “menos cotidianos” como son la esquizofrenia, la paranoia, psicosis, bipolaridad, etc. Estos diagnósticos crean etiquetas y estigmas en las personas que los padecen, haciéndoles a un lado del resto de personas “normales” y “mentalmente equilibradas”,  generando la marginación de aquellos que los sufren haciéndoles sentir incapaces de adaptarse a una normalidad impuesta, mayoritaria y aparentemente consensuada. A pesar de las apariencias, la realidad es bien distinta y existen muchas más personas con ciertas afecciones emocionales a día de hoy que no se atreven a decirlo, o que, atreviéndose, siguen siendo considerados como inadaptadas, desviadas, locas e incapaces de hacerse cargo de sus emociones y problemas vitales.

El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM, por sus siglas en inglés) contiene la clasificación de las enfermedades mentales según la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, y se usa en todo el mundo para decidir quién padece una enfermedad mental y quién no. Según el DSM 5 (el que se aplica actualmente), el 81% de la población de entre 11 a 21 podría ser diagnosticada con una enfermedad mental. Con el nuevo DSM, tan sólo dos semanas después de que alguien pierda a un ser querido, un médico puede diagnosticar depresión clínica. 

Se inventan nuevas “dolencias”, las llamadas "nuevas enfermedades" como “trastorno bipolar”, que no es más que altibajos en el comportamiento; el “trastorno de déficit de atención” en niños en los que se “diagnostica” como enfermedad el normal comportamiento de los niños, trastorno “afectivo estacional”, simplemente la tristeza del invierno, o trastornos absurdos como el “Transitorio de ansiedad social” que es calificado como ¡¡alergia a la gente!!

Solamente en relación con la depresión (una de las más de 10 enfermedades o trastornos mentales “diagnosticados”) se definen 125 tipos de medicamentos. Se declara que el 5% de las Incapacidades Temporales en el mundo son atribuidas a síntomas relacionados con la depresión. En España afecta (según los diagnósticos oficiales) al 10% de la población, es decir, 4 millones de españoles son estigmatizados de esa manera. Supone un coste de 745 millones de euros los tratamientos “necesarios” y en los últimos años esta cifra oficial ha ido incrementándose en más de un 5%.

Ante estas situaciones, las cuales nos encaminan a ser personas extremadamente obedientes incluso cuando hablamos de nuestro bienestar mental, el Estado y el entramado de “salud mental” que le rodea, está encaminado a aislar y, simplemente, poner parches.

Las terapias y análisis del sistema de salud público de los psicólogos y terapeutas, no van a la raíz del problema, no analizan el origen del malestar y no pretenden en ningún momento cambiar la realidad, si no crear dinámicas de resignación donde la persona afectada pueda hacer su sufrimiento más llevadero, más adaptado y con cuanta menos lógica se le aplique, mejor. Las intervenciones psiquiátricas vienen, en teoría, a complementar dichas terapias con medicación “en los casos que sea necesario”, aunque la realidad es que se recetan todo tipo de drogas psiquiátricas sin nada de miramientos en muchas ocasiones en las que no son necesarias: ansiolíticos, relajantes, pastillas para dormir, antidepresivos, antiepilépticos, etc. Los medicamentos recetados a la ligera (o ingeridos por obligación como en muchos casos ocurre) proporcionan un bienestar momentáneo y evitan la gestión del conflicto, creando además una gran adicción (por no mencionar los importantes efectos secundarios) y no dotando de ninguna herramienta a la persona que los utiliza. Esto sólo crea seres dependientes de las pastillas que siguen teniendo los mismos problemas que cuando empezaron y que son capaces de tener momentos de calma y bienestar proporcionados por los efectos de las drogas, pero nada más.

Esta violencia con la que el Estado y la medicina tradicional (de la mano de la industria farmacéutica, una de las principales interesadas en que todo esto siga tal y como está), deja terribles secuelas a muchas personas. Se castiga el sufrimiento, se margina a la persona, se droga y evita el problema, no se va al origen del mismo y además, se etiqueta (en ocasiones, de por vida) con un diagnóstico clínico establecido según criterios dirigidos a catalogar a las personas y a hacerles culpables de todas las circunstancias que le sobrevienen en la vida sin parar a mirar cuál es el origen de las mismas, especialmente desviando la atención sobre la enorme responsabilidad que tiene sobre nuestros estados mentales aquellos que nos gobiernan y toman decisiones sobre nuestras vidas que nos perjudican. Además, todo esto resulta más duro cuando se aplica a niños, los cuales son totalmente dependientes de los adultos, no se les permite tener capacidad propia de decidir y simplemente son guiados por los “tutores” y “especialistas”

A propósito de la violencia de las instituciones: las contenciones mecánicas

La contención mecánica es una práctica que se utiliza en las plantas de psiquiatría actualmente. Sí: las correas, las hebillas, la camilla naufragando en una habitación aislada no son cosas del pasado. A día de hoy en el estado español, se ata a personas que entran con o en contra su voluntad en las plantas psiquiátricas.

El método consiste en poner a la persona sobre la cama, boca arriba y atarle con correas las muñecas, tobillos y tórax impidiendo cualquier movimiento durante un tiempo no estipulado y por unos motivos completamente arbitrarios. No existe un protocolo de actuación compartido por los distintos dispositivos que componen la asistencia pública en salud mental que dicte cómo, cuándo, ni por qué utilizarlo; tan solo argumentar que la persona enajenada está fuera de sus casillas, que se comportó de manera agresiva y no hay personal suficiente para calmarla, o incluso que se portó mal y debe ser castigada (algo que sucede especialmente en las plantas de atención infantojuvenil). A él, a ese ser que necesita ayuda y comprensión, que su cabeza ha comenzado a volar y se le escapa, que tiene miedo y no comprende del todo lo que está pasando, a él se le brinda la oportunidad de desconfiar de quienes le van a “ayudar”, de tenerles pánico y de odiarles.

Las consecuencias de este método tienen un devastador efecto psicológico que afecta gravemente a la relación entre “paciente” y personal sanitario, y también deja secuelas en lo más hondo de la concepción de la persona atada, sobre sí misma y su entorno. Un claro efecto sería no volver a pedir ayuda en caso de presentir que se acerca una crisis, ni tan siquiera contarla pare evitar las consecuencias.

Del mismo modo, se pueden provocar lesiones físicas, desde abrasiones en la piel, torceduras o luxaciones, atragantamientos, isquemia de extremidades y órganos; pudiendo llegar a la muerte (por lo general causada por tromboembolismo venoso, falta de oxígeno o muerte súbita). Muertes silenciadas, como es el caso del año 2017 de la muerte de una chica de 26 años en Asturias durante el proceso de contención que aún no ha sido explicada como tantas otras. En un texto elaborado por la OMS en 2017 (“Estrategias para terminar con el uso de aislamiento, contención y otras prácticas coercitivas”) se hace referencia a una investigación elaborada en Estados Unidos que estima que entre 50 y 150 personas mueren cada año en los servicios de salud mental y casas de acogida como consecuencia no sólo de las contenciones mecánicas, sino también de las contenciones químicas y el aislamiento. Es muy difícil determinar cuál es el balance de cifras en el territorio que habitamos por el hecho de desconocer si quiera en qué medida se utilizan estas herramientas, ya que las denuncias de las personas que las padecen son infravaloradas o desestimadas al ser pacientes en crisis psiquiátricas con el estigma que ello supone, o profesionales que ocultan sus datos por miedo a represalias laborales.

La campaña #0contenciones

El colectivo Locomún ha lanzado la campaña #0contenciones después de elaborar un trabajo de investigación y recopilación sobre el tema. Su objetivo es visibilizar esta problemática, darle voz y difundir que la contención mecánica es una violación de los derechos humanos de las personas atadas, ya que “atar e inmovilizar vulnera los derechos fundamentales como el de la libre circulación y el derecho a la integridad física y mental”. Se suman así a una lucha que no es nueva, y que está protagonizada por colectivos en primera persona e individualidades que llevan años señalando esta realidad. Exigen un riguroso control y registros públicos sobre su uso, especificando el cuándo, el por qué y las circunstancias acontecidas para llevarlo a cabo para así determinar qué situaciones desencadenan estas prácticas sistémicas, exigir su fin y, sobretodo, velar por los daños fruto de estas situaciones para compartirlos con una sociedad que no suele saber nada de las agresiones que tienen lugar en el ámbito de la salud mental. También tienden puentes a las y los profesionales intentando establecer lazos con quienes de verdad quieran acompañar y cuidar (y no custodiar y castigar), abogando por una mejor y completa formación del personal terapéutico y sanitario con el fin de que dispongan de conocimientos para tratar a las personas en estas circunstancias y sentirse más seguras en el desarrollo de su labor. No existe una alternativa a la violación de los derechos humanos que supone restringir la libertad de una persona y sabotear su proceso de recuperación, lo que se pide es prevenir para no llegar a ese punto de no retorno y mirar a otras realidades donde se ha demostrado, de manera práctica, que es posible atender a personas con sufrimiento psíquico sin atarlas.

El trabajo en esencia está enfocado a abrir un debate sobre lo inhumano y degradante de estas  prácticas, tanto para la persona atada como para los y las profesionales que las realizan, que se sepa lo que pasa ahí dentro para llevarlo a la calle y que la sociedad recapacite para hacer de esto algo del pasado. Abolir las ambigüedades legales que permiten el uso de estas herramientas y hacer ver que el uso de las contenciones mecánicas en este sistema respaldado por políticas e instituciones corrompidas son “un indicador vergonzoso del supuesto progreso del territorio donde vivimos”. Un trabajo para romper silencios y barreras, realizado desde un colectivo horizontal de personas con un recorrido de lucha en la salud mental, la mayoría de ellas desde el conocimiento que se adquiere con la experiencia de estar psiquiatrizada. Un detalle curioso y muy a tener en cuenta es que desde esta perspectiva decidieron dar voz a personas que contestaron al saber de la campaña, más bien por sus vivencias, al pasar por las contenciones, y sacar a la luz las palabras de aquellas que se sintieron un cero a la izquierda.

Aprendamos de todo esto

Desde hace mucho tiempo existen debates abiertos sobre el origen de la locura, aunque el que prima en las instituciones es el biologicista que le da un sentido bioquímico y estructural al fenómeno, partiendo de la premisa de que algo se estropeó dentro de la cabeza y ya no funciona bien o está rota. Es de entender que la lógica consiguiente es anular esa locura, borrarla con químicos en forma de pastillas o inyecciones y amarrarla bien cuando ni las drogas funcionen. Gracias a colectivos formados por psiquiatrizados, locos, enajenadas o como quieran ser llamados, salen a la luz otros puntos de vista adquiridos por la experiencia, la cual nos dice que los procesos de sufrimiento psíquico tienen otro sentido y otro significado, que tienen que ver con la propia biografía y el contexto de violencias que habitamos, que con trabajo se pueden superar y que más daño hacen las etiquetas que se les ponen, los diagnósticos de por vida y la medicación crónica, que los propios procesos que este sufrimiento implica. Ello proporciona una visión que conecta totalmente nuestra situación social, la precariedad de nuestras vidas, el chantaje del trabajo, el miedo a perder nuestra casa, la constante batalla por tener comida cada día en nuestro plato, la dinámica viciosa de pagar las facturas, el estrés y la ansiedad del trabajo en la mayoría de los casos con jornadas interminables y salarios de mierda, el nulo tiempo que le dedicamos a las cuestiones emocionales en nuestros entornos, etc. Y es que, desligar nuestro malestar mental a todas estas circunstancias (a la existencia de un Estado que nos dice a cada momento qué tenemos que hacer y cómo tenemos que hacerlo y a un capitalismo voraz que nos esclaviza de por vida si no queremos morir de hambre y en la calle), sería afirmar que nos gusta ser esclavos felices y sonrientes y que no existen circunstancias nocivas de todo esto sobre nuestros cuerpos y mentes. Todo esto, son síntomas de un sistema enfermo, son gritos de desesperación, salidas y escapatorias en forma de “locura” a situaciones insostenibles e inhumanas.

El sufrimiento psíquico es, en ocasiones, difícil de explicar pero se puede intentar. Sobre todo es algo que lleva un tiempo de comprensión, de análisis y de empatía por parte de las personas que rodean a quien está sufriendo. Quizás si entendiésemos la locura, la depresión o la ansiedad, por ejemplo, así como muchos otros diagnósticos asociados únicamente a orígenes biológicos como parte de un proceso intrínseco a la falta de adaptación a una sociedad agresiva que nos enfrenta y nos aísla, podría caber en el apoyo terapéutico más empatía y más diálogo, salir del túnel siendo acompañado y respetando los tiempos y, sobre todo, no cabría el miedo a pedir ayuda, a acudir a un centro y no saber cuándo saldrás ni en qué estado lo harás. Lo cierto, además, es que los estados alterados del ánimo en las personas que somos sometidas a vivir en las condiciones en las que lo hacemos, son consecuencia lógica de una vida que posiblemente no hemos elegido vivir así. El resultado no puede ser más “natural” al mismo tiempo que desagradable por lo que se hace más que necesaria la comprensión ante cualquier episodio de ansiedad, depresión o desconexión con la realidad en estos tiempos en los que el bienestar humano y las decisiones que tomamos para encontrarnos mejor pasan a ser abolidas para seguir alimentando la máquina de la producción y de la lucha por la supervivencia. Quien no se haya sentido en algún momento como alguna de las sensaciones anteriormente descritas, posiblemente mienta y el problema no viene por sentir estas cosas, sino, porque nadie nos ha enseñado a gestionarlas de una forma correcta y a prestarles la merecida atención, si no a “tirar hacia adelante” a toda costa para no pensar demasiado en el origen y las causas, para no detenernos en analizar este sufrimiento que es ya más mayoritario que marginal (a pesar del tabú que sigue suponiendo) y que se trata como “enfermedad” en vez de como estados de ánimo, porque somos humanos y tenemos sentimientos.

La cultura de castigo en un sistema vertical en el que se reprime y castiga cuando la base de la pirámide no produce lo suficiente para que la cúspide viva sus lujos y excesos puede ser modificada, pero en nuestras manos está hacernos eco de estas líneas para utilizar nuestra razón, nuestra ética y nuestro sentido de la humanidad sin necesidad de que nadie nos lo dicte con normas o leyes. Quizás algún día la cúspide caiga y ya no haya situaciones límite, pobreza, facturas, estrés, aislamiento o dolor que nos lleven a la locura. O en palabras del colectivo Locomún: “Peleamos por un mundo donde las correas no sean necesarias, pero también donde las farmacéuticas no controlen las investigaciones, donde no se contemplen los tratamientos forzosos, ni las contenciones químicas salvajes, donde la estigmatización social de sufrimiento psíquico sea pura arqueología histórica y la desigualdad una barbarie olvidada”.

lunes, 5 de marzo de 2018

lo que no me suicida me hace más fuerte* (poema)


lo que me fagocita
lo que me enferma
también me hace sentir vivo
porque lo padezco y al mismo tiempo lo enfrento
lo re-pienso desde el re-sentimiento
lo rumio y lo escupo riendo
porque lo que no me suicida me hace más fuertesagazalegreferozycontento.

poetario maldito
kito, enero 2018
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* "El suicidio no es una salida. Todos tenemos demonios internos y la vida se trata de vencerlos." - Joey Ramone

lunes, 20 de noviembre de 2017

Vamos hacia la Vida

Ricardo Flores Magón (1910)

No vamos los revolucionarios en pos de una quimera: vamos en pos de la realidad. Los pueblos ya no toman las armas para imponer un dios o una religión, los dioses se pudren en los libros sagrados; las religiones se deslíen en las sombras de la indiferencia. El Corán, los Vedas, la Biblia, ya no esplenden: en sus hojas amarillentas agonizan los dioses tristes como el sol en un crepúsculo de invierno.
Vamos hacia la vida. Ayer fue el cielo el objetivo de los pueblos: ahora es la tierra. Ya no hay manos que empuñen las lanzas de los caballeros. La cimitarra de Alí yace en las vitrinas de los museos. Las hordas del dios de Israel se hacen ateas. El polvo de los dogmas va desapareciendo al soplo de los años.
Los pueblos ya no se rebelan, porque prefieren adorar un dios en vez de otro. Las grandes conmociones sociales que tuvieron su génesis en las religiones, han quedado petrificadas en la historia. La Revolución francesa conquistó el derecho de pensar; pero no conquistó el derecho de vivir, y a tomar este derecho se disponen los hombres conscientes de todos los países y de todas las razas.
Todos tenemos derecho de vivir, dicen los pensadores, y esta doctrina humana ha llegado al corazón de la gleba como un rocío bienhechor. Vivir, para el hombre, no significa vegetar. Vivir significa ser libre y ser feliz. Tenemos, pues, todos derecho a la libertad y a la felicidad.
La desigualdad social murió en teoría al morir la metafísica por la rebeldía del pensamiento. Es necesario que muera en la práctica. A este fin encaminan sus esfuerzos todos los hombres libres de la tierra.
He aquí por qué los revolucionarios no vamos en pos de una quimera. No luchamos por abstracciones, sino por materlalidades. Queremos tierra para todos, para todos pan. Ya que forzosamente ha de correr sangre, que las conquistas que se obtengan beneficien a todos y no a determinada casta social.
Por eso nos escuchan las multitudes; por eso nuestra voz llega hasta las masas y las sacude y las despierta, y, pobres como somos, podemos levantar un pueblo.
Somos la plebe; pero no la plebe de los Faraones, mustia y doliente; ni la plebe de los Césares, abyecta y servil; ni la plebe que bate palmas al paso de Porfirio Díaz. Somos la plebe rebelde al yugo; somos la plebe de Espartaco, la plebe que con Munzer proclama la igualdad, la plebe que con Camilo Desmoulins aplasta la Bastilla, la plebe que con Hidalgo incendia Granaditas, somos la plebe que con Juárez sostiene la Reforma.
Somos la plebe que despierta en medio de la francachela de los hartos y arroja a los cuatro vientos como un trueno esta frase formidable: ¡Todos tenemos derecho a ser libres y felices! Y el pueblo, que ya no espera que descienda a algún Sinaí la palabra de Dios grabada en unas tablas, nos escucha. Debajo de las burdas telas se inflaman los corazones de los leales. En las negras pocilgas, donde se amontonan y pudren los que fabrican la felicidad de los de arriba, entra un rayo de esperanza. En los surcos medita el peón. En el vientre de la Tierra el minero repite la frase a sus compañeros de cadenas. Por todas partes se escucha la respiración anhelosa de los que van a rebelarse. En la obscuridad, mil manos nerviosas acarician el arma y mil pechos impacientes consideran siglos los días que faltan para que se escuche este grito de hombres: ¡rebeldía!
El miedo huye de los pechos: sólo los viles lo guardan. El miedo es un fardo pesado, del que se despojan los valientes que se avergüenzan de ser bestias de carga. Los fardos obligan a encorvarse, y los valientes quieren andar erguidos. Si hay que soportar algún peso, que sea un peso digno de titanes; que sea el peso del mundo o de un universo de responsabilidades.
¡Sumisión! es el grito de los viles; ¡rebeldía! es el grito de los hombres. Luzbel, rebelde, es más digno que el esbirro Gabriel, sumiso.
Bienaventurados los corazones donde enraiza la protesta. ¡Indisciplina y rebeldía!, bellas flores que no han sido debidamente cultivadas.
Los timoratos palidecen de miedo y los hombres serios se escandalizan al oír nuestras palabras; los timoratos y los hombres serios de mañana las aplaudirán. Los timoratos y los serios de hoy, que adoran a Cristo, fueron los mismos que ayer lo condenaron y lo crucificaron por rebelde. Los que hoy levantan estatuas a los hombres de genio, fueron los que ayer los persiguieron, los cargaron de cadenas o los echaron a la hoguera. Los que torturaron a Galileo y le exigieron su retractación, hoy lo glorifican; los que quemaron vivo a Giordano Bruno, hoy lo admiran; las manos que tiraron de la cuerda que ahorcó a John Brown, el generoso defensor de los negros, fueron las mismas que más tarde rompieron las cadenas de la esclavitud por la guerra de secesión; los que ayer condenaron, excomulgaron y degradaron a Hidalgo, hoy lo veneran; las manos temblorosas que llevaron la cicuta a los labios de Sócrates, escriben hoy llorosas apologías de ese titán del pensamiento.
Todo hombre -dice Carlos Malato- es a la vez el reaccionario de otro hombre y el revolucionario de otro también.
Para los reaccionarios -hombres serios de hoy- somos revolucionarios; para los revolucionarios de mañana nuestros actos habrán sido de hombres serios. Las ideas de la humanidad varian siempre en el sentido del progreso, y es absurdo pretender que sean inmutables como las figuras de las plantas y los animales impresas en las capas geológicas.
Pero si los timoratos y los hombres serios palidecen de miedo y se escandalizan con nuestra doctrina, la gleba se alienta. Los rostros que la miseria y el dolor han hecho feos, se transfiguran; por las mejillas tostadas ya no corren lágrimas; se humanizan las caras, todavía mejor, se divinizan, animadas por el fuego sagrado de la rebelión. ¿Qué escultor ha esculpido jamás un héroe feo? ¿Qué pintor ha dejado en el lienzo la figura deforme de algún héroe? Hay una luz misteriosa que envuelve a los héroes y los hace deslumbradores. Hidalgo, Juárez, Morelos, Zaragoza, deslumbran como soles. Los griegos colocaban a sus héroes entre los semidioses.
Vamos hacia la vida; por eso se alienta la gleba, por eso ha despertado el gigante y por eso no retroceden los bravos. Desde su Olimpo, fabricado sobre las piedras de Chapultepec, un Júpiter de zarzuela pone precio a las cabezas de los que luchan; sus manos viejas firman sentencias de caníbales; sus canas deshonradas se rizan como los pelos de un lobo atacado de rabia. Deshonra de la ancianidad, este viejo perverso se aferra a la vida con la desesperación de un náufrago. Ha quitado la vida a miles de hombres y lucha a brazo partido con la muerte para no perder la suya.
No importa; los revolucionarios vamos adelante. El abismo no nos detiene: el agua es más bella despeñándose.
Si morimos, moriremos como soles: despidiendo luz.

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Nota de Antorcha.- Este artículo fue escrito en San Francisco, California, en julio de 1907, y publicado en el mismo mes en Los Angeles, Cal., en un periódico llamado Revolución. Depués se volvió a reimprimir en el número 5 de Regeneración, del 1º de octubre de 1910.

lunes, 23 de octubre de 2017

Ansiedad

Nota de LP: Publico este artículo porque varias veces he sentido y todavía siento ansiedad -junto a su inseparable compañera: depresión. "Episodios maníacos". Lo más horrible son los ataques de ansiedad o "pánico", más aún cuando se tiene insomnio. Pero bueno, volviendo al artículo, sus autores sostienen con razón que la causa principal de la ansiedad se encuentra en "el mundo laboral" y, más específicamente, en el trabajo asalariado, por ser enajenado/enajenante y explotado, y porque hoy en día el estrés y la inseguridad (o el miedo) forman parte de la cotidianeidad laboral, gestionada por los "recursos humanos" y la "salud ocupacional". Lo cual efectivamente es así, puesto que el trabajo asalariado es de naturaleza precaria, no sólo por la preocupación de "no llegar a fin de mes" con el salario percibido, sino porque esencialmente al no ser propietario de los medios de producción, el empleado es desempleado en potencia y viceversa. Vidas proletarias: vidas precarias. Asimismo dentro del "mundo laboral", mejor dicho bajo la dictadura de la economía, un proletario también sufre ansiedad cuando no tiene trabajo ni dinero para pagar sus cuentas, sus obligaciones, sus deudas. Ésta ansiedad se puede terminar convirtiendo en angustia, desesperación e incluso suicidio. Millones en el mundo padecen ansiedad. Así de grande y grave es.
Pero la ansiedad también se debe a otros factores no económicos, que tienen que ver con la relación individuo-sociedad: desde el simple hecho de comunicarse con otra persona hasta mantener relaciones afectivas y sexuales, sobre la base de la soledad generalizada o "la sociedad de los hombres solos", cosificados, aislados e idiotizados en el plano emocional e interpersonal. Como esta sociedad se encuentra alienada o enajenada por el fetichismo de la mercancía y la valorización del valor, la ansiedad se da por tener y no por ser. Competencia por el “éxito”, es decir por "la triste obligación de tener que ser feliz". Si no tienes o si tienes menos, entonces "eres" menos que los otros, eres un “fracasado”, un “don nadie”, y la interiorización de esa mierda ideológica socialmente aceptada es la que te pone ansioso (mejor dicho, ansioso-deprimido-ansioso). ¿Tener qué? Principalmente, trabajo y amor –según Fromm- y un montón de cosas más compradas con el dinero, pero en ausencia de comunidad y vida humana real, ya que el "amo y señor" dinero no admite otra "comunidad" que no sea la de él. Y si no se las encuentra o, en su defecto, si se llega a vivir relaciones humanas pero sólo de manera esporádica y "líquida", pues existen "sustitutos" como las "redes sociales" y las drogas (“los paraísos artificiales” que criticaba Baudelaire… “los [varios] opios del pueblo”, como diría Marx). Algo que, a su vez, se termina convirtiendo en un círculo vicioso, en un cuadro de “patología dual”, p. ej. un ansioso/depresivo solitario y drogadicto. (Los psicofármacos -en este caso, los "ansiolíticos"- lo alivian y contrarrestan, pero también pueden convertirse en otro tipo de drogas adictivas -fármacodependientes- y, a la larga, perjudiciales.) 
Finalmente, está aquella ansiedad que tiene que ver con "el ser en el tiempo": ese oscuro vacío que succiona el pecho por dentro cuando se observa al pasado con nostalgia y/o culpa, y al futuro con incertidumbre e inseguridad (y tedio); es decir, cuando el presente resulta un vacío y entonces es como estar ausente o no estar, llegar a sentirse ajeno a uno mismo, o sea enajenado. La ansiedad-ausencia (o "la nada existencial") a veces incluye ciertas "alucinaciones" (ideales, auditivas y/o visuales), es decir "locura", sobre todo en condiciones de encierro; el cual, no es estrictamente necesario que tenga lugar en un psiquiátrico propiamente tal, sino que, en esta sociedad carcelaria donde algunos edificios multifamiliares a veces parecen panópticos habitacionales, puede darse incluso en la propia casa, donde la habitación se vuelve una especie de celda, un “cubo” mental de aislamiento-ensimismamiento-autohundimiento. Peor si estás sin empleo y sin dinero para salir a la calle: más ansiedad. Mierda.
Frente a todo eso, los autores del artículo plantean identificar, criticar y combatir las causas y no los efectos de la ansiedad, es decir las condiciones capitalistas de producción y de existencia, por lo tanto, hacerlo mediante la lucha de clase por la revolución social entendida como transformación de nuestra vida cotidiana. "El revolucionario es -dicen-, sencillamente, alguien que comprende por qué se encuentra incómodo en este mundo, alguien que quiere acabar con esa situación enfrentándose con las causas y no simplemente parcheando las consecuencias. El revolucionario no es un mártir, es alguien que prefiere luchar para vivir que sobrevivir vegetando en cualquier rincón. El revolucionario siente pasión por la vida y por eso acaba aburriéndose de los sucedáneos de vitalidad que ofrece el sistema para mantenernos como zombis resignados." 
Lo cual ciertamente es una tensión, una lucha permanente o, al menos, latente, con uno mismo y con el mundo. Porque mientras siga existiendo el sistema de trabajo asalariado y por lo tanto la condición proletaria-precaria, indefectiblemente seguirá existiendo ansiedad en este mundo de mercancías y no de seres humanos, en esta sociedad del trabajo y del dinero; así como también, al mismo tiempo, seguirá existiendo la lucha –individual y colectiva- por salir de ese "rincón" sombrío y enfrentar la vida con todas sus contradicciones y conflictos, porque la vida es lucha y -como dicen unas bellas niñas- “es de colores”.
El artículo salió en “Adrenalina” nro. 5 y luego en Comunismo nro. 54 (febrero 2006). Gracias a los amigos de Materiales por compartirme la transcripción revisada y corregida del mismo, que es la que aquí publico.  

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ANSIEDAD

Nerviosismo, inquietud, inseguridad, angustia..., ansiedad. Son distintas formas de describir estados en los que nos encontramos a menudo. Se pueden manifestar en forma de tensión, falla de concentración, dificultad para tomar decisiones, sensación de pérdida del control sobre nuestra propia vida... También puede aparecer como palpitaciones, mareo, sequedad en la boca, movimientos torpes o sin una finalidad concreta, evitación de situaciones, etc.
La ansiedad es una reacción emocional ante una amenaza o peligro y es útil porque nos prepara para afrontarlos. Las condiciones de vida en que nos desenvolvemos marcan de manera decisiva nuestros estados de ánimo y, estos a su vez, influyen en la relación que tenemos con nuestro entorno. Conseguir los medios necesarios para vivir nos obliga a vender gran parte de nuestro tiempo y esfuerzo.

RECURSOS (para explotar) HUMANOS

Así es como se llama en el mundo empresarial al departamento, sección o responsable encargado de conseguir que el empresario saque mayor beneficio de la explotación de los trabajadores, para que nos expriman más y mejor.
Entre sus funciones está la de elegir a quién se contrata y a quién no, la de señalar a quién se debe renovar y a quién despedir, la de evaluar a cada trabajador para decidir sobre su futuro, la de establecer a quién y cómo se dan los incentivos, la de elaborar planes de formación que faciliten la introducción de las nuevas tecnologías, la de hacer que el trabajador identifique sus intereses con los de la empresa, la de servir de pantalla protectora de la directiva en momentos de conflictividad laboral, la de informar a la dirección del clima existente y la de hacer cumplir las órdenes de ésta a los trabajadores. Si en los años ‘40 el jefe de personal era un administrativo “de confianza” del director o un ex-militar, la evolución de la estructura y del funcionamiento empresarial ha hecho que quienes componen este departamento hoy sean psicólogos, trabajadores sociales y abogados. Así mismo se han separado las funciones de recursos humanos (rr.hh.) de las de relaciones laborales y estas últimas se ocupan ahora de los asuntos administrativos y de las reclamaciones de los trabajadores. También se tiende actualmente a la descentralización del departamento y su descarga en los jefes de línea; así como a un funcionamiento como suministrador de servicios a la empresa cuyo producto es la mejor explotación de la mercancía más importante: las personas.
La creciente importancia de la dirección de rr.hh. se debe al contexto cambiante en que se mueven las empresas y su continua necesidad de adaptación se debe a la introducción de nuevas tecnologías, a los cambios en la organización interna de la empresa, a la aparición de nuevas leyes, pero sobre todo se debe a que se dan las condiciones para un recrudecimiento del enfrentamiento entre empleadores y empleados. Cuando los empresarios prevén una época de conflictividad es cuando el departamento de rr.hh. toma verdadera importancia pactando con los líderes sindicales a espaldas de los trabajadores, chantajeando, reprimiendo o despidiendo a los menos domesticados.
La relación con el mundo laboral es la responsable de muchas de nuestras tensiones cotidianas, no hay más que mirar a nuestro alrededor para observar las consecuencias: dificultades para relacionarnos, actitudes autodestructivas, búsqueda de chivos expiatorios, etc.
Las salidas falsas que se nos ofrecen al trabajo asalariado (autoempleo, “cooperativismo”, supervivencia a base de robo o subsidios) no son más que maneras distintas de sobrevivir que en muchos casos, solo contribuyen a empeorar nuestra frágil estabilidad emocional. Así pues, queramos disfrazarlo o no, estamos obligados a relacionamos con el mercado laboral a lo largo de casi toda nuestra vida.
Los cambios que se están produciendo en la forma en que se desarrolla el trabajo asalariado nos influyen directamente, no solo en el momento de trabajar sino en toda nuestra vida. La palabra que mejor define la relación que hoy tenemos con el trabajo es la de inseguridad.
Inseguridad a la hora de conseguir un empleo, inseguridad una vez que lo hemos conseguido por la posibilidad de perderlo cuando quiera el jefe (sin consecuencia ninguna), inseguridad cuando estamos trabajando porque se nos puede cambiar de puesto (de contenido de trabajo) en cualquier momento; inseguridad en los ingresos que pueden variar a gusto del patrón en cualquier momento. El resultado es que vivimos en un estado de permanente incertidumbre, en el cual de un día para otro, por circunstancias ajenas a nosotros, nuestra vida puede dar un vuelco (siempre a peor, claro) a causa de la relación que estamos obligados a mantener con el trabajo asalariado.
El mismo proceso de transformación del mercado laboral ha hecho que el colectivo de trabajadores asalariados quede fragmentado a su vez en varios subgrupos por las condiciones en que se desarrolla nuestra explotación. Hay quienes mantienen seguro su puesto porque al capital le conviene de momento que así sea, hay quienes pierden poco a poco esa seguridad porque son cada vez mas prescindibles, estamos quienes nos movemos en las relaciones laborales totalmente inciertas e inseguras, y están también quienes directamente han sido excluidos del mundo laboral a su pesar y sin posibilidad de conseguir los medios básicos de supervivencia.
En este contexto de fraccionamiento laboral y de debilidad de la conciencia de pertenencia a una misma clase, la trabajadora, el apoyo mutuo escasea. Sólo las luchas y los choques con quienes nos explotan pueden hacer resurgir la solidaridad entre explotados. Mientras tanto, la sensación de soledad y de indefensión contribuyen todavía más a aumentar nuestra ansiedad. A esto hay que añadir las condiciones en las que trabajamos y la presión calculada a la que nos someten nuestros empleadores para extraer lo máximo de nosotros.
La frustración que implica vernos obligados a bloquear nuestros propios deseos y necesidades por la urgencia de mantener, por un poco de tiempo más, nuestro empleo temporal añade todavía más angustia a nuestra existencia.
El resultado de todas estas tensiones supone habitualmente un desgaste lento que va socavándonos poco a poco. Desgaste que mina nuestra seguridad en nosotros mismos, que nos hace sentirnos insignificantes frente a nuestros explotadores y que, muchas veces, hace que nos sintamos responsables de situaciones que no hemos elegido. Un desgaste que puede acabar convirtiéndonos en vegetales deseosos de que toda esta pesadilla acabe cuanto antes, mientras “descansamos” viendo caricaturas de nosotros mismos en el programa televisivo de moda.
Cuando reconocemos la ansiedad en nuestra vida reaccionamos automáticamente, es natural. Sin embargo, muchas veces, esta reacción no solo no nos alivia, sino que nos confunde todavía más y contribuye a la perpetuación de la situación miserable.
Gran parte de estas reacciones vienen dictadas por creencias que nos han inculcado y no hemos sabido o querido cuestionar. Creencias dictadas en muchos casos por los mismos que quieren mantenernos como explotados inofensivos y obedientes. Creencias útiles para confundirnos y empujaron a aceptar con resignación nuestra condición de esclavos. Creencias y hábitos que deberíamos destruir para afrontar de forma realista la situación en la que vivimos.
Asumir el papel de víctima es una de estas imposiciones. Desde todos los ámbitos se refuerza esta idea. Y, en parte, es cierto que somos víctimas de un sistema que se sostiene sobre nuestra explotación de la mayoría para el beneficio de unos pocos. Pero esto es solo una porción de la realidad. Tenemos también parte de responsabilidad en que esto siga siendo así, mantenernos en el papel de víctimas contribuye a aumentar nuestra impotencia y confusión. Solo luchando contra los que se benefician de nuestra situación sentaremos las bases para acabar con la explotación.
Desarrollar nuestra capacidad para analizar las razones que nos mantienen sometidos, es el primer paso para salir de la fosa victimista. Asumir que tenemos capacidad para intervenir en el presente y defender nuestra dignidad enfrentándonos a nuestros amos, es el siguiente.
Otra reacción ante la ansiedad es culpabilizarnos de nuestra propia situación asumiendo que somos los responsables exclusivos de todo lo que nos pasa. En este sentido va dirigida la propaganda institucional que trata de descargar en nosotros la responsabilidad por nuestras condiciones de vida. También desde la propaganda del sistema se nos anima a que busquemos culpables de nuestras miserias entre gente cercana (familiares, inmigrantes, vecinos, etc.) En uno y otro caso de lo que se trata es que no salgan a la luz las verdaderas relaciones de explotación, que no distingamos a nuestros verdaderos enemigos y que no empecemos a actuar de forma consecuente con esta realidad.
En la búsqueda de cierta seguridad es fácil caer en la tentación de aferrarse a ideologías, dogmas, sectas, religiones, patriotismos de cualquier color o incluso al culto al trabajo, lo que nos hace hundirnos un poco más.
Siempre que nos sentimos amenazados de alguna manera, a la ansiedad le suele acompañar un impulso destructivo. Este es una consecuencia natural de nuestra situación. Es necesario aceptarlo como algo útil que nos suministra energía y motivación para afrontar las amenazas y para satisfacer nuestras necesidades. Además es un detector infalible que nos avisa  cuando nuestras necesidades están amenazadas o en peligro.
La destrucción, nuestra capacidad destructiva, nos da miedo por dos razones sobretodo:
Primero, porque implica la negación de todo lo que nos han enseñado respecto a nuestra finalidad en este mundo. Un mundo dominado por la ideología capitalista, por el culto a la cantidad y a la adquisición. Una sociedad basada en la acumulación debe necesariamente fomentar el rechazo sobre su contraria: la destrucción llevada a cabo por los que tenemos poco o nada que perder, y que ésta se desarrolle en el plano físico o de la ideas.
En segundo lugar, nuestra capacidad destructiva, nos asusta porque no podemos separarla de nosotros mismos; mientras la acumulación puede escindirse de uno (se acumulan discos, libros, etc.) la destrucción va asociada inseparablemente a quien la practica. La destrucción no es un concepto o pensamiento metafísico, implica actividad física y mental a la vez. Al destruir el individuo se arriesga a destruirse a sí mismo en el intento (o al menos a poner en peligro su tranquilidad socio-domestica).
Se hace necesario, por todo esto, aceptar nuestra capacidad destructiva como algo útil y natural. Se hace necesario también aprender a canalizarla correctamente. A dirigirla contra la fuente real de nuestras miserias. No hacerlo implica que suframos estallidos periódicos de ira fuera de contexto contra alguien que no tiene por qué ser responsable de nuestra situación o contra nosotros mismos en forma de actitudes autodestructivas.
El miedo a la muerte, más o menos camuflado, está presente no solo en relación a la destrucción sino también en otros ámbitos de nuestra vida. Históricamente el poder lo ha usado como herramienta de dominio. La religión hace del miedo a la muerte un instrumento para controlar a los feligreses. La democracia capitalista, cuyos mandamientos se imponen en forma de leyes, usa la muerte legal (la cárcel) como una importante herramienta de control. A la vez promociona actitudes ante la vida que son claramente perpetuadoras del sistema. Las actitudes de tipo cristiano en las que la vida es un lugar donde se deben hacer méritos, en forma de resignación y sufrimiento, para “la otra vida” se añaden a las actitudes de tipo instintivo, en las que la vida es un “matar el rato”, un rumiar pasivo de sensaciones esperando la muerte; o el tipo hedonista, promocionado por las marcas comerciales, en el que se habla lo menos posible de “problemas” y se pretende centrar la existencia en una danza entre el dolor y el placer, con algún estimulante de por medio en forma de producto de moda en el mercado.
Frente a este vivir insípido, solo cabe una actitud, la de tomar las riendas de la propia vida y darle un sentido que la eleve por encima de la supervivencia. Observar la realidad que nos rodea, desafiando las creencias que nos han inculcado, tomar conciencias de las razones por las cuales nos encontramos en la situación que nos encontramos, darnos cuenta de nuestra capacidad para intervenir en nuestro entorno, comprobar que no somos los únicos en esta situación y actuar en consecuencia.

Comprender la realidad que nos rodea, sin dejarnos manipular por la ideología capitalista o por cualquier otra forma de pensamiento fosilizado, es un paso imprescindible da cara a intervenir en nuestro entorno. Dotarnos de los medios teóricos implica analizar la dinámica de los acontecimientos, la evolución de la economía y comparar nuestra situación con otras similares en otros lugares o en el pasado. Cualquiera que quiera desarrollar el enfrentamiento con quienes nos mantienen sometidos necesita hacer un esfuerzo por entender el sentido de los acontecimientos actuales y descubrir en ellos las fuerzas en movimiento que se necesitará impulsar o combatir.
La comprensión del mundo que nos rodea debe hacer visibles a quienes se esnifan nuestra sangre día a día. Cada hora que perdemos haciendo que el empresario se forre, cada hora que perdemos esperando la cola de la oficina de empleo, cada hora que perdemos en el transporte que nos lleva al curro, nuestros enemigos disfrutan de los beneficios que les reporta la situación actual. Por ello el enfrentamiento con el enemigo tiene que ser permanente, para ello se le debe conocer, aprender cómo actúa, cuáles son sus puntos débiles e incidir sobre ellos.
Parte de nuestro esfuerzo tiene que encaminarse a señalar a nuestros enemigos, hacer públicas sus actividades y su implicación en el aparato que nos exprime. Quien quiera acabar con este modelo social debe entender la destrucción como una herramienta básica. Destrucción de los pilares ideológicos sobre los que se sostiene hoy el capitalismo; destrucción de las creencias que nos impiden actuar eficazmente y nos dificultan las relaciones con nuestro entorno; destrucción de todo lo que nos mantiene sometidos. Nuestra creatividad tiene que ser una herramienta para amplificar nuestra capacidad destructiva.
Es necesario plantearnos cómo queremos intervenir y desarrollar proyectos reales que hagan visible en nuestro entorno la existencia de un rechazo total al sistema capitalista.
Es necesario acabar con la imagen estereotipada del revolucionario como una especie de misionero evangelista (que tanto se lían empeñado en practicar los intelectuales izquierdistas y los gurús de diversas ideologías “salvadoras”); es necesario acabar con los misioneros de todo tipo. El revolucionario es, sencillamente, alguien que comprende por qué se encuentra incómodo en este mundo, alguien que quiere acabar con esa situación enfrentándose con las causas y no simplemente parcheando las consecuencias. El revolucionario no es un mártir, es alguien que prefiere luchar para vivir que sobrevivir vegetando en cualquier rincón. El revolucionario siente pasión por la vida y por eso acaba aburriéndose de los sucedáneos de vitalidad que ofrece el sistema para mantenernos como zombis resignados.
Gran parte de la angustia y las tensiones con las que convivimos son consecuencia directa de nuestra relación con el mundo laboral. Los ansiolíticos reformistas en forma de apaños socialdemócratas no van a terminar con las causas de nuestro mal. Solo el enfrentamiento directo con el sistema capitalista y sus defensores puede sentar las bases para la transformación real de nuestra vida cotidiana.

“NO PODEMOS VIVIR ETERNAMENTE RODEADOS DE MUERTOS Y DE MUERTE Y SI TODAVÍA QUEDAN PREJUICIOS HAY QUE DESTRUIRLOS...   (NO PUEDE  UNO) ENCERRARSE COBARDEMENTE EN UN TEXTO, UN LIBRO, UNA REVISTA DE LOS QUE YA NUNCA MAS SALDRÁ,   SINO AL CONTRARIO, SALIR FUERA PARA SACUDIR, PARA ATACAR   (...) SI NO ¿PARA QUÉ SIRVE?”
ANTONIN ARTAUD